CASTA DE ASTURES, ANEXO

ANEXO AL LIBRO: CASTA DE ASTURES

ESCRITOS, redactados para
ADICIONES A ¨CASTA DE ASTURES¨
En su 2ª edición, que proyectaba

El AUTOR,
M. I, Sr. D. JOSÉ GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, Pbro.

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ÍNDICE

– A) – OTRO VIAJE A LUTOSA. (El pueblo de Lois)
– II – EL TÍO MANUEL
– III – EL TÍO CASIANO
– IV – LA TERTULIA. (La Cátedra de Lois)
– B) – CAMINO DE RIOSOL. EPISODIOS CINEGÉTICOS. Caza
– C) – UN ALEMÁN EN EL PAJAR DE DIABLO. (En  Villayandre y cerca de Crémenes)
– I – EL ALEMÁN. Geólogía
– D) – LA CANCIÓN DEL ESLA. (Resumen de la historia del Valle del Esla…)
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– A) –

OTRO VIAJE A LUTOSA

César venía encantado de Lutosa. No sólo por el paisaje de aquella concha escondida en un rincón de la montaña leonesa, sino por los restos arquitectónicos de sus palacios, en los que moraron generaciones de familias linajudas, y sobre todo, por su iglesia monumental que, difícilmente se encuentra otra semejante.

Me invitó a acompañarle, y no me hice el remolón, porque, para mí Lutosa tiene el encanto afectivo de haber sido el despertador de mis aficiones literarias, en los años juveniles de mi paso por la Cátedra de Latín y Humanidades. Por el camino, cabalgando a paso, me preguntaba César por el origen probable de Lutosa, y por las noticias que tuviera yo de aquel Concejo de ALION, del que tantas veces le había hablado.

Lutosa –le decía yo- tiene trazas de ser un pueblo de estirpe Celta, fundado por un jefe de Clan que llevaría el nombre de LOIDES, y con este nombre suena en documentos de Sahagún, del siglo X. No sé por qué razones, se le llama también, como un topónimo antiguo, Lutosa. Nada menos que del año 854, tenemos un documento leonés de mucha importancia, en el que Ordoño I dona a un Purelo la villa de Oredes, en premio de haber dado muerte a unos moros, a orillas del rio Dueñas, cuando este Purelo estaba repoblando a Astorga, por encargo de su pariente el Conde Gatón, que andaba entonces ocupado en la faena de una expedición por tierras del Tajo, en la que el Conde Vercían tuvo poca fortuna. De modo que a mediados del siglo IX, ya se conocía este riachuelo de Loides con el nombre de rio Dueñas, que corría por un territorio antiguo que se llamaba ALIÓN, uno de los territorios que no fue invadido, ni por los Godos, ni por los Árabes, y el cual, sin duda, formó parte de la resistencia de Pelayo, como Primalias, Baradón, Val de Eon, Saliamen y Liébana. Desde el siglo XI, Alión formaba parte de la Merindad de Baradón, pero gozando de libertad administrativa, en sus Concejos que  se amparaban, en un castillo que suena mucho, en los días de los Reyes Fernando II y Alonso IX, como uno de los castillos, en constante litigio con los monarcas de Castilla, quien los detentaba, como donaciones de Fernando II a Urraca de Haro la cual, los entregó como castillos fronterizos al Rey de Castilla, Alonso VIII. Ya ni ruinas del castillo de Alión quedan. Debió de estar a la entrada del valle, sobre los raigones silíceos que atalayan la ribera del Esla. Porque, allí, en esta ribera, aún perdura el nombre de Alión en una vega fértil, y al oriente, los picos calizos de la montaña todavía se llaman Pico Alio. Aguas-Alio. De este mismo siglo IX hay otra escritura interesante de Santiago, en la cual aquel santo obispo Sisnando que procedía de Liébana, pero cuyos ascendientes eran de Alión, dona un eremitorio de S. Martín, heredado y adquirido de Presura, por sus mayores a la iglesia de Compostela. Aún quedan restos de este cenobio, con el nombre de S. Martín, a la entrada del pueblo de Salas.

Del concejo y del territorio de Alión hay muchos documentos en la Catedral y en los registros de fincas y apeos de estos pueblos. En expedientes de Limpieza de Sangre, hechos a canónigos de Loides, el Notario manda encabezar el expediente así: EN LOIDES, CONCEJO DE ALIÓN, MERINDAD DE VALDEBURÓN…

En esta charla íbamos por el retorcido camino de los ríos, cuando César me interrumpió para decirme que sabía que en Loides había una cantera no explorada, de tipos que se reúnen todos los días, y comentan, y discuten y riñen, sin que por esto se enfríen sus amistades entrañables.

– Sí, hombre, sí. Los conozco. Son Dn. Nicasio, el tío Manuel y el tío Casiano (1), los cuales suelen reunirse, por la mañana, a la sombra de la fachada norte de la iglesia, en los rebancos frescos de piedra, o bajo el techo del portal de la Cátedra. Son tres tipos de contextura espiritual, diferentes, casi de la misma edad, y los une sobre todo, el recuerdo de haber sido, alumnos de la Cátedra, cuando la Cátedra, era un portento de organización estudiantil, y un ateneo científico floreciente.

– Pues, hoy, nos esperan, y Dn. Nicasio, que como Mayoral de Bornos es amigo de mi padre, me invitó a pasar con él y con su familia, un día en su palacio de Reyeros.

Estaban los tres, como de costumbre, en el atrio de la iglesia. Al saludarles, presentaba el tío Casiano en el color encendido del rostro, que acababan de tener una de las discusiones más acaloradas de sus tertulias.

Dn. Nicasio nos presentó a sus contertulios, de los cuales había hecho yo, a César una semblanza biográfica.

– Dn. Nicasio, -le decía- es un hidalgo notorio. Su familia es de arraigo en el país; sus caudales, y su educación esmerada le hicieron hombre de pro en todo el valle. Su matrimonio con la única heredera de los linajudos Reyeros, con su palacio diezochesco, con sus blasones y escudos, con la aureola luminosa de sus antepasados, han hecho de Dn. Nicasio, un tipo representativo, en el país. Es Mayoral de una cabaña, pero, administra un rebaño de su propiedad, por deseos de la Condesa de Bornos que tiene con toda la familia, lazos de amistad y de gratitud. Mi padre conserva de él buenos recuerdos, y en su casa encontré yo cariño de familia, y la mina de su archivo valioso. Además, me dijeron que había en Lutosa un viejo Maestro jubilado que conserva una memoria fresca, y un decir, atrayente. Pienso explotarle, y si presenciamos una de aquellas tertulias acaloradas, en las que los tres amigos riñen, todos los días, y, sin embargo, no se saben separar, tendremos colmados todos mis deseos.

– ¡El Maestro viejo!. Ya lo creo, tiene 86 años y regentó aquella escuela rural por espacio de 60 años, siendo testigo de los días en los que la Cátedra de Lutosa adquirió su mayor brillo y esplendor, y en la que él, como todos los chicos de Lutosa se desasnaron, y crecieron entre latinajos y golpes de palmetas. Hasta es lo físico, en un encanto. Un poco encorvado por la edad, una cabeza cuadrada, en la que el pelo blanco la cubre como una corona de plata, con unos ojos hundidos, pero chispeantes, con un color, en el rostro, pálido y anémico, con una nariz afilada, y unos labios sonrosados, indican que debió de ser en su mocedad un tipo esbelto, enjuto de carnes, ágil de músculos, en el que la austeridad forzosa de su vida pobre no le dejó crecer tejidos adiposos, por no saber saborear otros alimentos que el pan de centeno, y las féculas de arvejos y patatas.

Le encontramos a la entrada del pueblo, y nos acompañó hasta el patio de la iglesia, en donde acababa de dejar a los tres contertulios, que reñían como nunca.

– Siempre fue pobre –nos decía-, pero resignado y contento. La escasez de mi hogar y los apuros que pasé para criar a seis hijos, no son para contaros. Fui, siempre muy aficionado a libros que me prestaban al Domine y el Cura, y en los libros latinos y castellanos encontré el recurso consolador de pasar la vida tranquilo y satisfecho. Además, por el verano, venían a Lutosa muchos personajes, y con ellos andaba enseñándoles las preciosidades de la iglesia, y los escombros de los palacios, aprendiendo yo muchas cosas

– ¿Muchos años de Maestro?

– Muchos; a lo menos 62. Primero fui nombrado por el pueblo, por 400 reales de sueldo. Después, cuando el Estado se hizo cargo de las escuelas, fui a León, en donde me dieron el título de Maestro, previo un examen de capacitación, y el sueldo de 500 pesetas anuales, cobradas por trimestres vencidos. Entonces daba gusto asistir a la escuela. Los niños eran despiertos, y como la cátedra estaba nutrida de estudiantes, había emulación en los escolares y ambiente para el estudio. Casi todos los niños pasaban a la cátedra, aunque muy pocos entraban en el seminario, por falta de recursos, pero casi todos conservaban aficiones literarias, y salían, en los inviernos a regentar escuelas rurales en Asturias y en la zona llana de León.

Ahora todo se acabó. Loides es un pueblo muerto. Las familias linajudas desaparecieron; la Cátedra está cerrada; la escuela, casi sin niños, y los viejos, como yo, nos consolamos con recuerdos, añorando aquellos años en que versos de Virgilio y de Horacio, y párrafos redondeados de Cicerón se oían, por todas partes. Algún rato asisto a la tertulia de los tres, y tercio en las disputas, pero no todos los contertulios sienten los amores por la cátedra, como el tío Casiano y yo.

– Casi a ésto hemos venido hoy, a que nos cuente algo de aquellas amenas charlas. El Maestro se llamaba Dn. Silvano, (1) y a pié fuimos al atrio de la iglesia, y nos sentamos en un rebanco del norte. Dn. Silvano se quitó el sombrero, metió en la boca un palo de regaliz, y como si  estuviera en un Ateneo empezó su charla con palabra serena, limpia y jugosa.

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(1). Observación del ¨copista¨

El autor, como corresponde a la naturaleza de su escrito –novela histórica- designa a estos personajes con nombres supuestos; no obstante son perfectamente identificables, por los rasgos característicos con que los describe.

D. Nicasio representa a D. Romualdo Díez, casado con Dª Ceferina Reyero. Fueron sus hijos, Horacio y Vicente. El tío Manuel personifica a Juan Rodríguez, padre de Román M. I. Sr D. Eusebio, Félix, etc.; el tío Casiano, a Roque González, padre de Quintilio, Teodomiro y Filadelfio.

Igualmente puede afirmarse con toda seguridad que el Maestro denominado D. Silvano era Don Silverio Muñiz, padre de los sacerdotes, D. Víctor, párroco de Pozuelos del Rey, y D. Matías, fallecido prematuramente cuando era párroco de Villada, y de los maestros D. Frutos, D. Fernando y D. Melchor (éste también Secretario del Juzgado en Santa Cristina de Valmadrigal) y padre también de Nicolasa, casada con el pastor de ganado trashumante, Segundo Álvarez.

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– II –

EL TÍO MANUEL

Nació en hogar modesto, y aunque fue alumno de la cátedra, nunca tuvo gran apego a los libros. Era muy trabajador y con las onzas de oro que le remitía un tío suyo Coronel en Filipinas fue comprando fincas a los arruinados vástagos de los Castañones y Acebedos. En el pueblo, no había una peseta más que las de Dn. Nicasio, pero éste, se contentaba con sus caudales. Sólo el tío Manuel, hacendoso y previsor supo hacerse dueño de las mejores fincas del pueblo. Era un hombre de suerte. En su hogar crecieron los hijos, trabajadores como él. Su mujer ahorradora y recolecta completaba las delicias de un hogar, que pronto fue, no sólo el más rico del pueblo, sino uno de los más afamados del país. Su hijo mayor se dedicó a tratante de ganados, en ferias y mercados y logró acrecentar los caudales de la casa. Aunque el tío Manuel no era dado a libros, no carecía de elementales recursos de erudición, para poder terciar en las disputas frecuentes con el tío Casiano.

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– III –

EL TÍO CASIANO

Era carpintero pobre, que tenía alma de poeta. Dotado de una memoria tenaz, recitaba, con fidelidad largos trozos de Tito Livio y Cicerón, versos de Virgilio, Horacio y Ovidio. Sabía de memoria casi todas las Églogas del poeta de Mantua, y trozos emotivos de la Eneida, que declamaba con tonos y entusiasmo de un actor de teatro. Vivía pobremente de su trabajo, y aunque hacía muebles primorosos y trabajaba la madera con manos finas de artista, eran pocos los pedidos, y tenía que pasar de paro forzoso muchas temporadas. Así y todo, criaba a sus hijos, con esmero, y con una pareja de vacas y unas y unas tierras de ladera y unos praducos de secano, logró desterrar el hambre de su casa, limpia y bonita, construida por él, ratos y a trozos. El tío Casiano con su barba rubia, con sus modales elegantes, con su decir ameno, era en Loides, una persona que pesaba, en el Concejo, más que el tío Manuel, con sus  caudales y su influencia política.

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– IV –

LA TERTULIA

Los tres contertulios solían reunirse en el patio de la iglesia, o debajo del corredor de la cátedra, y en los jueves por la tarde, solía concurrir yo, en plan de oyente, no sin que terciara algunas veces en las disputas agrias y caldeadas.

Todos tres vivían de recuerdos, de los recuerdos en que Loides era un hervidero de muchachos, una, colmena alborotada que preparaba las lecciones en los sotánbanos de la peña Mateo, arrebujada en las pardas de estameña, para bajar al General –así se llamaba a la Cátedra- formar filas de los dos bandos, después de ensayar oraciones y declinaciones, con los alumnos más aventajados.

Había que oír al tío Casiano, cómo se entusiasmaba, y se rejuvenecía , al recordar episodios de aquel General, que tenía en los duros escaños, cicatrices de golpes, y manchones de sangre, vertida en las manos y en la cara por jóvenes que aprendían el latín al son del adagio: ¨la letra con sangre entra¨. Palmetas de roble untadas de ajo, correas de cuero retorcido, se veían con frecuencia, durante las horas de PASO; lloriqueos y gemidos que no causaban lástima, un runrroneo sordo de palabras entrecortadas, y la voz severa del Dómine, sentado, como un rey en su trono, en la silla frailuna, sobre una plataforma carcomida por la humedad y por los años; todo esto era el ambiente que se respiraba en la Cátedra de Loides, por las mañanas y por las tardes. Cuando empezaban los tiroteos de la Bandas, con la recitación comedida de versos, la pronunciación prosódica, el cuadro se animaba. Primero se leían trozos de los clásicos, y de cada bando salían rectificaciones pidiendo al Dómine los puntos rectificados. Los reyes de las bandas apuntaban los puntos que daba el Dómine, para sumarlos, todos, en los sábados por la mañana, para saber qué Banda era la triunfadora. Este tiroteo solía ser muy animado, pero, después, terminada la medida de los versos, empezaba otro tiroteo más alborotado, y de cada Banda salían preguntas y respuestas, sobre acentos, y en cada Banda se opía, el CAT MEUS, provocador, en una lucha reñida de guerreros que se habían pasado muchas horas buscando en el Celepino frases difíciles de los clásicos, para lanzarlas sobre el contrario, y conseguir algún punto para la Banda.

Los sábados por la tarde, eran entretenidos, de verdadero jolgorio estudiantil. La banda triunfadora venía con el Víctor enarbolado como una bandera, y entraba en el General, capitaneada por su rey, para ofrecer al Dómine una carta, en la que se hacían chacotas y burlas a la Banda vencida, y en la que solían leerse versos latinos y castellanos, sátiras punzantes, alegorías transparentes, en las que los autores alardeaban de gustos literarios, y de agudezas de ingenio. ¡Es una lástima que no se hayan archivado estos modelos de buen decir, estas cartas chispeantes, en las que se derrochaba ingenio, gusto, elegancia y sátira mordaz!.

– ¿Y no nos dirá Vd. nada de alguna de las charlas de los tres contertulios?

– La última fue muy interesante, muy reñida. Fue tío Manuel el que con su voz pausada, con sus  teorías raras, puso al tío Casiano en el disparador.

– Vosotros diréis lo que queráis, decía el tío Manuel, pero yo opino que Dn. Jerónimo el Lectoral de Toledo que fundó esta Cátedra no estuvo acertado. Alabo su buena intención de dejar en su pueblo, un centro cultural que nos prepara para hacer carreras, pero lo cierto es que de Loides, si exceptuamos a los hijos de familias linajudas, nadie ha salido que se destacara por sus estudios de Latín, que no produce dinero, ni influencia: ¡Cuánto mejor hubiera sido que Dn. Jerónimo hubiera empleado su dinero en hacer un Pósito de cereales, como hizo Cisneros en el pueblo de su nombre, para que no pasaran hambre sus paisanos, o nos dejara un camino, por el rio abajo que empalmara con la nueva carretera. Así no estaríamos aislados, y podíamos traficar con maderas de los nuestros montes, o con los jaspes y mármoles de las nuestras canteras, o con los ganados que producen carne, lanas, y manteca, sin que podamos hoy valorizar estos productos. Mirad, con latinajos, no se come, y sin saber latín, mi tío Isidoro supo ganar dineros en Filipinas para matar el hambre de sus parientes. Esta es la obra que debió de hacer Dn. Jerónimo. No fundar una Cátedra para crear discutidores de frases hechas, cazadores de metáforas, buscadores de pepitas literarias, en el arenal estéril que nos legaron Horacio y Virgilio. ¿Qué sacó Loides de tanto Latín? ¿Qué sacaste, tú. Casiano, con saber de memoria la Eneida?. Si no fuera porque sabes hacer muebles preciosos y taraceas bonitas en armarios y en mesas, pasarías mucha hambre, como las pasan muchos de nuestros vecinos que saben Latín pero no aprendieron a ganarse la vida. Eso de recitar versos, es muy bonito cuando se tiene el estómago, lleno. Eso de leer, a pasto a poetas, está bien, pero para Nicasio que tiene resuelto el problema de la bucólica con los caudales suyos y de su mujer, pero, nosotros que no tenemos más que abundancia de nieve, no podemos sentirnos agradecidos, a Dn. Jerónimo Castañón, porque nos hizo un flaco servicio, con regalarnos una Cátedra de Latín, de la que no han salido más que holgazanes y hambrientos. Hubiera estado más afortunado, fundando una Escuela de Artes y Oficios, como hay en otras partes, y en ella hubiéramos aprendido cosas prácticas de la vida, como industrias lácteas, enfermedades del ganado, y cultivo de prados, con riegos y abonos. Aquí me tiene a mí, con doce vacas de leche, y no sé qué hacer con ella, por no tener mercado, ni saber preparar la manteca, para que tenga valor. Somos un país de idealistas, nos parece que destacamos sobre los demás, porque  sabemos medir versos latinos pero, en cambio, vuestras mujeres no tienen que echar en el puchero, y vuestros hijos no se alimentan, ni crecen con odas, sino que necesitan pan y carne, que no se producen en los poemas de Virgilio.

Yo sigo creyendo que fue una equivocación la de fundar una Cátedra de Latín, porque, además el fundador no pudo prever las contingencias de las cosas. No pudo pensar que vendrían tiempos como los que vivimos en los que la subida de precios encarecerían los productos, y si bien Dn. Jerónimo dotó a la Cátedra espléndidamente, para su  tiempo, hoy las rentas de la fundación no dan para que el Dómine se desayune, ni para reponer libros. Por eso el Sr. Obispo, como Patrono, no ha tenido más remedio que cerrar la Cátedra, y suspender los Estudios.

Además; la Cátedra, como todos sabemos, es un foco de inmoralidad. A pesar de la vigilancia del Dómine, y de las predicaciones del Cura, no se pudo evitar que varios  estudiantes, mozones de 18 y de 20 años persigan y tienen a las muchas que no saben resistir las tentaciones lascivas, y por eso es frecuente ver, en Loides a mozas con hijos.

– Dn. Silvano repetía los diálogos de la tertulia como un taquígrafo, y todos estábamos pendientes de su palabra.

– Tú siempre el mismo contestó al tío Manuel el tío Casiano. Ya de estudiante te dedicabas a prestar cuartos a los compañeros, y siempre fuiste aficionado a los negocios, y así, con tu industria y el dinero de tu tío Isidoro te vas haciendo con los mejores prados de Rafaelito, por un precio irrisorio, gracias a que aquí nadie tiene de sobra dos reales, más que Nicasio, pero Nicasio nunca pensó en acrecentar sus caudales, explotando la imbecilidad de los últimos Castañones y Acebedos que quedaron acá. Por ahí se dice que la huerta de la Cátedra la compraste por un carral de vino, y la Vallina ¿Cuánto te costó? ¿Qué adelantas con tener muchas vacas, y bonitas yeguas de vientre, y potros que se cotizan alto en las ferias, si todo esto no puede saciar el alma, que se nutre de otros elementos? Ya sé que las corrientes modernas van por otros derroteros; que no se piensa más que en riquezas, para gozar de las exquisiteces de los adelantos modernos, pero yo te aseguro que nadando en la abundancia, poseyendo fincas y ganados y oro, no podéis sentiros felices acá, en esta vida llena de inquietudes y de remordimientos. Que lo diga Nicasio que es más rico que tú, y ha recorrido más mundo que tú, y cuando viene a Loides, no se acuerda del lujo de los hoteles de Badajoz y de Madrid, y aquí goza, en este rincón, entre su familia y sus convecinos.

Dn. Nicasio había estado callando. Se levantó del asiento esmerilado del pórtico, abrió la petaca, convidó con un cigarro a los contertulios, y los tres salieron en dirección a la peña Mateo, en donde el tío Casiano tenía dos cabras cojas y unos chivos, que encerraba en la cueva de la peña durante las horas de sol. Otra vez se sentaron, en la plazuela, a la sombra de los fresnos, mirando el edificio de la Cátedra que amenazaba ruina. Dn. Nicasio, evocando aquellos días de estudiante, no pudo callar.

– ¿De modo que tú, Manuel, crees que esta casa está sobrando? Esto me recuerda una anécdota que oí, en los Lavaderos de Toledo a un señor erudito muy amigo de nuestra señora la Condesa. Decía que cuando nuestro paisano el Cardenal Cisneros pensó en fundar una Universidad, fue a su pueblo de Torrelaguna, con objeto de comprar terrenos, no pudo conseguir que los paisanos le vendieran una sola hemina de tierra, porque, le dijeron al Cardenal: NO QUEREMOS UNIVERSIDAD, PORQUE, DESPUÉS LOS ESTUDIANTES NO COMERÁN LAS UVAS.

Así sois vosotros, como los cazurros de Torrelaguna, apegados a lo material y caduco, esclavos de terruño, incapaces de mirar para arriba. Si tan inútil es la Cátedra ¿Por qué mandaste a tus hijos a ella?. Por lo mismo, no seas ingrato, que la ingratitud, es un pecado que le cuesta mucho a Dios perdonarlo. Tú has sabido navegar con viento próspero en el piélago de la vida, pero debes de dar gracias a la Cátedra, que supo desasnarte a ti y a tus hijos, y en ella aprendió tu tío lo bastante para sobresalir en las gradas de la milicia. Yo sé que no puedes paladear las dulzuras de Virgilio, pero me consta, que en las veladas largas de invierno, te deleitas leyendo las fábulas de Esopo, y meditas en los capítulos bellísimos del Kempis , que fueron los únicos libros que sabías traducir, en los dos años que frecuentaste la Cátedra.

¡Cómo no vamos a olvidar de Dn. Jerónimo, si a él debemos lo poco que sabemos!. Permíteme que te recite este latinajo, que acaso sepas traducir: IN MEMORIA ETERNA ERIT NOMEN EJUS.

Si, el nombre de Dn. Jerónimo Castañón será eterno y seriamos nosotros unos ingratos si no lo tuviéramos siempre en la memoria.

– No saquéis las cosas de quicio –contestó el tío Manuel- a mí me gusta la iglesia, como  a todo fiel cristiano, y no me olvido de rezar un Padrenuestro por Dn. Juan Manuel R. Castañón que nos regaló este templo que es orgullo nuestro y envidia de forasteros. Por lo que hace a Dn. Jerónimo, sí creo que se equivocó en la fundación de la Cátedra, admiro su amor a su pueblo, y estoy dispuesto a ofrecer mi óbolo al Sr. Obispo, para reforzar los ingresos de la Cátedra, para ver si hay medio de que se vuelva a abrir.

Había bajado de la peña el tío Casiano y llegó musitando aquellos versos de Virgilio, cuando el poeta mantuano lamentaba los destrozos del campo, en las luchas civiles: INSERE NUNC, MELIBOEE, PIROS, PONE ORDINE VITES. Injerta perales, Melibeo, planta majuelos, para que vengan las turban salvajes a arrancarlos para leña. Así sois vosotros, unos ingratos que sólo pensáis en riquezas, en industrias, en productos materiales, y no respetáis las figuras de grandeza pretéritas, y os preocupáis de los bienes espirituales que nos dejaron nuestros mayores. Sois ciegos del alma; camináis guiados por la fosforescencia que deslumbra, y no sabéis apreciar, ni abrir los ojos a la luz clara de la  tradición. Camináis como Eneas, cuando salía de Troya; IBANT OBSCURI; SOLA SUB NOCTE; PER UMBRAM.

– Terció en el diálogo Dn. Nicasio, para decirles que había que pensar en abrir, de nuevo la Cátedra; que había hablado con el Sr. Obispo el cual estaba dispuesto a dar toda clase de facilidades para dotar honestamente a un Dómine. Nosotros debemos de poner toda la carne en el asador. El pueblo debe aportar una suma considerable, con el producto de los puertos de merinas, que son, ahora, cuantiosos, y se gastan en comilonas. Debemos de pedir a todos los pueblos de la montaña que nos ayuden y yo por mi parte he prometido, un óbolo anual, que espero respeten mis hijos, después de mi muerte.

– Me parece muy bien, replicó el tío Manuel. La mi bolsa abierta está para estos proyectos. Con obras, no con lágrimas se hacen las cosas, -añadió- dirigiéndose al tío Casiano.

– Así terminó decía Dn. Silvano, una de las charlas de Loides que presencié, y la que recuerdo con pelos y señales.

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B)

CAMINO DE RIOSOL. (EPISODIOS CINEGÉTICOS)

Larga fue la siesta en Peñarrubia. Yo estaba un poco cansado y poco más o menos, todos desean dormir un rato, antes de emprender la marcha a Riosol. Al asomar al portentoso valle, hervía la labor de las faenas de yerba. En la vega y en las laderas se veían carros, segadores, mozas cargando yerba, y acaldándola a la envidia, mientras cantaban tonadas alegres. Se dibujaban las líneas geométricas de los marallos, los meandros del rio, por la vega, los lienzos verdinegros de las cantoras, los rebaños de merinas, y las veceras de vacas y yeguas, que para todo un ejército de animales prodigaba Riosol de alimentos abundantes y sabrosos.

Aquel anfiteatro soberbio de Riosol, estaba lleno de una poesía bucólica que encantaba. El sol se ponía encarnado, con nubes ligeras que venían de poniente, negras en la panza, y rebordeadas de oro y de naranja, en las orillas; empezaba a refrescar la tarde, y yo no tenía más ganas que llegar a la venta, y tumbarme en un camastro, pues estaba muy cansado de la jornada. Todo era algazara y alegría en la venta. A la vera de la ermita cantaban y bailaban, dos parejas de hombres, con un jarro grande de vino que se disputaban. Los bailarines no cesaban de cantar, y al acercarnos nosotros, nos recibieron, generosos ofreciéndonos el jarro de vino. Sólo Relente lo llevó a la boca. Eran dos parejas de mozos que se habían encontrado, por casualidad, pero conocidos, aunque de valles distintos. Dos eran madreñeros de Tarna, los cuales después de estar todo el día serrando trozos de haya, por la tarde, era frecuente se llegaran a la venta para refrescar la garganta con vinazo de Toro, del cual había fama en los pueblos próximos de Asturias, que era de lo mejor que se conocía. Los otros dos bailarines habían estado, una temporada segando yerba en Valdeburón, y procedían de Ponga. Acababan de terminar la faena en Riosol, y se dirigían a sus pueblos, por la collada, y desde la fuente Nalona, cruzaban a la derecha, por unas veredas y de cuatro brincos se ponían en sus casas, en donde les esperaban sus mujeres y unos rapaces. Los dos guañines, como traían dinero fresco y abundante pagaban el vino, y disputaban con los madreñeros, sobre quién de los cuatro tenía mejor pecho para cantar las tonadas asturianas. Yo había entrado en la cocina para sentarme en un escaño de tablas de roble que estaba cómodo y mullido, con pieles de carnero y rebeco. En el llar ardía la lumbre confortadora. Debajo de la campana, embadurnada de sarro colgaban las pregancias, y en las argollas bajeras, humeaba un caldero cociendo gamones para los cerdos. Un pote grande de hierro y unos pucheros de barro hervían, con la cena que preparaba la ventera para los huéspedes de aquella noche. ¿Qué tienes para cenar? –preguntó Silio a la ventera.

– Lo que quieran. En el pote tengo lentejas y en los pucheros, agua caliente para hacer unas sopas, por encargo de estos asturianos que me la encargaron. Carne de carnero, tengo muy tierna y reciente, jamón y cecinas de castrón, también hay en la bodega. De lo que peor van a andar Vds. es de lana. Dos tengo en la sala, cómodas y limpias y en la tenada también se duerme bien en la yerba seca que estamos recogiendo.

Dn. Enrique se había retirado, al portal de la ermita, a hacer sus rezos, y Silio tenía, en la cocina una conversación amena e interesante sobre los incidentes de la caza. Relente había convidado a los asturianos cantadores, con unas copas de cognac, y Sancho alternaba con los bailadores, como si fueran camaradas antiguos. Cenamos todos, juntos, en la cocina, en una mesa perezosa, que se doblaba sobre el escaño. No me disgustaron los guisos de la ventera, algo recargados de grasa, y de pimiento, pero sabrosos y clientes, como yo los deseaba, después de un día de jornada larga, por picos y canchales. Yo me acosté, temprano, en una cama de catre de madera, con dos colchones y mantas de lana, sobre las que me tumbé vestido, porque no me arriesgué a meterme entre unas sábanas de lino que no parecieron limpias, a la luz de un candil de aceite. Tardé mucho en conciliar el sueño, y como el Cura dormía, en otra cama contigua, charlamos sobre la cazata del día siguiente.

Debajo de la salona, en la cocina, seguían cantando los asturianos y ya cerca de media noche, pude dormir un rato, no largo, porque Silio a las tres de la mañana, nos despertó a todos para emprender la marcha a la Castellana. Un madreñero se había invitado a acompañarnos, pues conocía aquellos parajes bravos, aquellos valles laberínticos de Asturias, por los que íbamos a gastar otro día, acaso tan infructuoso como el anterior. Era locuaz y simpático el madreñero. Subiendo por la ladera izquierda de Remelende, todavía de noche y con niebla, se puso a mi lado para guiarme, sin tropezar, en los arbustos y madroños de la cuesta.

– Verá Vd. –me decía- qué buena cazata vamos a tener. Hay rebecos y osos, y muchos urogallos. Pero éstos son muy difíciles de matar. Corren más que los perros, y si se ven apurados, vuelan como las perdices.

Los veremos porque a estas horas de madrugada, suelen pasearse por los cerros y pandas de la Castellana. Cuando llegamos a la planicie divisoria de León y de Asturias, empezaba el sol a repartir caricias a los picachos altos, dispuesto a luchar con una niebla pegajosa y fría que rellenaba con su manto de ceniza, los valles y hondonadas. El madreñero no había prendido los ojos, y se había desayunado con un vaso de aguardiente, en compañía de Relente, era ágil de músculos, algo marrullero y exagerado hablando de caza, a la que era muy aficionado desde rapaz. Nos detuvimos un rato, a esperar que se retirara la niebla; Silio hizo lumbre, y con los anteojos no cesaba de escudriñar aquellas laderas sombrías de Remelende, y las pandas casi verticales, cubiertas de arandaneras verdes que cubrían toda la pendiente del norte. A lo lejos pudimos ver a dos bichos que corrían en dos patas.

– Son urogallos –me dijo el Tarnín-, son muy grandes, mayores que los faisanes, y van a desayunarse a las arandaneras.

– ¿Hay muchos arándanos? –le pregunté-

– Para cargar vagones, pero entavía no están maduros.

– ¿Y quién consume esa fruta?…

– A los osos gústales mucho. Son muy golosos. No es imposible que veamos alguno.

– En la planicie de la Castellana, muy cerca de unos peñascos negros que parecían cortados con tijeras, se había subido Silio para husmear todo el vasto contorno, y volvió hacia nosotros para decirnos que, allá, abajo, ordeñando arándanos se veía un oso. Como reunidos en consejo de guerra, trazamos el plan de ataque. Silio y Sancho bajarían por una valleja de la derecha, hasta el fondo del valle, y desde allí subirían voceando y tarando tiros para que el oso, espantado, subiera hasta la cumbre, en donde estaríamos los escopeteros, ocultos en matas de haya y de acebos. El madreñero iría con los ojeadores. Por la izquierda, bajaban unos peñascos negros, como cortados a tajo, por una espada gigante. A mí me colocaron en el peñón cimero; más abajo Relente, y cerca de éste, se sentó el Cura, sobre un rellano de la peña, con la orden de no moverse ni hacer ruido. El sol se había apoderado de la niebla, y en el dilatado paisaje, se dibujaban, en la gran panda del norte, sobre las arandaneras, algunas hayas podadas, y los raigones de la roca, asomando entre el verdor intenso de la manta de las arandaneras. Cualquier bicho que por allí pasara, se tenía que ver con precisión. Tardaron en dar señales de vida los ojeadores, los cuales voceaban en el fondo del valle. Yo no pude ver al oso, sólo pude ver, de lejos, a dos rebecos que corrían, veloces en dirección a Remelende. A mis compañeros, que estaban situados muy cerca, los veía agazapados entre matas de piorno. Dn. Enrique salió enseguida del escondite, y arrastrándose a la sombre del peñasco, subía hacia nosotros. Llegó jadeando, con los dedos de mano derecha sobre los labios, como indicándonos silencio. En tono muy bajo, nos dijo:

– Allí, muy cerca de mi puesto, he visto una manada de jabalíes, revolcándose en unas llamargas. La caza es segura. No hay más que descolgarse por entre los brezos y piornos, y a boca de jarro, los podemos tirar, porque el oso debió huir, y los ojeadores ya no vocean.

– La noticia me emocionó. Ahí era nada el que yo matara un jabalí, para mandárselo a mi madre. Bajamos con dificultad, por las breñas vestidas de ramaje, y al llegar cerca del peñón, en donde había estado el Cura vimos a un hombre sentado, descortezando ramas de avellano. Dn. Enrique quedó, petrificado. No acababa de salir del chasco. Nos acercamos este hombre, y nos dijo que estaba allí, para guardar los cerdos suyos, porque a lo mejor el oso me los merienda.

– ¿Pero los osos –le pregunté- comen carne?

– Gústales también el tocino y el jamón, después del desayuno de arándanos y fresas. Sobre todo, por las mañanas, corre peligro de que se venga a dar una vuelta por esta parte. Tenemos el chozo allá, abajo, y mis dos hermanos, también pastores, cuidan las vacas y las yeguas.

– De modo que sois pastores, vamos ¡Vaqueiros!

– Pastores, sí; Vaqueiros, no. Los Vaqueiros son de otra casta; no nos tratamos más que en las ferias. Nosotros semos asturianos que tenemos la casa y unos praducos en las costa, cerca de Lastres, y allí están la nuestras muyeres con los rapaces. Aquí, en el puerto no estamos más que tres hermanos cuidando el ganado, desde la Ascensión hasta los Santos, en que bajamos a la marina, para pasar el invierno.

– Aquí, ¿cómo os arregláis de víveres?

– Bastante bien. Tenemos un jaco, con el que vamos a Caso y a Riosol por pan y vino, y cosas de guisar. Carne no nos falta, y fruta abunda en los bardales, de arándanos, fresas y mostajas. De avellanas solemos coger un saco, para llevar a nuestras casas. Por lo que veo andan Vds. de caza. Traen mala suerte, porque la tienen muy espantada los Mejicanos que veranean en Caso y en Ponga. Nos despedimos de aquel pastor, y el Cura no desplegó los labios, acobardado por el chasco de los jabalíes, que resultaron cerdos auténticos. Al llegar a la loma, ya nos esperaban los ojeadores, y el madreñero, parlador, como siempre, me dijo:

– ¿El oso? Vímoslo un momento, nos barruntó, porque son muy tunos.

– Y ahora, con este nuevo fracaso, ¿qué plan tienes? -pregunté a Silio-

– Dar un cerco a Remelende, en donde hemos visto, con los anteojos, a varios rebecos. A ver si tenemos suerte de tirarlos.

Duró más de una hora, el ojeo, y como siempre. Los rebecos saltan como demonios, y no  hay quien los cace. Un chasco más y, a pensar en volver para casa. El sol calentaba en aquella cumbre rasa, sin árboles, y Relente, propuso, bajar a comer a la collada, cerca de la casa de los camineros, en donde hay una fuente de agua, como los hielos. Durante la comida, todos hicimos al Cura objeto de burlas por lo de los jabalíes. Descansamos unas horas, y faldeando Riosol, nos dirigimos a los Hoyos por las bajaderas de Mampodre, frente a Maraña. Al asomar a Casalinas, Silio nos dijo que fuéramos todos a los Hoyos y que esperáramos en el chozo, porque él no regresaba a casa sin un rebeco. El Cura se ofreció a ir con Silio, y ambos empezaron a subir por las pedrizas de la Peña del Convento.

Yo había llevado dos pares de alpargatas, por consejo de Juanelo, y buena falta me hicieron. Relente y Sancho a se les había terminado el vino de las botas, estaban malhumorados, y corrían, esperando que en el chozo de los Hoyos mojarían la garganta, porque Juanelo que estaría allí, nunca está desprevenido.

Cuando llegamos a los Hoyos, a media tarde, estaba Juanelo desollando un chivato, lechal y tierno.

– Lo estoy preparando –dijo- para cenar.

– Pero en Loides.

– No. En los Hoyos. Es un lechazo recental que tiene que estar sabrosísimo. Esta noche la tiene que pasar Vd. aquí, y dormirá como un santo en los camastros del chozo. Vino, no tengo pero acaba de bajar el motril a Acebedo, con una bota grande. Vendrá pronto. Cansado como estaba me tumbé en la campera y me dormí enseguida. Silio y el Cura acababan de llegar con un primal cazado a espera en los canalizos de la peña del Convento.

– Lo cazamos –dijo Silio- muy descansados. Eran tres; una cabra con la cría, y este primal gordo y lustroso. Dn. Enrique lo mató, y yo no quise tirar a la cabra, por no dejar huérfano al chivo, además, la cabra estaba muy flaca. ¡Menudo banquete nos vamos a dar, en Umbrosa!

¡Qué noche más deliciosa pasé en aquel paraje escampado de mi puerto de Hoyos!. Una luna llena, una temperatura agradable alrededor de la lumbre, recostado en la campera seca, sobre unas mantas y oyendo cantar a mis pastores, que se habían reunido allí, por aviso de Juanelo, de Murias, de Vioba, y de Casalinas. La cena del chivo preparada por mi rabadán, estaba sabrosísima. Yo había dormido un rato, y no sentía cansancio, sino un bienestar plácido y sedante, una alegría sana, que me hizo recordar los días en que mi padre anduvo por aquí, visitando su cabaña, y contándonos, a los pequeños, incidentes y sucesos de nuestros pastores, con los que se recreaba el alma de todos nosotros, los hijos y criados de nuestra casa de Extremadura. Juanelo había preparado un trípode de palos de avellano, colocado sobre la lumbre, y de los ganchos palos pendían trozos de las paletas del chivo que se asaban, sin más condimento que un poco de sal y la grasa que pingaba sobre la lumbre, alrededor de la cual, hervían, en un caldero, los guisos de la chanfaina y trozos de carne, de los lomos del cabrito. Ya eran las once de la noche cuando empezamos a cenar, sin platos, sin servilletas, sin esos lujos exagerados de los grandes banquetes. Todos en círculo, y comiendo del mismo recipiente, en una charla amena y chispeante, contándose detalles de otras cazatas más afortunadas, y haciendo a Relente bromas y sátiras por haber espantado los rebecos, de los canalizos del Infierno, cuando los ojeadores los llevaban, como arreados, mansamente, al matadero. Yo ya conocía el guiso de chanfaina, de otros convites. Pero este de Juanelo, me gustó sobremanera, condimentada con el hambre que ya teníamos todos al empezar la cena. Pero lo que no había probado nunca, ni saboreado con deleite, era la carne asada, en el trípode, que me resultó de un gusto exquisito. De postre, queso de mis cabras, y unos ramos de fresas que habían traído de Vioba, frescas aromáticas, pequeñas y dulces, más que las de las huertas dulces de mi tierra de Extremadura. Terminada la cena, nadie hablaba de dormir, y Juanelo nos dijo que aquella noche era para él y para todos los pastores, una noche de recuerdos que perdurarían, muchos años. Los pastores empezaron a bailar, al son de unas castañuelas y Relente y Sancho saltaban y brincaban, como peonzas locas, queriendo imitar el baile de mis pastores, pero sin acertar, en el ritmo y meneos de manos y piernas, en que eran mis pastores unos acróbatas artísticos, avezados a estas ceremonias y ritos antiguos, al estilo de mi tierra extremeña. Nadie durmió, en aquella noche. Yo mismo intenté bailar y hasta Silio rebrincaba de alegría. El Cura y Juanelo permanecían sentados, fumando y contándose cosas de tiempo viejo, en que Juanelo recordaba cosas del padre de Dn. Enrique, cuando era Medico de Baradón.

Y rato después de amanecer, nos dispusimos a marchar, y Juanelo tenía ensillado su caballo, sobre el que, hicimos el viaje de retorno, con toda comodidad. El Cura quería que comiésemos el rebeco en Loides, pero por mayoría, se acordó el banquete en Cisnarios, en atención a mi residencia, pero guisado en el campo, por Juanelo.

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– C). –

UN ALEMÁN EN EL PAJAR DE DIABLO.

Villapeces parecía un pueblo muerto. Escondido a la sombra de nogales y cerezos, no se veía bullir a nadie por sus pedregosas calles. El monte que baja espléndido hasta las casas, el rio que zigzaguea deslindando las vegas, la pradería florida y los cerros esmaltados de flores de escoba, todo el paisaje convidaba a la meditación y al silencio, en una naturaleza rica en matices primaverales.

Desde los bruscos silíceos de la Corona de Cisnarios, con un sol que no molestaba, con una brisa suave del cierzo que se había prendido, como una gasa, en las Pintas, pasé unas horas deliciosas pensando en el contraste de estas aldeas hermanas. Villapeces, dormida, añorando su historia vieja, cuando los Villarroeles eran casta de nobleza antigua y emparentada, y habían hincado allí, con su casa solariega esmaltada de escudos, rodeada de huertas, en un solar viejo de una familia linajuda que tenía ramas fecundas en toda España, y era la mansión rica de próceres que brillaban en el Foro, en los coros de la catedrales, en las aulas de las Universidades, en entorchados vistosos de la milicia, y en gestas cuajadas de cruces y de insignias ganadas en los campos de batalla y en los certámenes culturales de la ciencia y de la literatura.

Los Villarroeles eran, en el siglo XVI, tronco robusto de casta privilegiada, familia de lustre y de prosapia, nombre que sonaba mucho en todas las actividades sociales de España, y los Villarroeles, en Villapeces tenían su solar, su casona con blasones de piedra, con escudo de armas pintadas, con roeles mezclados con aspas y calderas, con veneros y castillos, con orlas y adornos en campo de plata.

Nada queda, ya, de la antigua e ilustre familia en Villapeces. El apellido, por allá anda, como recuerdo de tiempos heroicos, como supervivencia de una casta de recia contextura, y de famosa memoria. Quizá no se acuerden los Villarroeles que todavía suenan, en el mundo de esa aldea pobre y escondida, en donde, en paredones medio derruidos, aún pueden verse los restos de escudos nobiliarios que fueron lustre y orgullo de una familia linajuda.

Hoy Villapeces fue absorbida por Cisnarios, que se regodea, orgulloso de su crecimiento, de su prosperidad, de su vida moderna.

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– I –

EL ALEMÁN

En aquella mañana de Junio, llegó, por la carretera de León, una moto grande, con dos viajeros, un hombre, y una mujer, trajeados en forma nunca vista en la montaña. Hablaban el castellano, con relativa facilidad, pero bien se notaba en el tono y desinencias de su palabra que eran extranjeros. Preguntaron en Cisnarios si habría facilidad de adquirir alimentos.

– ¿Quieren Vds. hospedaje –les preguntaron los chicuelos- ?

– No; tenemos, con nosotros la casa. Sólo necesitamos carne, pan y leche, porque en la moto traemos un bulto grande forrado de lona, en el que hay ropas y mobiliario suficiente para vivir en el campo.

– Ella traía, colgando del brazo izquierdo un maletín de cuero, y del cuello del hombre, pendían unos prismáticos. Dieron una vista por el pueblo, y subieron a los peñascos de la Corona, en donde, sentados, miraban el paisaje de belleza soberana que, desde allí, se divisaba. Les encantaba Villapeces. Aquel caserío pobre, aquel monte frondoso, aquellas calizas contorsionadas, en época geológica, el rio que tenía caudal y coraje para reñir, con raíces de árboles y vetas esmeriladas de rocas, todo les causaba admiración. Bajaron pronto, y con la moto llevada de la mano se dirigieron a Villapeces, provistos de alimentos, para buscar un sitio apropiado para sus proyectos. Lo encontraron, a su gusto en una campera, a orillas d rio, regada por una fuente cristalina y fría, y en la estrecha campera, fueron colocando el bulto de lona. Su venida, su género de vida eran la comidilla de todos, en Cisnarios y en Villapeces. Se levantaban muy temprano, se bañaban en el rio, con el agua todavía fría, y ligeramente vestidos, pero bastante separados, y después encendían una lumbre, preparaba ella el desayuno, mientras él iba sacando de una bolsa de piel, cajitas de pastas para llevarlas al monte. Trabajaban cada uno, en diversas ocupaciones. El hombre, con un martillo, y un bastón con rejo de acero, iba a las peñas, rompiendo pedruscos, y ella se apartaba poco de su casa móvil, pero corría por cerros y arroyos cazando mariposas, y cogiendo flores silvestres. El primer domingo, vino a Cisnarios el forastero par oír Misa. Leyendo un librito, dio ejemplo a los vecinos de compostura y recogimiento. Me visitó a salir de Misa. Me habló de sus proyectos; estaba locuaz y contento por hallar un país bonito de paisajes, e interesante geológicamente. El era católico, y ambos alemanes de Hamburgo.

– ¿Serán matrimonio?

– No; somos nada más que amigos, estudiantes en la misma Universidad.

– Ambos terminamos nuestra carrera, y venimos  a estudiar y preparar temas para el doctorado. Un Profesor nos mandó a España, para que  trabajáramos en la geología y en la fauna de las estribaciones meridionales de los Picos de Europa. A ella la señalaron un estudio de colores y matices, en mariposas y flores, en plumas de pájaros silvestres, y en manchones minerales de este bello país. Piensa conseguir, por oposición, una plaza en una fábrica de materiales textiles, en la cual, los colores tienen una gran importancia. Por eso se dedica a la caza de mariposas y de pájaros, que despluma y suelta después. Hoy, domingo, descansamos. Vendremos, por la tarde al pueblo, para ver tipos, para captar conversaciones y diálogos, con objeto de perfeccionarnos en el idioma español, que ella conoce poco.

– Tendría gusto de acompañarles, si en algo les puedo ser útil.

– Muy agradecido.

– Entró en la tienda de comestibles, compró carne y pan, y repasó el puente en dirección a su improvisada casita de lona. Por la tarde volvieron ambos, y ella que pronunciaba nuestra lengua muy despaciosa, se dedicó, a hacer fotos del paisaje, de los rapaces que correteaban por la carretera, de las mozas emperejiladas y de los jugadores de bolos en la plaza.

Con él paseé largo rato, después del Rosario. Me entregó una tarjeta que decía: ENRY MUNSTER –GEÓLOGO. HAMBURGO.

Los chiquillos y las mozas se agrupaban alrededor de la alemana, y ella, sonriendo, los retrataba, hacia dibujos y caricaturas a lápiz, sorprendiéndoles, en todos sus movimientos y actitudes. Me enseñó, después, algunas caricaturas, en las que había un realismo sangrante, dibujados los tipos, con precisión y colorido.

– ¿Van a estar, por aquí, mucho tiempo?

– Hasta que acabe de estudiar ese macizo silíceo que me trae intrigado y entusiasmado.

– ¿Me permitirá acompañarle, algún rato?

– Con mucho gusto, porque, además, Vd. me puede dar datos de nombres y de fechas, en que se abrió ese camino que rasga, por el frente, el brusco rocoso.

– ¿Mañana por la tarde?

– Le espero. Yo venía por la carretera en dirección a los Picos de Europa. Al pasar un puente sobre el rio, ahí, muy cerca, me sorprendió este peñasco silíceo. Nos apeamos, y mientras ella se entretenía en ver a las truchas asalmonadas, yo me detuve, un rato, delante de un coloso, de una bravura primitiva, de una formación geológica sorprendente. Algo como esto, he visto en nuestra Baviera, pero esto es más duro, más hosco, más interesante. El corte vertical; el camino como una cuchillada horizontal hecha por un gigante; las crestas, bravías y salvajes; unos arbustos salpicando los canalizos y lágrimas de agua rezumando y cayendo en gotas menudas en el rio. Por el invierno será esto maravilloso.

– Sí; el agua se congela, y del borde de la peña bajan pinganillos, que parecen de cuarzo, y al caer y romperse en los peñascos de la margen del rio forman montones de hielo de formas caprichosas. En todo el frente, no entra el sol en tres meses, y la nieve congelada, también hace figuras bonitas que al derretirse, caen en masa sobre el rio que lucha como un titán, mordiendo los cimientos del macizo, enroscado, como una serpiente, alrededor del coloso.

– Es muy interesante. Ya hice algún dibujo, pero los detalles se escapan del lápiz; no se entregan a la imaginación, y sobre todo, esa hendidura del arroyo que no fue abierta por las aguas del reguero, ni por el roce de los glaciares, me desconcierta. Hay más; notará Vd. que en el fondo, la roca no es compacta, está formada por lajas simétricas, que se acuestan, como las hojas de un libro, y al pulirlas y esmerilarlas el rio, presentan todas las señales de su origen primitivo.

– ¡Misterios de la naturaleza!

– Sí; del interior de la tierra, estamos a oscuras; no hemos penetrado más que algunos metros en las minas y trincheras, y cada día nos sorprenden nuevos misterios. La ciencia moderna no es más que una antorcha que, apenas, alumbra. Parece que cuando más hondo se baje, en la corteza terrestre, más calor deberíamos de percibir, ya que el corazón del planeta, debe de ser una masa incandescente, como una gran caldera en la que hierven metales y tierras, piedras y gases, pero es lo cierto que las corrientes de aguas que fluyen por entre las capas terrestres son más frías, cuando más hondas, como las fuentes que brotan en la cumbre de las montañas. La Geología ha avanzado mucho, pero no ha pasado de la superficie. Tenemos mucho que estudiar en la corteza, sobre todo en estos macizos rocosos, que surgieron, algún día, o por levantamientos lentos o por empujes volcánicos que escupieron masas pétreas a grandes alturas. Y este raigón silíceo tiene características raras, fenómenos caprichosos, estratificación laberíntica. ¿No le parece Vd. raro, que el peñón se rompa verticalmente, y que la grieta no tenga cicatrices de su primitivo origen?

Vino la alemana a interrumpirnos la conversación, y traía un cuaderno lleno de bocetos y de puentes. Me dejó su tarjeta que decía: MARGERIT VEGNER.

Les acompañé hasta el puente, y volví, intrigado de la vida de aquellos jóvenes que ni eran matrimonio, ni, al parecer, ni siquiera, novios. En el pueblo se hacían comentarios picarescos, y yo no sabía cómo tratar a aquella pareja extraña. Me contaron cosas de aquella mujer, alta, huesosa, en la que apenas, se percibían, debajo de una blusa de seda, los signos de la feminidad. Había repartido caramelos a los niños, y toda su delicia, en aquella tarde, era besarlos, acariciarlos, reír con ellos. Tenía, sin duda, muy desarrollado el instinto de la maternidad.

Por el antiguo y desusado camino, fuimos, en la tarde siguiente al Ventaniello, pisando sobre losas encajadas y sentadas sobre la roca. A pesar del tiempo pasado, casi dos siglos, y del abandono en que está este camino, ni las aguas ni las nieves han podido menear las piedras colocadas allí en tiempos de Carlos III. Doblando el espinazo de la roca, taladrada, nos sentamos, al poniente, en unos rebancos cubiertos de musgo, que al alemán había puesto para mullido de cómodos asientos.

– Aquí –me decía Munster- he pasado horas largas, contemplando este panorama, duro pero atrayente. Estoy copiándolo a lápiz, y no me acaba de salir en toda su brava grandeza. He paseado por el camino, desde el recodo del arroyo, he tirado piedras, por la pendiente, gozándome al verlas caer en el rio; bajé por el matorral hasta la vega, y volví a subir por el cantil de la derecha, descansando en una gruta ahumada por la lumbre de los pastores. Del otro lado del rio, sube el macizo, como hermano gemelo, de este brusco del Ventaniello. Está rasgado en el fondo del valle, para dar paso a las  aguas de los neveros derretidos al cesar los glaciares cuaternarios. Mire Vd. esta loma en que estamos sentados, avanza, como una cortina, que trata de cortar el rio pero tengo observado que la piedra está rota, en lajas irregulares esparcidas al azar. Más abajo, en el lecho del Esla, vuelve la placa a estar enteriza con raigones lavados por las aguas, que se detienen en un pozo hondo, en el que truchas, de gran tamaño, se balancean, voluptuosas, y persiguen veloces, a los peces, de colores irisados.

– Sí; la Covalera –le interrumpí-.

– ¿Cómo se llama este pozo?

– La Covalera, cova-lera, cueva larga.

-¡Oh!. Muy bien. Así es el sotámbano que se divisa en la margen derecha como pantalla que cubre la cueva interior del pozo

– Y que tiene tres pisos, según los buceadores del país.

– Muy interesante todo esto que me dice. ¿Cómo se llama este paraje?

– Vega Entrecisa. –Peña Cisa- peña cortada.

Sí; cortada como con tijeras para dar paso al rio, cortada en sus laderas en losas simétricas; cortada, allá, arriba, por la espada de algún gigante que moró, aquí, en épocas legendarias, como aquellos semihéroes que satirizaba Cervantes en el QUIJOTE. Debieron de ser gigantes que se entretuvieron en hacer tajos y hendiduras, cortes y sablazos, en esta roca dura y amorfa.

– ¿Cómo se llama este macizo?

– Ahora lo conocemos con el nombre siniestro de el PAJAR DEL DIABLO, pero es moderno este nombre, posterior, sin duda a la época en que se abrió este camino, a fines del siglo XVIII. Fue, el primer camino que cortó la montaña, ribera abajo; antes todos los caminos eran trasversales, de ribera, porque los frecuentes escobios –Scopuli se llamaban, verdaderos escollos- impedían trazar vías comerciales y militares, por estas angosturas. En los años de la construcción de este atrevido camino, se hizo, para peones y bueyes; un albergue, con cuadras y pajares, y debió de ser tan inhóspito, y pobre, que algún morador lo llamó PAJAR DEL DIABLO. También solemos llamarlo Ventaniello.

– Muy bien; eso es: una ventana que permite ver uno de los paisajes más bravos y adustos que conozco. Hacia el norte, las vegas ubérrimas de Cisnarios; las cumbres de Parameno, los riscos del viejo concejo de Alión; más arriba Mampodre, a la derecha la pintas, que parecen cerrar, por completo, la ribera del Esla, y aquí, cerca de nosotros, estos cortes verticales que no me canso de mirar.

La tarde estaba despejada; del norte venían ráfagas de viento fresco, y encima de las Pintas, se habían posado unas vedijas de niebla. El Alemán estaba entusiasmado.

– Mire Vd.; son dos cuchillares que tienen dirección contraria. Uno el que se extiende, desde aquí, de Este a Oeste, y otro, de frente, que viene de Oeste al Este, pero ambos se cortan, a cercen, en el rio, y ambos son de idéntica procedencia, y ambos hubieron de sufrir las mismas convulsiones, como nos lo demuestran esas pedrizas, que como manchas grisáceas en el tapiz verde del monte, nos están diciendo que sus piedras rotas, desgajadas del tronco, sintieron las trepidaciones convulsivas del interior, y al levantarse, cayeron hechas añicos, acostándose en la ladera para ser testigos de aquellos eruptos volcánicos que moldearon, gran parte de este macizo. Y tienen estas peñas otra particularidad, que las clasifica como rocas primitivas. No tienen un solo musgo petrificado; ni un crustáceo aprisionado en sus vetas. Es que nacieron, sin duda, cuando, aún no había vida en la tierra, cuando el Espíritu de Dios, según el Génesis, no había tirado, sobre el planeta, las semillas de animales y de plantas.

Pero ¿Por qué se cortaron así, estos tajos imponentes, en forma vertical?. Aquí no hubo volcanes, ni levantamientos bruscos; hubo un agente poderoso que cortó la masa pétrea, la modeló en formas geométricas, cuando esta masa estaba, todavía, en forma semipastosa, blanda, y la modeló, así, brava, adusta, infecunda.

Ayer estuve en los canchales calizos, que, como peldaños regulares, suben hasta esa concha de Aguasalio, que parece hecha por artistas que sabían moldear belleza como los arquitectos ojivales. Allí la roca acusa una edad más moderna; tiene signos inequívocos de vida animal; aprisiona crustáceos, moluscos, peces, de infinita variedad, como si quisieran decirnos que la masa pétrea y blanquecina se había formado en mares procelosos, en corrientes de agua que estaban en movimiento continuo, en vaivenes rápidos y borrascosos. Y al surgir la caliza, apretó, en los hastiales graníticos, vetas de carbón que se habían almacenado en valles hondos, en donde había vivido, largos siglos, una vegetación exuberante y lujosa. Las calizas nos han conservado, como en un archivo, datos preciosos, señales seguras, de cómo estaba la tierra en la época terciaria, cuando el hombre no había sido formado por Dios del LIMO TERRE, para recibir, como un don, ese espíritu creador que lo hizo amo y señor de todo lo creado.

– Por lo que veo, está Vd. tan enamorado de estos rincones que pasará, aquí una temporada, estudiando y gozando.

– No; yo termino mis apuntes, en pocos días, y si Margarit ha recogido bastantes colores, no vamos hacia arriba. Tengo que terminar mis trabajos, en los Picos de Europa, tomando vistas y haciendo fotos, por encargo de un militar amigo mío, que está haciendo el mapa, con vistas, a operaciones bélicas, de todo el Cantábrico. Afines de Agosto, tengo que presentar mi tesis de Doctorado, en la Universidad de Bonn.

– Cuando regresamos del Pajar del Diablo, estaba Margarit clasificando mariposas y flores silvestres. Tenía recogidas muchas variedades, y estaba orgullosa de sus trabajos, que esperaba, la abrieran la puerta de una fábrica de tejidos, en su laboratorio químico.

– ¿Cuándo nos vamos? –preguntó a Henry-.

– Por mí, dentro de tres días; el tiempo vuela, y no podemos descuidarnos.

Al despedirme, me prometió remitirme un ejemplar de su tesis, sobre la CONSTITUCIÓN GELÓGICA DE LOS ESPIGONES MERIDIONALES DE LOS PICOSS DE EUROPA. Por el camino, ya solo, fue pensando en aquellos dos jóvenes, que vivían juntos, que no eran matrimonio, ni novios, y que no pensaban en otra cosa, que en asuntos científicos, sin que los fuegos sexuales, calentaran aquella choza de lona, en la que dormían, tranquilos, quizá sin hablarse.

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– D). –

LA CANCIÓN DEL ESLA

Todos os ríos cantan, según nos dicen los poetas, como ríen todas las fuentes, y  braman todos los lagos, y rugen todas las cascadas y raldones en los escobios, pero, son canciones de música variada y distinta.

Cuando, hace medio siglo, el poeta Julio Sanador, captó los sonidos del Duero, le pareció que eran sonatas tristes y fúnebres, porque las aguas de Duero, en tierras palentinas estaban encharcadas en los ¨Escombros de Castilla¨.

Nuestro Esla también canta, pero sus cantares son alegres y retozones, como de sonatas de pandereta. El Esla canta, siempre, en los remansos y tablizos, en los galgones y raldas, en los escobios y cascadas. Sus cánticos son como risas de niño, como susurros melodiosos de bosque, meneado por el viento, como rumores de brisa mañanera, que mueve las gargantas d los pájaros en las enramadas de los sotos y de las huertas.

El Esla, al remansarse e los tablazos, se detiene para deleitarse y remirarse, en sus aguas, frescas como un rocío, transparentes como un cristal, y pulcras como el tallo y el cáliz de los lirios que brotan en sus orillas. Allí, en los remansos tranquilos, le gusta al Esla recibir los besos del sol, que se entretiene en pintar y bruñir la cintas de plata del undoso rio. Allí se embellece y acicala con los rizos ondulados que traza el cierzo en su superficie limpia y serena. Allí se entretiene en juguetear con sus hijos, los arroyuelos y riachines que bajan, saltando, y brincando de los valles laterales, para acrecer con caudales el rio patrimonio de los lagos y fuentes de las cumbres leonesas.

Por eso, cuando el Esla canta en los tablazos bailan, de gozo, las flores de la orilla, y saltan de gozo, las truchas de los pozos, y hasta los fresnos y salgueras que enmarcan el rio, si el viento menea sus cabelleras, se inclinan, reverentes, sobre las aguas, en testimonio de gratitud, al rio que regala, sin tasa, jugos y frescura a sus retorcidas raíces.

¡Qué música más emotiva y alegre la que desgrana el Esla, en los remansos y tablazos de la montaña!.

Y ¿Qué canta el Esla, cuando canta en las raldas y galgones?

Son cánticos bravos de lucha; son gritos que dicen a los hombres, que las aguas del rio, cuando quedan espumosas por los rabiones, son fuerza creadora, que los hombres no han sabido, ni querido explotar y dirigir, para que fecunden con riegos generosos, las parameras leonesas, y las llanuras arcillosas y sedientas de la tierra de Campos. Porque el Esla tiene caudales sobrantes para enriquecer y embellecer esas zonas pobres, y sus caudales, limpios y creadores, los ofrece, sin usura, para  que harten de sabia a las plantas raquíticas y anémicas.

Cuando el Esla baja, presuroso, por los valles, sus cánticos nos dicen que ya no quiere luchar con las rocas; que ya tiene un cauce formado, a fuerza de besos y de zarpazos, a través, quizá, de muchos milenios de combate, y que ahora, serenamente, generosamente, alegremente, está dispuesto a entregar su caudales, para fomentar riqueza y producción.

Y es que el Esla, cuando ríe, en los remansos, y ruge en los galgones, goza, como los héroes homéricos, en cantar sus triunfos, en contarnos su historia vieja, desde los días prehistóricos, cuando el rio no corría, porque sus aguas estaban congeladas por los glaciares que rellenaban los valles hondos, y las laderas pindias, y los canchales de las peñas, y toda la zona alta de la montaña era un bloque duro de hielo, hasta que el padre sol logró rasgar las nubes, y morder los glaciares, y licuar los témpanos de nieve y hielo, para que, por las angosturas de los valles, empezaran a correr, otra vez los ríos, y a nacer las fuentes y a vestirse de árboles y de yerba los montes y las vegas, y fue, entonces, cuando renació, de nuevo, el Esla, y empezó su trabajosa carrera, para abrirse paso, por los escobios, dejando, en esta lucha titánica, testimonio fehaciente, de sus triunfos, en los niveles grabados de la roca ribereña.

Y en estos cánticos nos dice el Esla que la montaña redimida de los glaciares, se engalanó, con pastizales ubérrimos, y empezaron a venir, aquí, oleadas de hombres buscando pastos para sus rebaños, y tierras para su agricultura, y al asentarse, como en un patrimonio, vieron que otras inmigraciones numerosas de Celtas, Ligures e Iberos, venían, también de Asia, en plan de convivencia, como razas de origen común, y pronto, las capas superpuestas de clanes parientes, formaron una colectividad étnica , una gentilitas de lengua y de religión similares, y en amistosa convivencia formaron un pueblo, y residieron en varios territorios, como núcleos colaterales, que procedían de uno o de pocos troncos, y las familias se fueron asentando, en valles limítrofes y en grutas, y castros, en chozas y caseríos humildes que dieron nombre a casi todas las aldeas leonesas con topónimos raciales de personas que fueron jefes de tribu, caudillos de guerras, nombres ilustres en el gobierno y dirección de los núcleos colaterales.

Entonces empezaron estas tribus a tener un nombre común, tomando el rio Esla, que llamaron ESTULA ASTURA, nombre que me enorgullece, por mi linajudo origen, por mi prosapia vetusta, porque al nombre mío, estos pueblos supieron resistir a los invasores romanos, que buscaban, en mí territorio ricos veneros de metales preciosos. Con mi nombre de Astures, estas tribus confederadas con sus parientes los Cántabros y Vascos, perpetuaron un nombre ilustre en la historia primitiva de España.

Y ¿Qué canta, ahora, el Esla?

Son cánticos quejumbrosos, doloridos, porque quieren trasvasar sus aguas al Sella de Asturias, y esta noticia, ha encorajinado al Esla, porque es un proyecto que tiene un nombre propio: LATROCINIO.

Y el Esla al razonar sus quejas y protestas, nos dice su vieja historia, nos cuenta, su origen, en tierras Astures. Una historia interesante y amena que merece ser oída y conservada.

Yo nací –dice- gemelo de gran rio asturiano Nalón, en una fuentecilla pobre en las laderas del pico Remelende, allá en los límites de Asturias y León. A pocos pasos de nuestro nacimiento, se formaron dos hilitos de agua, que al resbalar por la pendiente vestida de Remelende, se dividieron, en dos pequeños chorros, uno más débil se infiltró entre las raíces y musgos de pico, para renacer, más abajo, en la concha del Negro de Tarna, dando nombre a una fuente famosa llamada NALONA. El otro chorro, más rico, también resbaló, mirando al mediodía, para brotar, con fuerza en las laderas de ese valle precioso y poético de Riosol, y ya en el valle me llamaron ESLA, y me detuve, extasiado, formando meandros en la vega, y recibí, contento, las aguas de arroyuelos y fuentes, para formar un rio que siempre han llamado, con orgullo ESLA. Hermanos gemelos nacimos el Nalón y Yo, saliendo del mismo vientre de Remelende, y aunque corrimos en dirección contraria, ni los asturianos soñaron jamás, en robar mis caudales para engrosar los del Nalón ni los mis Astures leoneses pensaron, nunca, en robar al Nalón sus menguadas corrientes. Gemelos nacimos, y él se precipitó, saltarín y reñidor, por los valles de Caso, para morir, en seguida, en las aguas del Cantábrico. Yo, más sereno, más majestuoso, corrí por valles ricos y bellos, cantando siempre, mi felicidad, escoltado por tallos cimbreantes de lirios, y encajado, en un cauce sombreado por robles y hayas frondosas, hasta que en la boca del valle, se mezcló, conmigo, otro arroyo, cristalino que brota en la fontana del Naranco, nombre que me recuerda su origen procelta, pues hay Naranco en Oviedo, y en Liébana y en Llánaves y en Valdeón de donde viene mi amigo y compañero que me ofrenda sus aguas par a formar un auténtico rio, que, poco más abajo, en Unia, me deleito, gozoso, en un pozo largo y hondo, para ver saltar a las truchas que suben a la superficie, para cazar a los mosquitos, que bajan a beber en mis aguas.

Más abajo, me encontré con otro rio, más caudaloso que se trenza entre arbustos verdes, y torgas de riego. Es otro Esla, que nace cerca de Maraña, no en una fuentecilla, sino en un arroyo crecido que se nutre de los senos abundantes de Mampodre. Al reunirnos, no reñimos ni disputamos sobre nuestro nombre. Nos maridamos enamorados, y seguimos corriendo con el nombre genérico de ESLA. Como ya somos ricos, bajamos por el hermoso valle de Baradón, sin prisas, porque nos gustaba, el salpicar flores, regar praderías, y recibir, gozosos, las aguas de arroyos laterales, que, bramaban, en la primavera, con la nieve derretida de las cumbres. En verano, las aguas de estos arroyos silenciosas y mudas, humildes y perezosas, pero frescas y limpias, como salen de las fuentes.

Que horas más felices pasamos en el antiguo valle de Baradón, recordando horas de nuestro nacimiento, pensando en que salimos del vientre de Remelende como de una cárcel oscura y honda, y al ver, ahora, al sol pintando flores y dorando picachos, y manchando, con brochazos verdes los bosques y las praderas, no pude por menos de alegrarme, y agradecer a Dios tantos favores como prodigaba a la tierra. Entonces, no había en la tierra animales, ni el hombre se había aparecido, y la vida era sólo, vegetativa, llena de bellezas, y cuando estaba embalsado en los lagos, que taponaba, allá abajo, el embudo de Bachende, noté que era el caudal de mis aguas más crecido y rico, porque otro rio había venido a ofrecerme, generoso, sus corrientes, y con todas ellas, ya era yo un rio grande, que tenía fuerza y energía, y arrestos para luchar con las rocas, y abrirme paso, buscando cauce y lecho, para correr hasta tierras fértiles, que me pedían mis caudales para producir riquezas enormes.

Pasaron muchos siglos, en los que los árboles crecieron y proliferaron, pero vino un periodo de frio intenso, en el que el sol tenía una cortina de niebla espesa, y las nieves caían, sin cesar, y los hielos tapaban toda la superficie de esta montaña, y rugían los huracanes con furia, y las aguas embalsadas se congelaron, en muchos metros de espesor, y a mí, me aprisionaron, otra vez, y dejé de correr, y era tan tenebroso el aire, y quedó tan muerto el paisaje, que sólo nieve y hielo se veían en los valles y en las vegas. Fue un período glacial que duró muchos años, y cuando el sol pudo rasgar las nieblas, y morder los hielos, y derretir las nieves, yo volví a moverme y a vivir, porque la vida era risueña y alegre, pero, en las laderas de los montes, y en las enriscadas cumbres, habían desaparecido los bosques, y los corpulentos robles y las copudas hayas, rotos y tronchados estaban petrificados y putrefactos, en el fondo de los valles, y con la presión de las aguas, y el calor subterráneo, formaron esos depósitos de carbón que se apretaban en bolsas y se estiraban en filones recubiertos de masas inquietas y pedrizas recubiertas de cieno. En aquellos días, se levantaron los eruptos calizos y se acostaron, sobre las cuarcitas y areniscas y surgieron esos gigantes pétreos, blanquecinos y elevados que dieron forma a la configuración de esta montaña. Fueron tiempos de esperanzas creadoras. Ya se veían moluscos, y peces y animales vertebrados, y después, empezaron a rugir las fieras, y a moverse los grandes paquidermos, y los osos peludos, y los ciervos corredores, y los caballos salvajes, y las aves pintadas. La vida era otra cosa, había otro ambiente; rebrotaron las yerbas, retoñaron los árboles, y las flores, aromaban el aire tibio y húmedo, el sol jugueteaba, gozoso, saltando por las agujas de los picos calizos, y bajaba a los valles hondos, alegrando con sus rayos cálidos a toda la naturaleza, que parecía despertar de un letargo.

A mí, me visitaba el sol con sonrisas de enamorado, en los tablazos ya remansos, y me alumbraba en los galgones para poder luchar, en la brega dura, con los bruscos silíceos, y con las peñas calizas que yo esmerilaba, y bruñía con placer y gozo. En esta lucha, pasé siglos, pero conseguí romper el tapón de Bachende, y mis caudales, embalsados, se fueron vaciando para que las vegas formaran, con los acarreos de las aguas, sobre capas arcillosas, esas mantas de tierra fértil, que habían de ser la esperanza de los agricultores.

Otros siglos, después, cuando los animales poblaban esta montaña, vi por primera vez, al hombre. Había llegado, en oleadas, de tarde en tarde, de tierras lejanas, y se fue situando, en los valles más hermosos, y en los cerros mejor defendidos de las fieras, y en las grutas se cobijaron para resguardo contra los fríos, las lluvias y el calor. Eran pastores, con rebaños, con perros y caballos amaestrados y traían mujeres y niños, y se alimentaban con frutas y carne, cazada, en los bosques. Noté que todos los inmigrantes eran de familias colaterales, procedentes de un tronco, y que al situarse en los sitios amenos y productivos, hablaban la misma lengua, y practicaban la misma religión, y eran gobernados por los ancianos, y por los jefes de tribu. Ya eran hombres de gran cultura. Tenían hachas de sílice, y cazaban con instrumentos rudimentarios, pero que fueron perfeccionando, hasta utilizar el hierro y el cobre para armas ofensivas, y para adornos y dijes de sus mujeres. Por eso no estoy conforme con lo dicho por un poeta romano, al hablar de las armas primitivas del hombre, cuando asegura que las armas antiguas eran: MANUS ET UNGES; DENTESQUE FUERI. No tenían más armas que las manos y las uñas, y los dientes. No. El hombre primitivo que yo conocí, aquí, ya atenía armas preparadas por su ingenio. Punzones y agujas, y bolas pulimentadas para arrojarlas, y como conocían el fuego, ya se valían de hornos para fundir los metales, y para resguardarse del frio, y se tapaban con pieles, y tejían fibras, y calzaban corizas de zarpa de oso, y hasta, traían, ropas y adornos, y cintas y telas de colores, que habían transportado, desde sus tierras de origen asiático. Eran gente de vasta cultura. Pronto se dedicaron, en esta montaña, al oficio de mineros. Extraían, hierro, cobre, y oro, y plata, y cinabrio, del que utilizaban, el minio, para materia colorante, y el mercurio como metal líquido. Todo lo producían y lo exportaban, a cambio de cereales y vino, de las zonas de mediodía. Así se formó un pueblo industrioso, y tranquilo, con Clanes que tenían el nombre de un jefe de Tribu. Eran pobladores indígenas, Preceltas y Preíberos. Después en la edad del Cobre y del Hierro empezaron a tener fama los yacimientos metalúrgicos de esta montaña, y al olor de esta industria llegaron, otros pueblos inmigrantes de Celtas, Ligures e Iberos que se fueron corriendo por las faldas de los Pirineos, hasta llegar a estos valles y como eran de la misma raza, se fundieron con los indígenas dando lugar a un pueblo numeroso, que los Romanos llamaron Astures. Ya habían hecho pactos con los Vascos y con los Cántabros, y por eso, todos estos pueblos se federaron en pactos de amistad, para propagarse y defenderse de cualquier invasión.

¿Que por qué se llamaron Cántabros y Astures?. Los Geógrafos e Historiadores Romanos sabían que estos pueblos montañeses poseían grandes riquezas metalúrgicas, y pastizales abundantes para sus rebaños, y pensaron dominarlos militarmente, para apoderarse de estas riquezas. Cantabria tiene una raíz idiomática que procede de nombre propio de persona, conticum, pero también parece nombre Ligur, y en este caso, Canto, sería Sierra, el sufijo Abr, es Celta.

Los Astures pudieron darme a mí mi nombre, porque habitaban a orillas de mis riberas. Y por eso a mí me llamaron ESTULA, Esla, nombre conocido de los Etruscos, y quizá de otros pueblos más orientales, pues aún, hoy, hay ESTULA en Beocia, en Viena, y en Italia, como recuerdo del personaje Virgiliano ASTYR aliado de los troyanos. Lo cierto es que los nombres de Cántabros y Astures se perpetuaron desde el tiempo de los romanos, perdurando hasta nuestros días. Yo recuerdo los FECHOS en que los Generales de Roma Carisio y Agripa se hicieron dueños de este país, conquistando a Lancia, la ciudad más famosa de los Astures. Yo vi cómo los Lancienses evacuaron esta ciudad, y se cobijaron en esta montaña, para resistir la invasión, y para sacudir un yugo intolerable, y si Lancia fue evacuada, fue por la traición de los Astures Brigecinos, que, como lindaban con los Vaceos, estaban, ya romanizados. Lancia fue tomada por Carisio, pero, los Astures se prepararon, en mis valles, para luchar de nuevo, y sólo, cuando los Romanos eran dueños del monte Vindio, que se extendía por toda la cordillera, desde Peñaovina hasta los Picos de Europa, y habían triunfado de los Astures de Bérgida, y estaban sometidos los Zoelas de las márgenes del Duero, y los Amacos habían abandonado el castro de Asturias y las citanias Bedunienses, fue cuando, rodeados de invasores por el Cantábrico, en donde habían concentrado una poderosa escuadra, y a mis animosos Astures les faltaban armas y víveres, fue cuando se rindieron, en Mampodre, y los jóvenes prisioneros, cortadas sus manos, con inaudita crueldad, fueron transportados a tierras llanas de Lusitania, en donde dejaron recuerdos gráficos en la construcción de puentes y de caminos estratégicos. Así terminó aquella guerra desigual. Los romanos a quienes no le interesaban más que las minas de las Astures, hicieron pactos de amistad con los Astures que siguieron teniendo cierta autonomía política, y los Astures, entonces, se dieron cuenta de sus riquezas minerales, cuando las explotaban para otros. Así perduró el nombre glorioso de los Astures, por espacio de más de cinco siglos.

En estos siglos de dominación romana, los Astures gozaron de cierta autonomía política, y no pensaron en rebeliones suicidas, porque los capataces de las minas, no residían en la montaña; dirigían los trabajos desde Lancia, Legio, y Astúrica, en donde la burocracia era numerosa, y la Legio VII, con sus cohortes, alas y escuadrones vigilaba las explotaciones, y se contentaba, con hacer actos de ostentación, en las fiestas espléndidas que hacían, en los fastos del Imperio, o en los días solemnes del aniversario de los Emperadores. Toda la fastuosa vida romana, estaba concentrada en Legio y en Astúrica. Allí se hacían fiestas y reuniones lujosas, y en Legio, rodeada de murallas fuertes, y cerrada con cuatro puertas de bronce, vivían, tranquilos los Legados Imperiales, y los grandes terratenientes de las zonas llanas, y una turba de empleados, que habían fundado un Municipio con leyes romanas, y con costumbre indígenas. En la montañas, los Astures tenían, cierta independencia, y aunque trabajaban las minas, por cuenta ajena no pocos se habían enriquecido, y gastaban, sus ahorros en las ciudades.

Pero vino la invasión Goda, y todas las ciudades de la zona llana, se entregaron al invasor, que no era un ejército, sino una masa de pueblo, con mujeres, niños y animales domésticos, que se apoderaron de todas las riquezas agrícolas e industriales. Sólo Leggio, resistió, varios siglos porque era una ciudad difícil de tomar por asalto, y cuando Leovigildo entró en ella, lo hizo asediándola hasta que se entregó, con ciertas condiciones honrosas para los habitantes, que conservaron su régimen municipal, pero sin soldados, ni armas de combate. Así pasó esta ciudad durante la época visigoda, como un islote político, y eclesiástico, que no suena nada, ni en los Concilios de Toledo, ni en los fastos de los historiadores. Yo vi pasar a las tropas Godas, por cerca de la ciudad de Legio, pasaron a Lusitania y Galicia, sin intentar combatirla militarmente. En tanto los viejos Castros Celtas, de las aldeas y la población rural de la montaña, vivieron sin sentir la invasión Goda. Las minas se cerraron, y se tapiaron no pocas galerías, pensando en días más tranquilos, y los habitantes siguieron acatando el régimen romanizado. En mis riberas, hay multitud de lápidas funerarias, de personajes de la época, pero no hay una sola pista, arqueológica, del dominio de los Godos.

Así estaba Legio, y la montaña Astur, cuando la invasión árabe del 711, y cuando Tarik y Muza, en paseos militares, seguían las huellas de los fugitivos Godos, desde Cesaraugusta y desde Mérida, recorrieron las vías romanas, sin resistencia, y Legio, sin soldados, sin vituallas, fue asaltada, y evacuada de sus habitantes que se refugiaron en la montaña, en donde empezó una resistencia, que había de terminar gloriosamente en Covadonga, al mando de Pelagio, emparentado con los reyes visigodos, y uno de los que pudieron escapar de la hecatombe de Guadalete. Pelagio tenía en el país de los Astures, familia y amigos, que lo eligieron caudillo, y, en los once años que mediaron entre Guadalete y Covadonga, tuvo tiempo, él, que era gran militar y estratega, de organizar a los Cántabros y Astures, y a los militares visigodos que habían huido, presa de un pánico colectivo que explica el rápido dominio de Muza. Ni Tarik, ni Muza penetraron, en mis riberas montañesas, y todos los valles norteños, y todas las grandes cumbres y todo el territorio de los Astures trasmontaños, era una zonas superpoblada con indígenas, y con huidos de las regiones llanas. A Pelagio le faltaban armas de combate, pero, su dinamismo, y el apoyo decidido de su pariente Pedro de Cantabria, y de los Vascos, le permitieron entablar relaciones con los Aquitanos, y conseguir armas y municiones para la empresa que meditaba de resistir y combatir al invasor. Tenía soldados, en abundancia; tenía militares godos, que, aunque huidos, conservaban los hábitos castrenses, y soñaban con la revancha. Por eso no se ha valorizado la epopeya de Covadonga que fue una obra estratégica, colosal, ideada y ejecutada por Pelagio, en once años de preparación. Su mérito principal, consistió en atraer a los árabes a los desfiladeros de los Picos de Europa, en explotar, el error enorme de los cabecillas árabes, de creer que con Pelagio no había más que unos cientos de soldados famélicos, que estaban refugiados en una cueva del monte Auseba. Pelagio no sólo tenía en el Auseba a un ejército bien pertrechado de armas, sino que tenía preparados otros ejércitos de retaguardia, en las bocas del Sella y del Piloña, que habían de atacar a los huidos de Covadonga, destrozando y aniquilando al ejército de Ambasa y de Munuza. Así se ganó la famosa batalla de Covadonga, en la que intervinieron, además del auxilio Divino, los planes estratégicos de Pelagio, y los errores de los árabes, que no tenían espías que les dieran cuenta de las numerosas huestes que poseía Pelagio. Fue este error de los árabes, uno de los muchos que suelen padecer los capitanes más afamados, el error de despreciar el número y valor de los enemigos, y la torpeza de pelear, en valles angostos, rodeados de altísimas peñas.

Y al huir, rio abajo, buscando salida hacia Gijón, tropezaron, los restos del deshecho ejército árabe, con las retaguardias del Sella y del Piloña, que terminaron, con un ejército, que creían insuperable. Algunos fugitivos trataron de saltar por la veredas del Beza y Amosa, pero, después de atravesar Valdeón, y buscar salida por Liébana, cayeron, en Casageudia, sin poder acercarse a Amaya, la ciudad Cántabra, en la que aún tenía el Duque Pedro partidarios decididos.

Fueron aquellos felices días, en los que mis Astures de ambos lados de la cordillera asentaron los cimientos de una monarquía cristiana, que había de terminar con la expulsión de todas las razas africanas que pusieron su planta en España.

Yo viví, en aquellos años trágicos, una vida de esperanza. Vi a Pelagio que empezó siendo un Caudillo militar, proclamado Rey de una monarquía de tipo Visigodo, no sin las protestas de parte del pueblo Astur que quería una monarquía propia, sin las taras de la monarquía de Toledo gobernada por Reyes corrompidos y viciosos. Eran aquellos años primeros de Pelagio y de su yerno Alfonso, días de trabajo intenso. Oí predicar abstinencia y penitencia a los monjes y a los presbíteros. Vi cómo se araban las praderías de las cumbres para sembrar cereales y legumbres, y aunque escaseaban los alimentos éstos eran repartidos con justicia y equidad. Los mineros seguían sacando minerales de las entrañas de las rocas, y los cambiaban por víveres y armas a los Aquitanos, que tenían una flota comercial importante, por el litoral cantábrico. Vi que los mis Astures seguían estando unidos, aunque dispersos, y que los primeros reyes, iban consolidando la monarquía, en capitales como Canicas, Gijón, Pravia, y Oviedo, cuyas ciudades acudían de todos los rincones apartados de ambas Asturias. No podían convivir con los de Astúrica, ocupada por Tarik, ni con los de Legio, ciudad ¨DESERTA¨, inhabitada, con las puertas abiertas a todas las algaras de moros y de cristianos, ni con las tropas árabes. Pero los bordes del vaso berciano, los montes lindantes con Galicia, las escabrosas montañas de la Cabrera, los rientes valles de Sanabria, las zonas ricas de Flaviana y Luna, los territorios de Arbolio, Curueño, del Porma y del Bernesga, los valles y laderas de Primalias y de Alión, y de Riángulo, y de Baradón, y de Saliabre, pobladas seguían de belicosos Astures, que se fueron agrupando en centros de resistencia activa, y cuando el pequeño reino estaba ya consolidado, y podían hacer incursiones por el mediodía, los mismos reyes se dieron cuenta de que había que situar, la capital de la monarquía, con vistas a las zonas llanas, que se empezaban a repoblar, con montañeses trabajadores, y con Condes aguerridos que sabían mucho de artes militares. Entonces los Astures con una visión clara, de la unidad de la patria, repoblaron Legio, con el nombre León, y León, empezó a ser la capital de la monarquía, y todos los pueblos agrupados, de los antiguos Astures, se llamaron LEONESES, sin distinción de razas, territorios, clanes, tribus, porque todos tenían ya una sola lengua, y una sola religión, y unas solas leyes, que se fueron elaborando, en los FUEROS concedidos a los repobladores, y a los Condes conquistadores de tierras más abajo del Duero. Ya los galaicos estaban incorporados a la monarquía Leonesa. Y no había Zoelas del Duero, ni Lancienses del Esla, ni Bedunienses del Órbigo, ni Bercianos de Bergidum, ni Cántabros, ni Vascos, que todos vivían bajo una misma ley, y todos tenían los mismos ideales de reconquista.

Por eso, yo, con todos mis hermanos, los ríos leoneses seguimos la misma trayectoria de norte a sur, a no ser el Sil, que, nació en Flaviana, territorio Astur, siguió la ruta hacia el poniente, mientras que los otros ríos se sumaron a mis caudales, y yo los recogí orgulloso, de mi estirpe milenaria, y los abracé, cariñoso, como a hermanos, y todos juntos, engrosamos la corriente del Duero, que había de ser una arteria principal de este todo geográfico que se llama España.

Por eso me cabe la gloria y el orgullo de ver a España, nacida en el solar de mis Astures, una España grande, que empezó por asociación de Clanes, y de Tribus, y las Tribus y Clanes federados, hicieron territorios unidos en una unidad étnica y geográfica, para que naciera la grande HISPANIA vislumbrada por S. Isidoro, y forjada, a la fuerza de desastres y de victorias seculares. Lo mismo me pasó a mí. Nací en Remelende, en la pequeña fuentecilla, y poco a poco, fui creciendo con arroyos y riachines, cantando mi linaje antiguo, y luego fueron otros ríos que, naciendo en la cordillera Astur, me entregaron sus caudales para que ostentase el timbre más linajudo de mi existencia, y pudiera hoy, decir.

Aquí estoy, lleno de caudales, riendo y cantando mi historia limpia, para que los hombre de ahora, me detengan, en mi carrera y me embalsen, si quieren, pero no se les ocurra TRASVASARME, porque mi consigna es esta: EMBALSE SÍ, TRASVESE NO, y no, y no.

Fin del anexo al libro CASTA DE ASTURES.

Autor: D. José Gonzáles Fernández. Pbro.

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