D. José González Fernández

† M. I. Sr. D. JOSÉ GONZÁLEZ FERNÁNDEZ. Crémenes, León, 1873-1961.
Presbítero, Canónigo y Arcipreste de la Catedral de León.

Nació en Crémenes el 15 de Febrero de 1873
Falleció en Crémenes el 18 de mayo de 1961

Estudió Latín y Humanidades en la Preceptoría de Lois.
En 1886, a los trece años, ingresó en el Seminario de León y cursó estudios de: Filosofía, Teología y Sagrada Escritura.
En 1896, en Toledo se graduó en Teología. Obtuvo el grado de Doctor
Se ordenó sacerdote en junio de 1896.
Fue destinado a la parroquia lebaniega de Lerones.
Fue Catedrático de Historia y Derecho Canónico en el Seminario de Valderas.
Fue profesor en el Seminario de León
Fue Canónigo y Arcipreste de la Catedral de León desde 1912.
Fue periodista y Director del Diario de León.
Escritor en la ¨Revista del Clero Leonés¨.
Escritor en el Boletín Oficial del Obispado de León.
Escritor en la revista “Archivos Leoneses”
Autor de libros novela, históricos, costumbristas y paisajísticos de León

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La revista ¨Tierras de León¨ presenta un artículo, HOMBRES DE LEON, que bien ilustra lo que biografía un resumen de su vida.

M. I. SR. D. JOSÉ GONZÁLEZ FERNÁNDEZ

Tierras de León (La revista) deseaba traer a sus páginas las semblanzas de los hombres más representativos de la Provincia. Con esta intención hicimos un viaje a Crémenes para iniciar nuestro archivo con el esbozo de la vida y obras de D. José González. Se quebró el intento por la enfermedad del insigne leonés. No obstante, llevamos a la imprenta las cuartillas de nuestra fracasada entrevista y ya en prensa nos llega la dolorosa noticia del fallecimiento de este gran hombre por el que León y sus letras debieran estar de luto. No queremos modificar una línea de las que entonces escribimos pero añadimos esta nota preliminar y unas líneas, escogidas al azar de la copiosa y brillante prosa de nuestro fallecido coterráneo, mientras rezamos una oración por el descanso eterno de quién pasó por la vida con indómito brío astur-leonés luchando por Dios y por su tierra.

M. I. Sr. D. José González Fernández, artículo en ¨Tierras de León¨, Año I, Abril 1961, nº 1

M. I. Sr. D. José González Fernández, artículo en ¨Tierras de León¨, Año I, Abril 1961, nº 1

Camino del Esla arriba, vamos a conversar unos minutos con uno de nuestros hombres más representativos.

Es viejo y deseamos que nos cuente algo de lo mucho que sabe de la vida y de los hombres.

La tarde es soleada y magnífica. El cielo está azul y en él se recortan los picos grises de la montaña. El rio en su limpia adolescencia no canta todavía la canción del trabajo sino la idílica de sus prados cuyos chopos velaron la hermosura desnuda y decidora de Diana y sus ninfas pastoras, retóricamente descrita por Jorge de Motemayor.

Más debajo de Cistierna, el Esla es el ´padre Esla´ de nuestra tierra, solemne y abundoso, pero antes es joven y juguetón, despeñándose en cascadas y descansando en remansos. Aquí, en esta tierra, nació un día, hace ya muchos años, D. José González Fernández, un bravo poeta aunque en su vida no escribiera un solo verso, porque ser poeta y esta condición es casi seguro que le empujara –la palabra está medida- a hacerse historiador para defender a León, para exaltar sus cosas, y también es casi seguro que le perjudicara su labor. La exuberancia y la pasión son virtudes de poetas pero no lo son ciertamente de historiadores. Pero, a pesar de ello D. José es un historiador, además de tener en su haber muchas páginas, acaso las mejores, que no son historia. Y, sobre todo, es uno de los más puros, castizos e incontaminados escritores contemporáneos.

Al llegar a Crémenes, nos dan la triste noticia de que nuestro amigo se encuentra enfermo de cuidad. Entristecidos, gateamos por las empinadas calles del pueblo. La casa, de dos plantas, no difiere del resto de las edificaciones del país, pero desde sus balcones se contempla el gran pico de ´Aguasalio´, en el que la majestad se ha hecho piedra y follaje; un monte que D. José González describiera en alguna ocasión con pluma maestra.

Hubiéramos querido no molestar al enfermo pero éste nos llama y, a pesar de sus dolores, nos obliga a permanecer a la cabecera de su cama.

Sobre la blancura de las sábanas se destaca el perfil enérgico de este hombre que nos recibe con la mayor cordialidad. Su cara acusa su hirviente personalidad. Los ojos de extraño poder, labios y los dientes incisivos, como de presa. La voz resuena briosa, igual que en sus mejores tiempos. Pero nos recomiendan prudencia. El enfermo puede agravarse y nuestra entrevista ha fracasado desde el primer momento. No obstante D. José habla y nuestra memoria retiene algo de aquel caudal vertiginoso. Desearíamos preguntarle sobre mil temas de interés leonés pero nos abstenemos. Espontáneamente nos va diciendo que nació en Crémenes el 15 de Febrero de 1873, que estudió en la Preceptoria de Lois y después en el Seminario de León en el que se ordenó sacerdote en junio de 1896. Después estuvo tres años en el Seminario de Valderas de Catedrático de Historia y Derecho Canónico. A la Catedral de León llegó como canónigo en el año 1912, en el que fue también nombrado Arcipreste, cargo que desempeño hasta que, hace algunos años, fue jubilado y se retiró a Crémenes.

Le insinuamos que su vida pediodística debió de ser intensa y nos contesta que, en efecto, comenzó a escribir al año 1909 en ´Diario de León´, del que fue más tarde Director. Evoca la redacción del periódico en aquella época. Le presidía D. Eloy Blanco del Pozo y eran redactores D. Isaac Martín Granizo y D. Alberto López Arguello; Todos ellos tienen un puesto preferente en nuestra literatura.

Le recordamos algunas de sus polémicas. No era D. José muy apacible en sus primeros años pero sospechamos que nada tendría que corregir de lo que entonces dijo di ahora tomara la pluma para combatir. Tal vez su estilo tendría ahora menos aristas pero su calidad sería la misma. Esta es una personalidad que el tiempo puede limitar levemente pero de ninguna manera modificar en forma sustancial.

Sigue diciéndonos sus seudónimos -´Risaco´, ´J. Mancebo Valbuena´, etc.-, y sus obras. Nos parece percibir un mayor cariño hacia la ´Pulchra leonina´, breviario arqueológico de nuestra catedral, ´Lazo de Almas´ y ´Cumbre histórica´; dos excelentes novelas. Es fácil que la ´Pulchra´ y ´Casta de astures´, sea las dos mejores obras del arcipreste, en las que hay páginas que entrarían en la más exigente antología.

Le hacemos una pregunta sobre los leoneses a quien juzga como mejores exponentes de nuestras gente y nos cita los nombres de Guzmán el Bueno, del Cardenal Lorenzana y del Padre Arintero, poniendo también en línea de excepción al Padre Getino al que califica de ´muy valiente´. ´Fenómeno inédito´ llama a D. Laureano Díez Canseco y nos explica cómo venía a León con D. Ramón Menéndez Pidal, que es, nos dice, la personalidad más vigorosa que ha conocido.

M. I. Sr. D. José González  Fernández, Crémenes

M. I. Sr. D. José González Fernández, Crémenes

Recordamos las polémicas de nuestro interlocutor con D. Antonio Valbuena. D. José las vive en estos momentos y rinde a su adversario de otros tiempos la justicia de considerarle un estupendo gramático, si bien declara que como literato le parece de muy mediocre calidad. Es seguro que este juicio condensado sea también el que merezca a la posteridad el señor de Pedrosa del Rey.

Hemos consumido más tiempo del prudente. D. José González se ha olvidado de sus dolores y nos habla de sus tiempos, las gentes de León, de la hermosa Iglesia de Crémenes que él inspiró bajo el patrocinio de D. Juan Guereño. Nos obliga a prometerle una visita más despaciosa. Estamos emocionados y pedimos a Dios la salud de este hombre que tiene la altura intelectual de sus montañas de Riaño y en su prosa la limpieza de las aguas del rio.

Volvemos a León en un atardecer melancólico mientras la luz borra los perfiles y pone tristeza en los paisajes de égloga. F. R. R.

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ANTOLOGÍA APRESURADA

. . . . . . . . .Vienen de todos los vientos, del poniente, del norte, del oriente y del mediodía, ataviados como yo los vi a los mis leoneses en 1603, cuando entró en León la Majestad Católica de Felipe III. Tal como vienen los reconozco a todos, a pesar del atuendo diverso que traen, de las distintas zonas. Ahí vienen los bercianos con el espíritu de aquel señor de Bembibre, encarnando el alma de los Templarios de Ponferrada, cantando tonadas viejas que hablan de las leyendas del lago Carucedo, y de las Médulas estripadas y de los anacoretas que anidaban en las breñas de los montes Aquilianos y de las flores de sus vergeles. Ahí vienen los maragatos de Astorga, con sus trajes típicos ostentando lujos y atavíos que pueden ornar a princesas y a infantes; los parameses a de La Bañeza, los ribereños del Órbigo, de Coyanza y de Sahagún con capas pardas de estameña, con zapatos claveteados para triturar los terrones arcillosos de las sementeras fecundas; los hidalgos de Valderas, los burgueses de San Fagun, los infanzones del Bernesga, los monteros de Cea de Almanza, lo mismo que cuando corrimos en los montes del río Camba, aquellas cacerías de venados y de jabalíes que tanto gustaron a lo Majestad Católica de Felipe III, que se hospedaba en Trianos, como en el su Palacio de Aranjuez, agasajado por aquel Prior Fray Andrés de Caso, de limpio linaje Astur-Leonés.

Por el norte vienen, descolgándose de los riscos, por trenes y por carreteras, los montañeses de Riaño y de La Vecilla, trayendo venablos y chuzos como aquellos arcabuceros de la Merindad de Valdeburón, que abrieron brecha en Tordesillas, contra las tropas imperiales, luchando en la vanguardia de las huestes Comuneras. Son lo más castizo de la montaña, de esa montaña culta y recoleta, raza de pastores trashumantes, y solera rancia del lenguaje puro, y de piedad sin zalamerías y embelecos. Vienen los de Murias con sus panderos de La Laceana, con los cuernos de guerra que sonaban en el histórico castillo de Luna, el más viejo y poético de los castillos leoneses, que oyó los lamentos de la prisión del Conde de Saldaña, el padre de Bernardo del Carpio y se regó con las lágrimas de aquel desgraciado Monarca gallego Don García, víctima de la ambición del Héctor de Castilla, Don Sancho, el que murió delante de los muros de Zamora la bien ganada. ¡Qué buenos vasallos los mis leoneses cuando tienen buen Señor!

(De ¨Crónica de las Fiestas Regionales de la Victoria¨)

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¨ . . . . . . . . En la vieja Ciudad de torcidas calles y de recuerdos viejos, todos hablando de la Catedral como de cosa propia; nadie la enseña porque está a la vista de todos, nadie la pondera, porque ella sola se basta para pregonar su belleza, para descubrir sus encantos.

Desde donde quiera que se la mire, es esbelta y bonita; no la hacen falta eso que los críticos llaman punto de vista, porque la Catedral de León es perfecta, vista desde lejos o vista desde cerca, vista de noche o vista de día, vista desde las colinas que atalayan la Ciudad o vista desde las riberas frondosas que se esconden de vergüenza. ¡Alguna vez se había de avergonzar la obra de la naturaleza, de la obra de los hombres!

Desde lejos parece un juguete de las hadas, un capricho de los genios, un entretenimiento de los propios dioses; desde cerca es lo que es: un esfuerzo gigantesco del genio de los hombre, el non plus ultra de la inspiración humana, el arte sublimado a la realidad.

Acercándonos a ella, nos habla la voz de los tiempos, el lenguaje de las ciencias; la teología es allí un libro abierto, sin las nebulosidades de escuela; la historia no tiene arcanos, la cronología halla fechas imborrables, grabadas, esculpidas en las piedra; la leyenda, que es la historia contada por el pueblo, encuentra en la Catedral un arsenal de datos y de nombres: allí están satirizadas o recogidas las costumbres y vicios de los grandes, su hábitos y aficiones, sus luchas y amores, sus creencias y virtudes; y no sólo la vida social de los grandes está escrita en esos libros de piedra, sino que allí se guarda, como en un relicario, la vida íntima del pueblo con sus manchas y con sus destellos.

Sin duda los que hicieron la Catedral tenían presente aquel aforismo del Concilio de Arras -1025-: ¨ya que los analfabetos no pueden saborear la escritura, deben aprenderla por medio de la pintura¨ ¡Para ellos, para los ignorantes, para los pobres que no podían entender, son los símbolos religiosos verdaderos catecismos; manuales de historia religiosa y profana, las vidrieras y las estatuas de las portadas y hasta los sepulcros de los claustros.

(De ¨Pulchra Leonina¨)

Hasta aquí el artículo en la Revista “TIERRAS DE LEÓN” Número 1. Año I. Abril 1961. «Hombres de León: M. I. Sr. D. José González Fernández, por F. R. R.

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