DISCURSO INAUGURAL

González Fernández, José, La Catedral de León / discurso inaugural leído en el Seminario de León, el día 2 de octubre de 1908. León: Imp. de Maximino A. Miñón, 1908.

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Comienzo del leído Discurso inaugural. D. José González. 1908Muy Ilustre Señor:

Señores:

PERPLEJO y desasosegado anduve, antes de topar con asunto digno de vuestra atención, y que, por sí solo se bastara para ocultar las manchas de mi pluma, y las pequeñeces de mi ingenio.

Pensé internamente por la selva virgen de la literatura Leonesa; me acordé de las laberínticas sinuosidades del Derecho; y en la incertidumbre desveladora y en los torcedores de la duda, llegó á mi mente, con voz amiga, un como mandato que me dijo: vistes hábito clerical, y eres Leonés; busca alguna gloria de tu patria, que sea, al mismo tiempo, timbre de la fé que profesas y del hábito que, con orgullo vistes… y me acordé de una obra vieja, rarísima, como que no hay en el mundo, más que otro ejemplar semejante; riquísima, como que todavía no nació quien se atreva a tasar el mérito de sus primores, ni el valor de sus preseas, ni la riqueza de su contenido, obra hermosa, como que parece hechura de las Hadas, imaginada en un sueño, ejecutada en un soplo, sutil, vaporosa, como si estuviera elaborada por los genios, y rematada por los Ángeles; obra en donde la poesía se derrama, como las gotas de almíbar que resbalaban por la copa de los dioses, obra que á veces produce sonidos líricos, como de un salterio, y á veces vibra, notas lúgubres, como arpa de desterrado, obra que puesta al sol se descompone, para torcarse más bella, para filtrarse más suave, y á la luz de la luna, los mismos pintores se extasían ante su palidez, y lloran de envidia, porque no pueden copiar sus matice, ni reproducir sus formas, ni imitar sus perfiles; enmudecen los poetas, en su presencia, la llaman bella, por antonomasia los artistas, y los sabios preguntan; ¿quién la hizo? y la ciencia medita, y la historia – curiosona de suyo – investiga, husmeando los archivos y bibliotecas, atisbando por las rendijas de la crítica, para ver el pasado, y la ciencia, y las historia y la crítica se encogen de hombros y contestan á la vez: no sabemos quién la hizo. ¿Es un esfinge? ¿Es una obra que, como la Odisea, salió perfecta, de las tinieblas del tiempo?

Desde luego que lleva el sello inconfundible de la época, la nota característica del tiempo; cualquiera, al verla, exclama: típica; del siglo XIII.

La Catedral de León. Discurso inaugural. D. José González 1908

La Catedral de León. Discurso inaugural. D. José González 1908

Y es que en esto de averiguar la edad de las grandes obras de los hombres, ocurre, como en Astronomía, que hay verdades, que no se demuestran, aunque no se puedan probar; su credibilidad descansa sobre esa ráfaga de sentido común que llamamos instinto. La estrella polar dista de nosotros millares de leguas, tal vez no esté en donde la vemos, acaso de haya apagado ya, sin embargo aún guía á los navegantes en sus viajes, y todavía miden los pastores el tiempo por los parpadeos de su luz vivísima. Dudar de esta obra es del siglo XIII, es como afirmar que la Summa Theologica se escribió por estudiantes, viajando en automóvil ó corriendo una tuna en días de Carnaval.
Continúa en la pág 4

,,, No estamos, sin embargo, tan escasos de pruebas que no nos atrevamos á sustentar la siguiente proposición:

¨La Catedral Leonesa es una de las más antiguas y de las más bellas del mundo¨.

I

Ahí está la historia para decirnos que las reacciones artísticas son paralelas á las reacciones científicas y que ambas crecen ó se estancan según sube á baja el termómetro político y moral de los pueblos; y el termómetro moral de Europa, á fines del siglo XII, andaba cerca de rebasar la escala, siendo el más á propósito para producir grandes reacciones, después del letargo y de la atonía de los siglos medios.

Las Órdenes religiosas purificando al ambiente moral, el Pontificado, siendo – en frase de Luder el Protestante, – el faro que alumbraba á las viejas monarquías, el dique que contenía el torrente del feudalismo, y las tormentas del Corán; las Cruzadas abriendo una sangría suelta al coloso de la Arabia, impidiendo que el Occidente muriera de plétora, y que las barallas que se dieron junto á los muros de Tolemaida y Jerusalén, se dieran á las puertas de Roma ó de Colonia; saliendo la legislación de las Abadías, impregnada con el aroma de las constituciones monásticas; apagadas las luchas fratricidas, gracias á la tregua de Dios; los monjes alternando los oficios Divinos con discusiones filosóficas y filológicas; el pueblo perdiendo los arreos militares, para ceñir de mirto las sienes de los poetas, y las frentes de los sabios; la Iglesia siendo la consejera de Emperadores y de Reyes: encauzando polémicas peligrosas, reprimiendo novedades gnósticas que de Oriente venían envueltas con el sayal del peregrino, y con la espada del guerrero defendidas; la fé religiosa pujante, ¿no os parece que era un campo bien abonado para toda clase de reacciones, y que la reacción científica llevaría como á hermana menor á la reacción artística y que ambas crecerían en aquel ambiente de religión y de poesía, en donde los sentimientos eran hondos y arraigados, y las ideas luminosas y fecundas, y recios los caracteres, y sanas las costumbres?
Continúa en la pág. 6, 7…

… Por eso todas las fuerzas intelectuales de aquella época, convergen como vértice de todos los pensamientos, en la arquitectura, siendo el arquitecto hasta el poeta de aquellos siglos: las Catedrales, los poemas, Dios, la Virgen y los santos, los personajes de la epopeya, que encarnaba en la conciencia popular. Han pasado siete siglos, y el castillo roquero, símbolo del orgullo, ha venido al suelo, á pesar de su fortaleza, y de la robustez de sus muros y torreones; Las Catedrales viven á pesar de su delicadeza, sin más cicatrices que las producidas por las pedradas salvajes de las modernas revoluciones liberales.

Continúa en la pág. 7

… Elementos góticos ú ojivales, arcos apuntados y de herradura, y hasta contrafuertes exteriores, ya peinaban canas á últimos del siglo XII, como que han aparecido arcos ojivos en el templo Pelásgico de Gorzo, en las Pagodas de Maripulas, en la puerta Acuminata de Lacio, en los hornos de Ponpeya, en el Nilometro de Rodas, en los monumentos de Menfis y de Pirgos, en el palacio de Ziza, en la Mezquita de Córdoba y ahí están bien cerca, en nuestro Museo, Lápidas Romanas del siglo II con adornos de estos arcos. Es más; esbozos de arbotantes abundan en el reino de León, en el último período Románico; como en la Colegiata de Toro, y en las Catedrales de Salamanca, Zamora y Santiago.

Pero consultemos la Cronología y nos dirá que la Abadía de San Denis, en París, y las Catedrales de Chartres, Amiens, Ruan, Strasburgo, y Colonia se comenzaron en la última mitad del siglo XII.

Pues bien; un cronista de tanta autoridad, como el Tudense, contemporáneo á los sucesos que narra, de gran prestigio y privanza en la Corte de León, en donde vivía, de vida austera, y de grandes letras, al ponderar la vida austera, y de grandes letras, al ponderar la piedad de los reyes Alonso XI, y D.ª Berenguela, el celo de los Obispos del reino, y la generosidad de los fieles, para la reedificación de templos suntuosos, dice: ¨entonces Manrique Obispo de León fundó su Iglesia, opere magno¨, y más adelante añade; ¨ayudó á estas obras la prudentísima reina Berenguela, con mucho oro, plata, piedras preciosas, y telas de seda¨ y como el Obispo Manrique gobernó la Iglesia de León desde 1181 hasta 1205, en estos años hay que colocar la fecha de la fundación de nuestra Catedral.

Es más, en Enero de 1199, está firmada una escritura, cuyo original se guarda en el rico archivo de la Catedral, subpignorando los frutos de una heredad, para que se empleen en la fábrica de Santa María.

Si añadimos á ésto que antes de esta fecha tenían que estar hechos los planos, y que el edificio no se levantó sobre el suelo libre, sino que hubo que abatir los muros de la basílica de Ordoño II – no porque fuera pobre y deslucida, pues era, como se probó recientemente, con motivo de la restauración, más grande que todos los Bizantinos edificios que conocemos, – resulta, que, por lo menos, hay que retrasar los comienzos de nuestra Catedral al último tercio del siglo XII, es decir, á la época tan antigua por lo menos, como la en que se construyeron las Catedrales Francesas, Alemanas, é Inglesas.

Es verdad que la fábrica se prolongó durante todo el siglo XIII, y por algunos años del XIV, pero los planos de la obra, la planta, el trazado del crucero y capillas absidales, tuvieron que comenzarse en pleno siglo XII.

Ved, pues, si los Leoneses podemos provocar tercería, en el pleito, que, sobre los orígenes del arte ojival, sostienes Franceses y Alemanes.

II

¡Y qué arte el de nuestra Catedral! …
Continúa en la pág. 9, 10…

… Toda ciencia arquitectónica consiste en armonizar estos dos principios, al parecer, antitéticos; la esbeltez y la solidez. Hé aquí la tesis: el arte ojival no quiere muros robustos, que si son sólidos, no son esbeltos, y ante esta dificultad – haremos fablar á las piedras – dice la bóveda al muro: tu eres delicadeza, yo soy la fuerza que empuja; no quiero descargar sobre ti mi peso, porque eres débil; si quieres, pasaré por encima de ti; y llevaré mi empuje el arbotante que me espera con los hombros dispuestos; el muro acepta la premisa, y ambos, el muro y la bóveda, sacan la consecuencia, exclamando gozosos: bien; así durarán siglos mi esbeltez, y tu robustez. Luego los nervios distribuyen las fuerzas, llevándolas á los arbotantes, que se encaraman, y trepan por el muro, como colosos de fuerzas hercúleas que guardad y defienden la celda de un Virgen.

Por eso los grandes críticos de nuestros días hablan, del gran parecido que hay entre la Catedral rica en variedades, pero obedeciendo toda ella, á la unidad más perfecta, con la Summa Theologica, que abarcando las diferencias todas entre la criatura y el Creador, las eslabona todas en el gran Dogma de la Redención cristiana.

Como que en nuestra Catedral están escritas todas las páginas de la Biblia y del Santoral, todos los capítulos de la Summa, y las leyendas todas de la fantasía cristiana.

Tres naves se interrumpen en el crucero, y se indican en las portadas, como tres son la Personas de la Trinidad Santísima; los nervios que se enlazan, en forma de cruz, sobre la cabeza de los fieles, y la planta, que no es más que una cruz, de brazos desiguales, símbolo son de la cruz de la vida humana; los arcos apuntados, las agujas y chapiteles, las líneas todas, ¿qué son, si no son el anhelo constante, la aspiración de los fieles, buscando, arriba, en el cielo, el término de este valle de lágrimas? Hasta los monstruos con que rematan capiteles y arcadas nos recuerdan al enemigo que no descansa en su labor de llevar almas al Averno.
Continúa en la pág 11

… La puerta principal dividida en tras arcadas, se basta solo para llenar un libro, con su descripción.

En el testero de la puerta principal, hay una de las escenas más populares de la edad media, que inmortalizó el genio de Miguel Angel, y que ocupó la dulce inspiración de Gioto y de Orcagna, el juicio final. Allí está Jesucristo, sentado en trono, con diadema, iracundo el semblante, extendidos los brazos para mostrar las cruentas llagas que no quieren mirar los réprobos; á los lados los instrumentos de la Pasión, sostenidos por Angeles, y después… dos figuras sublimemente bellas, la Virgen y S. Juan, de rodillas, implorando perdón para los malos. Debajo, y a la derecha, ángeles y justos, tañendo instrumentos músicos, volando junto al cielo, abrazados y risueños, vírgenes y mártires, Prelados y penitentes; á la izquierda, la escena de Pedro Botero cruelmente ejecutada, como no la concibió el alma renaciente de Leonardo Vinci.

Las figuras grotescas de los diablos, el afán con que meten á empellones, á grupos de condenados, en las terribles calderas, el color negruzco y espeso que sale de estas, las muecas satánicas que salen de aquella sima que no es otra cosa la boca maldiciente de Lucifer, que recoje las almas que pasan por la balanza de S. Miguel, todo es de un realismo crudo, si se quiere, pero lleno de vida y de color. ¿Dónde se meditas mejor los novísimos que allí, en donde el arte es todo lo exquisito que puede apetecer al paladar más fino, y el recuerdo y la evocación del juicio, es todo lo terrible que debe ser, para apartar á los fieles del pecado?

Los que tanto se han esforzado en ponderar las Dantescas creaciones de Miguel Angel, no podrán menos de reconocer, que, antes que el JUICIO del gran artista, y antes que los frescos del Camposanto de Pisa están talladas, en piedra, las mismas escenas, con tanta riqueza de invención como de movimiento y de plasticidad.

En la portada Norte, luce un riquísimo relieve de ángeles y de jóvenes sin alas, debajo de nubes que tratan de ocultar algún misterio, en el que los espíritus celestes toman parte muy alegre; es el tránsito de la Madre de Dios, que está en su lecho, rodeada de las caras tristonas y desconsoladas de los Apóstoles, que lloran la partida de la Virgen. Completan la portada, los nacimientos de Jesús y de la Virgen, la adoración de los pastores y Magos y la degollación de los inocentes.

Es decir, las escenas de terror junto á las de piedad, el consuelo y la esperanza, cerca del temor, las alegría de los justos triunfando de las posturas grotescas y espeluznantes de réprobos y de diablillos, y en medio de toda esta grandiosa y delicada composición, la imagen bendita de la BLANCA, esbelta, airosa, rebosante de movimiento y de expresión, fecunda en perfiles Helénicos, presidiendo, como garantía de justicia, los juicios de apelación, y las reuniones concejiles, y ofreciéndose como intermediaria para aplacar las iras de su Hijo y para curar las llagas de los fieles que á ella acuden.

También la portada Sur tiene tallas primorosas de asuntos históricos; el entierro de un santo á cuya alma acuden los Angeles á las moradas celestiales, figuras de Apóstoles y de Evangelistas, rodeando al Salvador, con cartelas, en donde se recomienda con frases Bíblicas el recogimiento y devoción en el templo.

Los lienzos laterales del muro calados están con ventanales, y rellenos de pintadas vidrieras algunas del siglo XIII, – las más antiguas que se conocen – representando escenas y asuntos de extrema variedad.

Allí están, en la zona baja, las alegorías de los vicios capitales, con sendas cartelas escritas en caracteres góticos, y en el lenguaje que empleaba Berceo en la ¨visión de las tres coronas¨ y el Leonés Segura, en el poema ¨Alejandro¨ Allí está la pereza representada por una mujer mal vestida, desaliñada, dormida con filacteria que dice ¨perezosa só.¨ Allí está otra mujer desenvuelta y sin recato, diciendo ¨la ardida só.¨ Y en los paneles de las capillas absidales, y en las rosas del Sur, y en los triforios están casi todos los personajes Bíblicos, casi todas las escenas del Leccionario, alegorías de las ciencias y de las artes, sin resabios mitológicos, sin amores renacientes, sin más asuntos profanos que cacerías Reales, con trompeteros y halconeros, como las de la ventana 5.ª de la zona superior.

Todas estas bellezas y primores, poco valen, con valer tanto, comparadas con los primores y bellezas que se admiran en el interior, y en la armonía geométrica de los ábsides, los cuales, con gusto describiría, si el miedo á cansaros , por una parte y sobre todo el temor de profanarlos con mi pluma, no me detuvieran aquí, terminando con un ruego á vosotros, mis queridos seminaristas, encareciéndoos que cobreis afición á los estudios artísticos, por los que se siente hoy verdadera fiebre, porque ellos son también lugar teológico, ya que es la Iglesia, ni en los dominios escabrosos del arte, ha podido ser herida, y nada, como el arte – lo ha dicho el P. Félix, – para ¨educar á la humanidad y llevarla a Dios¨, y nosotros los católicos leoneses, poco ó nada tenemos á que envidiar en exquisiteces artísticas,  porque como decía mi inolvidable maestro el Sr. Castrillón ¨después de la vista, nuestra Catedral, nada gusta en el mundo¨.

He dicho.

He dicho, Discurso Inaugural D. José González

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