CRÓNICA DE LA VICTORIA

NOTA PREVIA. D. José González Fernández revela el talante literario grandielocuente, de elogios triunfalistas de la época de la posguerra en el siglo XX.

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Véanse a continuación algunos párrafos de:

GONZÁLEZ, José, Crónica de las Fiestas Regionales de la Victoria, celebradas en León en el día 21 de Mayo de 1939. León, Imprenta Casado, 1943.

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PRÓLOGO

¨Hoy al placer el corazón se entrega,
Hoy la esperanza sus colores viste;
porque la gloria, palpitante, llega.

Enrique Gil y Carrasco.¨
¨Paz y Porvenir¨

!Helos; helos, por dó vienen!
………………………………………….

Crónica de las Fiestas Regionales de la Victoria,  León,  21 Mayo, 1939, cubierta

Crónica de las Fiestas Regionales de la Victoria, León, 21 Mayo, 1939, cubierta

El cronista hace temporada que viene emborrachándose con el zumo viejo de la solera tradicional. La Novena a la Virgen del Camino colmó de harturas la sed que no lograron apagar los vinos revueltos y turbios, escanciados, sin medida, en las bodegas democráticas.

Y una noche de mayo, fría y oscura, sin claror de luna, se encerró en la claustra de la Catedral, y allí, sobre las losas que cubren huesos de héroes, delante de los sepulcros que encierran, en laudas sobrias, las leyendas de obispos y de nobles, que corrieron por los campos del romancero, soñó, soñó con arneses y escudos, con lanzas y espadas, con lorigas y petos y lambrequines bordados en piedra y caballos corredores bridados por jinetes garridos; con aquel Bernardo que, en la leyenda, se hombrea con el Cid y con Fernán González y con aquellos Reyes leoneses que supieron:

lavar con sangre el solar
a donde la mancha estaba;
porque el honor que se lava
con sangre se ha lavar.

Andaban aquella noche alborotadas las almas de los muertos por la claustra, y el cronista habló y dialogó con los espíritus de Juan de Grajal y Arias de Valderas, maestros en las ciencias de las Leyes, y con los entalladores e imagineros, arquitectos y pintores, con pedreros y estofadores, orfebres y doradores, y oyó que todos estaban locos de alegría porque volvían las aguas leonesas a correr por los cauces viejos de la tradición.

Sobre una losa del ángulo noroeste vió que se a alzaba una figura de elegante porte, de mirar dulce y fascinante – ¡Soy Carrancejas! dijo – ¡Ah! ¡Ah! lindas estrofas hiciste en el antecoro de Jordán.

-Entonces todo era puro; el oro, la vida, las costumbres, el arte, la piedad. Hogaño todo lo trocásteis y adulterásteis. Ahora se perciben rumores de que los leoneses os tornáis al buen sentido.

-¿No oís las músicas de chirimías y vihuelas, de órganos y arpas aromando el ambiente nuevo?

-En el centro del patio habla un grupo de almas que clamoreaban cantares del ciclo épico; eran Badajoz el mozo y Orozco y Doncel y Herreras y Enrique Darphe. Cantaban romances de Bernardo del Carpio, Villancicos de Juan de la Encina…

Con tres mil y más leoneses
dejó la ciudad Bernardo

para aquella arrancada de Roncesvalles en la que los franceses quedaron sin capitanes, sin huestes, sin honra, porque los leoneses:

No llenen tan flacos los pechos,
ni tan sin vigor los brazos;
ni tan sin sangre las venas,
que consientan tal agravio;

el agravio de un extranjero,  aunque fuera tan grande como Carlomagno,
que osara pisar las tierras españolas.

Al filo de la media noche, poblose de fantasmas la claustra; bullían y hablaban en tonos de algarada; calzaban udones de cuero labrado, medias blancas de lino; vestían bragas cortas con mantelete cubriendo el empeine; jubones de tisú, haldas de damasco rojo, fajas anchas, rojas como la sangre, camisas caseras, con pecheras de Holanda almidonadas; gregueras rizadas y acanaladas, sombreros de fieltro, de alas tiesas, y algunos, los clérigos, lucían lobas amplias, roquetes calados, con bordes de color violeta, zapatos con hebillas de plata y alzacuellos morados, con franjas de escarlata.

Los nobles estaban lujosos de veras; ricos mantos cuajados de perlas, capas bordadas en oro, con borlas de seda verde, sombreros con plumajes de mil colores variados y tahalí de cuero repujado, espadas cortas de acero toledano, con cruces y leyendas primorosas.

Las mujeres también estaban enjoyadas; faldas entablizadas, mandilines en los que el arte y el dinero habían hecho prodigios de adorno, con oro y plata, con esmeraldas y topacios, con cintas azules y cintas de terciopelo. Colgaban del pecho cruces y cadenas, relicarios y Agnus-Dei, collares de perlas engarzadas con eslabones de oro, y en las muñecas y en las orejas y en los dedos, traían tesoros de arte en anillos y ajorcas y pendientes.

El cronista estaba enloquecido con lo que veía y oía. De repente una voz cristalina sonó en lo alto de la torre de las campanas.

-¡Helos, helos por dó vienen, los leoneses de hogaño, reviviendo los días claros de antaño! ¡Son ellos los mis leoneses!

-Era el cronista de Felipe III que tenía el sepulcro a los pies de la Virgen de Betanzos, Don Pedro Quevedo, el cual desde una almena se había encargado de avisar las cosas que se estaban planeando en León.

-Son los gritos de la victoria; -decía- la alegría que estalla en vivas y aplausos en todos los pechos leoneses.

-Don Pedro Quevedo bajó en un vuelo al patio y despertó del éxtasis al cronista, quien le contó los preparativos que se estaban haciendo, para que toda la reglón leonesa tomara parte en la jubilosa manifestación de la VICTORIA que habla de ser al día siguiente.

-Como eres de la cofradía, te invito a que me ayudes a tomar datos, a captar hondas y rumores, para que no quede detalle sin escribir.

-¡Bah! – contestó Quevedo. Vitorias tuvisteis muchas. Sonada fué la de la Francesada, y suguisteis lo mesmo. Mientras no celebréis la fiesta de auténtica resurrección, con propósitos firmes de enmienda, no hacéis nada. Jolgorios, cohetes, percalina, gritos, todo se esfuma; el alma leonesa que estaba retoñando brioso y pujante, lavada con sangre, purificada con dolores, pide más; exige vida nueva, costumbres nuevas moldeadas en troqueles viejos; austeridad, piedad, trabajo, honradez.

Sí; te acompañaré; haremos una crónica detallada; husmearé los rincones, entraré en todas partes, te traeré datos y noticias.

Y el fantasma de Don Pedro Quevedo, prestó al cronista un servicio que no sabe olvidar y gracias a él, hice esta crónica de la más descomunal victoria ganada por la España auténtica contra la fiera internacional del marxismo.

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El aguijón de la Catedral desgranaba, pausadas, cronométricas, las campanadas de las grandes solemnidades; la Pulchra estaba guapísima, reflejando en los lienzos blancos de los muros los rayos tímidos de un sol que luchaba con los celajes del cierzo.

Quevedo subió hasta la veleta para ver los giros de acrobacia de los primeros aviones que volaban sobre la ciudad, y allí, a horcajadas sobre la bola enorme, esmerillada por la lluvia voceaba:

-¡Helos, helos por dó vienen!

Vienen de todos los vientos, del poniente, del norte, del oriente y del mediodía, ataviados como yo los vi a los mis leoneses en 1603, cuando entró en León la Majestad Católica de Felipe III. Tal como vienen los reconozco a todos, a pesar del atuendo diverso que traen, de las distintas zonas. Ahí vienen los bercianos con el espíritu de aquel señor de Bembibre, encarnando el alma de los Templarios de Ponferrada, cantando tonadas viejas que hablan de las leyendas del lago Carucedo, y de las Médulas estripadas y de los anacoretas que anidaban en las breñas de los montes Aquilianos y de las flores de sus vergeles. Ahí vienen los maragatos de Astorga, con sus trajes típicos ostentando lujos y atavíos que pueden ornar a princesas y a infantes; los parameses a de La Bañeza, los ribereños del Órbigo, de Coyanza y de Sahagún con capas pardas de estameña, con zapatos claveteados para triturar los terrones arcillosos de las sementeras fecundas; los hidalgos de Valderas, los burgueses de San Fagun, los infanzones del Bernesga, los monteros de Cea de Almanza, lo mismo que cuando corrimos en los montes del río Camba, aquellas cacerías de venados y de jabalíes que tanto gustaron a lo Majestad Católica de Felipe III, que se hospedaba en Trianos, como en el su Palacio de Aranjuez, agasajado por aquel Prior Fray Andrés de Caso, de limpio linaje Astur-Leonés.   Por el norte vienen, descolgándose de los riscos, por trenes y por carreteras, los montañeses de Riaño y de La Vecilla, trayendo venablos y chuzos como aquellos arcabuceros de la Merindad de Valdeburón, que abrieron brecha en Tordesillas, contra las tropas imperiales, luchando en la vanguardia de las huestes Comuneras. Son lo más castizo de la montaña, de esa montaña culta y recoleta, raza de pastores trashumantes, y solera rancia del lenguaje puro, y de piedad sin zalamerías y embelecos. Vienen los de Murias con sus panderos de La Laceana, con los cuernos de guerra que sonaban en el histórico castillo de Luna, el más viejo y poético de los castillos leoneses, que oyó los lamentos de la prisión del Conde de Saldaña, el padre de Bernardo del Carpio y se regó con las lágrimas de aquel desgraciado Monarca gallego Don García, víctima de la ambición del Héctor de Castilla, Don Sancho, el que murió delante de los muros de Zamora la bien ganada.

¡Qué buenos vasallos los mis leoneses cuando tienen buen Señor!

Pág. 13
Yo, leonés de cuatro suelas como decía el Padre Isla, morido de amor por esta tierrina de mis encantos, estaba equivocado. Creía que habla muerto la tradición; que no quedaban huellas luminosas de un pasado glorioso; que no habla ya más que música de manubrio y pianola, bailes exóticos, sin arte, propicios solo a la exaltación de bajas pasiones; pero no; aún quedan restos aprovechables, aún podemos ufanarnos de ser un• pueblo que sabe remozarse al conjuro de las grandes conmociones sociales, y volver la vista hacia atrás en busca de la luz que alumbró los campos de la historia Imperial de España.

¨Ayer fue día de facer fazañas; hoy es día de cantarlas¨ y los leoneses supieron hacerlas en las cumbres de nuestros montes, y cantarlas como un pueblo de juglares por las plazas y calles de la ciudad. Como aquella juglaresa del libro de Apolonio:

¨Comenzó hunos viesos é hunos sones tales que trayen gran dulzor, et eran naturales, finchiense de omes a priesa los portales, non les cabía en las plazas, subíanse a los poyales.¨

No acertaba yo a separarme del pórtico oeste de la Catedral; porque estaba la Virgen del Parteluz bellísima y sonriente como nunca la ví. Adornada con flores y ramos, como portera del cielo, elegante en los pliegues de la túnica, airosa en el talle, triunfadora, pisando al dragón con aquella cara de dulzura maternal, parecíame la Inmaculada española presentida en la Inspiración de los artistas del siglo XIII.

Era ella la que iba a recibir el homenaje, el testimonio de gratitud, de un pueblo enloquecido por la Fe y por la Victoria…

Se oían ya las voces de aquella orquesta soberbia, que empezó por unas campanadas y por unas bombas anunciadoras, y los anillos de la cadena humana se movieron con un automatismo sorprendente.

Don Pedro Quevedo hacía rato que aleteaba en torno mío. Mis impresiones eran muy subjetivas, demasiado locales. Decidí subirme a la torre y delante de los pretiles, mohosos, testigos de emociones soberanas, con unos prismáticos poderosos, recorrí todo el itinerario. Colores, matices, la indumentaria policromada, las banderas ondulando, los pendones, IOh! los bellos pendones leoneses de damasco que habían lucido sus pliegues de oro y de esmeralda en la procesión de la Virgen del Camino ¡cómo erguían soberbios y alegres escoltando el atrio de la Catedral! ¡Cómo repartían besos movidos por la brisa mañanera clavados en la rejería severa de la Pulcra Leonina! ¡Qué bien estaban allí en la verja del mediodía mirando al Seminario que fue albergue y sanatorio de heridos españoles, los cuales lloraban de emoción y de entusiasmo al recordar las calamidades de Teruel, las bravuras de la bolsa del Ebro, en donde la muchachada heroica dejó brazos y piernas, cuajarones de sangre que reviven ahora en amapolas del campo y en manifestación espléndida del alma de la patria redimida!

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Lo procesión de vestimentas, las variedades de colores; aquellos mandilines de terciopelo cuajados de piedras, aquellas medias blancas de lino modelando pantorrillas torneadas, aquellos zapatos bordados sin esos tacones exóticos que se estilan ahora, aquellos flecos en los pañuelos que llevan los mozas con la elegancia y el aire de princesas; las ajorcas, los zarcillos, los pendientes, los medallones que fueron el orgullo de bodas en las abuelas de los rapazas que los lucen hoy, la alegría en los semblantes, el chispear de los ojos, los gritos que salían de las gargantas de nácar, el compás de los andares, el carmín de los mejillas, los corales de los labios, la cinta lechosa de las frentes sombreadas por rizos de azabache y de oro; ¡esas, esas son las leonesas auténticas, las leonesas antañonas que fueron madres de una roza de héroes, de misioneros y de santos!

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…Antes de empezar me flageló suavemente en la cara el aletazo de un fantasma. Era Cebrián que no se apeó de la casina de Riaño.

De tipismo -como ahora decís- nada que se pueda comparar con este. Estos montañeses no degeneran; son los mismos de los tiempos de las Merindades democráticas, de los Concejos libres; son roza de Astures y Cántabros, de Cóncanos Múrgobos, de pastores y de guerreros, de fe dura como la roca, de costumbres sanas como el cierzo de sus cumbres, de vida intensa como las arboledas de sus montes.

Su casina tiene todo el perfume de los recuerdos dulces, de las veladas de Invierno a la luz de los aguzos, del trabajo fecundo en las portalinas soleadas, del dormir tranquilo en los escaños, de las cocinas tapizadas de pieles. Traen todo el ajuar viejo y pobre. El techo de paja de centeno tostada por las fogatas y revuelta con el viento, las pregnancias colgando sobre el llar, con argollas de hierro, barnizadas de sarro, para colgar calderos, los escaños de roble, las tajuelas bajos para sentarse al amor del rescoldo de las ascuas removidas, los barazones de avellano para secar chapines mojados y ristras de chorizos y de morcillas y de androjas recientes. Lo traen todo. Aperos de labranza, labores ordinarias; una vieja que hila lino y lana, un pescador que remienda y enmalla In garrafa y la relumbrera; un mozo que dola, con el hacha, los estadonjos y los. brebiones del carro; un pastor que hace media, unos rapacines que leen el catecismo encuerados alrededor del llar a la luz de las rachas de haya, que despiden reflejos blancos en llamaradas rojizas, y dentro de la casina, un hórreo de manteca que parece un milagro que no se derrita y que está tan bien presentado y tan artísticamente hecho, que es una maravilla. Más de cincuenta kilos de manteca tiene el hórreo buronés. Una ermitina pequeñina y bonita de talco de Lillo, con su Imagen tallada que es un primor, pieles de osos, un lobo amarrado con bozales de mimbre, un jabalí que rebudia, un hermoso ramo de enebro de cuyos gajos cuelgan racimos de truchas, panales de miel, y detrás un corro típico con ruedas de madera de haya. Las cambas y las segunderos y el miol y el eje untado con tocino y el cillero y las latillas, todo típico y auténtico, y les bueyes enanos con sendos collares forrados con piel•de tasugo y bordados con franjas de tafetán para que los cascabeles suenen meneados con lentitud cronométrica.

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-Empezaba la ceremonia de la ofrenda. El Alcalde de León, con su figura prócer, emocionado y solemne, hizo la ofrenda con estas palabras, cinceladas con el lenguaje castizo que sólo León sabe hacer. ¨Permitid ahora, leones todos del viejo reino de León, los de esta tierra y los de las provincias hermanas de Zamora la vieja, Salamanca la doctora, Valladolid corte de reyes, Palencia la noble y buena, tan honrosamente representadas aquí, y los leoneses todos de la actual región, permitid que la ciudad de León que os ha congregado amorosamente, recabe el honor altísimo de su mayorazgo estampado en la Historia de España y en sus blasones gloriosos imperiales.

El noble reino de León, forjado en los afanes de la reconquista y en los altos anhelo que oteaban ya en el siglo X las glorias del Imperio en la unidad nacional y cristiana, vuelven hoy, en día lleno de luz y de esperanza, a juntarnos en el correr del río de la vida inmortal y de esperanza, …

… Nobles señores y nobles aldeanos que con vuestros trajes preciosos adornáis esta fiesta, los vallisoletanos que tenéis la gloria de ser paisanos de Felipe II, los palentinos de quienes dijo Santa Teresa que sois de la mejor masa de gentes que ella había conocido, los salmantinos que hicisteis cantar a Fray Luis de León, los zamoranos que armasteis caballero al Cid en vuestra iglesia de Santiago el viejo… esta es vuestra casa solariega y aquí estamos siempre a vuestro mandar.

¡Leoneses de nuestra actual provincia y tierra!

León siente hoy, al tener aquí lo más florido e ilustre de nuestras comarcas, el sato orgullo de la antigua Corte y los buenos tiempos de la máxima grandeza.

Aquí están, acudiendo gentilmente a nuestra llamada, todos los florones de nuestra gloria y todas las remembranzas de abolengo, que por ser leonés es de rancia hispanidad.

La insigne Astorga, la del convento jurídico romano y la del más altos héroes de estas tierra norteñas en la guerra de la independencia, solar de santidades, de hidalguías, de saberes que parecen compendiados en la figura venerables de sabio y patriota D. Marcelo Macías.

Bañeza, la vieja Bedunia, de los restos romanos, las fertilísimas riberas, los castillos nobles, la que vió en los antiguo la tremenda batalla de Orbigo y, en el siglo XV, el inolvidable Paso Honroso.

Murias, la montañera, la de los verdes prados y las bellas canciones, la del castillo de Luna y las memorias de Bernardo del Carpio.

Sahagún, la del sabio monasterio que dio luz al mundo, la del Abadengo poderoso de un feudalismo sano y rico, la de la Custodia del Arte, la de las predilecciones de Alfonso VI el conquistador de Toledo, la de los viñedos y trigales de la tierra de Campos góticos…

Ponferrada, la muy leal, la de la historia romántica de los caballeros Templarios, la de las bella andanzas del Señor de Bembibre la de Santiago de Peñalba, la del lago de Carrucedo, la del oro de las Médulas, el oro que trajo a Iberia el imperio de los Césares, la deliciosa vega encuadrada entre el Manzanal y los enormes montes Aquilínos.

Riaño, flor de virtudes de la raza, de fe y tradiciones intactas e intangibles, la de las bravas montañas y los puertos alpinos y los valles paradisiacos, la de los hombres altivos y las costumbres castizas, la de los hayedales que a la otoñada se visten da color de llama viva, la de los inmensos rebollos que cantan escenas virgilianas desde fas Conjas de Prioro hasta el Pico Espiguete en tierras de la Reina.

Vecilla de Curueño, la mártir del marxismo salvaje, la que ha perdido en la guerra hasta la casa blasonada de la Dama de Arintero, la que hoy no puede presentar más que huella del paso de los bárbaros, entre las maravillosas hoces de Vegacervera y las de Valdelugueros, desde el fantástico lago de Isoba hasta el calcinado solar de Villamanín.

Quemaron y robaron todo, menos la historia del cenobio de San Froilán y la belleza de los Pontedos y la Tercia y los Argúellos, y el timbre de gloria de ser la patria de un talento y un sabio como el Padre Arintero.

Coyanza, en la tierra llana y riberas del Esla, Coyanza la bella que no quiere ser Valencia de nadie y no lo será más, la de la Virgen del castillo viejo, la de los campos de pan llevar y los espléndidos viñedos de la histórica Valderas a la noble Villamañán que albergó en 1808 con patriótico cariño al General con Gregorio de la Cuesta y al Ejército de Galicia.

Coyanza la señorial, tierra de poesía caballeresca que se refugia en la últimas ruinas de su hermosísimo Castillo, arrullada por los versos de Fray Diego el del Cancionero de Baena o en los romances leoneses del contemporáneo y no olvidado Fray Gilberto Blanco.

Villafranca del Bierzo, que si en el orden alfabético viene la última, es tal vez la primera en la hermosura y donaire de sus vergeles arrancados de Andalucía, perla del Bierzo y anacreóntica de nuestra tierra, jardín de placer y descanso de peregrinos a Compostela, castillo de Corullón de la verde yedra y la romántica y santa aventura de una Alvarez de Toledo, del monasterio de Carracedo, el del rey Bermudo, camino de Gil Blas de Santillana, libro de heráldica nobiliaria de la calle del Agua y del convento de la Anunciada, tierra fecunda y alegre, tierra de color de perfume.

Y quedan para los últimos los más cercanos, los de la tierra de León, los de la socampana, los de los valientes pendones que aquí gallardean como centinelas de la Catedral, los que mandan en León en las maravillosas procesiones de nuestra Santísima Virgen del Camino.

Con ellos venimos también los de la ciudad cien veces noble y leal, en cuyo nombre que es cifra y compendio de todos los que estamos, los presento, Señora y Madre nuestra, Virgen de la Blanca, la de la eterna y dulce sonrisa, las ofrendas de nuestro amor y nuestra gratitud por la Victoria que tanto habíamos pedido, y la petición de bendiciones para nuestro invicto Caudillo y para los forjadores de la nueva España, una, grande, libre.
Continúa en la página 33

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Pág. 33 (de La Ofrenda del Alcalde, Corregidor de León) (Extracto breve)…
Señora de la  divina sonrisa, azucena blanca del reino de León, Señora que nos habéis defendido en la guerra y nos daréis paz en la paz!; más que con la palabra nos despedimos con los ojos, con esa mirada que es el último adiós. Con alma de niños os queremos decir aquella oración que de niños os decíamos y que acaba así:

Míranos con compasión, No nos dejes, Madre mía.

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Pág. 39 (Respuesta del Sr. Obispo). (Extracto breve)…
5. La ciudad de León y sus contornos. …Para los últimos habéis dejado señor Corregidor, los más cercanos y el último de todos, venís Vos, que sois el primero en la Ciudad, a presentar humildemente las ofrendas de amor y gratitud por la Victoria, y a fe que venís brillantemente acompañado por la ingenua algarabía del regocijo aldeano, que cual David ante el Arca, baila y salta, toca y canta ante la seriedad de piedra, que sólo aquí se hace celestial sonrisa en la Virgen de la Blanca.

Todo lo merece Ella; sí sí, merece vuestro ingenuo cantar, vuestro honesto baile, vuestra complicada danza, vuestra vistosa Indumentaria, vuestras joyas, vuestro color, vuestra alegría, vuestra luz. ¡Qué hermosura! ¡Cuánta poesía! De tal guisa ataviada la leonesa tierra, parece que tengo ante mis ojos la Esposa del Cantar de los Cantares, tostada por el sol del trabajo que le robó su color, pero, por él realzada y dignificada; parece que la veo de encarnadas mejillas, como la granada roja; y toda ella, huerto cerrado, fuente sellada, nardo precioso, la más bella entre las Bellas, la más Hermosa entre las Hermosas, anhelante y presurosa, buscando la flor del campo y el lirio de los valles. ¡Qué espectáculo tan arrebatador! semejante al que todos contemplamos en este momento.

Pero nuestros ojos de Pastor, admirados y agradecidos a la belleza que se postra ante la Criatura más Bella y Toda Hermosa, quieren calar más hondo, y en este conjunto de Insospechada sublimidad, no ven más que la envoltura, lo externo de algo Infinitamente más grande, más bello, más divino, cual es la fe y el amor de los leoneses a Jesús y a su Madre, amor y fe que tantas maravillas saben obrar.

6. Seguid en vuestro esparcimiento
‘Recibida la ofrenda, seguid, hijitos míos, en vuestro honesto esparcimiento, porque piedad es alegría, y lo mismo se puede servir al Señor en el recogimiento de la oración, que, a su tiempo, en el canto y en la danza, en el vestido y en el baile, siendo Nuestro mayor contento, que junto o separado, todo eso sea siempre un rezo, una poesía religiosa, como creo lo es ahora.

7. Volvemos al Sagrario para continuar pidiendo por vosotros.
En tanto Nos, que del Sagrario venimos, como Padre confiado en la bondad de sus hijos, solos os dejamos y al Sagrario volvemos para pedir por vosotros, rogándoos que, a los pies del Tabernáculo y también a su tiempo, os postréis para pedir por Nos y, sobre todo, para santificar todos los actos, aun los más indiferentes de vuestro edificante vivir.

8. Oración a la Virgen de la Blanca
Santísima Virgen de la Blanca, Madre y Señora Nuestra, recibid la ofrenda y la alegría de vuestros hijos en este venturoso día de la Victoria, como recibisteis, misericordiosa, sus peticiones y sus dolores en los días cruentos de la guerra; haced, Madre Santísima, que ese divino Niño, cuya bella imagen nos bendice, haga descender sobre nosotros su gracia, para ser dignos de la paz, de esa paz que él prodigó, nos dio; haced que, como os acaban de pedir por los labios de su Corregidor, sean ellos cada vez más buenos cristianos y más buenos españoles; acoged con cariño a los que murieron defendiendo a su Dios, que es su Hijo, y a España, de quien eres Patrona y Madre…

Pág. 48 El autor continúa presentando estrofas cortas de muchos cantos regionales de León

Crónica de las Fiestas Regionales de la Victoria,  León,  21 Mayo, 1939

Crónica de las Fiestas Regionales de la Victoria, León, 21 Mayo, 1939

Pág. 52 …
…Tonadas llamaban antiguamente a estas canciones de la montaña leonesa y las cuadra bien el nombre porque son tonos de bravura bélica unas veces, son dulces requiebros de pechos que aman otras, y siempre latidos del alma colectiva que llora, canta y riñe y consuela en aquellas tonadas, que al son del tambor en las noches estivas, eran rondas y al son de la pandereta en las tardes domingueras eran bailes, en la plaza del pueblo, delante de la bolera. y en presencia de los viejos, se derramaba el zumo de una poesía que entraba por los sentidos y rociaba el alma con emociones sencillas y confortables.

Todo eso que se está perdiendo, volverá y volverá con los bríos de un retoño nuevo, si los leoneses que hicimos el ensayo magnifico de esta fiesta de la Victoria, sabemos explotarlo.

Sólo Riaño, La Vecilla y Murias, poseen un tesoro en cantares y en romances.

En una crónica no caben todos los cantares que volaron al espacio, pero bien merecen conservarse estos que oímos: …

En otras páginas se habla de las Cantaderas, la Tarasca de origen Provenzal…y otras costumbres del lugar…

Pág 60
…León vivió un día de poesía alegre sin un desorden, sin un grito de odio, sin uno de esos gritos amenazadores a que nos tenían acostumbrados la horda de puño cerrado, de blasfemias soeces, de Insulto procaz; un día de luz espléndida, de emoción intensa, como aquellos días en que la ciudad era corte de Reyes, reunión de Concilios, Locus Apellationis, Lonja de Arte, Panteón de Monarcas.

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