MEMORIAS DE UN MÉDICO RURAL

MEMORIAS DE UN MÉDICO RURAL. Novela inédita por Dn. José González Fernández, Pbro. 10–1–1955

Notas: Donde diga Cisnarios léase pueblo de  Crémenes, Umbrosa es el pueblo de  Argovejo, Villapeces se refiere al pueblo de Villayande, Loides es el pueblo de Lois…

Al final de este libro inédito ´apareció´ un ANEXO: ESCRITOS, redactados para ADICIONES A ¨ CASTA DE ASTURES ¨ en su 2ª edición, que proyectaba el AUTOR, M. I. Sr. Dn. JOSÉ GONZÁLEZ FERNÁNDEZ Pbro.

¿Cómo era Crémenes allá por los años de1950?

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ÍNDICE

– I – MEMORIAS DE UN MÉDICO RURAL
– II – PRIMERAS IMPRESIONES
– III – LA OSTRA SE EMPIEZA A ABRIR
– IV – UN VIAJE A LEÓN
– V – EL PROBLEMA DE ACLIMATIACION
– VI – OTOÑO EN LA MONTAÑA
– VII – MIS PRIMERAS IMPRESIONES EN CISNARIOS
– VIII – LA NOCHEBUENA EN CISNARIOS
– IX – LA MISA DE GALLO. (La iglesia de Crémenes)
– X – LA MISA
– XI – LAS CARTAS
– XII – LA NEVADONA
– XIII – OTRO CONVITE
– XIV – EL TEMPORAL NO AMAINA
– XV – UN DÍA ESQUIANDO
– XVI – LAS VÍCTIMAS DE LA NEVADONA
– XVII – MÁS VÍCTIMAS DE LA NEVADONA
– XVIII – LA DESAPARICIÓN DE TEÓGENES.
– XIX – POST NUBILA…
– XX – VOLVIERON LOS VERANEANTES
– XXI – UN VIAJE A COVADONGA
– XXII – LOS HUMOS DE LA BILBAINA
– XXIII – LA EMPAJADA
– XXIV – BIOGRAFÍA DE LA BILBAÍNA
– XXV – CRISIS EN CASA DE DN. ZANÓN
– XXVI- LAS ZOZOBRAS DE DN. ZANON
– XXVII – MI VIAJE PROMETIDO A LEÓN
– XXVIII – CHARLA AMENA
– XXIX – LA FUNCIÓN DE S. JUAN EN CISNARIOS
– XXX – EL ALUCHE
– XXXI – LA MARCHA DE LOS ARGENTINOS
– XXXII – EL TÍO MACARIO
– XXXIII – EL VIÁTICO DEL TÍO MACARIO
– XXXIV – CADA DÍA MÁS MONTAÑÉS
– XXXV – CONFIDENCIAS SOBRE MIS INQUIETUDES
– XXXVI – BALANCE DE MI VIDA EN CISNARIOS
– XXXVII – LO QUE TENÍA QUE OCURRIR

 

– I –

MEMORIAS DE UN MÉDICO RURAL

Al terminar la carrera de Medicina, en Madrid, todos los nuevos Licenciados nos reunimos en fraternal almuerzo de despedida. Estábamos tristes. Se nos presentaba, el bulto, el problema de la vida, en vida nueva que habíamos de seguir por rutas desconocidas e inciertas.

En la carrera de Medicina no abundan los plutócratas. Casi todos éramos de familias de esa clase media. La más agraviada y sufrida, como hijos de empleados, de comerciantes en pequeño, de rentistas modestos, y algunos, muy pocos, procedían del campo, hijos de ricachos labradores, de americanetes sin haiga, de Médicos y Veterinarios rurales que llevaban una vida de ajetreo y de trabajos, para ganar un sueldo mezquino, con el que tienen que costear, en una medianía inquieta, a una familia numerosa.

Durante el almuerzo, hablábamos de proyectos, de colocaciones, y casi todos, sobre todo los rurales, soñábamos con ejercer la profesión en grandes ciudades, o, por lo menos, en villas que están creciendo y asimilándose a las urbes deslumbradoras de lujo y de comodidades. Nadie pensaba en encerrarse en una aldea escondida, nadie sentía vocación de Médico rural. Pero en mi casa, en los consejos familiares, en los que se pesaban todas las razones de mi futuro destino, no había opción. Lo urgente era colocarse en donde quiera. Lo que necesitaban mis padres era que yo ganara dinero, para ayudar a mis hermanos que, también seguían carrera, procurando algún ahorro, con el que mi familia pudiera ir adelante.

Al volver a casa y ofrecer a mi padre el Título de Licenciado en Medicina, noté que se enterneció; me dio un abrazo y guardó, con mucho cuidado el documento que me capacitaba para ejercer la medicina en toda la nación española. ¿Pero, adónde iría a parar?. Durante la comida, hicimos cálculos, leímos las vacantes en el Boletín del Estado, y no encontrábamos árbol en donde ahorcarme. No había vacantes, más que en pueblines rurales.

En el verano último, habíamos hecho los condiscípulos, un viaje de turismo por el norte de España, y al pasar por una aldea montañesa del alto Esla, en León, me encantó la posición geográfica, con sus montes frondosos, con sus vegas verdes y floridas, con sus peñas cubiertas de hayas y enebros, con ese rio limpio y caudaloso, que se retuerce en los escobios y gargantas, siempre alegre y risueño, rodando sobre el suelo esmerilado de roca, y descansando de las fatigas de las raldas en tablazos rizados por la brisa y besados por un sol tibio, en Agosto. ¡Bonito pueblo –dije a mis compañeros-¡.

– No está mal para vivir en él, unos días de verano, porque, en invierno ¡qué horror el pensar cómo pueden vivir aquí!

– ¡quién sabe!. Acaso más felices que en las ciudades.

El recuerdo de aquella aldea leonesa me hirió la memoria, en aquel día de mi licenciamiento, y no sé porque, al revolver postales y fotos de campiñas rasas y de paisajes de montaña, me fijó en una fotografía que había comprado en ese pueblo del  alto Esla, y al enseñársela a mi padre, le dije: me gustaría en esta aldea.

– ¿Pero está vacante la plaza de Médico?

– No lo sé.

– Entérate, porque el noviciado lo vas a tener que pasar en una aldea. Entre mis condiscípulos había uno, que era leonés, y por lo que le había oído, natural de un pueblo de la montaña. Como aún no había salido de Madrid, le busqué y le pregunté por este pueblo de mis encantos, y por él supe que la plaza del Médico estaba vacante. ¿La solicitarás tú?

– ¡Uf! ¡Qué disparate!. De ninguna manera. Yo no tengo prisa por colocarme. Mi padre tiene dinero y piano hacer el Doctorado, con calma, prepararme en una especialidad y ejercerla e una clínica de mi propiedad, pero en una ciudad. Yo lo que puedo hacer, si quieres, es recomendarle a unos parientes de ese pueblo, si pretendes la plaza.

– Te lo agradezco, en el alma, porque me tira esa tierra de León, de donde era mi abuelo Patricio Gómez Álvarez, el cual vino a Madrid al cumplir el servicio militar, y por su estatura y por sus condiciones morales, ingresó en el cuerpo de Alabarderos. Allí fue muy considerado por todo el personal palatino y llegó a Sargento. Por eso pudo dar carrera lucida a sus dos hijos, a mi padre, la de Comercio, y a un hermano menor, la de Arquitecto, que ejerce en Segovia. Mi abuelo era natural de Orio, un pueblote situado en la cabecera del Cea, pero lindando con la ribera de Bieron, afluente del Esla. No te extrañes, por tanto, que me tire aquella tierra.

Patricio me llamaba yo, como mi abuelo, que en paz descanse, y como mi padre había heredado del suyo las virtudes cívicas, y la raigambre religiosa que confesaba en todas partes; consiguió un cargo burocrático en un banco, y con el sueldo pequeño, y los milagros de ahorro que hacía mi madre, pudieron darme carrera a mí, y a mis dos hermanos menores y a una hermana que cursa en la Normal de Maestra.

Pero, por aquellos días en que yo terminé mi carrera, recibió mi padre un empleo pingüe en una sociedad Minera de Asturias con residencia en Gijón. Allá fuimos toda la familia, y desde Gijón pude ir, con facilidad a mí encantada aldea leonesa, para solicitar la plaza de Médico.

Me encontré con que mi condiscípulo me había preparado el camino, y no deseaban más que conocerme, pues al Alcalde y al Secretario, les gustaban la certificación de mis estudios, y los informes que les había dado mi condiscípulo. Así que me nombraron, con carácter interino y decidí permanecer allí varios días, para orientarme, y conocer los quince pueblos que tenía el partido médico.

Casi todos los pueblos se podían servir en moto, y sólo dos estaban extraviados, a los cuales no se podía ir más que a caballo. Como estábamos en pleno verano, la vida en Cisnarios era deliciosa. Muchos veraneantes, algunos americanos, con coche, buenas fondas, comercios de todo y gran movimiento de viajeros, con magníficos coches de línea, desde León. Me acabó de ilusionar esta aldea montañesa.

Los paisanos estaban en plena recolección de yerba y de cereales, y noté que no eran muy trabajadores, porque no lo necesitaban. Salían a segar a las cuatro de la tarde, y por la mañana, sí madrugaban, pero, a las diez volvían a casa, descansando cómodamente varias horas. Me dijeron que allí no había pobres. Todos vivían de lo suyo, y me citaron vecinos que con tres vacas sostenían, sin grandes agobios, a una familia numerosa.

Me di cuenta, en la fonda en donde me hospedé, de que eran aquellas gentes, gastadoras y casi pródigas, dándose el caso de que muchos paisanos dejaban las labores urgentes, para tomar café y recrearse un rato, con otros compañeros, jugando y bebiendo alegres y parladores. Ya había visitado a todos los pueblos del partido, y en todos observé un nivel de vida más alto del que podía sospechar, y ¡cosa rara!, el nivel moral y religioso de país no había bajado, a pesar de la abundancia, y de las facilidades de la vida cómoda moderna.

Por fin, me nombraron Médico interino, pero me dieron seguridades de que sería nombrado en propiedad, si les gustaba, y si me aclimataba. Cuando volví a Gijón, ya mi padre me había conseguido una plaza en un coto minero, poco distante de la residencia de mi familia, y al cual podía ir en bici o en moto. Excuso decir que en mi casa, nadie dudaba de que me convenía esta colocación, mejor que la del pueblo de la montaña del Esla.

Pasé unos días de intranquilidad y de desasosiego, dudando por qué colocación optar. Medité mucho, pesé, con calma, ventajas e inconvenientes, sumé ganancias y gastos, y por fin, contrariando a mis padres, me decidí por encerrarme en Cisnarios, por lo menos, hasta que la experiencia y el tiempo me enseñaran la ruta de mi destino.

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– II –

 PRIMERAS IMPRESIONES

No sé si porque era en pleno verano, y en la montaña se respiraba un ambiente de poesía, sin calor ni bochorno, lo cierto es que los primeros días los pasé sin darme cuenta, entusiasmado con aquel paisaje encantador, y con la alegre compañía de huéspedes forasteros que vivían en la fonda en que me hospedé. Eran veraneantes de Asturias, de Bilbao, de Madrid, y de León, todos de esa clase media que no puede frecuentar los balnearios caros, ni recrearse en las playas lujosas, en las que la moda y el derroche de dinero, son los incentivos avasalladores de los ricos nuevos.

En Cisnarios, se vivía mejor, sin carecer de nada de lo necesario y la vida parecía tranquila y serena, sin que faltaran emociones gratas a los jóvenes, con compañías agradables. Mi condiscípulo me había recomendado a un amigo y pariente, persona culta, de mi edad, abogado sin ejercicio, el cual vivía en el pueblo, en señorial casa amueblada con todo confort, por sus padres recién venidos de Méjico, en donde habían labrado una bonita fortuna para pasar la vida en su pueblo, pero a su hijo lo habían tenido en España en lujosos colegios, haciendo la carrea de Leyes. Éste, con quien, pronto fraternicé, se llamaba Antonio González. No sentía afición a la carrera y como su padre, sentía más afición a los negocios, y explotaban, por entretenimiento, una mina de carbón graso, incrustada en las estribaciones de una roca caliza, no lejos de Cisnarios. Las vetas negras se habían apretado en épocas geológicas entre las oleadas pastosas de la peña en erupción, y se hallaban rotas, a trechos, extendiéndose en senos irregulares para tormento de geólogos y de explotadores. Así me la describía mi joven y nuevo amigo, a quien no le interesaban mucho las minas, pero su padre hombre dinámico y emprendedor tenía ilusiones con esta mina, y cuando no, se ocupaba de cuidar sus huertas de hortalizas y frutales, solía ir por las tardes a su querida mina, en donde unos obreros trataban de horadar la roca para salvar una falla de carbón.

– ¿Os dará mucho dinero –pregunté a Antonio- esta mina, con el precio que tienen los carbones grasos?

– Sí –me contestó-: Algo de dinero y ahora, como hijo travieso, muchos disgustos. Todas las ganancias las estamos derritiendo en buscar el filón que se nos ha extraviado, sin dejarnos más que una piedra negra, por la que tratamos de seguir adelante. Yo la hubiera dejado, ya, pero mi padre sigue esperanzado de encontrar la vetas perdidas.

– Antonio fue para mí, un hermano, más que amigo, con quien pasaba ratos agradables, y con quien me aficioné a la caza en días de ocio, que en esta época eran muchos, pues a nadie se le ocurría ponerse enfermo. Con Antonio subía a los montes, y a las cumbres, y con él hacía excursiones, en su coche, a los puertos, y con sus hermanas, pasaba muchas horas charlando de esos temas intranscendentes que tanto atractivo tienen para la juventud ociosa.

Con los huéspedes de la fonda también pasaba ratos agradables, no sólo en la mesa, sino, en las horas en que el sol no permite salir de casa. Para todos los huéspedes era la comidilla, en las conversaciones, el retraimiento que parecía orgullo racial, la actitud seria, despectiva con que nos miraba una señora joven a la cual acompañaba, siempre una hija como de dieciocho años, las cuales entraban y salían del comedor, sin más que palabras sueltas con la servidumbre, y algún diálogo breve entre ambas. Las llamaban: las ostras cerradas.

Me intrigaban aquellas mujeres, a pesar del hermetismo en que vivían, pude saber por la dueña de la fonda que eran madre e hija. La madre, mujer de un Coronel asesinado por los rojos en el fatídico barco de Bilbao. Era alta, demasiado gruesa –andaba cerca de los 90 kilos- con unas exuberancias grasientas que la hacían perder las líneas de la feminidad, aunque no debía de llegar a los 40 años, a juzgar por la frescura de su cutis y la agilidad de sus nervios, que se movían gráciles y airosos. Se sentaba a la mesa, cargada de joyas, en los dedos, en las muñecas, en la orejas. Vestía de medio luto, trajes de seda que crujían al sentarse y moverse. Tenía el buen gusto de no maquillarse la cara y las uñas, y era su semblante lustroso, ligeramente sonrosado, y todavía no se notaban arrugas en la frente, ni cabellos pardos en la cabeza. Sus ojos grandes, sombreados por pestañas negras, la nariz un poco respingada y chata, la boca rasgada, y el cuello blanco y redondo. Era alta, quizá llegara a 1.80, pero bien proporcionada de miembros, aunque un poco cargada de hombros. No era mujer esbelta, pero sí debió de ser una joven guapa, cuando las grasas no habían rellenado su busto, ni el tejido adiposo había redondeado su cuerpo. Su hija no se parecía nada, a la madre. Alta, esbelta, cimbreante, bien delineadas las curvas femeniles, paliducho el semblante, y de nácar la frente, abría unos ojos azules, redondos, que se clavaban como flechas en todos los comensales. Solía estar poco enjoyada, y traía los vestidos muy ceñidos y cortos, casi siempre de color verde la falda, y las medias de nilón la dibujaban unas piernas largas y flacas, casi sin pantorrillas, y con tobillos huesosos y abultados. Tenía repintados de rojo vivo los labios y las uñas, y en las ojeras negreaban unas líneas desleídas de azabache. Lucía, siempre, en el lado izquierdo del pecho, una flor natural, y de pulsera tenía un reloj pequeño y redondo. Me fijé muchas veces en esta joven, y por Antonio supe que no había medio de abordarla, porque no la soltaba la madre ni de día ni de noche. Algunos días iban a Misa; después, se encerraban en su habitación hasta las once, hora en que invariablemente iban al correo, y a la fuente ferruginosa. Desde allí daba un paseo, aunque hiciera calor, por la orilla del rio y a las dos, entraban serias en el comedor, saludando, con un inclinación de cabeza a los comensales. Por la tarde se sentaban, en el pinar sobre el césped seco, y leían libros y revistas. Al atardecer solían pasear por el camino de Pedreda, rezando el rosario la madre y cogiendo, la hija, flores de madreselva en los setos del camino, o pencas de brezo  y tomillo, en las orillas del monte. Hablaban poco, y la madre, siempre seria, no consentía que su hija alternara con otras muchachas, la cuales no sabían cómo era su voz, ni si era simpática o repulsiva. La envolvía el misterio más cerrado.

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– III –

LA OSTRA SE EMPIEZA A ABRIR

Fui yo el afortunado que tuve la dicha o la desgracia de conversar con la madre, en su misma habitación. Una mañana, por una sirvienta, recibí el encargo de que, como Médico, subiera a visitar a la joven que estaba indispuesta. Subí y encontré a la madre nerviosa paseando por la habitación; la hija estaba recostada en un sofá.

– Mire, doctor –me dijo la Bilbaína- estoy preocupada por esta criatura. Tiene ya dieciocho años, y su salud es precaria. Hasta los diez años era fuerte, rolliza, alegre, pero al aparecer los primeros síntomas de la feminidad se volvió pálida, se hizo inapetente, y sobre todo taciturna, despegada y caprichosa. Tenía convulsiones frecuentes, y con nada estaba contenta. La llevé a un colegio famoso de monjas, en Vergara, en donde se educan las niñas ricas de Vizcaya, y recomendé a las monjas que yo quería que mi hija recibiera conocimientos de literatura y de historia, y sobre todo, deportes, muchos deportes, para que fuera una mujer moderna. Me la echaron a perder, con tanto rezo. Me la hicieron díscola, perturbada, ociosa, displicente, y lo que es peor, contrajo una enfermedad rara, impropia de su juventud. No habla apenas, está embelesada, y ya ve Vd. el semblante paliducho que tiene. Padece insomnios, tiene, algunas noches ataques nerviosos y el de anoche fue más fuerte que de costumbre. Mi Médico de Bilbao me recomendó que la trajera a un pueblo de montaña, alto y seco de 1.000 metros de altura a ser posible, y si hubiera en él aguas ferruginosas, miel sobre hojuelas. Mi madre que es oriunda de esta montaña, de un pueblín que se llama Alio, se acordó de que quizá aquí fuera el sitio indicado por mi médico, y a eso he venido, ya en el verano pasado, y la probó muy bien.

– La reconocí y nada de anormal observé en ella. Unas décimas de fiebre, que en las jóvenes de su edad suele ser frecuente; la respiración normal, el ritmo cardíaco, seguro, y en la lengua, no vi señales de indigestión. La animé, la dije que no tenía nada, y al salir de la habitación, la madre me detuvo, un rato, en el pasillo, contándome su vida, sus inquietudes. Sacó de una carterita de piel, una tarjeta, y en ella pude leer: DELFINA EGUIA Y LOEZ.

– Verá Vd. –me dijo. Soy muy desagraciada. Muy joven me casé con un coronel de Ingenieros que me adoraba; éramos felices. Nos nació esta hija, y cuando ésta tenía poco más de dos años, estalló la revolución y a mi marido lo asesinaron en un barco de Bilbao, sin poder recatar su cadáver.

– ¿Lo mataron los rojos?

– No; lo asesinaron los esbirros de Aguirre, por el delito de llevar unos apellidos de rancia estirpe Vasca. Se llamaba Tirso Zárate y Olozabal. Yo pude refugiarme con mis padres en Bermeo, en donde mi padre, marino de profesión, tenía dos barcos mercantes, de su propiedad, dedicados al tráfico de pesca y carbón. Como Vd. comprenderá, mi situación económica, sin ser de opulencia, es desahogada. Tengo dos hermanos, uno Médico de Bermeo, y otro, comerciante en cosas de marinería, en Portugalete. Mi padre es vasco de apellido y de raza; mi madre, nació en Bilbao, pero procede de esta bonita montaña de Alio, en donde tiene familia y amigos.

– Me costaba trabajo desasirme de esta mujer, que ponía en sus palabras tonos tristes, que denunciaban sus dolores internos; enjugaba lágrimas con un pañuelo de seda, y me miraba sin rubor, como si yo fuera la persona que pudiera saciar sus apetitos y sus deseos. Confieso que la tuve miedo. Al despedirnos, en la escalera, me rogó que por Dios y por lo que más amara en este mundo, la visitara con frecuencia. Cuando conté esta escena a Antonio, no pudo menos de extrañarse, pues creía a la Bilbaína una de esas mujeres peligrosas, una de esas viudas verdes, incapaces de sentir los goces de una amistad lícita, pero tentadoras.

– No sé –me dijo- pero me parece que esta mujer viene en plan de Diana cazadora.

– ¿De hombres?

– Sí; de hombres y con reclamo. Su mirar lascivo no miente. Y la hija… no es menos peligrosa. Parece una serpiente fascinadora.

– A la hija la tengo lástima. La tiene como secuestrada; no la deja ni a sol ni a sombra, y la pobre es una desgraciada. Su enfermedad no es más que una obsesión de la madre; es como un pájaro enjaulado, y que necesita es volar, volar libre, porque ya no es una niña. Es ya una mujer que necesita aire social, de amistades que la consuelen, de diversiones que la estimulen, de esos goces legítimos que la juventud femenina encuentra en conversaciones frívolas, en la compañía de amigas, en diálogos picarescos, y nada de esto puede disfrutar la infeliz, cautiva de su madre. Dudé la conducta que debía de seguir con esta mujer, pero ella, desde este día, me asediaba, me buscaba, me hablaba en el comedor, como persona, no sólo conocida, sino en relaciones íntimas de amistad. Una tarde volvía yo de Umbrosa, y las encontré en el camino, cogiendo flores la chica, y leyendo, la madre, en una revista de modas. Al verme, la Delfina no se contuvo, y con una risotada estrepitosa me dijo que la tenía olvidada, que no se me veía, por ninguna parte, y que estaba ansiosa por tener conmigo una entrevista larga, en la que volcaría todo su corazón estrujado, y toda su alma entristecida. Seguimos camino abajo, ya oscurecido, y la conversación tomaba trazas de intimidad. A la chica la había mandado, ir delante, y a distancia, y ella locuaz y emocionada, se paraba, a menudo, como si temiera que el camino fuera más corto de lo que necesitaban sus desahogos.

– No sabe Vd. lo que me preocupa Chonina – asa llamaba a su hija-. Está displicente, aburrida.

– La tiene Vd. demasiado atada; no la deja buscar amistades de su edad, de sus diversiones, y no sólo necesita un clima como éste, sino de charlas efusivas con compañeras, hasta de flirteos honestos con chicos alegres. Déjela que vuele fuera de la jaula, déjela que corra por el campo con otras jóvenes de pueblo, déjela que lea novelas morales, que recite poesías bonitas, que cante cantares de la tierra, que viva su vida de 18 años.

– ¿Qué me dice Vd.? ¡Dejarla sola con los mozos aldeanos!. Eso es imposible. Se me acaba de pervertir. No sacrifiqué los estímulos de mi juventud por cuidarla; pasé con trabajo los días difíciles de una viudedad prematura, todo por hacer de mi hija una mujer moderna, pero sana, alegre, prometedora de encantos, para llegar a un matrimonio feliz. Todo me fracasó. Para colmo de desdichas, la llevó mi padre, en el último invierno, por esos mares de Dios, para distraerla, y en los puertos de escala, la llevó a teatros, a cines, a espectáculos de boxeo, a partidos de fútbol, y en el barco la acostumbró a tratar con marineros, a leer novelones policiacos, y me la acabó de cambiar por completo. Estoy asustada. ¡Dice cada cosa!. ¡Cuenta cada escena!. No tiene freno en su fantasía loca, no tienen cauce las corrientes de su voluntad. ¿Qué me aconseja Vd. que haga con mi hija?

– Hágala monja de clausura.

– ¡Qué cosas se le ocurren a Vd.?

Y al decirme esto, me miró con unos ojos penetrantes, y parecíame que esta mujer rara, sentía, en su interior las punzadas de pasiones insatisfechas, algo que hierve, con fuerza, en el corazón de esas Evas viudas antes de los treinta años, antes de que la naturaleza se disponga a entrar en una menopausia tranquila y sedante. Al entrar en la fonda, ya de noche, Chonina reía cantando con unos mozuelos, que pasaban por la carretera. Su madre la cogió de brazo, y ambas subieron a su habitación, displicente la madre, y saltando, escalera arriba la hija.

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 – IV –

 UN VIAJE A LEÓN

Decididamente, me quedo en la montaña leonesa. Me acaban de dar la plaza en propiedad, y cada día me gusta más el paisaje y el paisanaje de este país. Empezaba, para mí una vida nueva, y tenía que proveerme de muchas cosas que había de necesitar en el ejercicio de mi profesión. En vez de caballo, compre una moto, y por consejos de Antonio, mi fraternal amigo, debía de comprar ropas de invierno, impermeable, capote de lona, botas fuertes, y chaleco de gamuza; todo era necesario para pasar los inviernos duros de esta tierra. Todo esto, y utensilios de cirugía, había que buscarlo en la ciudad.

Tenía yo en León, condiscípulos, y con ellos pensaba hablar y recordar antiguas amistades, que me habrían de ser útiles. Uno de estos condiscípulos acababa de obtener una plaza en un Hospital, y con grandes aptitudes y vocación quirúrgica, se le abría un horizonte de éxitos profesionales, y de renombre científico. Nos escribíamos con frecuencia, y en este viaje, pasamos ratos largos hablando de planes, de proyectos, de doradas perspectivas en nuestra carrera, y hasta de sueños amorosos, que tendrían que venir, infaliblemente, dadas nuestra edad y aficiones. Se llama mi condiscípulo Carlos Suárez, hijo de una familia acaudalada, y emparentada con personas de viso en la ciudad.

– No sé si envidiarte –me decía- o tenerte lástima. No sé cuál de nuestros destinos será más feliz. La ciudad tiene sus encantos, pero el campo tiene otras ventajas. Desde Luego que la plaza que has conseguido tiene atractivos que interesan. Facilidad de comunicaciones, altura barométrica ideal, y un paisaje como quizá no haya otro tan atrayente. Pero tienes que luchar con la adaptación al medio ambiente, pensar en la dureza de los inviernos, ir conociendo tipos y costumbres, y todo esto te ha de proporcionar, acaso disgustos y contrariedades. Nosotros, en la ciudad, en cambio, tenemos que llevar una vida más dinámica, de ajetreos continuos, de trabajo ímprobo en un hospital al que llegan, a cada paso, enfermos y heridos de toda la Provincia, y tenemos largas horas de estudio, de operaciones quirúrgicas, de labor incesante.

Con Carlos recorrí tiendas y comercios, y en el café poco antes de regresar a Cisnarios, pregunté a mi amigo por los periódicos que se publicaban para suscribirme a uno de ellos, el que mejor le pareciera a él.

– Tienes poco donde escoger. Es León una ciudad de rancio abolengo, de historia interesante, en la cual, el arte es pródigo de bellezas arquitectónicas, escultóricas y pictóricas. Ha sido y es un pueblo, en el que abundan los literatos; es ciudad progresiva, modernizada en calles y plazas, próspera en industria y comercio, por los productos de la provincia, que la colocan en una de las primeras provincias, en la escala tributaria. Tiene un nudo de comunicaciones crucial, y sin embargo, en Prensa, es pobre, muy pobre.

Hay dos periódicos diarios. Uno  de brillante historial nació hace 40 años, para luchar con forajidos de una democracia arreligiosa y consiguió amordazar a escritorzuelos que alardeaban de ateísmo. Tuvo sus altibajos, sus crises, pero siempre se distinguió por su pulcritud literaria, por la densidad científica de los artículos de sus colaboradores, por su información seria, en el que luce sus galas de ingenio chispeante, un exseminarista que tiene un pluma caustica, y jovial. Claro que tú necesitas un periódico, además de alguno de Madrid, que te oriente en las cosas y sucesos locales de la tierra en que piensas vivir. No te recomiendo ninguno. Lo mejor será que los leas, allá, y te suscribas al que más te guste. Al despedirme de Carlos, y subir al auto de línea, me dijo mi amigo:

– Que vuelvas más despacio. ¿No dices que deseas conocer los monumentos de la ciudad?

– Ahora, en pleno otoño pienso hacer varias excursiones, en compañía de Antonio. Después, vendrá el temido invierno, y no podré alejarme de la jaula. Ya vendrá la primavera riendo y poética, para volver a la ciudad, y empaparme de las bellezas artísticas que atesora. ¿No te parece?

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 – V –

 EL PROBLEMA DE ACLIMATIACION

Había venido mi padre a pasar conmigo unos días y de paso, conocer la montaña, en la que había estado, siendo pequeño, con mi abuelo, que tenía parientes en Prioro, en la cabecera del rio Cea, pero nada había oído de Cisnarios, entonces un pueblín ignorado, como todos los de esta montaña. Le gustó el paisaje y el alto nivel de vida de los paisanos, pero no me ocultó que la viuda bilbaína, con su corpulencia incitadora, sus maneras de tratarme, en confianza, le parecía una mujer peligrosa, a la que temía no supiese resistir mi inexperiencia. Andaba en preparativos de marcha, y con ellas, otros dos tipos femeninos, exóticos, demasiado mundanos; una muchacha de Madrid, que se decía institutriz de los niños de una señora divorciada, y otra, sin más fichaje en la fonda que una tarjeta de presentación que decía: MARY LUCIEN; ESPECIALISTA EN MASAJES. Por el acento en que hablaba, parecía francesa, pero, yo, pude saber que era catalana, de Reus, soltera y viajera. Ambas eran ligeras de cabeza; vestían trajes vaporosos, y estaban casi todo el día cantando y chanceando. Menos mal que apenas para en casa, y después de levantarse tarde, salían medio desnudas a pasar el día, a pleno sol, sobre los peñascos isleños del rio, y tirándose al agua, cada pocos momentos. Las gentes del pueblo las tildaban de indecentes, y sus modales y desenvoltura, en el hablar y en el andar las hacían sospechosas de una vida irregular.

Confieso que a mí y a Antonio nos eran repulsivas. La Lucién hacía galas de literata, y las dos leían libros de pastas pornográficas. Se contaban de ellas cosas que escandalizaban. No sólo andaban casi desnudas, sino que, por la noche solían salir, por caminos desconocidos, como hembras en celo, en busca de machos, y de ellas contaban los mozos del pueblo, que se emborrachaban con vinazo de Toro, y con licores de gran fuerza alcohólica. Mi padre no dudó en denunciarlas al Alcalde, como elementos indeseables que no debían de ser consentidas en un país moral y cristiano. Antonio y otros mozos las dieron un silba fenomenal una noche, y las fregaron las carnes con manojos de ortigas. Fue esta la mejor medicina para curarlas de sus manías lascivas, y se marcharon, enseguida. Después supe que la institutriz había vomitado en un periódico de Madrid la baba viscosa de su impudicia contra las costumbres sanas y patriarcales de Cisnarios.

Mi padre que me acompañaba en mis visitas a los pueblos, no se cansaba de disuadirme de mis propósitos de permanecer en la montaña.

– Lo primero que tienes que hacer –me dijo- es aclimatarte, física y moralmente. Y eso, creo que lo vas a conseguir. En verano, sí; cuando las bellezas del campo son tonificadoras, pero ya vendrán y pronto los días invernales, las noches largas, rugiendo el huracán en montes y valles, y verás cómo te aburres metido en casa, sin compañeros con quienes alternar. Me gusta mucho tu amigo Antonio, pero me dice que suele pasar los inviernos, con su familia en Alicante, y aquí no quedarán más que pastores burdos, y mozones incultos, que, aunque no sean analfabetos, les falta mucho para que te den compañía agradable. Además; ¿has pensado en cómo vas a visitar a los enfermos, con un metro de nieve, sin estar acostumbrado a andar por veredas y caminos pedregosos?. Tú no tienes condiciones de resistencia física para soportar las inclemencias del tiempo, no estás preparado para bregar con nieve y con hielo, para sufrir temperaturas siberianas, y cumplir con tus deberes profesionales. Convéncete que será mejor salir de aquí, a tiempo. Y si no te puedes aclimatar físicamente, es más difícil, sino imposible que te aclimates moralmente. Conforme con que este país es sano de costumbres, religioso y moral, eminentemente tradicionalista –La Navarra leonesa la oí llamar en Madrid- con raíces indígenas de origen protohistórico, pero en donde la cultura no pasa de ser embrionaria y primitiva. Y a ti que te gusta mucho la literatura, y que tienes aficiones a leer y saborear libros y conversar con amigos eruditos, te vas a encontrar con gentes despiertas, sí, pero con escasos medios de formación literaria. ¿Qué vas a tener en un pueblo, bonito, pero aislado, con habitantes que sólo se ocupan de sus ganados, de sus parados, de sus montes? Todavía tienes opción a la plaza de Médico que te he buscado en Gijón; aún espera la Compañía Minera a que te decidas a ir a ella.

Eran de peso, estas razones de mi padre, pero todas resbalaban sobre mi voluntad, decidida a seguir en Cisnarios, por lo menos, hasta pasar aquí, un invierno, para probar mi resistencia física y mi adaptación al medio-ambiente.

– ¿No tendrás –me replicaba mi padre- algún lazo interior que te esté atando con fuerza avasalladora? Llevas sólo unos meses en este pueblo, y no sé por qué me preocupa esa viuda bilbaína que te persigue y asedia, no sé si para ella, o para su hija enfermiza y endeble.

– Nada de eso; con la Bilbaína hablo, por deberes de cortesía, y con la hija paseo, por imperativos de caridad cristiana. Pero nada más; ellas se marcharán pronto, y yo seguiré aquí, entregado a mis obligaciones, y si después de un invierno duro, me convenciera de que mi aclimatación es difícil, será esto motivo para buscar otra plaza de médico, en donde la haya, en las ciudades o en las villas populosas, en pueblos de clima benigno, o en aldeas de Andalucía. Pero, ahora: ALEA JACTA EST, como decían los latinos.

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 – VI –

OTOÑO EN LA MONTAÑA

Los veraneantes se habían ausentado; las bilbaínas se despidieron de mí con promesa de escribirme, para continuar unas relaciones que, para ellas, eran la vida y el alimento espiritual, en esta montaña.

Se pasaba el tiempo más agradablemente que en el verano. La temperatura era suave; los montes iban poniendo, en las hojas de los árboles, colores de oro y de naranja, y los hayedos y frutales se desnudaban para preparar la mortaja blanca d la nieve. Algo de escarcha rebrillaba, por las mañanas en los prados recién afeitados por la guadaña; el rio se había hinchado con las lluvias, y los arroyos y fuentes cantaban la eterna canción de su riqueza.

Las cigüeñas, en Agosto, y las golondrinas y las codornices en Octubre huían en busca de climas cálidos; los rebaños de ovejas trashumantes se preparaban para su éxodo tradicional y se veían, en los pueblos, pastores en plan de despedida de sus parientes y de sus novias.

Trajinaban los paisanos en las faenas de recolección, de otoño para sus vacas, hojas de chopo y de roble para sus cabras y ovejas, leña para sus hogares y patatas y alubias y fruta, que en este año era de abundante cosecha, y las peras y manzanas de Cisnarios tenían ya mercado seguro, por sus cualidades, muy apreciadas en León, en Madrid y en Bilbao. La siembra de cereales no les ocupaba mucho, y en esto sí que eran los labradores, rutinarios, y poco cuidadosos, pero en cambio, ¡cómo había prosperado la cría de ganados, con selecciones de raza, con alimentos variados de yerba y de remolacha, esmerándose en cultivar una pradería que les produce tres pelos, y en Noviembre, todavía tienen las huertas, pasto tierno y jugoso. Bien merecen estos cuidados la ganadería, pues, aparte del precio alto que tienen las terneras y novillos, había ya una fábrica de manteca y queso que paga la leche a dos pesetas el litro, con lo cual hay ganaderos que ingresan sus buenos ocho o diez duros diarios. Y además, hay que tener presente que la alimentación de los ganados, no les cuesta casi nada, porque las vacas no saben lo que es la harina. Con yerba se mantienen y engordan. Es notable el progreso material de estos paisanos, y como prueba de su bienestar, citaré que hay en el pueblo, más de cuarenta receptores de radio, y el correo trae más de vente periódicos y revistas diarios.

Contra la opinión de mi padre y la mía, en un principio, me encontré aquí con mozos, no zafios e ignorantes, sino que se podía alternar con ellos, comentando los sucesos políticos de todo el mundo, y discutir, con ellos, de temas de tipo social e industrial. Toda su cultura está frenada y fomentada por las doctrinas cristianas, por el arraigo de costumbres tradicionales, que, dígase lo que se quiera, no son retardatarias de un bien cimentado progreso.

Terminadas todas la recolecciones, la gente se reúne en las portaladas soleadas, en la fragua del pueblo, en las solanas tibias por la mañana, y por la tarde, después de encerrar el ganado y cebarlo, hay tertulias animadas en los bares y tabernas. Allí, se habla de todo; se comenta todo, se discute todo. Yo empecé a gustar de estas reuniones en las que se espeja el alma colectiva de un pueblo, que si no es opulento, no carece de nada, nadando en esa medianía serena envidiada por los poetas.

Era ya entrado Diciembre y e invierno venía de prisa, con heladas fuertes, y con un cielo plomizo, sin calentar el sol. Una niebla densa cubre los campos y las casas; un airecillo frio viene de la ribera, al calambrón temido de los páramos, el viento helado de las estepas, el ambiente triste que abre las puertas al invierno terrible.

Salía yo, a anochecer, de una calleja oscura, de visitar a una vieja paralítica, y tropecé con Antonio, al cruzar la carretera. ¿Adónde vas a estas horas? –le pregunté-.

Ven conmigo –me contestó- verás que rato pasas más entretenido.

– ¿En dónde?

– Ven y verás. En la taberna de Argovejo, de seguro que se puede tener Concejo. Allí se reúnen, a estas horas, la mayor parte  de los vecinos, al olor de un vaso de vino de los Oteros.

– ¿Cómo les gusta tanto este vinillo, si casi todos lo saborean en sus casas?

– No importa el vino de casa no sabe como éste de la tertulia de Argollano, porque está adobado con diálogos chispeantes y sabrosos. Verás.

La cocina de Argollano estaba casi llena. Grande y entarimada, tenía frente a la entrada, una chimenea amplia, en la que ardían llamaradas de rachas de roble; a los lados, arrimados a las paredes, había unos bancos de madera, y delante de ellos, mesas de chopo, con muchos vasos de vino, y gente alegre que comentaba, reía, discutía, y reñía, en cuya reunión diaria, no faltaba un tertuliano chistoso y locuaz, un poco bebido, y a veces provocativo. Al entrar, me aplaudieron todos, alegrándose de mi compañía.

– Esto prueba –dijo chistoso- que el vino no es tan malo como dice e Cura, porque el Médico también lo bebe. Nos sentamos y vacié mi pitillera, dando cigarros.

– Estamos –dijo el pastor- discutiendo sobre la nevada. Quico dice que se está cociendo una de las gordas, y yo sostengo que entavía no viene, ¿En qué te fundas?

– En que la raldona ruge muy ronca.

– Y en que –añadió otro tertuliano-, las vacas al echarles e agua, rebrincan, con los pelos de punta. ¿Y la luna?. No la visteis que triste estaba anoche.

Pues yo os aseguro –replicó el pastor- que tenía fama de astrónomo, que entavía no viene la nevadona. Entavía no está en sazón. Allá para fines de año, acaso, por ahora tenemos frio, tiempo de niebla.

– ¿En qué te fundas, le preguntaron?

– En una señal que no falla. Entavía no bajaron las perdices de las cumbres, y mientras las perdices no bajen de las cumbres, no hay nieve. Además; hoy estuve en el alto de Montemoro, y cuando hay síntomas de nieve, se oye, desde allí, bramar el pozo de Isoba.

– Pues digas tú lo que quieras –replicó Quico- también anduve yo hoy de caza, y el viento en las vallinas era sordo, precursor de nieve.

– Que no, hombre, que no, contestó el pastor. ¿A que no visteis entavía berrar a la lechuza en los matorrales de Mataces?. Y en lo que no berre la lechuza no hay peligro.

– ¿Hay muchas perdices en los majales? –le preguntó Antonio-.

– En las camperonas del pozo del Sedo, las hay como bandadas de palomas.

– Pues ya debían de bajar a los sembrados, porque las gusta mucho pacer las porretas tiernas de los trigales.

– ¡Como no bajen!. Allí tienen manjares a escoger; hayucos debajo de las hayas, bellotas debajo de los robles, grillos en los sestiles, y si quieren aperitivos, no faltan las yerbas tiernas de las llamargas y de las fuentes.

– ¡Oye! –pregunté yo al pastor- El Pozo del Sedo, ¿Por qué lo llaman así?.

– No sé; será porque es muy profundo. Dicen que baja el agujero hasta la fuente de los corrales. Yo lo que sé, es que he tirado peñascos por la boca, y se los oye rodar, un rato, por los bordes de la cueva.

– ¿Y eso que cuentan de que tiraban allí a los franceses?

– Lo dicen todos; se lo oí contar a los viejos, y éstos lo habían oído a sus abuelos. Cuando la Francesada iba de capa caída, y las tropas de Napoleón huían hacia la frontera de Aragón, quedaban por estos pueblos, dispersados y sin orientar, muchos soldados extranjeros, y los fueron cazando como alimañas, los patriotas, con palos y piedras, con fusiles viejos, con horcas de recoger la yerba, y después de matarlos, los tiraban en el pozo del Sedo. Cuando la fuentona del corral manaba en la peña, antes de estar tapada, como ahora, con el cascajal que bajó de la hoz, en una nube de verano, dicen que salían huesos de hombre, que serían, de seguro de los franceses tirados en la sima.

– Franceses serían los menos; la mayor parte serían de soldados de otras naciones que Napoleón enroló en sus ejércitos de invasión, como hizo con millares de españoles que llevó a Rusia, y que fueron víctimas del frio y de la peste.

– Bueno; lo que Vd. diga. Pero el pozo del Sedo debe de estar lleno de huesos humanos, porque siendo yo muchacho, atamos a un rapaz con una soga de yerba y lo bajamos más de cuarenta varas, y nos dijo, al salir atado con la soga de trenzar yerba, que había escaños en la roca, y cuevas laterales, y en ellas muchos huesos modados, y como prueba, no sacó algunos trozos, y eran de hombre.

Presencié estas amigables disputas, con interés y por lo que, después ocurrió, tenía razón el pastor, pues hasta fines de año, no vimos nieve.

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 – VII –

 MIS PRIMERAS IMPRESIONES EN CISNARIOS

No puedo olvidar, nunca, las últimas lecciones que nos dio a finalizar el curso último, el Profesor de Medicina Legal.

Nos hablaba con tonos paternales; quería darnos, como despedida, un programa completo de nuestro porvenir; unos consejos meditados sobre nuestra futura actuación, en asuntos algo ajenos a la medicina, pero que podían presentársenos como una realidad apremiante.

– algunos de vosotros –no decía- ejerceréis la profesión en grandes ciudades, quizá en Madrid mismo, pero la mayoría de vosotros os desperdigareis por esos pueblos y aldeas, en donde podéis hacer una gran obra social. Dura va a ser vuestra misión. En las ciudades, habréis de topar con un gran problema, viendo la miseria de los entresuelos y buhardillas, con escenas escalofriantes de dolores físicos y tormentos morales. Aunque tengáis el corazón duro como un pedernal, no podréis por menos de doleros de la miseria y de las penalidades que presenciareis todos los días… Tendréis que ser, además de médicos, casi sacerdotes. No envidio este vuestro porvenir. Cruzar calles o plazas, con el bastón que será vuestro cetro, subir y bajar escaleras, penetrar en recintos sin luz, sin ventilación, en los que las familias se amontonan y acuestan en camastro de paja y se reúnen en una cocina sin calor en invierno, y achicharrados en verano; oír lamentos de niños, sollozos de mujeres que sufren, imprecaciones de odio de hombres envejecidos por el trabajo y la penuria; ver cuadros horribles de hambre en los que se ceba la muerte, sin los remedios de la medicina, sin los consuelos de la limosna, sin que el óleo de la religión mitigue penas, y siembre esperanzas de otra vida mejor. Ahí tendréis ocasión cotidiana, no sólo de ejercer la medicina, sino de sembrar con vuestra palabra y con vuestra, generosidad, semillas fecundas de amor y de compasión. Y si tenéis que visitar esas mansiones de lujo y de comodidades en las que la riqueza amontona y derrocha muebles artísticos, y viandas caras, y servicio elegante, veréis, en estos contrastes de la vida, que, sin quererlo tenéis que sentir y procurar ser como apóstoles que predican ¨oportune et importune¨ la necesidad de que lo hombre sean más humanos, más compasivos. Acercándose unos  otros para que todos vivan en una sociedad más cristiana.

El médico de ciudad tiene que ser, sin quererlo, un propagandista social. Curar enfermos, es un gran obra; conocer las enfermedades del cuerpo para remediarlas, estudiar las causas de los procesos morbosos, para combatirlas.

¡Oh!. qué grande es la misión del médico.

Pero os esperan otras inquietudes, os enfrentareis con otras realidades; también tendréis que curar otras enfermedades, las del alma de vuestros clientes, y en esto sí que debéis de ser diligentes y celosos, como si ejercierais un sacerdocio sagrado. Acaso los que vayáis a los pueblos, no tengáis estos problemas sangrantes que tan frecuentes y difíciles son en las ciudades. Pero allí, en las aldeas apartadas y diseminadas, en esa población rural que vive ¨ni envidiosa ni envidiada¨ también hallaréis problemas que no son de medicina, pero que tendréis que palpar y resolver. En las aldeas perdidas, en los valles montañosos, en los páramos abrasados y yermos de Castilla y de Extremadura, la vida social es casi primitiva. Ni vías fáciles de comunicación y de comercio, ni núcleos de población numerosa en los que se carece de todo, ni escuelas elementales de cultura, rudimentaria, ni sacerdotes que con su palabra y su ejemplo sean ¨la sal de la tierra¨ como los quiere Jesucristo, todo un paisaje, triste y aviejado en el que las espadañas y torres de las viejas iglesias os hablarán con sus piedras mohosas y son sus tejados rotos, y sus imágenes carcomidas por la polilla, de un vivir pobre y rutinario y de un estado notable de atraso y de penuria. Y aunque, hoy, el nivel de vida rural se va elevando y el termómetro cultural va subiendo – en algunas partes a saltos de gigante- todavía tendréis que luchar con prejuicios y costumbres, con supersticiones y prácticas muy arraigadas en el alma colectiva de la población rural. Sobre todo os encontraréis con ese espíritu individualista que domina en casi todo el medio rural, ese espíritu que no consiente mejoras materiales, ni progresos culturales, y que no conoce ni quiere conocer las ventajas de la cooperación en el trabajo y en la producción, que en la rutina y costumbre cifra su modo de vivir y de trabajar. Contra esta vida rural tenéis que luchar, y así como el labrador va abriendo surcos en la tierra para sembrar semillas que broten y den frutos, así vosotros habréis de ir abriendo surcos en las viejas costumbres, para que las semillas culturales sean fecundas y prometedoras. En el agro español hay tres obreros que tienen la misión sagrada de trasformar en obras de progreso la labor de convertir el agro en fuentes seguras de producción y de bienestar.

Estos obreros son: el cura, el médico y el maestro de escuela. Procurad ser vosotros sembradores del bien, propulsores de la cultura, obreros incansables, llevando, con los medicamentos, ideas progresivas, doctrinas revolucionarias, que cambien, por completo, el panorama social del agro español.

– Estas lecciones paternales de nuestro Profesor, se grabaron muy hondas en mi alma, y fueron para mí, un propósito firme de consagrar toda mi vida de médico rural, no sólo a actuar, diligente en mi profesión, sino también en ayudar al cura y al maestro en hacer una España mejor y más grande.

La experiencia me enseñó en una aldea, que la visión que del campo tenían en Madrid era equivocada. Era una visión de una vida rural anticuada, que no tenía ya realidad. Yo, en la montaña leonesa, no me encontré con esos páramos estériles, ni con ese ambiente retrasado y mísero que nos pronosticaba nuestro Profesor.

La montaña leonesa no es ya aquella tierra pobre de pastores trashumante, en la que propiedad privada era mezquina, y la propiedad comunal extensa y rica en pastos y maderas no explotadas.

Hoy, esta montaña, de paisajes bellísimos, es una región próspera, en la que el hombre no trabaja, apenas, como en zonas llanas de las dos Castillas, bregando en el campo, de sol a sol, rompiendo terrones arcillosos con el arado, o cavando viñas en suelos pedregosos.

El montañés de hogaño, con un nivel cultural elevado –no hallé en la montaña analfabetos-, con fuentes de riqueza abundantes, hábilmente dirigidas, con un comercio que penetra en todos los rincones, y con una industria láctea en plena producción, no necesita levantarse con estrellas, ni sudar la gota gorda en las horas largas de estío, ni bregar hasta que la noche apague todas las luces del sol.

El problema social de esta montaña no es inquietante… Muy dividida la propiedad privada, no hay grandes latifundios, y por lo mismo, no hay ni ricos ni pobres; todos viven en una medianía pacífica y serena, y es frecuente observar que trabajan más los que tienen más, ya que aquí, no hay problema de obreros parados, ni criados de labranza disponibles.

Las minas absorben todos los brazos que pudieran dedicarse al trabajo agrícola, y escasean las mozas que se ofrezca a ser criadas de labradores. Por eso lo más ricos tienes que trabajar mucho más que los pequeños terratenientes, porque, éstos, con una pareja de vacas, y un atajo de ovejas y cabras, y con jornales en las minas tienen lo bastante para no afanarse ni preocuparse de los ahogos de la vida.

Con los precios altos que tiene la ganadería y con cotizaciones elevadas de la manteca y la leche, el montañés no siente la carestía de la vida, ni le inquieta un porvenir incierto, porque para todo dan los prados y pastos, los jornales de las minas, y en algunos pueblos ribereños, las truchas del rio y las frutas sabrosas de sus huertas, y todo este bienestar, en un ambiente tranquilo de espíritu religioso empapado en costumbres tradicionales.

Y sin embargo, no todos están contentos. Hay viejos que se quejan, amargamente, de cómo van las cosas. Con algunos de éstos he pasado ratos amenos, en los que el pesimismo anubla los horizontes, y los pronósticos pesimistas oscurecen las perspectivas más halagüeñas.

– Esto va mal –me decía el tío Nicasio-. Antaño no teníamos una peseta de sobra, pero vivíamos mejor. Ahora, para todos los vicios hay dinero, para todos los lujos hay despilfarros, y tal como se ponen las cosas, no va a haber quien trabaje, no quien ahorre. Yo no voy al café, ni a los bares, pero por lo que oigo y veo, no sólo en los días festivos, sino en los días de labor, están llenas las tabernas. Ya no es el café ni la copa de cognac, ni el puro farias lo que se gasta, sino que todo se juega a las cartas, y se gasta un tiempo precioso par el trabajo. Por la noche están en los bares hasta después de las doce, haciendo de la noche día, y del día noche, y por lo tanto, no se madruga, ni están los cuerpos ágiles para el trabajo. ¡Dirán que esto es progreso!. El progreso de los murciélagos que no pueden soportar la luz del sol. Le digo que esto va muy mal, y todo acabará como acabaron las civilizaciones asiáticas, griegas y romanas, según oí predicar a un fraile capuchino que sabía decir las cosas claras. ¿Qué importa que se produzca más, si en cambio se gasta mucho más, se en cambio se gasta mucho más de lo que se produce?. ¿Y los pedidos?. Ahora todo son contribuciones y sacalinas, el Gobierno, la Diputación, el Ayuntamiento, la Junta Vecinal, todos los días no están amenazando con recibos y papeles y multas que podíamos ahorrar. Hasta Vds. Los médicos, y Boticarios y Veterinario se van poniendo imposibles. Antes, con unas yerbas cocidas que cría el campo curábamos todos los catarros y pulmonías. Ahora, todo son específicos caros o inyecciones que no tienen tasa, y con esa moda de antibióticos que nos han traído Vds. no hay dinero para atender a cualquier enfermedad. Y luego, por  cualquier cosina, hay que ir a los sanatorios para que los cirujanos nos rajen las carnes y nos estrujen los bolsillos. Le digo que, al paso que vamos, el mundo tiene que dar un estampido.

– Es Vd. pesimista. No piensa más que en la carestía de la vida moderna, no se da Vd. cuenta de que todos hacemos que la vida sea cara. ¿Por qué no vende Vd. las vacas y las ovejas y la leche y los garbanzos a precios más moderados?. La carne ha llegado, no sólo en las ciudades, sino en las aldeas  a precios inasequibles.

– Porque el consumidor tiene la culpa. Mire Vd. Antes no se vendían las terneras ni los chivos ni los corderos lechales, y todos se criaban hasta ser añojos o doblenes que pesaban tres veces más que de terneros, con lo cual se aumentaba la cantidad de carne, y el valor nutritivo de todos los animales. Ahora, a los tres meses, vendemos las terneras, con un peso relativamente pequeño y así escasea la carne y tiene un precio enorme. Si en vez de matar una ternera se matase un novillo, la cantidad de carne entregada al mercado, se triplicaría, y el consumidor estría mejor nutrido.

– Por eso no estoy conforme con los adelantos y progresos de la vida moderna. Cuando yo me crié, en casa de mis padres, no había escasez de alimentos precisos, no se hacían grandes ahorros, y no sabíamos lo que era el café, ni los licores carísimos que, ahora se gastan pero mi madre nos traía a todos los hermanos limpios y bien trajeados, y mi padre, cuando volvía de las ferias, nos regalaba con caramelos y uvas, y nos traía de Campos, pan bregado que saboreábamos con deleite. En este pueblo, no había más fruta que unos nogales enormes, y unos cirujales semisalvajes, y los arándonos y fresas y mostajas y avellanos de monte. Hoy, todo ha cambiado; los frutales se han multiplicado, las huertas son riquísimas de toda clase de frutas, y todos tienen peras sabrosas y manzanas de todas la marcas, y cereza de injerto, Ya vio Vd. en el pasado otoño como todos los rapaces están, todo el día, mordiendo fruta, y a ninguno se le ocurre robarla, como hacíamos nosotros, porque la tienen, todos en abundancia.

– Lo cual prueba que se vive, hoy, mejor que antes.

– No lo crea. Hay más producciones, pero las necesidades aumentaron en proporciones increíbles. Tenemos más ingresos, pero menos tranquilidad de alma. Nadie está conforme con su situación, nadie se conforma vivir en el rango que le corresponde, no nos aclimatamos en este ambiente de zozobra que causa envidia y odios, y aspiraciones de grandeza, sin trabajo, y de goces sin dolores.

– Pero no me negará Vd. que los adelantos modernos en maquinaria agrícola, en selección de semillas y abonos artificiales nacen que el campo produzca para los gastos y para que quede un margen para los gastos, y para que quede un margen para el ahorro y para lujos y diversiones. Convenga en que, antes, en el campo, se vivía peor.

– Me mienta Vd. el ahorro, y a esto tengo que decirle que, hoy, nadie ahorra, nadie piensa en reservar dinero para necesidades eventuales, en el futuro incierto, como pedriscos, nevadas, inundaciones, pestes, y guerras. Hoy todo se vuelve a predecir desde las alturas del gobierno que el bienestar del país depende sólo de la producción. ¡Producir, producir! Esa es la cantinela que oímos todos los días, en la prensa, en la radio, en mítines y discursos. Yo le aseguro que la felicidad de los individuos y de la sociedad está más que en producción en el ahorro. Aquí tenemos un ejemplo palpable. La casona del Mayoral produce mucho; la ganadería, la labranza, la fruta, de todo hace montones de dinero, y sin embargo, no tienen una peseta de sobra. Sus hijos son robustos y trabajadores, se esmeran en producir, en buscar mercado para sus productos, en mejorar sus fincas, y cuando viene el recaudador, tiene el Mayoral que buscar dinero, por las casas del vecino, porque, allí se despilfarra, sin medida, se gasta sin tasa, se derrocha sin cálculo. No es, por tanto, la producción la que hace felices. Es necesario producir, sí, pero es más necesario ahorrar y no malgastar el dinero en lujos tontos, que es lo que pasa arriba, en las cumbres del Estado, el cual aprieta los resortes fiscales y carga demasiado la propiedad privada, y hace unos presupuestos astronómicos, para liquidar, todos los años, con déficit. Si se produce mucho, y no se administra bien, todo trabajo es perdido. Aumentar los tributos, y mantener una burocracia holgazana y excesiva, y crear Juntas y Comisiones para absorber el agua de todas las fuentes, ni es modo de buen gobierno, ni medio de nivelar presupuestos.

– Las razones del tío Nicasio me convencieron, y en la vida que en invierno, se hacía en la montaña, vi que era cierto lo que me decía mi convecino.

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 – VIII –

LA NOCHEBUENA EN CISNARIOS

Me habían escrito mis padres y hermanos, mandándome que, sin excusas, pasara con ellos la Nochebuena, en Gijón, pero tenía dos enfermos de cuidado, y además, tenía yo empeño en pasar estas fieras en el pueblo para oír los clásicos villancicos, y las tradicionales pastorelas, tal cual se cantaban en tiempo de Juan de Encina, y contesté a mi familia que hasta pasados los Reyes, no podía ausentarme de mi cargo, al cual me debía. Y en verdad que no me pesó esta decisión mía.

En esta sagrada noche, se reúnen, aquí, las familias a cenar y cantar, antes de la Misa de Gallo y en la fonda, la dueña se esmeró en preparar para más de veinte personas, una cena que ni la Trimalción podía comparársela. Primero, una ensalada de alubias, luego el clásico besugo asado a la parrilla, después, pollos guisados, trozos de lomo y de chorizo de cerdo, la consabida morcilla, y de postres, queso fermentado que me gustaba mucho, manzanas asadas, peras riquísimas, turrones, pastas, brazos de gitano, todo en abundancia, preparado por la patrona y por sus hermanas, que, esta noche, nos acompañaban a cenar con toda su familia. De licores un derroche de botellas de vino del Bierzo, de cognac Fundador, de Benedictino, y aunque lamentándolo mucho, no pudo proporcionar champán, tenía varias botellas de sidra del Gaitero, fresca y espumosa. Todo un banquete suculento, variado y abundante. Así se me pasó la noche, con alegría contagiosa, y cuando empezaron los cantares de la gente joven, oímos ya, por las calles, la ronda de los mozos al son del ronco tambor entonando canciones tópicas de la gran fiesta cristiana, al mismo tiempo, que sonaban las campanas de la iglesia, llamando a los fieles a la SOLEMNÍSIMA MISA DE GALLO.

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 – IX –

LA MISA DE GALLO. (La Iglesia de Crémenes)

Tiene Cisnarios una iglesia nueva que es orgullo de los feligreses y envidia de los forasteros. La construyó hace poco tiempo un Argentino rico y generoso, hijo del pueblo, al que suele venir con frecuencia. No escatimó dinero para su construcción. Se entendió con un prebendado de la catedral de León, natural también de Cisnarios, y éste se entendió con un arquitecto, orientándole en el proyecto y planos de la obra. Quería una iglesia de tipo románico, en el último periodo, cuando asomaban los primeros brotes del arte ojival, y se empezaban a apuntar los arcos redondos, y a buscar, de contrafuertes elegantes a los muros ligeros, botareles y arbotantes elegantes, rematados en agujas airosas que pesaban verticalmente contrarrestando el empuje horizontal de cruceros y bóvedas. Quería una iglesia como la de Poblet, como la de Moreruela, en la que los Cistercienses habían transformado el arte arquitectónico, evolucionando hacia nuevas formas. Así hizo el arquitecto los planos y maqueta de esta iglesia de Cisnarios, utilizando las canteras de caliza marmórea que abundan en las sierras de este pueblo.

No me canso de admirarla. La portada del mediodía, copia de la de S. Isidoro de León; las columnas, los capiteles, los arcos reentrantes, la cruz de brazos iguales que remata el tímpano, todo está ejecutado con gusto y primor. Después, las jambas de las tres puertas, las pilastras, los zócalos, las cornisas y arcos formeros, todo de fina caliza labrada, ofrecen una perspectiva artística y hermosa.

Tiene una sola bóveda de arista, pero alta, bien proporcionada, son crucero de brazos cortos, con presbiterio que se cierra, por detrás, con un ábside semicircular, destinado a sacristía, con dos puertas de entrada y salida, en la que luce una soberbia cajonería de pinotea, con andanas corridas para guardar la abundancia de ropas sagradas, de las mejores clases.

El suelo del templo, es de baldosín multicolor, y por el centro corre una franja de caliza labrada, que llega hasta las gradas del presbiterio, también de piedra labrada, limpia y esmerilada.

En el testero, alumbrado por un ventanal artístico, un coro, con una elegante balaustrada, cincelada con gusto artístico, lo mismo que la mesa del altar mayor, que descansa sobre columnitas, con fustes de enebro rojo, y capiteles de nogal, taraceadas con hojas y flores. Habrá pocos templos tan enjoyados como este de Cisnarios. Viacrucis con relieves magníficos, un cáliz de oro con esmaltes en la peana, un copón, también de oro, unos hacheros de bronce dorado regalados por un Norteamericano amigo del Argentino, como recuerdo a la difunta esposa de éste, una lámpara de multitud de vidrios, en los que se quiebran las luces de veinte focos eléctricos, una preciosa imagen del titular S. Pedro, regalada por otro hijo del pueblo que sonó mucho, como Capitán del Tercio que logó con gran valentía y coraje entrar, en un carro en Barcelona, en el año 39, apoderándose del Ayuntamiento, en donde izó la bandera de la patria redimida.

En el altar lateral de la derecha luce una bonita imagen de la Virgen de Luján, regalada por los hijos del fundador, con mantos lujosos cuajados de pedrería, una media estela de oro con incrustaciones de perlas y zafiros, y en el testero de brazo izquierdo hay un soberano CRISTO, de tamaño natural, cobijado por una marquesina renaciente, de la que cuelga un rico lienzo de damasco, y al que alumbran dos lámparas de hierro forjado, de factura irreprochable. Lo donó la piadosa señorita Anita ORRI, dueña del hotel Savoy de Gijón, la cual pasa los veranos en Cisnarios.

Sobre el frente del oeste, se alza una esbelta torre cuadrada, con un reloj, y campanas, y en el remate, un pararrayos, que preserva a todo el pueblo de centellas. No tiene precio la iglesia de Cisnarios, en la que abundan los bancos cómodos de respaldo, regalados por otro hijo del pueblo, que reside en Méjico. Sobre la puerta de norte hay una hermosa lápida de mármol con una inscripción en letras comprimidas, semejante a las que se usaban en el siglo XII, en templos y monasterios.

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 – X –

LA MISA

La Misa empezó a las doce en punto. Me habían dicho que los mozos y mozas iban a cantar lo que ellos llamaban Misa solemne, que yo no había oído, y quedé asombrado de las melodías de esta composición musical, que no es gregoriana, ni modernista. Fue cantada en la inauguración de la nueva iglesia y el Sr. Obispo quedó prendado de los motivos musicales de esta Misa tradicional, y mandó a un músico de la catedral que la copiara para ser cantada por los seminaristas, y de este modo, extenderla por la diócesis. Es una Misa, a dos voces, serenas, pausadas, en tonos de una sonoridad grave y dulce. Las voces de los bajos parecen oleadas que suben y bajan para morir en cadencias de una dulzura encantadora, y entonces, salen los gritos de los tenores, en diapasones altos, hasta que vuelven los bajos a recoger las notas graves. Es un pugilato hermoso de armonía y buen gusto. Me dicen que el músico que la copió opinaba que era una música de tonos mozárabes, y en efecto, parecen muchas de sus notas tomadas de las melodías que oímos todos los días en las radios de Casablanca y Túnez. Lo que más me entusiasmó, fue el INCARNATUS cantado por un tenor que supo dar a todas las sílabas toda la emoción soberana, todo el tinte dramático de la DIVINA ENCARNACIÓN.

En un pasaje de una belleza sin igual, una subida de tono que raya en lo sublime, y el mozo que lo cantó dio pruebas de ser un Divo, un artista de escuela. Por su voz armoniosa y por la flexiones de ternura piadosa con que esmaltó, en trémolos sublimes, aquel EX MARIA VIRGINE que yo no oí jamás, sentí en toda el alma como una oleada de consuelos y dulzuras emotivas, como trasunto de delicias celestiales.

Habían hecho las mozas un Nacimiento que era una preciosidad. Sobre un tablero cuadrado, había un césped de musgo y de yerbas mustias, y allí habían colocado toda la escena dulcísima de Belén, como en aquellos Belenes tan ponderados en los conventos de monjas. La gruta, las chozas de los pastores, las ovejas balando, el buey y la mula, y sobre todo, el techo nevado de la cueva, ángeles cantando y desenvolviendo una filacteria con las palabras GLORIA IN EXCENSIS DEO, estaban tan ajustados a la realidad, tenían tal fuerza evocativa, que no me cansaba  de contemplar este Belén pueblerino. EL NIÑO era bellísimo, tirado sobre pajas y abriendo la boca como si empezara ya a bendecir a las muchedumbres de Galilea.

¡Y que digan en las ciudades que en los pueblos rurales no saben captar bellezas ni resguardar placeres espirituales!

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– XI –

LAS CARTAS

En el último día del año, recibí dos cartas, que releí, en mis soledades, de aquellos días, cubiertos, ya, de nieve. Empezó a soplar un viento del norte que cortaba la respiración; bajaban chispas de nieve que no se atrevían a posarse en el suelo embarrado; por encima de la peña de las Pintas, pasaban, veloces, unos vellones parduscos de nubes, que, poco a poco entoldaron el cielo. Por la tarde se arrebujaron de nieve los picos de Alio y de la Canalina; no se podía andar por la carretera de frio, y cuando vi al pastor, cuando encerraba el ganado, me dijo, que, ahora iba la cosa de veras; que se preparaba una nevada de las gordas.

Una de las cartas era de mi amigo Antonio, escrita en Alicante. Me decía que gozaba de una temperatura deliciosa; que por la noche, al salir del teatro o del cine, se sentaban en las terrazas de los cafés, para disfrutar del fresco de la noche, sin sombrero y sin gabardina. Cuando leí esto, miré a un termómetro que tenía colgado en el muro exterior del balcón y señalaba ocho bajo cero- ¡Qué contraste!. Así y todo –añadía- iremos pronto, porque mi padre se siente optimista, con las noticias que nos da mi primo Enrique, Capataz de nuestra mina. Nos dice que por fin, apareció una veta carbonífera, no en embudos y bosas irregulares, sin en filón compacto que al extraerle, deja un túnel rocoso que no necesita entibaciones ni apeas, lo cual ahorra muchos gastos.

Iremos, yo, para buscar mercado a nuestros carbones grasos; mi padre, para seguir los trabajos en la mina, que puede volver a presentar fallas y cortes verticales en la caliza que parece tener trazas de estar descompuesta, como si en los accidentes geológicos, estuviera rota. De paso, por Madrid, compraré todos los libros que se hayan publicado en esta temporada, y merezcan ser leídos, cumpliendo tu encargo.

– La otra carta que recibí, y no dejó de intrigarme, fue de la Verasteguí. Era larga, de letra grande y clara, y no carecía de faltas garrafales de ortografía. Me contaba sus inquietudes, sus cosas íntimas, su vida aburrida en Bermeo, sola con su madre, porque Chonina me la han cambiado. Antes tan recogida, tan neurasténica ahora, no piensa más que en divertirse, en viajar, en correr en auto, en embarcarse con su abuelo, que está loco con las aficiones que se despiertan en su nieta. Por Noruega anda, adonde la llevo mi padre en un barco suyo que trafica en bacalao y en pastas de madera. No sé cuándo volverán, porque a lo mejor están meses navegando, sin tocar, más que de paso, en los puertos de España. Mi hija habla ya el inglés y las modas y costumbres inglesas se la han metido muy hondo, en el alma. Pienso volver a la montaña en compañía de mi madre, la cual, hace años que no saluda a los muchos parientes que tiene en su pueblín de Alio. Estará allí casi todo el tiempo, y yo, sola en Cisnarios, en donde no tendré más consuelo y goces que los de la compañía del médico. ¿Verdad que no me abandonará?

– Me daba mucho que pensar esta carta de la viudita bilbaína. Se insinuaba demasiado, y el no tener, a su lado a su hija, me hacía sospechar, que soñaba cambiar de vida, explotando, quizá, mi inocencia y desconocimiento de las tretas femeninas, para cazar incautos. Me temía que se me pegara, demasiado, como una chinche insoportable, y no sé si tendría valentía para desasirme de los tentáculos tentadores de una mujer peligrosa. Cuando vino Antonio, le di a leer esta carta y me aconsejó que la rompiera, y no la contestara, y si la viuda venía en plan de Diana cazadora, lo mejor sería la huida y el desprecio, aunque te llamaran descortés e inadecuado.

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– XII –

LA NEVADONA

Cuando, en el día de año nuevo, fuimos a misa, había, en el pórtico de la iglesia, comentarios para todos los gustos, y pronósticos contradictorios sobre la nevada que estaba cayendo. Había, ya, más de treinta centímetros, y el viento del norte se inclinaba hacia el oeste con fuerza, pero menos frio que el de ayer, lo que probaba, según los horóscopos que la cosa iba a ser un encierro forzoso, porque, calzado ya con madreñas, tropezaba y caía, al pegarse la nieve en los tarugos, formando pellas que hacían perder el equilibrio. No me pesaba esta reclusión, porque, así, podía ocuparme en estudiar, leyendo libros y revistas de medicina, que tenía sin abrir.

En Madrid, había pertenecido a una sociedad de alpinistas de Peñalara, y había aprendido a esquiar por las laderas del Guadarrama. Pero, aquello eran juegos infantiles, ensayos de teatro, escaramuzas de batalla, porque resbalábamos por pendientes regulares, y si caíamos, no eran barrancos, ni raíces de arbustos en lo que tropezaban nuestros cuerpos, sino cochones blandos de nieve, que ni mojaba ni enfriaba.

Pero aquí en la montaña leonesa, la nevada como ésta, tenía otros aspectos. El viento arremolinaba la nieve en traves espesos, y las trincheras de la carretera y de los caminos quedaban nivelados en los labios. Era peligroso viajar, porque la cellisca era continua y todo el paisaje estaba desdibujado, sin relieves de ribazos, sin surcos de veredas.

Yo, desde el balcón de la fonda, veía el rio helado, en los tablazos, y tan espeso llegó a ser el hielo, que cubría, de lado a lado todo el rio, que los chiquillos se entretenían en resbalar sobre el hielo, con peligro de romperse el témpano, y se sumergieran, como ocurrió más de una vez, según me dijeron. Otras veces en los pozos en los que no estaba trabado el rio, era frecuente que los rapaces de Cisnarios y Villapeces se entretuvieran en tirarse pelotas de nieve, como en batalla campal, como tuve ocasión de ver. En algunos ratos abría el sol los ojos, pero, pronto, las nubes le cerraban el paso, para rasgar sus panzas pardas, en oleadas de nieve. En la víspera de Reyes vinieron a buscarme para un enfermo de Remoña. Venían tres mozos en barajones, y no traían la pretensión de que subiera yo a visitar al enfermo; lo cual creían imposible y se conformaban con que le recetase alguna cosa, suponiendo, por los datos que me dieron que se trataba de una pulmonía. Les di unas sulfamidas, de las que tenía en la botica, y se marcharon tan contentos.

La asistencia médica en las aldeas apartadas, durante estos temporales de nieve, tiene que ser defectuosa, pero ya se encarga la Providencia de evitar enfermedades contagiosas, y no faltan curanderos que saben preparar infusiones de yerbas aromáticas que lo curan todo. No falta, tampoco, algún Cura, que, por imperativos humanitarios cultiva algo la medicina y lee libros que le permiten hacer diagnósticos, casi siempre acertados. Cosa rara, yo tenía enfermos crónicos de los bronquios y del estómago, y ninguno me molestó en este temporal duro de la nevadona. El humo de las cocinas y el encierro forzoso, lograron lo que no conseguí yo con medicinas.

El tiempo en el día de Reyes, no mostraba propósitos de enmienda. La nieve aumentaba de espesor, y ya se media, sobre el pretil de la carretera, más de un metro. El cielo seguía cerrado, el viento huracanado no cesaba de rugir, y por la noche, desde la cama, oí muchos truenos que me producían pavor. No había circulación por la carretera; los coches y camiones cesaron de moverse, y peatones y caballeros no se atrevían a salir.

Después de Misa, ya se había formado una veredina estrecha en las calles y los mozos y los chiquillos se dedicaban, con algazara, en pedir los aguinaldos por la casas. No me cansaba de mirar desde el balcón las orillas del rio. Las ramas de los salgueros cabeceando sobre el hielo; los frutales de las huertas cargados de penachos blancos, como si estuvieran floridos; la vega, de enfrente, como un pliego de papel de barba, y en las laderas del monte, se destacaban los troncos de los robles, y sobre las sierras que suben al pico de Alio, estaban aplastadas la escobas del matorral; algunas agujas de la peña emergían, como brochazos oscuros, en el manto inmaculado de la nieve, y en los arroyos refulgían las bolas de nieve que colgaban de los arbustos, al ser movidos, con fuerza, por el cierzo helado del norte.

Todo parecía muerto. Todo amortajado con la túnica de la nieve. Algún grajo volaba de valle a valle, buscando víctimas de su hambre en las perdices y pájaros del monte; en los corredores de las casas piaban los gorriones, y las vacas, al salir calientes de las cuadras, para ir a beber en el rio, rebrincaban alegres y hartas.

¡Qué días más propicios a la meditación!- Así los pasarían aquellos anacoretas medioevales, en las grutas de la peña, o en las ermitas de los valles, solos, sin más compañía, que la de sus pensamientos en Dios, y la contemplación serena de la naturaleza dormida.

¿Qué soledad es la nuestra que tenemos cocinas confortables, alimentos nutritivos, libros para recrearnos, radio para estar al tanto de lo que ocurre en el mundo, y contertulios que nos hacen pasar horas aminas?. S. Froilán, S. Guillermo, S. Saturio, no tenían estos consuelos. ¡Y fueron santos!

De seguro que en mi casa y en Madrid cuando oigan, por la radio que en la montaña de León hay más de un metro de nieve, y que están aislados, en los pueblos, se acordarán, con lástima de mí, aburrido y arrepentido de haberme encerrado en un cautiverio voluntario, en esta cárcel de hielo y de soledad.

¡Están equivocados!. No recuerdo haber pasado unas Navidades tan emocionadas, tan distraídas, tan alegres como éstas. Me convidaron los mozos a cenar el aguinaldo, y no me disculpé para no asistir. Habían reunido gran cantidad de comestibles. Chorizos, morcillas, androjas, patas y oreja de cerdo, trozos de lomo. Todo estaba hirviendo, en una olla grande, en la casa del Concejo, entre un celemín de alubias blancas y arvejos negros. Todo revuelto haciendo un caldo espeso y gelatinoso, que, al probarlo, me resultaba exquisito y sabroso.

Las mozas prepararon dulces, en abundancia, rosquillas, mazapanes, brazos de gitano, natillas y arroz con leche, y en cestas de tiras de avellano, se veían montones de peras, de manzanas, de nueces y castañas tostadas. Un garrafón grande de vino que escanciaban los más jóvenes, y pan de hogaza partido en zoquetes, y los comensales no sentábamos en bancos de madera, y en tablones de robes, sostenidos por piedras. No había platos, y cada cuadrilla de cinco o seis, saboreábamos aquellos manjares, vaciados en grandes fuentes de barro, entre risas y diálogos chispeantes, entre frases causticas que se tiraban los mozos y las mozas, en medio de una camadería fraternal, que me encantaba.

Afuera en la calle, seguía silbando el viento, pero el rescoldo de la leña pusieron un ambiente confortable; y a los postres, calentadas ya las cabezas juveniles con los tragos de vino, empezaron los cantares, los villancicos viejos, los romances asonantados, los cuentos de caza y de pesca, los osos y de lobos, de endemoniados y de brujas, de muertes trágicas, producidas por la nieve, en los puertos y colladas, y todas la narraciones y diálogos estaban dirigidos como en una asamblea, por el presidente que era el que invitaba y seleccionaba a los actores, que tenían mejor preparación y voz.

Quise obsequiar a aquellos jóvenes bulliciosos con unas botellas de cognac, y no lo consintieron. Vd. –me dijeron- es u invitado, y nosotros nos sentimos orgullosos con su presencia. Después de la cena, se organizó un baile popular, con música de rabel y tambor y pandereta, pero las parejas se movían con dificultad, por la estrechez de la sala, y decidieron sentarse todos en las tarimas arrimadas a la pared, para presenciar la danza de una sola pareja, que era escogida por el presidente. Toda la escena me resultó de un sabor tradicional, con un tipismo emocionante, como no había sentido en las producciones teatrales más afamadas.

¡Y que me tengan lástima mis amigos de Madrid!. Era yo el que tenía lástima de ellos, asistiendo a funciones, en las que los actores y las escenas todas son fingidas. Aquí, en esta velada pueblerina, asistí a escenas vividas representadas al natural con tipos y maneras ingenuas, con este arte primitivo, que ni conocen ni sospechan los habitantes de las grandes ciudades.

Eran ya las dos de la mañana cuando nos retiramos, y como por las veredinas de las calles se andaba con dificultad, y la nieve estaba helada, me llevaron dos mozos a casa, asiéndome de la mano, y rompiendo, otros dos, en la huella de piso desigual y resbaladizo.

¡Qué gentes más buenas! ¡Qué bien saben vivir la su vida, lejos del mundanal ruido!.

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– XIII –

OTRO CONVITE

No eran todo festejo y comilonas, alegrías y algazara. El alcalde, también convidó al pueblo, en la casa del concejo, con vino y castañas, según costumbre, y allí fui yo creyendo que sería esta escena, tan alegre y divertida como la que hicieron los mozos.

Había, en esta reunión concejil, mucho bullicio, discusiones acaloradas, pero en todas se traslucía un malestar colectivo que me disgustó. Un viejo, al que escuchaban con placer, todos, hizo censuras duras a las autoridades superiores. ¿Para qué –decía- nos subieron todas las contribuciones?. Si es que estábamos haciendo, como propalan, una España mejor, amasada con sangre de héroes, y forjada con sacrificios y penurias que todos sufrimos con paciencia, durante el cerco económico que nos pusieron, desde el exterior, ¿Por qué, ahora, que la cosa marcha boyante, nos tienen olvidados y despreciados a los montañeses?.

Diez días llevamos incomunicados, sin correo, sin noticias, en una zona extensa y superpoblada, en unas riberas que tienen una de las carreteras más frecuentadas de la Provincia.

¿Para qué compraron máquinas expaladoras, que estarán enmohecidas en los garajes de Obras Públicas?. ¿Para qué son los adelantos modernos, si hemos de estar como hace cincuenta años?.

Los estudiantes de toda la montaña, sin poder ir a León, los paisanos que tuvieron que salir, y les sorprendió la nevada afuera, acaso estén sin recursos, sin poder moverse. Nosotros los que tenemos familia, en tierras lejanas, sin saber nada de ella. Esto no es justicia. Algunos de los mandones no piensan más que en mimar y cultivar el árbol de una entidad política, de tipo nuevo, la cual, a pesar de los riegos abundantes que le dan, no logra arraigar, ni prosperar.

– Todos tenemos algo de culpa, -le contestó el alcalde- de lo que nos ocurre. Antes, espalábamos nosotros toda la nieve, sin dejarla aumentar, y los pueblos andaban afanosos por impedir las incomunicaciones, pero ahora, ya veis lo que nos cuesta reunir un facendera, en la que todos procuramos trabajar lo menos que podamos, y todavía hay concejos que no quieren salir a espalar. Porque no hay autoridades que hagan cumplir lo acordado.

– La culpa la tienen los de arriba, con el olvido en que nos tienen. ¡Así pagan lo que hicieron los mozos de la montaña, alistándose, voluntarios en la guerra de liberación!. Si no fuera por el miedo que tenemos todos a que vuelva otra vez la barbarie roja, era cosa de renegar de esta situación.

– Dejemos de criticar –terminó e alcalde- y hagamos nosotros algo práctico espalando, como debemos, y procurando que los demás concejos hagan lo que tienen acordado, y cuando sea tiempo de reclamar, de quejarse a los de arriba, yo soy, el primero, en decir a la autoridades superiores, que no hay derecho a que este país esté como está, incomunicado días y días. Distamos del ferrocarril quince kilómetros, y sabemos por esquiadores, que el tren anda, que el correo circula, mientras nosotros no reunimos aquí, para criticar, para maldecir a los que tienen más culpa que nosotros, a los que no se cuidan de auxiliar a los necesitados, a los recluidos, en una montaña que fue la primera en tomar las armas, para impedir que triunfara el salvajismo de los marxistas.

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– XIV –

EL TEMPORAL NO AMAINA

Cuando amaneció el domingo, después de Reyes, seguía cayendo la nieve, serena, en copos esponjosos y verticales. No rugía el viento, y cuando sonaron las campanas llamando a Misa, me tiré de la cama, y sentí un frio enorme. Me abrigué lo mejor que pude y salí a la calle que estaba imposible. No había huellas ni senderos. Todos los había tapado una capa de nieve nueva de medio metro de espesor. Pronto empezaron los mozos a espalar las calles, para poder ir a la iglesia, con relativa facilidad. A mí me llevaron, casi en volandas, y después de Misa, en el pórtico, se detenía la gente, mirando como caía la nieve, cada rato, más de prisa.

Esto se pone muy feo –oí decir a todos-. La nevadona del año pasado no pasó del metro, y ésta anda ya cerca del metro y medio, y apretada. Corre peligro de que se hunda algún techo y se desbarriguen algunas paredes de las casa viejas.

El alcalde miraba serio, para el horizonte oscuro, y sin salir de pórtico, ordenó a los vecinos que si aclaraba algo, a mediodía, todos a facendera a quitar nieve de los tejados.

Estoy esperando a que salga el Sr. Cura, para que nos dispense de la ley del descanso dominical, porque la necesidad quita la ley.

A mediodía, empezaron a levantarse las nubes; el sol consiguió agujerearlas, y cesó de nevar.

Todos los hombre salieron con palas a espalar nieve, en las calles y en los tejados. Presencié una escena que no pude menos de alabar. El alcalde dio órdenes para que espalaran los tejados más débiles, los que corrían más peligro de hundirse, y empezando por las casas y cuadras de los más pobres y viejos.  ¡Qué manera tan hermosa de practicar la caridad cristiana!. Terminada esta trabajosa faena, -me decía el alcalde- no sabe Vd. el peso que se me quitó de encima. Me preocupaban algunas casas, de los más pobres que tienen armazones viejos, y temían que se hundieran. Ahora, sea lo que Dios quiera.

Seis días y seis noches nevando con fuerza, llegaron a preocupar seriamente a todos. Pero en esta tarde dominguera oí al pastor contento y expansivo, asegurar que la nevada había terminado de parir. Se lo pronosticaba un vientecillo suave que soplaba del mediodía, y el silencio de la carabiella que se había quedado muda, desde la noche pasada.

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– XV –

UN DÍA ESQUIANDO

El cierzo, jugueteando con la nieve, como dos enamorados, había hecho figuras preciosas a la vista, en los aleros de los tejados, en las cornisas de las ventanas, en los ribazos de las laderas. Unos como sombreretes modelados colgaban de los techos; pinganillos de hielo pendían de los aleros y bajaban, como estalactitas y estalagmitas, como si fueran de cuarzo oscuro, de cristal bruñido. La nieve de las ramas de los árboles de hielo de los arroyos se rompían sobre los peñascos de la corriente. El día amaneció claro, pero muy frio. Los mozos del pueblo me habían invitado a salir, a esquiar por cerros y lomas, ellos, para buscar rastros, y yo, para extasiarme, en los collados mirando al paisaje muerto, amortajado con la túnica blanca de la nieve. Salimos a las doce del día, llevando, en los bolsillos, un botellín de vino blanco de Rueda, y unos trozos de pan y chorizo. La nieve estaba endurecida, y la costra, rebrillaba, en las umbrías como si fuera de partículas de mica y de cuarzo.

La subida se me hizo fatigosa, pero fácil. Al asomar a una loma, mis compañeros saltaban de gozo. Toda la superficie esta entrecruzada de rastros. No los había de osos que ya estarían invernando en las cuevas, ni de lobos y jabalíes, porque, según mis compañeros, poseen el instinto de huir, a los primeros síntomas de las grandes nevadas.

En cambio, había pistas inconfundibles de ardillas, de turones, de armiños, de garduñas, y éstas tenían un precio fabuloso, en el mercado de pieles. También se veían algunos saltos de liebre, y las paradas de zorros persiguiéndolas. Éstas no les interesaban, porque sus pieles estaban depreciadas. Mientras ellos observaban las direcciones de las garduñas, yo me senté sobre un trabe de nieve, al socaire de un raigón de caliza.

Casi hacía calor. El cielo tenía un azul fuerte, y apenas se veían nubes sobre las crestas de los picos más altos. Todo el paisaje tenía el mismo color blanco; sólo aparecía verde, el tapín de las fuentes y de las llamargas, y un poco de verdinegra la franja tortuosa de los arroyos. La loma estaba casi terreña, barrida de nieve por el viento huracanado. Oíamos, a lo lejos, hacia el mediodía resoplidos de trenes, maniobrando, los pitos de las fábricas de Sabero, y en los valles laterales humeaban las chimeneas de los pueblos. Pasé, en esta loma, un rato delicioso.

Todo convidaba al silencio y  a la meditación. Ni pájaros, ni flores entretenían, como en verano, la imaginación de los viajeros. La naturaleza estaba muerta, y sólo me impresionaba, el lienzo de la nieve como una mortaja limpia, y sin arrugas.

¡Qué bien se estaba allí, solo, pensando en las maravillas del panorama dormido y uniforme de color!… Que no me hablen las novelas y los poetas de la visión estremecida e inquieta de las ciudades fabriles, de los pasos artificiales, de las compañías obligadas, en el café y en el teatro.

Esto, esto es más solemne, más poético, con una solemnidad de silencio, con una armonía de conjunto en la que resplandecen la magnificencia del Creador, y la hermosura no comprendida de estos montes y de estos valles vestidos de blancura, como vírgenes de retablo, como figuras de dioses de leyenda…

Que no, que no me hablen, los novelistas y los poetas de bellezas efímeras, de emociones de cieno, de dramas de crimen, de escenas taradas con lágrimas y con sangre, ante esta soberbia hermosura de un cielo limpio, de un suelo vestido de blanco, de unas fuentes que gimen y lloran y riñen y cantan como los ángeles del cielo.

No hay poesía como ésta, ni sensaciones de placer como las que siento yo en este cerro que cabalga sobre vallinas, y en el que se dan cita, para amar, en la primavera, las torcaces y los faisanes, las perdices y las golondrinas, y en donde, ahora, en pleno invierno, todo me convida a la meditación y al silencio.

– Volvieron mis acompañantes de otear por el monte, y venían muy contentos porque habían localizado una garduña que se les escondió en la hueca de un roble. Pero la habían taponado con pellones de nieve y matas de brezo, para volver, por ella, al día siguiente con perros y escopetas.

– ¿Y si horada la nieve del tapón y se os marcha?

– La seguiremos la pista hasta encontrarla.

Comimos y bebimos con ganas y cuando empezaba el sol a caerse sobre las cumbres de Valberán, emprendimos la bajada al pueblo bajando las pendientes en los esquíes que resbalaban ellos solos, a gran velocidad.

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– XVI –

LAS VÍCTIMAS DE LA NEVADONA

Pensaba volver, con mis compañeros, de caza, en busca de la garduña, cuya piel pensaba regalar a mis hermanas, pero vinieron dos mozos de Loides, a avisarme de un accidente desgraciado que tuvieron tres mozuelos del pueblo, rodando por un barranco, y haciéndose heridas graves. Me traían una carta del Cura, amigo y suplente mío, el cual me decía que hiciera un esfuerzo por subir, porque uno de los heridos, le parecía de gravedad.

– Traiga Vd. –añadía- instrumentos quirúrgicos y ampollas de anestésicos, porque no habrá más remedio que hacer amputaciones y resecciones, en un brazo.

– No me detuve en la salida. Iré en esquíes dije a los mozos.

– No; nosotros también sabemos esquiar, pero está la nieve muy helada, y corre peligro de resbalar y caer. Ahora se va bien, andando, mejor que cuando está seco el camino, en el cual, hay tropiezos, a cada paso, pedruscos que resaltan, zarzas a la vera del camino, y luego, curvas y rodeos en los escobios, y el rio que aprieta al camino y las cerraduras de las fincas colindantes que lo estrechan. Ahora, todo está igual. Atajamos más de media legua, subiendo todo a derecho. No hay ribazos, ni escobios, ni rio que nos impidan andar sobre una superficie toda plana. La nieve está muy helada y se anda como pájaros sobre ella.

Si, por la tarde, a la vuelta, ablandara la nieve, puede Vd. coger uno de los esquíes nuestros, algo más pesados que los que se compran, pero muy seguros. Los hacemos nosotros de madera de llamera, que es muy flexible y las pértigas de avellano, son resistentes.

– Por el camino, en el que íbamos deprisa, me fueron diciendo como había sido el percance.

Son unos mozalbetes –me decían- sin experiencia, y se empeñaron en buscar unos potros que no habían sido hallados, y calzados con corizas y pellicas, subieron a Vioba, por si en las terreñeras de las fuentes pudieran estar los potros. Anduvieron mucho, y al pasar por la peña negra de Cerezales, que es muy pindia, resbaladiza, uno de ellos, resbaló y cayó desde treinta metros de altura, y se detuvo, magullado y molido, en los peñascos del arroyo. Los otros dos intentaron bajar en su auxilio, y lo mismo, también se resbalaron, pero pudieron agarrarse a las ramas de los abedules abangadas por la nieve, sin hacerse daño, más que algunos rasguños de la piel de la cara y en las manos. Cuando pudieron acercarse al herido, éste no hablaba, pero respiraba. Lo sacaron, con dificultad del arroyo y medio arrastras, y a cuestas lo trajeron al pueblo. El Sr. Cura lo reconoció enseguida, y dijo que tenía huesos rotos; le dieron unas fricciones de aguardiente por todo el cuerpo y volvió en sí, pero se quejaba de muchos dolores. Cuando salimos nosotros se había dormido un poco, y parecía que estaba más aliviado.

En buen tiempo tardaba yo en subir a Loides, a pie, más de tres horas. Hoy, subimos en dos, atajando muchos trechos, sin curvas, sin sebes, sin peñascos. Ni nos hundíamos en la nieve, ni nos resbalábamos, porque la nieve tenía unos tres centímetros de blanda y suave.

– Con la nieve –me decían mis compañeros- no hay que andar con bromas. Es muy traidora y engañosa.

– Y me iban contando peripecias pasadas con la nieve, percances ocurridos en otros años y hasta casos de muerte por congelación. Lo peor es –añadían- el dormirse viajando, si se cansa uno y desfallece, porque entra un sueño muy dulce que convida a sentarse, y sin darse cuenta, salta la otra vida. Hay que andar, andar siempre, sin sentarse, frotar la frente y la cara, con la nieve para que reaccione el cuerpo, y si como ocurre muchas veces, se siente hambre, entonces, hay que hacer de tripas corazón, y no amilanarse ni encogerse de ánimo y andar, andar sin descanso.

– Llegamos a mediodía, y para entrar en la Cátedra, en donde vivía el Cura, penetré por el corredor. La puerta y las ventanas estaban tapiadas por una pared de nieve helada, de más de dos metros de espesor. Me detuve, a comer, porque el herido había reaccionado mucho, según me dijo el Cura, el cual me aseguró que le habían preocupado las heridas del cráneo, pero que bien lavadas con orégano y romero, presentaban un aspecto satisfactorio. Fuimos pronto a verlo y le hice un reconocimiento minucioso. Tenía roto el brazo izquierdo, cerca del hombro, y dos costillas rotas y astilladas. Le enyesé y entablillé el brazo, y le puse unas ventosas sobre las costillas heridas, y por lo que hace a las contusiones de la cabeza confirmé el diagnóstico del Cura, de que no eran graves.

Prometí volver al día siguiente, si se podía subir esquiando, y me despedí del Cura, para bajar en esquíes, porque la tarde era corta y no había que fiarse del tiempo. Me acompañó un mozo hasta la carretera, y desde allí, continué andando, y solo.

Cuando doblé el escobio de Remanganes, se me ofreció, de frente un horizonte oscuro. Una niebla espesa y blanda subía por la ribera.

La cerrazón era de miedo; la nieve se ablandó, de repente, y se hundían los pies, al pisarla.

Empezó un calvario penoso. Los pies bajaban hasta el suelo y para sacarlos me costaba mucho trabajo. No se veía a dos pasos.

Eran las cinco de la tarde y me acordé del sueño letárgico, del que me habían hablado los mozos de Loides, y temí, temí no poder bregar, y andar los dos kilómetros que distaba del pueblo.

Me hundía hasta la cintura, forceaba por sacar los pies, de aquellos grillos fríos y pegajosos, ya los músculos se me cansaban.

Tuve miedo de caer al rio, que resollaba muy cerca de mí. Sudaba por todos los poros del cuerpo. Por primera vez, maldije el día que había venido a la montaña. Me pesaba vivir en un país de osos y jabalíes; la imaginación estaba exaltada. Encendí un cigarro, y volví a bregar, pero, muy encogida el alma, sin orientación segura, pues todo era del mismo color. Lloviznaba.

La nieve se apretaba, y no había medio de sacar las piernas de aquella cárcel tenebrosa y fría.

De repente, me pareció oír ruido; soñé que hablaban cerca de mí, unas ráfagas de luz tenue, pasaron por delante de mis ojos, como de luz de bicicleta. Me pareció escuchar silbidos, gritos; acaso de otros viajeros que estaban como yo, al borde de la muerte. Me paré a escuchar, y percibí palabras de gente que estaba, a pocos metros de mí. Respiré; se me abrieron los ojos a la esperanza; se me ensanchó el corazón, y, por fin, se destacaron dos figuras de hombre a dos pasos. Eran dos mozos de Cisnarios que venían en busca mía, pensando, que podía venir, solo, en aquella tarde neblinosa. Los abracé, casi llorando. Traían un botellín de cognac; bebimos un trago, y mis fuerzas se recobraron, como por milagro. Todavía tardamos en llegar al pueblo más de una hora, porque, a cada paso, nos hundíamos hasta el suelo, y para sacar las piernas del atolladero, necesitábamos unos minutos.

– Si Vd. hubiera venido solo, ni acertaba a caminar por la carretera, ni hubiera tenido resistencia para llegar al pueblo –me decían-.

– No podré olvidar, nunca, en mi vida, lo que debía a estos mozos, previsores y valientes, que me salvaron de una muerte segura. Para ellos guardo una gratitud eterna, y a Dios di rendidas gracias por inspirar a estos jóvenes, la idea de ir en busca mía.

Por la noche, en la cama con insomnios frecuentes, revolví en la memoria, el percance pasado, y dos ideas contradictorias me asediaban y punzaban; la idea de marchar, pensando en que no era este país, mi destino, y la idea de gratitud que debía a unos paisanos que son tan amables, tan solícitos para ejercer la más hermosa de las virtudes cristianas, LA CARIDAD.

Al día siguiente, recapacité y decidí no ausentarme de un país en donde vivían personas tan heroicas, y tan buenas.

Pero el recuerdo de aquellos momentos trágicos no se borra de mi memoria. Burilado queda, como líneas de esmalte, en mi alma.

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– XVII –

MÁS VÍCTIMAS DE LA NEVADONA

A todo me acostumbraba, en la montaña. A todo menos a no leer periódicos y revistas. Llevábamos más de doce días sin correo, y las noticias de la radio eran escuetas y parcas, Pero, además, estuvimos varias noches, sin luz eléctrica, no cesaban los apagones, producidos por contacto de cables que bailaban y se encaballaban, movidos por el huracán. Para mí, después de todo, esta soledad y falta de periódicos, fue un bien, porque me dediqué a repasar libros de medicina, y a leer novelas y poesías, a las que fui, siempre, muy aficionado. La vida monótona, la conversación con personas que no sabían hablar más que de sus vacas, y de sus prados, me aburrían algo, y solía ir muchas tardes a Umbrosa, a charlar con Teógenes, un hombre extraordinario, un poco raro y misántropo, pero que poseía una erudición enorme, y conmigo, estaba, siempre afable y cariñoso.

Más de una tarde había pasado con él, en su huerta, tan cuidada, tan poética. Sentado él a la sombra de un nogal, miraba, orgulloso las macetas de flores, muchas flores, de todos los matices, y a veces cortaba la amena conversación, para regar las berzas y lechugas, o para coger unas pera para obsequiarme.

En verano y en otoño, daba gusto estar con Teógenes en su huerta, pero, ahora, en pleno invierno, y con una gran nevada, solía estar con él, en su cocina ahumada, sentados en un escaño de roble, tapizado con pieles de carnero y de chivo. Vivía en una casona destartalada,  con grietas en las paredes. Debió de ser una casa señorial, a juzgar por los hierros de los balcones, y las repisas labradas de las ventanas, y el armazón de roble albar, con vigas cuadradas que pasaban, de lado a lado, en las salas. Su padre había sido uno de los quince hijos del famoso Escribano de Umbrosa, un personaje que dejó memoria, en todo el país, por su fortuna crecida, y por los rasgos de su vida política comentada y conservada en toda la montaña.

Teógenes era hijo de Carlos, y nieto del Escribano, de quien heredó influencia política, y relaciones con personajes que bulleron mucho, en la mitad del siglo pasado. Gracias a estas relaciones y a su carácter suave, y a su educación esmerada, consiguió un empleo burocrático en Cádiz. Casado con la hija de un Mayoral de la casa de Bornos, tenía a su familia en Umbrosa, y solía venir, en los veranos a pasarlos con su mujer y con sus tres hijos, Teógenes y dos hermanas. A pesar del sueldo decoroso, su caudal iba mermando, porque a Teógenes, le inclinó su madre a la carrera eclesiástica, y en Loides, primero, y en el seminario de León después, hizo una carrera lucida y envidiada. Su padre hubiera preferido la carrera de abogado, y para ello, le hizo incorporar en el Instituto, varias asignaturas de Humanidades. Por cierto que le ocurrió a este estudiante, aprovechado, un contratiempo que influyó de lleno en su vocación. Se presentó a examen de latín, y como un profesor averiguara que era seminarista le dijo:

– Vd. conocerá bien la literatura latina. ¿No estudió Vd. en Loides?

– Sí. Conozco un poco los clásicos latinos.

– Pues bien; ahí tiene Vd. una oda de Horacio; prepare su lectura, mida sus versos, y tradúzcala.

– No necesito prepararla. La sé de memoria. Es la de: PASTOR CUM TRAHERET…

– El seminarista cerró el libro, recitó la poesía con perfección, midió los versos, y los tradujo en un castellano un poco libre. Terminado el ejercicio, le mandaron retirarse, y al volver, después, a recoger las notas, no pudo reprimir su enojo, al leer en la papeleta esta nota calificativo: LATIN APROBADO.

– Rasgué la nota –me decía- e hice propósito de no volver a presentarme en el Instituto, contrariando los deseos de mi padre. Proseguí con entusiasmo la carrera eclesiástica; tuve las mejores notas, y los condiscípulos me llamaban el LATINO, porque recitaba de memoria, grandes trozos de los clásicos. De Ovidio sabía todos los Tristes, de Horacio toda el Arte Poética y varias Odas, y de Virgilio, su poeta favorito, las Geórgicas, y gran parte de la Eneida. De Tito Livio y Cicerón, de Séneca y Suetonio, tenía hecho apuntes.

– Cuando terminó la carrera había muerto su padre, de quien contaba que había sido desgraciado en su empleo, y que, además, si no había perdido la fe cristiana, anduvo cerca… Era un hombre melodioso en el habla, con una risita irónica en el semblante, que parecía copiada de los modales de Voltaire, a quien leía con deleite. En Cádiz, le hicieron caer en las mallas de la Logia, y desde que se afilió a la masonería, dejó de practicar los preceptos, y se reía de las costumbres cristianas de sus paisanos y de las predicaciones de los Curas, a los cuales veía, en caricatura. Por fin, en uno de esos vaivenes de la política progresista, de fines del siglo pasado, le declararon cesante y tuvo que retirarse a Umbrosa, en donde su mujer, apenas conservaba unas fincas heredadas, para sostener los gastos del estudiante.

– Al morir mi padre –me decía Teógenes-, reconciliado con la Iglesia, la situación económica de nuestra casa, era precaria. Mi madre y mis hermanas confiaban en mi carrera, esperando una colocación honrosa, y lucrativa, en alguna parroquia. Pero, al hacer ejercicios espirituales, como preparación para recibir el Subdiaconado, medité mucho, y me convencí de que me faltaban las fuerzas para llevar la carga del Sacerdocio… Ni las lágrimas de mi madre, ni los consejos del párroco que me quería mucho, ni las razones de mis profesores, lograron torcer mi voluntad recia y decidida.

– ¿Qué va a ser de nosotras, que estamos arruinadas, por darte carrera? Tú no sabes trabajar, ni te amoldas a los hábitos de labrador, y nosotras no sabemos más que de costura y de cocina. Me argüían, en mi casa.

– No se preocupen, las contestaba. Yo labraré las pocas tierras que nos quedan, regaré y segaré los prados, cuidaré de las vacas, y sea lo que Dios quiera, que, para todos tiene su Providencia recursos, hasta para los pájaros del campo, y para los insectos de la tierra.

Me costó mucho trabajo aprender el oficio de labrador. Se reían de mí, los vecinos, y mi madre, amargada la vida con pesares, murió dejándonos a los huérfanos, casi en la miseria, con más deudas que dineros. Mis hermanas que eran listas y guapas, se casaron con altos empleados de una empresa minera, y quedé yo sólo en la vieja casona, y para pagar deudas de mis padres, vendimos casi toda la pequeña herencia de mis padres. A mí me quedaron unas tierrucas de secano, y la huerta. Mis hermanas que vivían con relativa holgura, me propusieron ir con ellas, en la seguridad de que mis cuñados habían de conseguir una colocación lucrativa en Sabero, en donde las minas empezaban a tomar grandes vuelos.

– De ninguna manera –les contesté-. No quiero salir de Umbrosa, y un hombre vive con poco. Cultivando mi huerta, iré tirando como pueda. Y aquí he vivido hace ya más de treinta años, relativamente feliz, ni envidioso ni envidiado, como decía Fr. Luís de León. Con mis libros, como pasto espiritual, con los productos de mi huerta, como alimento del cuerpo que se nutre con poco, si en al alma no hay ambiciones de grandeza, ni acicates de avaricia, que son la causa de casi todos los males del mundo. Soy vegetariano decidido; bebo agua de la fuente; me visto con retos de ropa vieja, y si quisiera, no me faltan regalos de los vecinos, sobre todo, en la época de las matanzas, en que me llevan, a casa, chorizos y morcillas, trozos de tocino y de carne salada, que cuelgo, en piñas del techo de la sala, y en verano, me permito el lujo, en los días de fiesta, de asar un chorizo y cortar unas rajas de cecina, de todo lo cual, aún me sobra, para dárselo a los pobres.

¡Era extraordinario este hombre! Me gustaba pasar buenos ratos con él, porque sus rarezas, tenían trazas de santo, y su erudición y facilidad de palabra me entusiasmaban. Le querían todos en el pueblo; no murmuraba de nadie, tenía una sonrisa infantil para disculpar los vicios ajenos, y no se mezclaba en asuntos del Concejo, al que acudía, para ir a las facenderas, como un peón más. Tenía muchos parientes en la aldea, y era orgullo de todos. Se pasaba el día en la huerta, si hacía buen tiempo, trabajando y leyendo; el Cura le daba, todos los días el periódico de Madrid, porque le gustaba enterarse d las cosas que ocurrían en el mundo.

En la cocina de casa, en donde le vi, a fines de año, tenía sobre la trébede, un montón de libros, de piedad y de literatura. Noté que estaban muy manoseados el ¨Guía de pecadores¨ del P. Granada, el Kempis y ¨Diferencia entre lo Temporal y lo Eterno¨ de Nieremberg. Tuvo temporadas en las que el párroco temió que peligrara su salud cerebral. Los días de la gran revolución, le sacaron de sus casillas. Aquella orgía demagógica de los estenteros de la malhadada república, le trastornaron. Huyó a los montes, en Julio del 36, se metió en las cuevas, dormía en los montones de yerba recién segada, y comía muy poco, algo de lo que le daban los pastores. Al pueblo bajaba algunas noches, y le gustaba el giro que tomaba, según contaba Queipo, y se gozaba de los descalabros de los Rojos, y de los triunfos de las tropas nacionales. Después del 39, volvió a remansar su alma inquieta. Otra vez a su huerta, y otra vez a leer y a meditar mucho. Oía Misa a diario, confesaba con frecuencia, pero comulgaba sólo una vez al mes, o en las fiestas de la Virgen de la que era muy devoto.

En el día ocho de septiembre, en la función religiosa de Pereda, nadie como él gozaba de la piedad de los fieles; oía la Misa de rodillas, y se quedaba extasiado durante el sermón, y al salir de la ermita, tiraba cohetes con los mozos, y daba voces con los chiquillos, y solía ir a comer con algún pariente, y asistía, por la tarde, después del Rosario, al baile y al aluche, contento y alegre, al ver como retoñaban las viejas tradiciones que estuvieron al borde de la muerte, en los días nefandos de la República.

Cuando yo lo conocí, frisaba ya, en los sesenta años. Tenía una barba descuidada, un poco rucia, un pelo entrecano una frente lisa, unos ojos hundidos, y un semblante pálido de austeridad, y de penuria. Hablaba con justeza de palabra; fluían de su boca, las ideas y los recuerdos, como torrente limpio, y se pasaba, con él, el tiempo, sin sentir cansancio. La última tarde que pasé con Teógenes en la huerta, fue, para mí, de máximo placer. Estaba elocuente, decidor, oportuno en el enjuicio de los sucesos recientes, muy pesimista en el porvenir, casi profético en la visión que tenía del futuro. Le dejé hablar, gran rato, sin interrumpirle, porque me descubrió su alma, sus anhelos de vida eterna, sus ansias de inmortalidad.

– Mire Vd. –me decía- Siento acá, dentro, una comezón de felicidad, que no puedo encontrar en este mundo; me llaman del otro lado de la tierra, las voces de los justos, desligados ya de los lazos de la carne. Quisiera volar, volar muy alto, más arriba de los luceros, que son materia y en donde no pueden descansar las almas de los caídos por Dios y por España, como se canta por ahí con voces que suenan a paganía. Yo quiero subir más arriba de los luceros a esas zonas etéreas que no sabemos cómo son, pero en las que tiene Dios mansiones para las almas, que son sólo espíritu, para sentir goces inefables, alegrías infinitas, visiones claras de un cielo, en el que el LUMEN GLORIE que dicen los teólogos, es, a manera de lámpara luminosa que alumbra y refleja todas las bellezas increadas, toda hermosura de la posesión, no interrumpida de la felicidad eterna.

– Me parecía un visionario. Clavaba los ojos en el cielo azul, y se dejaba caer, lánguido, y como dormido, sobre el césped de un ribazo de la huerta, esmaltada de flores otoñales. Quise distraerle con anécdotas y chistes, pero Teógenes, un poco repuesto del éxtasis que le tuvo, como inconsciente durante unos minutos, continuó su perorata, más reposado, más sereno y más tranquilo.

– No sé –me decía- para qué nos tiene Dios, acá, en la tierra. Me parece que se acercan los días del Anticristo; que estamos cerca de los días bíblicos, en los que ¨toda la tierra corrompió su ruta¨.

Hoy, todos los pecados capitales tienen clientes y adoradores en abundancia. La ola materialista está a punto de ahogar a la fe sencilla, a la justicia recta, a la esperanza consoladora. Sobre todo, vea Vd. cómo se ha entendido esa plaga de la avaricia insaciable, como el ¨Auri sacra fames¨ del poeta latino, lo invade todo, desde la choza del pobre hasta el rascacielos del poderoso, hasta ha penetrado en el recinto sagrado de templo. No se piensa más que en goces materiales; no se busca más que dinero, dinero de cualquier modo, dinero venga de donde venga, para disfrutar, para avasallar al prójimo, para prostituir la caridad que se ejerce en bailes y en loterías, olvidando el Divino precepto de hacer ocultamente, sin que la mano izquierda se entere de lo que da la mano derecha.

¡Qué hacemos, aquí, Dios mío, -exclamó en un arrebato místico- los que somos pobres y despreciados, los que no deseamos más que gozar Contigo, en otro mundo mejor!. Porque, fíjese Vd. para que nada falte en los días precursores del fin del mundo, acaban de inventar los sabios esas fuerzas nucleares que terminarán, en pocos minutos, con todo lo que en este mundo vive y bulle.

– Volvía, otra vez a extasiarse y pretexté un visita a mis enfermos, y salí de la huerta asustado de aquel hombre, que tenía trazas de estar ungido con la gracia de los profetas de Israel.

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– XVIII –

LA DESAPARICIÓN DE TEÓGENES

Recibí la triste noticia en la tarde de Reyes, cuando nevaba con más fuerza. Teógenes el solitario de Umbrosa, no aparecía por ninguna parte. Los vecinos, al notar su falta a Misa, penetraron en su casa, que no estaba trancada, y no le encontraron en ninguna habitación. Los muebles estaban en orden, el hogar de la cocina, con señales de no haber sido encendido, la cama hecha, y en la trébede, libros y periódicos revueltos. Sin duda, debió de salir, de casa, en la tarde anterior, quizá, ya de noche. ¿Adónde iría? ¿En dónde podría estar?.

Le buscaron por pajares y tenadas, preguntaron a una vieja que solía limpiar la casa, y nadie le había visto desde mediodía de ayer. Todo eran cábalas y sospechas, suposiciones gratuitas. No faltó quien pensara en un suicidio, tirándose a algún pozo del rio grande, porque, en aquellos días, andaba muy excitado y nervioso. Contra esta idea protestaba el Cura, diciendo que Teógenes no era un cobarde, y sabía llevar las incomodidades de la vida con santa resignación. Había confesado y comulgado el día de Año Nuevo, y aunque estaba más callado y meditabundo que de costumbre, era un hombre de arraigadas creencias, que soñaba con otra vida mejor, pero buscada y conseguida por los caminos que Dios nos traza. No había que pensar en un suicidio. Pero, ¿Por qué salió de casa con este temporal tan crudo, con esta nevada tan grande?. Alguien insinuó que le gustaba pasar algunos días, retirado en cuevas del monte, y acaso estuviera en alguna de estas cuevas, pero, ¿Quién se atrevería a escalar las grutas de Condobrin o de Remanganes, con más de un metro de nieve?. Así y todo, un grupo de mozos, en barajones, exploraron estas cuevas, y no hallaron indicios de que estuviera allí. No había más remedio que resignarse y esperar a que amainara el tiempo, para buscarlo, muerto, en algún parvón de nieve, o en algún camino poco frecuentado. A mí me preguntaron que opinaba de esta misteriosa desaparición, y contesté lo mismo que el Cura; que todo podía suceder, menos un suicidio. Quizá saliera de viaje, y cayera en algún trabe de nieve, o resbalara en alguna pendiente helada, y se precipitara en el rio, o pensando vivir, unos días en plena soledad, pereciera de inanición y de frio.

Pasaron dos días, en los que no se hablaba más que de Teógenes, y vinieron sus dos cuñados. Me visitaron al pasar, por Cisnarios, y estaban consternados. Las hermanas lloraban sin cesar, lamentando no haberle obligado, aún por la fuerza, a vivir con ellas.

– Nosotros –me dijeron- le escribimos, pidiéndole que pasara con nosotros estos días Navideños. Nos contestó de palabra, por conducto de un minero, que eran días de recogimiento, de meditación en los misterios del Dios Niño, y que, si para Reyes, tenía ganas de salir de casa, iría a pasar, con ellos, unos días.

– Al oír esto, no pude menos de interrumpirles y decirles: menudo indicio me acaban Vds. de descubrir. La cosa está clara. Salió de Umbrosa la víspera de Reyes para visitar a sus hermanos, según promesa. No iría a Sabero por la carretera, sino por el camino viejo del Pajar del Diablo, según tenía de costumbre, de noche, con cellistas de nieve, acaso hambriento, y desde luego, sin reservas alimenticias; cansado de bregar, por este camino peligroso, que bordea precipicios de más de cincuenta metros de declive casi vertical, caería rodando hasta el rio, o acaso se cobijara en algún sotabanco de la roca silícea y allí, acurrucado le sorprendería la muerte, en ese sueño dulcísimo que suele producir el cansancio, y moriría como él deseaba morir, en un sueño letárgico, sin dolor ni convulsiones. Allí habrá que buscarlo, cuando se derrita la nieve, que en aquellas umbrías rocosas, tardará mucho. Subí con ellos a Umbrosa, y el Párroco se acostó a esta opinión mía, y todos se convencieron de que Teógenes, el bueno, pereció en un accidente de nieve, en una noche infernal y horrible, como fue la víspera de Reyes.

Era ya, por Marzo, cuando un pastor de Villapeces, dejó abandonado el rebaño en los brezales del Pajar del Diablo, y vino, presuroso al pueblo, para decir que había encontrado el cadáver de Teógenes en la cuevona del matorral de la Vega Entrecisa. Fue corriendo a Umbrosa con la noticia y un grupo numeroso de vecinos se apresuró a bajar, en busca del cadáver. Me avisaron y les acompañé, por el camino viejo de Villapeces.

En efecto. En esa cueva estaba el cuerpo muerto de Teógenes. Parecía dormido. La piel de la cara, fresca, los ojos cerrados, la boca entreabierta, como si acabara de emitir la última respiración, las manos cruzadas, sobre el pecho, y recostado sobre un montón de hojas de roble, secas. No tenía señales de heridas, ni postura convulsiva, ni nada que indicara violencia. Él que conocía esta cuevona, sin duda, al doblar el espinazo del camino, una ráfaga de nieve le haría pensar en el peligro de seguir por aquella ruta desdibujada, y pensó bajar, unos metros, a la cueva para descansar en ella aquella noche, y proseguir el viaje el día siguiente. Eso debió de ser todo. La cosa estaba clara. La muerte le sobrevino, por desnutrición, según informamos el médico Forense y yo, al hacer la autopsia de cadáver.

Le hicieron unos funerales solemnísimos; lo lloraron todas las mujeres do pueblo; se lamentaban los hombres, y todos, al salir del cementerio, silenciosos, pensábamos que acabábamos de asistir al sepelio de un HOMBRE SANTO.

¡Dichoso él que subió a los cielos, como deseaba, como pedía a Dios, en aquellos arrebatos místicos que le oí en su huerta, cuando me decía que quería volar, volar, más arriba de las estrellas

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– XIX –

POST NUBILA…

Parece que, en este año, se va a cumplir el adagio de ¨año de nieves, año de bienes¨. Porque la primavera viene prometedora para el campo. Aquella coraza banca de nieve que creía yo duradera, se fue deshaciendo y desapareció como leche de brujas, casi toda, por evaporación.

El sol de febrero  la fue adelgazando; una brisa suave del sur, la mordió, hasta en las umbrías, y el rio grade no se hinchó en corrientes asoladoras en las riberas, ni se salió del cauce, como niño bien educado, no hizo más que bramar, un poco, en los estrechos y desollar algunos árboles de la orilla. Las fuentes y los arroyos, sí crecieron, pero sin arañar las laderas, ni encharcar los sembrados de las tierras bajas. Fue un deshielo suave, espacioso, que dejó lavadas las praderas, y limpió la hojarasca de los montes, para que brotara la yerba, y las flores esmaltaran las majadas tempraneras, y los rincones abrigados de los valles.

Yo gozaba mucho con estos días del ¨febrerillo loco¨, visitando a los pueblos, corriendo por los campos matizados de ese ¨verdín¨ de las eras, que diría Jorge Manrique, oyendo cantar a las perdices y arrullar a las torcaces, y haciendo propósitos firmes de no salir de esta montaña tan poética en el paisaje y tan tradicionalista en la vida y costumbres de sus habitantes. Para mí, empezó una vida nueva. Antonio, mi amigo, se casó, y ocupado en sus negocios y en atender y acompañar a su esposa, me encontraba solo en el pueblo, en donde todos tenían bastante que hacer en las faenas del campo. No faltaban jóvenes de regular cultura, con quienes pasar el rato en las tardes domingueras, pero, (…) en el juego de bolos, y en el baile. Pensé en organizar un modesto equipo de fútbol, con muchachos aficionados, pero me costó mucho trabajo prepararles y enseñarles. Les interesaba más el ensayo del aluche y el juego bonito de bolos.

– ¿Por qué –me decía Antonio- no buscas entrenamiento y solaz, en un noviazgo de entretenimiento, para pasar el tiempo?. Muchachas guapas y listas, las hay. ¿No las ves, en los días festivos, cómo pasean alegres y parlanchinas, y se reúnen, en grupos, como manojos de flores prometedoras?. Atrévete, hombre, atrévete, y verás que bien lo pasas, porque no son, todas, mozonas coloradotas y morenas, que tienes curtido el cutis con el aire y el sol del campo.

Ahí tienes a Maruja, la hija del Veterinario, la cual, físicamente es una beldad, y moralmente, es una joya. Es una chica recogida, gobierna la casa, desde la muerte de su madre, y aunque la gusta divertirse, con su compañeras, tiene todas las trazas de ser una mujer ideal.

– No eché en el saco roto, estos consejos de mi amigo, pero no encontraba ocasión, ni pretexto para hablarla, a solas, porque siempre iba acompañada de su padre, y cuando salía, a compras, no se separaba de ella su criada, una vieja rezungona y esquiva, seriota como un sargento, y capaz de liarse a bofetadas con quien intentara hablar con su señora.

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– XX –

VOLVIERON LOS VERANEANTES

Se adelantaron este año. La Verastegui vino con su madre, la cual se instaló, pronto en su pueblín de Alio, y ella en mi fonda, como siempre. Estaba transformada, con diez kilos de carne menos, y más elegante, más tentadora en sus ojos lascivos, y dispuesta, al parecer, a conquistar plaza, para cambiar de estado. La encontré demasiado pegajosa, demasiado provocadora, para sus cuarenta años. La tuve más miedo que en el verano pasado.

– ¿Qué es de Chonina? –la pregunté-.

– Con su abuelo anda, no sé si en Inglaterra o por Noruega, porque en los puertos de estos dos países trafica mi padre con su barco. Está cambiada por completo. Habla inglés y francés, y no se acuerda, para nada de nuestra España atrasada. La última vez que la vi en Bermeo, vestía pantalones de hombre, fumaba y bebía como un marinero, y leía novelones policiacos, libros de biología y de historia. La gusta hacer su vida, como ella dice; una vida libre, sin las trabas de una educación liberticida, sin lazos religiosos que la impidan gozar de todos los deleites, que no se opongan a las leyes de la naturaleza. Mi padre está loco con ella, y no la priva el gusto de un capricho. Yo, ya me resigno a vivir sin ella, como una viuda triste, y con mi madre, que también se siente sola, y casi abandonada de su marido.

Y al decirme estas cosas, en el comedor de la fonda, se la humedecieron los ojos, que los clavaba, como saetas, en mi semblante que procuraba conservar indiferente.

También llegó en Abril, el matrimonio argentino que tanto querían en Cisnarios, y de quienes contaban en el pueblo, muchas anécdotas de su amor al pueblo en que nació. Pocos días antes de su llegada, me enseñó Antonio una carta de este opulento señor, en la que le anunciaba su salida de Buenos Aires para su tierra, en donde pensaba vivir cinco o seis meses de verano, porque ¨ya sabes –le decía- que mi patria es España, y mi hogar Cisnarios¨. Se instalaron en su nueva casa, en la que tenían todas las comodidades. Cuarto de baño, agua fría y caliente, chimenea en el comedor, y sala de recibir con mobiliario moderno y caro.

Yo no lo conocía más que de referencia, una referencia que no podía ser más laudatoria. Me lo presentó Antonio, y desde el primer momento, comprendí que era un tipo interesante. De regular estatura, grueso, con una cabezota redonda en la que caben muchas ideas, y una frente ancha, lisa y sin arrugas. No me pareció tipo de raza Astur, como son, casi todos estos montañeses. Más bien presenta caracteres raciales de esas familias Vascas que acusan una estirpe indígena, inconfundible y poco estudiada. Cuando me enteré de que su padre era vasco, venido aquí, a trabajar de barrenista en la carretera, mis sospechas de su raza euscara, se me confirmaron. Salió de Cisnarios, siendo muy joven, de diez y seis años. Huérfano, ya de padre, su madre y sus dos hermanas eran muy pobres. Un hermano mayor y él ganaban la vida, con vecerías, por las casas de los ganaderos, y su madre una mujer hacendosa y ahorrativa lavaba ropa de las casas pudientes, y así en aquel hogar pobre, no faltó, nunca el pan cotidiano, ni el vestido decente y limpio. El mi Juan –decía la madre- tiene algo en la cabeza. Alegre siempre, cantador en los montes, y de chispa en la escuela primaria, se destacaba por su genio emprendedor, por su facilidad para aprender, y por sus afanes de grandeza, con la que soñaba, ya desde pequeño.

Primero en Madrid, y en la Argentina después, fue siempre un hombre emprendedor a quien nunca le arredraron los fracasos, ni le acobardaron los desastres financieros. En Buenos Aires empezó de obrero en una fábrica de jabón, y en la fabricación de jabón logro éxito y renombre. Ahora, ya tiene fábricas, con maquinaria moderna, campos extensos en los que cultiva cereales y ganado, negocios de productos químicos que exporta a todo el mundo, y para que sus gustos y aficiones patrióticas y españolistas queden satisfechas, vende al Estado Español grandes cantidades de glicerina y oleína, con escaso margen de ganancia.

Con este argentino natural de Cisnarios, vino un empleador y dinámico, de quien supe lo bastante para hacer de este Dn. Juan una biografía completa y detallada. Que es un patriota, lo dicen todos los que le tratan; que por Cisnarios siente un amor efusivo, lo pregonan los beneficios que hizo y hace a este pueblo, con su modo de ser caritativo y simpático. A cada uno lo llama por su nombre, y a los chiquillos los distingue por los rasgos fisonómicos. Para los enfermos y los pobres, tiene palabras consoladoras y pesetas, que sabe entregar, sin que nadie se entere.

Padece la obsesión de la caridad. Siempre fue de una capacidad de trabajo enorme, de una potencia cerebral poco común, de un don de gentes que atrae y fascina. Siempre risueño y optimista, convive, aquí, con sus paisanos en un ambiente de cariño y de bondad que hace que todos lo agasajen. Conmigo está atentísimo. Me lleva en su coche, a todas partes; no me permite pagar en ningún hotel, y su compañía y la de su mujer, no puede ser más agradable.

En la Argentina, es ponderada su honorabilidad, y la suerte que ha tenido en sus empresas industriales, en las que no ha conocido huelgas de obreros, ni síntomas revolucionarios. Y es que, adelantándose a las mejoras sociales, fue implantando en sus fábricas, los principios de justicia social promulgada en las Encíclicas de los Papas.

El no considera a sus obreros, como máquinas productoras, los tiene como una familia que trabaja, en la que el patrono no es más que el jefe de una cooperativa de producción. No es sólo un empresario; es un compañero que trabaja, recorriendo sus salas, examinando máquinas, conversando con los obreros, a los que tiene asociados en el negocio dándoles un tanto por ciento de las ganancias, y para que no haya fraude en los balances, tiene a un obrero en las oficinas que inspecciona todas las facturas y documentos.

Antes de que el Estado legislara sobre seguros sociales, él implantó en sus fábricas, seguros de enfermedad, ancianidad, accidentes de trabajo, y primas a los productores que tienen familia numerosa. A los obreros del campo, los ha dotado de habitaciones higiénicas y cómodas, respetando, en ellos, los derechos de asociación, religión y libertad política, y así ha podido tener el orgullo de que en las elecciones políticas más reñidas , sus obreros, asociados en sindicatos profesionales, pregunten a su patrono, a quien deben votar, para los cargos legislativos y concejiles.

No quiso mezclarse en política. Sólo una cosa exige a sus obreros, que sean cristianos prácticos, sólo les recomienda una norma política, que no se afilien a partidos marxistas, y es tan españolista que al admitir obreros o empleados, prefiera a los españoles. Y como este Dn. Juan, son sus hijos, los cuales aunque han hecho carreras lucidas, todos trabajan en las fábricas, dirigiendo la producción, y colocándola en mercados, viajando y fomentando sus  industrias, que si son hoy florecientes, en parte se debe al dinamismo de sus hijos, los cuales, lo mismo guían un camión que procuran, en el campo, el estudio de semillas, abonos, fomento de razas de ganado, mejoras de productos lácteos y selección minuciosa de sementales. Se le ve en todas partes, y saben alternar con los más distinguidos de la sociedad bonaerense.

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– XXI –

UN VIAJE A COVADONGA

Para desasirme de los asedios de la Bilbaína, no encontré otro medio, que frecuentar la casa del Argentino, en donde pasaba todos los ratos que me dejaba libre mi profesión. Solíamos salir en coche todas las tardes, y una noche, al volver a casa, me propuso que si quería les acompañara a un viaje a Covadonga, que tenían proyectado para el día siguiente. No iremos más que mi mujer y Maruja, que es muy amiga de mi señora, y es la que ha hecho un voto de una Misa en el santuario de la Santina. Con Vd. seremos cuatro los expedicionarios, pues pienso llevar yo el coche para que mi chófer descanse algún día.

Acepté la invitación agradecido, y por la noche, en la cama, padecí un insomnio raro que me tuvo desvelado casi toda la noche. ¡Un viaje con Maruja!. Me interesaba cada día más, esta muchacha, aunque no había logrado hablar con ella a solas, porque siempre estaba acompañada de su padre, de una tía que la crió, o de la sirvienta. En casa del Argentino, pasaba muchos ratos, pero siempre al lado de la señora de Dn. Juan. Casi no había tenido con ella más que saludos corteses, miradas interesantes, y en los paseos, alguna palabra, de esas que no dicen nada, pero que son elocuentes. Ahora, en este enigmático viaje, iba a tener ocasión de hablarla, aunque no fuera más que de cosas intranscendentes. Pero ¿Por qué este viaje inesperado, me preguntaba en el insomnio?. ¿Era que ella había fingido este viaje para vernos cara a cara y cambiar las primeras palabras de un amistad, que pudiera ser, principio y ocasión de relaciones más estrechas?… Sobre esta pregunta, giraba, febril mi imaginación, sin acertar a conciliar el sueño.

Salimos temprano, porque las mujeres pensaban comulgar en la Basílica, y la mañana amaneció oscura, amenazando lluvia. Las mujeres se sentaron en los asientos de la trasera del coche, y yo a la derecha de Dn. Juan, que guiaba con mucho cuidado, nada más que a sesenta por hora. Ellas iban, ¡cosa rara!, muy silenciosas, leyendo en devocionarios, y nosotros charlando de todo, ponderando yo las bellezas del paisaje, los canchales del Embestido, las vegas ricas de Riaño, la espléndida cabellera de la masa forestal de Pontón, en la que las hojas tiernas y arrugadas de las hayas tenían un verdín inocente de recién nacidas, y los robles empezaban a abrir sus yemas, y los avellanos ostentaban los colgados de sus flores.

En el alto del puerto nos paramos, unos momentos, para contemplar, una vez más, la blancura de los Picos de Europa, en donde la nieve bajaba, todavía, hasta los valles y cañadas, y mirando a aquel valle de Berrunde, como un tapín verde de damasco, sembrado de campánulas y de margaritas.

Bajamos lentamente, por aquellas curvas rápidas y mojadas, en las que corría peligro de resbalar el coche, y al pasar por la espalda de la pica de Ten, se nos ofreció en toda su hermosura, Oselia, recostada en la ladera, con su preciosa iglesia de estilo clásico, con sus casitas alegres, con sus huertas pequeñas, cuajadas de frutales…

Al asomar a lo Beyos, yo, que los había admirado otras dos veces, no pude por menos de decir al Argentino, que como este desfiladero, como esta garganta, labrada por golpes y hachazo de titanes, no hay nada parecido en el mundo. Dn. Juan se sonrió, un poco y me dijo que allá, en las cumbres Argentinas, también hay, en las cimas que separan a la Argentina de Chile, desfiladeros como éste, ahora que a mí me gustan más los Beyos porque son de mi tierra, de mi patria.

Cuando llegamos a Covadonga, nos estaba esperando un canónigo para decir Misa, y en ella comulgaron las dos mujeres, y asistimos muy devotos Dn. Juan y yo, delante del altar románico, del testero de la basílica.

Después, un desayuno ligero en el hotel Pelayo; unos paseos cortos, por la explanada, una visita breve a la cueva, que estaba en obras de una restauración, que no me gusta, y otra vez al coche, para almorzar en Cangas, en una fonda que tiene fama de bien provista, y en la que se come opíparamente.

Las mujeres ya estaban parlanchinas y alegres. Pilar, la señora de Argentino y Maruja, eran amigas desde hace años, pues Pilar había nacido y vivido en Cisnarios hasta la edad de 20 años, lo mismo que la primera mujer de Dn. Juan, Elena, que también era natural de este pueblo. Era ésta, según mis noticias, una mujer completa, recogida, hacendosa, devota, la cual hizo las delicias de su marido, dándole cuatro hijos, que son el orgullo de su padre, quien conservó la viudez varios años, hasta que encontró otra compañera, en una mujer, más joven que él, pero de condiciones parecidas a la difunta Elena.

La comida fue variada y escogida, y después de tomar café, los Argentinos dijeron que tenían que visitar a una familia amiga, que acababa de venir de Buenos Aires, y nos dejaron, a solas, en el comedor, a Maruja y a mí. No acertábamos a enhebrar el diálogo; ella se ruborizaba, cada vez que la dirigía la palabra, y yo estaba premioso de palabra, en esos momentos en los que una frase, un gesto, pueden ser los primeros atisbos de amor. Por fin, la dije que, si quería podíamos entablar relaciones amistosas, nada más que amistosas, porque ya se susurra en el pueblo que la hija del Veterinario tiene novio.

– Tanto como esto, no; – me contestó enseguida-. Mi padre sí que tiene planes sobre mi futuro, pero, hasta ahora, no pasan de proyectos.

– A mí, me parece natural, porque Luis Sánchez, es un guapo mozo; tiene, en León, un bonito empleo, y a sus padres no les falta un caudal saneado.

– Todo esto es verdad, pero a mí no me gusta, y en esto de trapos y de amoríos somos muy caprichosas las mujeres.

– Pero si tu padre se empeña, no tendrás más remedio que aceptar la mano de un novio que te tiene preparado.

– Ya veremos; ya veremos. Todavía es pronto para decidirse. Por ahora, no están maduras las uvas.

– Pues decídete a hablar conmigo, aunque no sea más que para pasar el tiempo, y ¿Por qué no decírtelo?, para espantar a la Bilbaína que me persigue y asedia.

Vinieron los Argentinos, y Dn. Juan preparó el coche para regresar a Cisnarios. Yo aproveché la ocasión para bajar a Arriondas y llegarme a Gijón para saludar a mi familia, y traer a mi hermana mayor que tenía deseos de conocer la montaña. Al arrancar el coche, y cerrar la portezuela, volví a decir a Maruja casi al oído, que esperaba comenzar, entre los dos, relaciones amistosas.

– Ya veremos, ya veremos. La esperanza, es lo último que se pierde.

Volví de Gijón con mi hermana, por el tren, y al llegar, en el coche de línea, a Cisnarios, pasaba por la carretera Maruja, mirando para el rio, no sé si distraída, o esquivando mi saludo. ¡Adiós, Maruja –la dije- que distraída vas!. Te presento a mi hermana Matilde.

– Perdón, chico. Iba mirando para el rio a ver si veía a mi criada, que debe de estar lavando, para llamarla.

Posó sobre el pretil del muro, un bulto de recados, y se acercó a saludar a mi hermana. Se dieron sendos besos en las mejillas, se estrecharon las manos y Maruja dijo a Matilde, muy efusiva. Ya sabe Patricio dónde vivo, ahí un poco más arriba. Me gustaría verla por mi casa.

– El gusto será el mío –contestó mi hermana- , la cual después de colocar los bultos en la habitación, y de acicalarse un poco, entró en mi celda y me dijo: ¿Sois algo novios?

– Por ahora, no. Ella tiene un novio, que es una buena colocación. Yo no la he hablado, casi, nada más que en este viaje de Covadonga, pero pienso acompañarla, en los paseos, y en las funciones pueblerinas, que empiezan a ser frecuentes en esta montaña.

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– XXII –

LOS HUMOS DE LA BILBAINA

Estaba la Verastegui, en un balcón de la fonda, y presenció mi rápida entrevista con Maruja. ¡Cosa de mujeres celosas!. Durante la comida, se sentó, sola, en una mesa, y no me miró, ni me habló, como tenía de costumbre. La presenté a mi hermana, y contestó a los saludos, fría y desdeñosa. Estoy de enhorabuena –me dije-. Con desdenes y ceños, se alargan las distancias.

Por la tarde, salí de paseo con Matilde, por el camino de Umbrosa, y al pasar por delante de la casa de Maruja, ella que estaba a la puerta, me dijo.

– Esperad, que voy a la fuente, por agua, y os acompaño. Se asieron de las manos, y yo procuré no interrumpirlas en el diálogo, que era insustancial. Al pasar el puente, otro encontronazo con la Bilbaína, que bajaba, en compañía del Veterinario. El padre de Maruja, se detuvo para saludar a mi hermana, y la Verastegui, sin mirarnos, siguió como distraída, unos pasos, y esperó a que se acercara su compañero.

– ¡Qué seria va la Bilbaína –me dijo Maruja-¡

– ¡Como la acompaña tu padre!. Quizá lo esté conquistando.

– ¡Qué cosa se te ocurren!.

– Lo que aseguro es que esa mujer es de cuidado. Es altiva y orgullosa; alardea de su talle, de la frescura de sus carnes lascivas, de las pesetas que tiene su padre, y del sueldo que cobra como viuda de un militar. Yo la llegué a tener miedo, y me alegro que no me hable. En la fonda todos los huéspedes la miran con desprecio, y será cosa de averiguar su vida, sus antecedentes, su historia. Te aseguro que yo he de procurar enterarme, hasta de los más pequeños detalles, de su origen, de su familia, porque si caza a tu padre, es cosa de abrirle los ojos, para que no caiga en el cepo.

– No te preocupes, porque todo lo que se dice en el pueblo de sus relaciones con mi padre, no pasan de murmuraciones pueblerinas, sin fundamento. ¡En seguida va mi padre a caer en las mallas tentadoras de una mujer que repele por sus maneras, casi inmorales!. ¿No ves que anda enseñando con sus escotes más de lo que la decencia permite?. Y mi padre será lo que sea, pero es cristiano práctico, y devoto, y no pensó, nunca en olvidarse de los encantos y virtudes que adornaban a mi madre. Además; mi padre sabe que sus caudales son míos; eran de su difunta esposa, y los perdería, si cometiese la locura de casarse con ese montón de carne, cebada con la hartura de todos sus apetitos.

– Menudeaban las visitas del Veterinario a la fonda, y la Verastegui no se recataba por entrar con frecuencia en casa del Veterinario con gran disgusto de Maruja, que devoraba sus penas, en el interior de su alma. A mí no me lo decía, pero a Matilde le abría su corazón torturado con dolores, estrujado con la conducta de su padre, que no cesaba de urgirla para que su noviazgo, con Luis, terminara, pronto, porque, quizá –le decía- tenga yo propósitos de mudar de estado, y ausentarme de Cisnarios.

Tenía Maruja, entre otros parientes próximos un tía, hermana de su madre, a la cual no ocultaba nada de sus secretos, y esta tía, mujer sencilla, pero prudente y decidida, la aconsejaba que no abdicara de sus derechos posesorios, y que se mostrara con su padre, enérgica y fuerte, porque  el Veterinario tenía algo de sangre judía en sus venas, y la avaricia, sólo la avaricia, lo podría contener en la locura de unos amores escandalosos y ridículos. No ves –la decía- que tu padre es del Cuarto de Arriba, en donde las virtudes cristianas están poco desarrolladas, pero, en cambio, por el dinero, y por la posesión de unos prados y vacas, son capaces de los mayores sacrificios. Tú, amenázalo con recabar tu herencia, no sólo la heredada de tu madre, sino todos los aumentos, que, de seguro que este miedo a perder tu riqueza, le hará cambiar.

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– XXIII –

LA EMPAJADA

Una mañana, desde muy temprano, apareció sobre el asfalto de la carretera, una faja de paja de centeno molida que salía de la casa del Veterinario, y terminaba en la puerta de la fonda. Yo la vi al montar en mi moto, para ir a visitar a Loides, pero, aunque me extrañó, no supe la significación que tenía esta simbólica siembra de paja. Después, supe que del balcón central de la casa del Veterinario, también colgaban, atados con cuerdas de esparto, dos cuernos de macho cabrío, y esto sí que fue la comidilla, y el hazme reír de las gentes del pueblo. Maruja, cuando se enteró, perdió la serenidad, y con lágrimas y dicterios, descargó sobre su padre todo su enojo, toda la ira concentrada, todas las palabras duras que pudo hallar en la rica lengua española. El Veterinario también se encorajinó. Fue derecho el cuartel de la Guardia Civil a denunciar la atrevida mascarada, para que el Cabo averiguara quién podía ser el autor de aquella rechifla, de aquella simbólica manifestación con la que algún malicioso quiso ridiculizar los reales o supuestos amoríos con la Bilbaína. La cosa se comentó mucho en todo el pueblo. Cuando volví yo de Loides, a mediodía, habían barrido la paja, y quitado los cuernos del balcón, pero la broma era celebrada con regocijo, en las cocinas entre las mujeres, en las eras, por los hombres, y en las calles, por los chiquillos. Para Maruja, no había consuelo. Ni mi hermana ni su tía lograron calmar sus nervios.

– Pase lo que paja –decía-, que esa broma se emplea, siempre, cuando se dan a conocer noviazgos de algún viudo verde, pero lo de los cuernos, no se vio, nunca, ni en Cisnarios, ni en ningún pueblo de la montaña. Esto es una a alusión demasiado cruda, demasiado trasparente, y mi padre será todo lo que se quiera, pero, ¡cornudo!. ¡Qué horror!.

– Mejor, chica, -la contestaba su tía-. Porque de este modo, abrirá los ojos, y cambiará de modo de pensar.

– En la fonda, me dijeron que la Bilbaína rugía como una leona, y no cesaba de maldecir a un pueblo salvaje que tenía bromas tan cáusticas y tan intencionadas, como la de la paja y los cuernos… Esto era, para ella, intolerable. Estaba indecisa sobre marchar o quedarse. No bajaba al comedor, y los huéspedes reímos mucho con este símbolo que habían preparado los mozos con tanto sigilo y oportunidad.

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– XXIV –

BIOGRAFÍA DE LA BILBAÍNA

Comentaba yo estos sucesos cómicos con Antonio, el cual estaba en todos los secretos, y me comunicó la idea que tenía de averiguar, con detalles toda la vida y andanzas de esta mujer rara, en cuya vida debía de haber mar de fondo.

– ¿Pero tienes medios de averiguar todo esto?

– Creo que sí. En estos días tengo que ir a Bilbao a ultimar detalles de la venta de nuestra mina, y como he de estar allí, varios días, y tengo buenas relaciones con bilbaínos ricos de esta montaña, que viven allí, me será fácil adquirir noticias concretas de esta mujer que nos tiene intrigados a todos. ¿No te parece extraño que no se la vea con su madre, a la cual retiró en el pueblín de Alio?. ¿No te choca que, apenas hable de su hija, de aquella joven paliducha y neurasténica que conocimos en el año pasado, y de la cual ni sabemos en dónde está, ni siquiera si es hija de esta madre desenvuelta y provocadora? ¿Será verdad que la Verastegui es viuda de un coronel asesinado por los rojos, en Bilbao? ¿Es posible que su padre sea un marino de barcas, y que no venga por aquí, una sola vez, para ver a su hija y a su mujer?. A mí me tiene esto intrigado, y nada tendría de extraño, que todo sean fantasías, tretas para cazar incautos. Ya lo sabré.

Antonio fue, en efecto a Bilbao, a los cinco días, me escribió, diciéndome que tenía, ya, recogidos todos los hilos para hacer la auténtica biografía de la Bilbaína, y que ya me daría detalles curiosos, y dignos de un sainete. Cuando Antonio volvió, me hizo una biografía exacta de la Verastegui, con datos fidedignos que le dio un bilbaíno muy amigo suyo, cuyo padre había nacido en Baradón haciéndose famoso en negocios de minas. Con este amigo habló largo y tendido, y por él supo todo lo que nos interesaba conocer de esta mujer novelesca.

– Mira –me contaba- de lo que nos decía, en el último verano, hay algo de verdad, y mucho de mentira. Es cierto que por su belleza física, y por su figura escultural se casó con un Coronel asesinado por los rojos, y del cual, tuvo a esa hija que conocimos, y de la cual, ahora, sabemos tan poco. Es cierto que el padre de la Verastegui es marino y capitán de un barco mercante, pero propiedad de una compañía naviera muy conocida y acreditada. Tiene un sueldo decente, y en sus viajes comerciales hace chapuces de mercancías que le permiten vivir con desahogo.

Por eso, la hija, con el sueldo de viudedad, y con los dineros de su padre hace ostentación de rica y de gastadora. La que dice su madre, es madrastra, una buena mujer que era ama de llaves de un hermano de mi amigo, la cual, por esos vaivenes frecuentes en la vida humana, se casó, en segundas nupcias, con el marido, y como éste está casi todo el año corriendo por esos mares del norte, la pobre mujer –que te repito- es muy buena, decidió retirarse a Alio, en donde ha nacido su madre, y en donde tenía parientes cercanos honrados y trabajadores. Con ella vino su hijastra, la Verastegui, la cual se quedó en Cisnarios, porque en Alio de seguro que se aburría. Me dicen que es una mujer que no sabe llevar la cruz de la viudedad prematura, y por todos los medios busca ocasión de cazar marido, sea quien sea, y que, ni los mozones del puerto, que trabajan con su padre en la carga y descarga de mercancías hartan su caprichos sexuales.

Llegó a ser en Bilbao, casi un hetaira afamada. Para ello tenía recluida a su hija, y tan mala fama llegó a adquirir que la familia de su marido, la repudió y la negó hasta el saludo. Los dos hermanos de los que nos hablaba, son cuñados, hermanos de su marido. Médico uno, y comerciante fuerte el otro, en una villa de la ría bilbaína. Pero ninguno quiere que le hablen de su cuñada. El padre es un hombre de mar; se casó con la que es su madrastra, nada más que para ostentar el título de marido, en los pocos días en que anda por tierra, pero no la regatea dinero, y tiene un piso muy bonito en Deusto, en el que madrastra e hijastra convivieron a regañadientes, porque la madrastra es una mujer de costumbres cristianas, muy ahorradora, y acostumbrada a una vida sencilla y tranquila en casa del hermano de mi amigo. Pero esta buena mujer, no pudo soportar, por más tiempo los devaneos y ligerezas de su hijastra, y no tuvo más remedio que contar a su marido, la vida que hacía su hija. Entonces el marino decidió llevarse consigo a la nieta, y consentir que su hija volviera a Cisnarios.

Ahora, la hija de la Verastegui, me dicen que anda por Inglaterra y por Noruega, muy alegre y trotadora, por cabarets y teatros. No pude adquirir datos de su vida privada, pero ya puedes suponer como andará, por esas tierras de costumbres libres, de diversiones insospechadas. Se dice en Bilbao, que canta y baila como una profesional, y que abuelo está entusiasmado con las dotes coreográficas de su nieta.

En fin, que he podido descubrir todos los artilugios de esta viuda, que te perseguía con tesón, y que, ahora, parece que está tendiendo lazos al Veterinario, atraído, nada más que por sus carnes lascivas y por su labia fascinadora. ¡Ah!. Se me olvidaba decirte que el apellido López que ostenta en sus tarjetas, no es suyo, lo tomó de su madrastra, para hacer ver, aquí, que tiene raíces montañesas. Sus apellidos legítimos, son: Verastegui y Carmona. La madre se llamaba Elena Carmona, y era de Cádiz, en donde la conoció el marino de Bilbao, en uno de sus viajes, por mar. Era la Carmona mujer alegra y festiva, acaso semilla de aquellas gaditanas que se hicieron famosas en Roma, en tiempos del poeta Marcial que celebra sus gracias y encantos.

La Verastegui se llama Delfina, y a la madre se parece en su talle, en sus aficiones. Cuando, huérfana, ya de madre, creció y se hizo moza guapa logró cazar a un pobre militar, de rancia estirpe vasca, un Zárate y Odriozola, de quien tuvo a Chonina, la cual no tiene nada que se pueda parecer a la familia honrada de su padre, y todos su rasgos fisonómicos, y su aficiones son de la raza de la abuela.

– Todos estos datos, convendría que los conociera Maruja para ver si consigue que Dn. Zanón, el Veterinario, no se precipite.

– Es difícil

Dicen que la cosa está muy adelantada, y que se casan en este verano, y que van a vivir en Bilbao, porque les sobran –dice ella- recursos para que su marido no vuelva más a palpar y ensuciarse con animales.

– Sí, sí- Bonito porvenir espera al incauto Veterinario. Si se casan, pierde ella, la viudedad, y por lo que has aprendido, su padre gana mucho dinero, pero le gusta gastarlo, sobre todo ahora que está chiflado con su nieta. Creo que no tiene ahorros. ¿Y qué será de Chonina?

– Esa vive su vida, gozando y perdiéndose con todas las libertades de la mujer moderna.

– Pocos días, después de este diálogo sustancioso con Antonio, fui llamado a Alio para asistir a Doña Petra López que padecía una afección gripal rebelde y antigua. La pobre tenía los bronquios medio deshechos, y con esta ocasión, se desahogó conmigo, en presencia de una sobrina, con quien vivía. Me contó cosas que parecen de novela. Que la Delfina lleva en Bilbao una vida demasiado libre; que su padre que es un buen hombre, que está loco con su nieta a la que no regatea dinero para sus diversiones; que ella –la Petra- se casó sin darse cuenta de la que la esperaba. Como todas las mujeres, cuando se las presenta ocasión de matrimonio, no dudó en cambiar de estado, a pesar de estar de ama de llaves en una casa muy rica, y con unos amos que la trataban como de familia. Me aseguró que había venido a su tierra, aburrida, no por los malos tratos de su marido, -que se porta bien conmigo-, sino por la vida de la hija y de la nieta de su marido.

– ¿Pero qué es de la nieta? –le pregunté-.

– Mejor será no saberlo. En menos de un año, se cambió por completo. El ejemplo de su madre, la abundancia de dinero, y los cariños de su abuelo la convirtieron en una muchacha casquivana, gastadora, y amiga de hacer su voluntad. Creo que anda por Francia, ella sola, sin más freno que su capricho, ni más guía que el afán de correr y gastar. Espero, en estos días a mi marido, según carta que acabo de recibir, y ya sabré el paradero de su nieta.

– Vino, en efecto el padre de Delfina; se detuvo, una noche en Cisnarios, con su hija, y muy temprano, subió a pie a ver a su mujer, y a conocer la parentela de ésta. Allí estuvo dos días, nada más, y volvió, de prisa para llevarse a su hija a la que le costó trabajo arrancarla de Cisnarios, en donde tiene lazos muy fuertes que la atan y encadenan. Por lo visto, a Dn. Zanón le dijo que volvería pronto, para ultimar el negocio de su matrimonio.

– ¿Fue ésta una huida estratégica preparada por un padre consciente de sus deberes paternales?.  ¿Fue que se habían roto los lazos que había puesto al veterinario, y que éste llegó a saber todo lo que era la Bilbaína, y todo lo que le esperaba en su proyectado matrimonio?. Lo cierto es que Maruja y su tía habían asegurado a Dn. Zanón que las noticias que ellas tenían de la Delfina no podían ser peores, y que le avisaban, a tiempo, para que retrocediera, al borde del abismo, y esta actitud sembró en el alma del veterinario, las semillas intranquilizadoras de la duda.

– El tiempo se encargó de descifrar estos enigmas, y fui yo el afortunado que supe, de fuente fidedigna, todo lo ocurrido con el viaje rápido del marinero de Bermeo, y la marcha de éste con su hija, en los días en que ésta ultimaba los preparativos de boda. Me lo contó, todo, en secreto, Doña Petra. Su marido había venido para llevar a Delfina a Burdeos, con objeto de recabar a Chonina, como menor de edad, que había huido de su abuelo, con un músico italiano, del que estaba enamorada, y entregada en cuerpo y alma. Eso era todo.

– ¿Pero volverá su hijastra?

– No lo sé. Ya dije a mi marido todo lo que tiene proyectado, y nada tendría de particular que todo quedara en proyectos, si consiguen rescatar a Chonina, del cautiverio escandaloso en que cayó. Mi marido es muy formal y no consiente tamañas locuras.

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– XXV –

CRISIS EN CASA DE DN. ZANÓN

De intento había rehusado yo hablar con Maruja de estas cosas, porque me dolían, como propias, sus penas, sus inquietudes, pero por mi hermana y por la señora del Argentino, sus confidentes, supe todo el acíbar que había tragado, todos los dolores que habían lacerado su corazón sensible y tierno. ¿Habría pasado la tormenta? ¿Remansarían las aguas procelosas de este rio revuelto y cenagoso?. Desde luego que al veterinario se le veía retraído como avergonzado de sus intentos matrimoniales, que en todo el pueblo, eran la comidilla de tertulias, ocasión de rechiflas, y escándalo de mujeres desocupadas. En cambio, a Maruja, la habían vuelto los colores sonrosados de su cara, perdidos durante la tormenta, y otra vez se la veía alegre, y expansiva con sus amigas y familiares. Y eso que no sabía todo lo que pasaba, pues yo tuve buen cuidado de no contar, a nadie, lo que Doña Petra me había dicho de las andanzas de Chonina.

Entraba el verano con todos sus encantos de siega y trilla; rondaban los mozos del pueblo, los sábados por la noche; afluían veraneantes, y se anunciaban las funciones en las aldeas, con sus aluches reñidos y sus bailes y jolgorios entusiastas.

El juego de bolos estaba muy animado, no sólo en los días festivos, sino también en las tardes de toda la semana; y yo aprendí a tirar la bola, y a birlar y a hacer ahorcados difíciles, y esta diversión me agradaba mucho, por ser entretenida y de ejercicio muscular completo. Con este deporte y con los viajes frecuentes en auto, con Dn. Juan, se me pasaban los días fugaces y divertidos.

Como mi hermana y Pilar, la señora del Argentino eran amigas de Maruja, por ellas sabía cómo andaban los amoríos de Dn. Zanón, un poco enfriados, pero, vivo, todavía, el rescoldo de las brasas que le quemaban el corazón. Maruja no estaba tranquila, temiendo que volviera la Delfina, y apretara los lazos que había tendido al Veterinario, al cual, le intrigaban más que la desenvoltura de la Verastegui, las noticias de que no era rica, y sí, muy despilfarradora. Con el pretexto de visitar a un rebaño de ovejas merinas infectadas de gripe, procuró abordar a Doña Petra, y esta mujer, buena y virtuosa, le desengaño, y le dijo, sin rodeos, todo lo que podía esperar de un matrimonio escabroso y de dudosos resultados. Le dijo más; que según carta de su marido, éste no estaba dispuesto a tolerar, por más tiempo, la vida irregular de su hija, ni los devaneos licenciosos de su nieta, y para ello, se había decidido a cerrar la bolsa, y que cada uno viviera con lo suyo, su hija con los recursos de su viudedad, y Chonina recatada ya de la compañía del italiano, que viviera, honestamente, con su madre en Bilbao. Con estas noticias, parecía liquidado este asunto, pero Maruja temía, siempre, la vuelta de Delfina, la cual poseía recursos de serpiente, para engatusar a su padre, cuya voluntad era floja, y cuyas pasiones, a sus cincuenta años, parecían retoñar con empuje avasallador.

Además; había ocurrido otro suceso que, en Maruja, podía ser decisivo. Su presunto novio, Luis, despechado, o convencido de una vocación religiosa que le llamaba, entró de novicio, en los Jesuitas de Salamanca, con gran sorpresa de todos los de Cisnarios, con disgusto de sus padres, y con pesar de la oficina, en la que era, muy estimado de sus jefes, ¿Sería esta la ocasión de que yo me decidiera a pedir a Maruja relaciones formales?

La chica me gustaba cada día más. Los sufrimientos pasados los había sobrellevado con gran valentía, era de vida piadosa muy intensa, recogida y prudente ¨caserina¨ y trabajadora, y sobre estas prendas de positivo valor, no carecía de recursos económicos, ni de encantos físicos que avaloran la belleza de una mujer ideal. Pero seguía muy seria conmigo, sin que sus palabras y gestos denotaran síntomas de cambiar de estado. ¿Qué piensas –la dije un día- de nuestras relaciones incipientes?

– Ya veremos, ya veremos –me contestó con firmeza-. No tengo prisa, a mis veintitrés años.

– Lo de tu padre, parece que se conjuró y lo de Luis, está resuelto definitivamente. ¿En qué sientes otras inclinaciones?

– Ya veremos, ya veremos lo que nos trae el tiempo. No creo cancelado lo de mi padre, ni Luis profesó en la Compañía de Jesús.

– ¿De modo que todavía lo esperas?

– Ya veremos, ya veremos.

Esta era su única y machacona contestación. Con mi hermana era más explícita, pero parecía no sentir los estímulos del amor, por ningún hombre, y hasta hablaba, algunas veces de, si su padre se casaba, ella estaba inclinada a entrar monja de clausura.

Por otra parte, tampoco yo sentía prisa por cambiar de estado. A mis 26 años, en los comienzos de mi carrera, ya vendrían ocasiones y oportunidades de encontrar una mujer que me hiciera feliz. Aprovechando la ocasión de la venida a Cisnarios de un matrimonio de Gijón, en coche que había de volver a Asturias, al día siguiente, llevé a mi hermana, que no quería que pasaran las fiestas de agosto sin presenciarlas. En Gijón, otra vez mis padres, me instaban a que dejara la montaña leonesa. Mi madre que siempre me hablaba de cosas de familia y de proyectos que tenía para sus hijos, la encontré cariñosa y tierna, como siempre, pero un poco disgustada por mis aficiones pueblerinas.

– ¿Piensas –me decía- pasar otro invierno en Cisnarios? ¿Quieres ponerte en peligro de muerte, otra vez, como te ocurrió cuando la tormenta de nieve, según me contaste?. Me parece que más que la belleza del paisaje, y las costumbres de los paisanos, te fascina la cara de alguna muchacha labradora, que te sorbe el seso, y eso que según Matilde, todavía están verdes las uvas que deseas comer. Aquí, o cerca de aquí, te será fácil hallar colocación en tu carrera, porque, Asturias está hirviendo de industrias nuevas y la minería crece que es un prodigio. Entre ejercer la medicina en un pueblacho o practicarla en poblaciones ricas y prósperas, no debes de dudar.

Mi padre, con menos palabras, pero con tonos, casi de mandato, me decía lo mismo. Y tan tercos y pesados se pusieron todos los de casa, que decidí volver pronto para no escuchar la eterna cantinela de que me debía situar en Asturias, y vivir, con toda la familia reunida.

Con un médico en Gijón que tenía escogida clientela, y ganaba dinero a montones, pero que había pasado el noviciado, como yo, en un partido de la montaña leonesa, hablé varias veces, pues era vecino de mi casa, y tenía relaciones con mi padre, por ser ambos empleados en la misma empresa. Le expuse mis deseos de no abandonar Cisnarios, contra las exigencias de mi familia, y me contestó:

– No sé, hombre, lo que te convendrá más. Desde luego que una colocación pingüe, la veo fácil, pero para trabajar mucho, para no gozar como gozas tú en un país pleno de bellezas. Yo te soy franco. Si no estuviera casado, y con hijos a los que no tengo más remedio que procurarles carrera, porque no tengo patrimonio que hereden caudales y reservas, yo, soltero como tú, volaría a un partido rural, en donde pasé tres años, los más felices de mi vida. Aquí, se gana mucho dinero, pero a costa de un ajetreo que agota. La visita domiciliaria me lleva toda la mañana, corriendo calles, subiendo escaleras, escuchando lamentos, viendo escenas de una vida trágica en muchos hogares, para volver a mi casa, rendido, hastiado, a empezar las horas de consulta, hasta las tres de la tarde, en que me siento a comer, desganado, preocupado con la rebeldía de algunas enfermedades de mis clientes, y por la tarde, por descanso, otra vez a la calle, para visitar enfermos que no he podido ver por la mañana, y al llegar la noche, en vez de ir con mi mujer al teatro o al cine, me tengo que encerrar en mi despacho, para estudiar casos clínicos, para hojear libros y revistas, para discriminar medicinas, y pensar y meditar en la curación de enfermos.

En el pueblo era otra la vida que llevé. Se gana menos, pero se pasan los días y meses, casi sin trabajar, porque las enfermedades rurales suelen ser todas del mismo tipo; afecciones reumáticas en los viejos, alguna pulmonía y catarros bronquiales en invierno, y las consabidas consultas de mujeres que se quejan de todo, pero que, de ordinario, no son más prurito de decir al médico muchas tonterías. En el pueblo, lo habrás observado tú. Tienes tiempo para todo; para estudiar, para divertirte, para ejercicios cinegéticos y de pesca, para tumbarte, bajo las copudas hayas, a orillas de fuentes de hielo, oyendo el cantar de pájaros en la espesura o bramidos de vacas en las majadas. ¿Que esto es hacer vida bucólica de poetas sin oficio ni beneficio?. Bueno; pero nadie me negará que esta es vida de emociones, de placeres, sin remordimiento, de alegrías que no traen resquemores de haberlas logrado con penas y con temores.

¡Oh! Si yo pudiera volver otra vez al pueblo. No pierdo la esperanza. Si algún día puedo ver a mis hijos colocados y vivir, como médico, o como jubilado de trabajo, en una aldea apartada, de esas que tú conoces, y que conservan, aún, el aroma tradicional de virtudes cristianas en los habitantes, y el perfume eterno de sus montes y ríos, de sus peñas y de sus cumbres.

– el médico gijonés, hablaba como un convencido. Me entusiasmaron sus discursos elocuentes, y me afianzaron en mi decisión de no hacer caso, de mi familia, y al Carpio de mis ilusiones volví, a fines de agosto, cuando la montaña saltaba de gozo, en sus romerías, y trabajaba para recoger sus cosechas pingues, y cantaba alegre en las rondas y en los bailes domingueros.

Vi a Maruja que estaba más guapa que antes, pero hermética, y seria, si la insinuaba intentos de reanudar relaciones.

– Ya veremos, ya veremos, era la fórmula preferida en los labios, para salir de atolladeros.

– Claro está que si yo hubiera tenido empeño en conquistar esta plaza, sabía cómo tenía que asediarla y tomarla, por consejos de Antonio. Primero, había que rendir la fortaleza, y ésta no era otra que engatusar a su tía, la cual tenía todas las llaves del corazón de su sobrina. Y por cierto que oí a la dueña de la fonda, una señora seria y formal, una cosa que me puso en cuidado.

– Se dice en el pueblo – me aseguraba- que la tía de Maruja está esperando a que pase las quintas, un hijo suyo, para casarlo con la hija del Veterinario.

– ¿Eran esas las razones que tenía Maruja, para aquellas palabras ¨ya veremos, ya veremos¨ con la que cortaba los diálogos incipientes de nuestras relaciones?. Es posible, porque ella tenía más aficiones de labradora, que de señorita. La gustaba ordeñar vacas y cabras, hacer queso y mantequilla, hilar lana de las sus ovejas, y hasta ir a los prados a contornar y atropar yerba, y a la era, a cerandear trigo y centeno.

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– XXVI-

LAS ZOZOBRAS DE DN. ZANON

A quien veía triste y pensativo, era al veterinario. No le cicatrizaba la herida que le abrió, en el corazón, la flecha amorosa de Verastegui. Era objeto de burlas y de desdenes en todo el pueblo, en donde no había cosechado grandes simpatías, por su afán de ganar dinero, y por una avaricia sórdida que contrastaba con la generosidad arraigada en la casa y familia de su difunta mujer. Coincidimos, varios días, en nuestras visitas a los pueblos, y me costaba trabajo enhebrar diálogos con él, siempre taciturno y malhumorado. Conmigo estaba, además, hosco, sobre todo desde que acompañaba a su hija, a la cual tenía destinada al matrimonio con Luis, y aún después de fracasar este proyecto, no veía, en mí, un novio ideal, y sin saber porque, ponía cara de disgustado, cuando me veía con Maruja. Así y todo, procuré tratarlo con cariño, porque estaba convencido de que necesitaba amistades y compañías que le distrajeran, y airearan su carácter contrariado, y su alma estrujada, con recuerdos amargos. Una tarde en la que coincidimos, yendo, a pie, a un pueblo próximo, fue él el que rompió el silencio, para decirme que estaba hastiado de la profesión; que no quería seguir palpando animales ni ensuciar las manos con boñigas de vacas y caballos.

– Vd. –le contesté- bien puede abandonar una carrera que le dio dinero y prestigio, porque, para sus necesidades, le bastan el caudal de su hija y los ahorros de su profesión.

– No tanto como Vd. cree. El caudal de mi hija es suyo, y está, llegando a la mayor edad, que está cercana, podrá disponer libremente de lo suyo, y mis ahorros son exagerados por esta gente envidiosa, con la que, cada día, me disgusta el vivir.

– Entonces, ya me explico los rumores que corren de que Vd. piensa en cambiar de estado.

– Sí; no tengo porque ocultarlo. Me gusta la bilbaína, más que por sus carnes apetitosas, y por sus modales alegres, porque me asegura que podemos vivir en una ciudad, con las rentas de su capital, sin trabajo ni disgustos. Ahora dan en decir, este pueblo envidioso, que toda la fantasía de la bilbaína es pura fábula, y que no tiene más rentas que su viudedad, y eso es lo que me tiene preocupado. Voy a hacer un viaje a Bilbao para averiguar lo que hay de cierto en estas habladurías pueblerinas, que no deben de ser más que chismes, envidias, y odios.

– Me parece acertado su pensamiento. En negocios tan serios como los del matrimonio, todos los informes son poco, todas las pesquisas y datos merecen ser conocidos y sopesados.

– Y voy a ir a Bilbao, porque ella me escribe con frecuencia, urgiendo nuestro enlace, porque si no ella puede optar por una de la muchas colocaciones que se le ofrecen.

– ¡Pobre Dn. Zanón! Cómo lo tiene fascinado esa mujer, que también me buscó a mí y me tendió lazos que por fin pude romper antes de que me cautivaran. Por la noche, en el paseo se lo dije a Maruja, y ella, algo excitada me contestó:

– ¿No te dije yo que mi padre seguía pensando en la Delfina?. Casi me alegra de que terminen sus amoríos, con un matrimonio desigual en años y en caracteres, para ver si me dejan a mí tranquila en mí casa, ocupada en mis aficiones de labradora. -Y esta última palabra la pronunció, silabeándola, como si quisiera que se fijara bien en la memoria-.

– No  estoy conforme, tú debes impedir que se consume esta desgracia. Es tu padre y debes impedir que caiga en el precipicio. Yo te ayudaré en este empeño, y en la difícil empresa de liberar a un cautivo.

– ¿Cómo?. Ya ensayé todos los recursos de la persuasión, de las amenazas, de vender las fincas de mi madre, y entrar en un convento.

– Esta última razón es la que tienes que explotar. Si tu padre se convence, en su próximo viaje a Bilbao de que la Delfina no es rica y que en llegando tú, dentro de pocos meses a la mayor edad, dispondrás de tu herencia, estoy seguro de que tu padre retrocede en sus paso porque no hay resorte que más mueva que el dinero. Lleva en la sangre algo de la avaricia racial de Trascollada, y sueña con vivir sin trabajar, con rentas ajenas, sean de la Bilbaína o de su hija.

– ¿De modo que tú crees que debo de esperar?

– Sí. Hasta que vuelva de Bilbao, por lo menos. Entonces podrás saber que impresiones trae, y sobre todo, qué proyectos tiene.

– Pues sospecho que vaya en esta semana, por una carta que escribió y dejó abierta, distraído, para que yo la echara el correo.

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– XXVII –

MI VIAJE PROMETIDO A LEÓN

Llevaba yo, más de un año viviendo en tierras leonesas, y tan entretenido estuve siempre, que no tuve tiempo de dedicar, aunque no fuese más que unas horas, a conocer y admirar las riquezas artísticas que atesora la capital del antiguo Reino de León. Lamentaba esta desidia mía con Dn, Juan, y una tarde de últimos de agosto me dijo:

– Si Vd. quiere, mañana voy a León; le invito a ir conmigo, y no le pesará porque tengo allí un canónigo amigo y paisano mío, muy erudito, que conoce, como pocos, las bellezas artísticas de la antigua ciudad.

– Encantado; pero habrá que madrugar.

– No mucho. Con estar allí a las diez, hora en que los canónigos salen del coro, tenemos bastante.

– Cuando salimos de Cisnarios, alcanzamos a Dn. Zanón que iba a visitar a Orede, Dn. Juan le invitó a subir al coche, y unos minutos nos acompañó, taciturno y preocupado. Al apearse le dijo Dn. Juan:

– Adiós, Zanón, a ver cuándo nos das un día bueno.

– Carretera abajo, recayó el diálogo sobre las andanzas de la Delfina, y del veterinario y el Argentino me preguntó:

– ¿Pero será posible que este hombre no acierte a salir de esos líos que le tienen fascinado?. Mire Vd. que hace falta pecho para cargar con esa mole de carne, que no sé cómo llamarla.

– Sí. Carne de pecado. ¿No es eso?

– Ciertamente. Acertó Vd. con el adjetivo.

– Yo creo que no es la carne lo que le sugestiona. Es la ¨auri fames¨ del poeta latino. Si se convenciera de que las riquezas de la Verastegui son ficticias, opino que cortaba por lo sano. Es un tipo avaro, que no piensa más que en el dinero.

– Pues eso de averiguar la situación económica de su novia, lo creo fácil.

– Para ello creo que piensa en hacer un viaje a Bilbao.

– ¿Y de sus relaciones con Maruja, qué me dice?

– Relaciones amistosas, nada más, ni yo he procurado pasar de ahí, porque ella está impenetrable. Dice que está esperando a que pase las quintas su primo Jandro.

– No lo crea. Esas son cosucas de su tía.

– De su tía y… de ella.

No haga Vd. caso de lo que digan. Las mujeres, cuando de casarse tratan, no dudan en buscar lo más cómodo y lo más brillante (…) de un labrador acomodado, o señora de un médico, la elección no es dudosa.

– De los pensamientos íntimos de Maruja, sabrá Vd. más que yo, porque sus amistades con su señora, son muy íntimas y antiguas.

– Por ese conducto estoy en ayunas. Mi mujer es tan reservada, que si sabe algo, no me lo dice, ni yo se lo pregunto.

– Yo estoy indiferente. Las condiciones físicas y morales de la muchacha, sí me gustan, pero estoy como el que nada entre dos corrientes. Mi familia, sobre todo mi madre, no cesa de pedirme, y mandarme que abandone la montaña y vaya a Gijón, en donde me prometen una plaza en la rica zona minera. Yo me resisto, porque, cada día, estoy más enamorado de la montaña.

– ¿De la montaña, o de la hija del Veterinario?. Lo que me extraña a mí, es que Vd. nacido y criado en Madrid, prefiera, para mujer, a una moza de pueblo antes que a una señorita culta y agraciada de la ciudad.

– En esto, estoy decidido por completo. Con la abundancia y variedad de flores que hay en los jardines madrileños, me gustan más las violetas de los ribazos, y los lirios de los valles montañeses. A la mujer de la ciudad, desde que la sacaron del hogar, no hay quien la sufra. Nos lo decía Marañón, en una de sus sabrosas conferencias de cátedra. ¨La mayor parte –decía- de las enfermedades y muertes de los niños, se deben a intoxicaciones de nicotina y de alcoholismo de las madres¨. A la mujer moderna de las ciudades, las gusta más, como dice el escritor inglés, el volante del automóvil, que la sartén de la cocina, y prefieren el hilo del teléfono al hilo de coser. Es esta mujer de la ciudad la que fuma tanto como el hombre, porque, al desplegar una actividad ¨extra hogareña¨, análogo a la del hombre, hace la vida de varón; se corta el pelo, viste pantalones, fuma y ¡bebe!, como los hombres. Y es que, para hacer la vida moderna, en la Oficina, en la Cátedra, en el Mostrador de comercio, y para alternar con los señoritos elegantes y ricos, en el tennis, en carreras de autos y de caballos, en cacerías y espectáculos, tienen que robustecer sus músculos débiles, perdiendo, con el viento tumultoso de esta civilización materialista, los aromas de una virtud que sólo en el hogar y en el retiro familiar se producen. Lo peor es que ya va llegando la moda de este vivir, ¨contra naturam¨ a las aldeas, y si Dios no lo remedia, la mujer del porvenir no será más que instrumento de placer, como en los harenes mahometanos. Y con esta vida, es muy difícil conservar, sin marchitarse, la flor de la castidad aunque promiscuen este modo de vivir, con la práctica de los Sacramentos.

– En esto estoy conforme con Vd. Los encantos femeninos, no están en los grandes centros de diversión, sino en el hogar honesto y recogido. A mí, no sé porque me repele la mujer repintada y fumadora, la que entra en los bares y pide una caña de cerveza, o un vaso de vinazo tinto, lo mismo que el obrero manual, lo mismo que el señorito corrompido y corruptor.

– Cambiemos de tema. Creo que en León hay mucho que ver, de arte antiguo y de historia. ¿Tendremos la suerte de que nos ilustre ese canónigo de que me habla?

– Con seguridad. Le he avisado que íbamos hoy.

– Al apearnos, frente a la portada del oeste de la catedral, salía por la verja el canónigo Dn. Félix, quien abrazó al Argentino, y estrechó mis manos, efusivo y alegre.

– Venimos –le dijo Dn. Juan- a que nos enseñe Vd. todo. Mi compañero Patricio Gómez, médico de Cisnarios, es  muy aficionado a cosas viejas.

– ¿Qué quieren Vds. ver, primero?

– Monumentos artísticos, rincones históricos; joyas de orfebrería, cerámica, esculturas y pinturas, relieves y documentos paleográficos, de todo lo cual dicen que hay en abundancia en León.

– Ahí es nada el programa que Vd. me presenta. Labor para meses.

– Es que nosotros –interrumpió Dn. Juan- pensamos regresar esta tarde. Con que, a no perder tiempo.

– Vamos a concretar. ¿Vds. desean conocer la historia y el arte de esta ciudad?. Pues empecemos por el principio, y en este caso, lo primero que hay que conocer es el Museo, en el que hay mucha riqueza prehistórica; muchos monumentos romanos, de la época de la fundación de la cuidad, y restos interesantes de todo lo que ahora se llama prehistoria. Después, veremos a vista de pájaro, la catedral, S. Isidoro, S. arcos, trozos de las murallas, y fragmentos de edificios de diversos estilos.

Montamos en el coche, y calle abajo de Ordoño II, iba yo embelesado, con las calles amplias, con las casas suntuosas, con los escaparates llamativos, y hasta con esos rascacielos modernos que se han levantado en las plazas. Por el Paseo de los Condes de Sagasta pasamos veloces, pero no dejé de admirar la pulcritud de los jardines, los edificios bonitos, y todo el trazado del paseo, a orillas del rio, que está encajonado entre los muros de piedra y de cemento. Al apearnos, me quedé extasiado delante de la fachada del antiguo convento de los Santiaguistas. Aquella portada plateresca, aquellas cornisas y líneas y relieves, las cenefas y filigranas labradas en piedra, las hornacinas vacías, los medallones de personajes, toda la cinta del edificio labrado, como por manos de orfebres, y luego la portada de la iglesia, con sus torres, nada más que empezadas, todo me tenía absorto y encantado. Dn. Juan y Dn. Félix hablaban, delante de la puerta con dos soldados de caballería que hacían guardia. Me acerqué a ellos, cuando preguntaban por el conserje del museo, ¨que viene enseguida¨, les contestaron. ¿Y el archivero?. Preguntó Dn. Félix.

– Suele venir más tarde, hacia las doce, sin viene, que nos es seguro.

– Se presentó el conserje que saludó al canónigo, no sólo como conocido, sino con el respeto que merece un superior, obedeciéndole como si fuera un empleado suyo. Después supe que Dn. Félix era uno de los más conspicuos miembros de la Comisión de Monumentos, al cuidado de la cual estaba este rico museo. Miraba yo, atento, a la torre resquebrajada del poniente, y pregunté al canónigo:

– ¿En esta torre estaría preso Quevedo?

– No lo creo. Por la razón sencilla de que esta torre del oeste se hizo mucho tiempo después de la prisión del gran satírico montañés, de quien se dicen y comentan las leyendas fantásticas, y hechos que no tuvieron realidad. Quevedo estuvo aquí preso varios años, pero en una prisión cómoda. Podía pasear por el claustro y jardines, y entrar en las huertas, y sobre todo, frecuentar la rica biblioteca, en la que había libros de todas las clases, con lo que el cautiverio se hizo llevadero, y hasta entretenido. Pero no divaguemos. Si han de aprovechar el tiempo, vamos al Museo.

Entramos en un zaguán elegante, y a la derecha, por una cancela, penetramos en el claustro lleno de piedras rotas, de lápidas escritas, de trozos de estatuas y sepulcros, con poco orden colocados.

– No habrá, en toda España, un Museo instalado en edificio tan lujoso, como éste, -le pregunté-

– ¡Si fuera propiedad del Museo!. Pero la Comisión Provincial de Monumentos a la que pertenezco, y a la cual está encomendado este rico Museo, está aquí de precario, casi de limosna. No ocupamos más que parte de la planta baja. Este convento, desde la maldita exclaustración del siglo pasado pasó por múltiples veleidades. Fue Instituto, Escuela de Veterinaria, Residencia de Jesuitas desde 1.859 a 1.868, de Escolapios desde 1.879 a 1.888, y desde esta fecha, pertenece todo el edificio al Ministerio de Guerra, que no lo suelta por nada, y hoy ¡qué vergüenza! está ocupado por un depósito de caballos sementales. El Museo está pobremente instalado en las salas orientales de la planta baja, en el claustro, y en los preciosos recintos de la antigua sacristía, en los cuales lucen los trabajos artísticos de ambos Badajoz.

– ¿Tiene mucha importancia arqueológica este Museo? –Preguntó Dn. Juan-.

– Mucha, hombre, mucha. En Epigrafía será el segundo, después del de Tarragona. Nosotros hemos podido reunir, aquí algo de las riquezas artísticas de los extinguidos conventos de la Provincia, de Sahagún, y de Trianos, de Otero de las Dueñas, y de los Bercianos, y sobre todo, de los monasterios de la ciudad, de S. Claudio, de S. Francisco, de S. Isidoro, de la Catedral y de este de S. Marcos. Con celo no igualado, los individuos de la Comisión de Monumentos, como el P. Pita, Velázquez Castrillón, Madrazo, Braña, Giménez, Redondo y Mingote, entre otros, pudieron recoger, con donaciones particulares, y con compras, objetos de Lancia, de Sahagún, de las murallas de León, y de excavaciones hechas en varios lugares, almacenando una gran cantidad de preciosas joyas artísticas y arqueológicas, que están bastante bien catalogadas, por Castrillón y Braña.

Entrábamos por el claustro, y yo me detenía delante de estatuas y mausoleos, mientras Dn. Félix, iba enumerando lápidas y ladrillos con los signos de LEGIO VII. Las piedras –decía- de época celto-romana son muy interesantes. Pertenecen, casi todas, a los tiempos de Augusto, pero, aunque escritas en latín, están dedicadas a tipos indígenas, de raza Astur, como puede verse por los nombres de Boecio, Andoto, Dovide, Bodero, Aramo, Vironio, Ablono, Ambato, Meduce, Aremo, Doidero, Negamo, Vediago, Baleso. Casi todas estas lápidas son de ciudadanos de Vadinia, ciudad que no ha sido localizada, pero que tuvo que estar en la cuenca del Esla, de donde ha venido la mayor parte es estas lápidas, de Crémenes, de Aleje, de Valdoré, de Verdiago, de Liegos, de Sorriba, de Valmartino. Todavía hay sin recoger por esos pueblos muchas lápidas interesantes. Sólo en Crémenes, hay por allí esparcidas más de veinte, tosas Vadinienses; y todas de tipo celta.

– ¿Serían de Romanos, dueños de minas?.

– No lo creo; eran de indígenas, que, o se habían distinguido en las luchas Cántabro-astúricas, o tenían fama como jefes de Clanes, o como expertos mineros, empleados de los romanos. A gentes sin significado social, nunca se dedicaron lápidas lujosas. En toda la montaña leonesa se explotaban minerales de hierro, de cobre, de plata, de cinabrio, por los indígenas, por aquellos Astures de los que dicen Silio y Horacio que eran buenos obreros ¨non impiger Astur¨.

– ¿Y esas estelas y sepulcros romanos?

– Las hay interesantísimas, como prueba de la importancia militar y civil que tuvo, desde últimos del siglo I la LEGIO VII CIVITAS. Son notables las dedicadas a Nerva, quien anduvo por aquí, antes de marchar a Roma para proclamarse emperador, por la Legiones españolas. Miren Vds. la preciosa ara del templo de Diana, dedicada por Quinto Tulio, Máximo, Legado Imperial, el cual, en una cacería por los páramos leoneses, cobró piezas cuyas pieles ofreció a la Diosa. Es un Ara elegantísima, que apareció en 1.863, en la muralla norte cerca de Puerta Castillo, en forma de rectángulo, con un ático, en cuyo centro se derramaban los perfumes ofrecidos a la Diosa Diana. La dedicación está hecha en hermosos versos, que han sido traducidos con gran gusto literario por el P. Fita. Son cuatro inscripciones. La primera contiene la dedicación del templo; la segunda nos cuenta la oferta del Tulio. La tercera nos dice el trofeo, de jabalíes y osos, y la cuarta, otra oferta de ciervos y de caballos salvajes cazados en el páramo leonés.

Esta lápida no sólo honra a nuestro Museo, sino que es una de las muchas y más hermosas que se conservan de la época una en que las letras de los romanos florecían en composiciones elegantes de factura clásica.

Aunque las lápidas y aras votivas que tenemos aquí, sean, casi todas, pertenecientes al culto religioso de los romanos, no faltan monumentos a dioses indígenas, como esta, hallada en la Milla del Rio en 1.816, que está dedicada al Dios Vagodenego, el cual, como el Dios Aerno de los Zoelas, y la Diosa Deganta, en el Bierzo, tenían fervorosos adoradores, no sólo entre los indígenas, sino, también entre los empleados de Roma, como nos lo dicen un Próculo y un Pacato que ofrecen a la divinidad esta ara de la Milla. Miren Vds. esta otra lápida interesantísima, de tipo griego, que apareció en Maragatería, que es un templete rematado por un frontón triangular, y en el tímpano esta leyenda: ZEUS-SERAPIS, lo que prueba que por estas tierra andaban colonias de griegos exiliados de su país, traídos a España, como cautivos de Roma. Para no hacernos interminables, les voy a enseñar una de las muchas lápidas de Crémenes, en la que Aramo, hijo de Abilio, natural de Vadinia, de veinte años de edad, dice que está sepultado allí.

Ahora vamos a entrar en las salas del mediodía, y en ellas, veremos multitud de objetos prehistóricos, y protohistóricos.

– De prehistoria se ha escrito mucho –le dije yo- y conozco mucho el Museo Nacional de Madrid.

– Sí. Se ha escrito mucho, en libros, revistas y memorias, y se ha desbarrado a gusto de imaginaciones febriles, que cuentan los años de la aparición del hombre sobre la tierra, como si tuvieran un cronómetro exacto. Los Racionalistas para desmentir a Moisés, y los católicos para defender el texto del Génesis, andan enzarzados en polémicas estériles, desde hace más de un siglo, sin que haya medio de saber la verdad. Todos cuentan los años por millares y hasta millones, y ahora, parece que la crítica arqueológica, rebaja los años bastante, acercándose a la cronología incierta de la Biblia, en la que Moisés, no nos hace una cronología, sino que nos da datos para fundar una cronología, que terminará por ser la base más segura de la antigüedad de hombre.

– ¿La prehistoria leonesa, es muy antigua?

– Tan antigua como la más vieja de otras regiones de España y del extranjero. Aquí tenemos fósiles de huesos humanos de cuaternario, aparecidos junto a esqueletos de los grandes mamíferos desaparecidos, como señales de que todos perecieron en los grandes glaciares.

Que toda la población humana procede del oriente de Asia, es incuestionable. Que las primitivas razas vinieron hasta el extremo occidental de Europa, en épocas primitivas, parece seguro. Pero ¿de dónde eran, de qué raza procedían estas primitivas inmigraciones?  HIC OPOUS, HIC, LABOR EST, como decía Virgilio. No tenemos datos ciertos; carecemos de pruebas seguras, y todo lo mucho que se ha escrito, está en el aire. Que hasta aquí llegaron inmigrantes por las rutas del centro de Europa, de razas Camitas y Noéticas; que, después vinieron otras oleadas Ligures de Italia, y Bereberes de África, las cuales corriéndose desde las costas de Levante, hasta las faldas de los Pirineos, y se situaron en estas tierras, que ya estaban habitadas por otras razas indígenas, mezclándose con éstas, todo esto se dice, con más o menos probabilidad. Eso, en la época paleolítica y neolítica, que, después, ya en la edad de hierro, vimos aparecer a las razas Celtas, y a los pueblos Iberos, unas veces, fundiéndose, otras en franca competencia, y todos, como los indígenas, en plan de pastores y de cazadores, para terminar en labradores e industriales. Por eso me voy a limitar a enseñarles a Vds. algunos de los muchos objetos prehistóricos que tenemos aquí, recogidos en toda la provincia. Todo se reduce, como en los demás Museos, a hachas de sílice, astas afiladas de ciervo, y bolas arrojadizas, puntas de flecha, utensilios de labranza, armas ofensivas y defensivas, vasijas de barro cocido, y cosas metálicas de bronce, de hierro, de plata, labradas y en forma artística, como dijes, anillos, chapitas de comercio, brazaletes. Como en todos los Museos.

Empezaremos por la sala del artesonado, en la que en vitrinas, hay multitud de cosas en sellos latericios, y en objetos de arte prehistórico. La sala se llama así, por el lujoso artesonado que cubre la bóveda, y que está hecho con pequeñas piezas de sándalo, ensambladas en figuras geométricas, cuya madera procede de donativos hechos por Caballeros de Santiago, que andaban por América, en cargos burocráticos y honoríficos. Todo el artesonado puede verse reflejado sobre un espejo plano, colocado en el centro de la sala.

– ¡Admirable! – le dije yo-. ¿Y esos cuadros de pinturas en lienzo?

– Algunos, proceden de los antiguos monasterios; otros son de aquí, de S. Marcos. Retratos de caballeros célebres como Arias Montano, de Pedro Fernández primer Maestre de la Orden, Obispos que salían de este convento. Hay un cuadro que procede de S. Claudio que tiene interés histórico. Se trata de una procesión, que representa la que se formó cuando Fernando I trajo a León las reliquias de S. lsidoro, en el siglo XI. Hay otro lienzo grande que nos pinta al Papa Alejandro III entregando a los Caballeros de Santiago la Bula de confirmación de la Orden. Todos estos cuadros son de época reciente, del siglo XVIII, y no son modelo de arte.

Al paso que íbamos, llevábamos traza de no salir de Museo en todo el día, y Dn. Félix nos fue enseñando, casi de paso, otra sala lujosa, repleta de cosas catalogadas y estudiadas. Por fin, ya a la una de la tarde, volvimos a salir al claustro, y nos llevó a la soberbia sacristía, en la cual encima de la puerta se puede ver el retrato de Juan de Badajoz, aquel arquitecto genial que tan bellas cosas hizo en la Catedral, en S. Isidoro, y en S. Marcos. En esta sacristía uno de los recintos más lujosos y bonitos de todo el convento. La bóveda dorada, de crucerías recibe luz por seis ventanales, con dovelas artesonadas, y adosadas a los muros, vitrinas llenas de objetos de gran valor artístico. En estas salas, son de admirar, en el testero, la figura de Dios Padre, rodeado de ándeles, y la aparición de Santiago de Compostela. Son dignas de atención la Cruz de Peñalba, un crucifijo de marfil procedente de Carrizo, las imágenes del Salvador y de la Virgen, de Sahagún, el retablo de S. Marcelo, traído de la capilla del Cristo de la Victoria, y el famoso S. Francisco atribuido a Carmona, que es una joya de gran mérito.

Cuando salimos a la carretera, volví yo a mirar a la torre del poniente, que creía yo fuera de la primitiva construcción del convento.

– No, me replicó el canónigo. Esta torre, como toda la fachada desde la puerta hasta el rio se hizo entre los años 1.712 y 1.730, por un paisano nuestro, Dn. Diego González Castañón, natural de Lillo, y según cuentas que he visto en el archivo episcopal, gastó en esta obra 112.000 reales, y dejó otros 109.000 para proseguir los trabajos. Tuvo el proyecto de terminar las dos torres de la iglesia. Está sepultado, cerca del presbiterio. Esta fachada a pesar de estar hecha en pleno fervor churrigueresco, no desdice de la del oriente, hecha a mediados del siglo XVI, y en la que se ve la mano de los grandes artistas platerescos, Doncel, Orozco, y los dos Badajoz, padre e hijo.

– Me preguntaba Vd. por Quevedo, y aunque tenemos pocos datos de su prisión en esta casa, sabemos que estuvo aquí, desde 1.639 y 1.643, perseguido por el Duque de Olivares. Y en S. Marcos fue tratado con todo respeto y cariño, nos lo dice él, contándonos que al llegar al convento, fue recibido con gran cortesía por el Prior y canónigos, y que la habitación que le dieron era espaciosa, clara y abrigada, y eso que llegó aquí, en pleno Diciembre. Debió de estar esta habitación en alguna de las torretas del testero del edificio. Era, entonces Prior, otro leonés ilustre Dn. Alonso Rodríguez Lorenzana. De Dn. Diego González Castañón hay noticias interesantes de su buena administración, pues no sólo desempeñó las deudas del convento que pasaban de 80.000 reales, sino que dejó otros 50.000, y fundó en su pueblo, una Obra Pía. Murió en 20 de Octubre de 1.730.

Eran ya cerca de las dos de la tarde, y Dn. Juan dijo al canónigo. – No le molestaremos más. Los canónigos tradicionalistas como Vd. comen a las doce, y hoy nos acompañará Vd. a comer en el hotel-.

– ¿Y mi pucherete quién lo come?

– Su criada y su sobrina, si es que Vd. no autoriza a ésta a que se siente con nosotros en el comedor.

– De ninguna manera. Pero tengo que avisarla, que no me espere. Como hemos de pasar por delante de la puerta de mi casa, me es fácil decirla que no me espere. Ahora que sí les agradezco que comamos pronto, porque a las tres, tengo que entrar en coro.

– Para Vd., no rigen las horas de moda, para comer y para cenar.

– No. El horario oficial no coincide con las horas de nuestra vida coral reglamentada por el sol.

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– XXVIII –

CHARLA AMENA

Durante el almuerzo, fue Dn. Félix el que sostuvo la conversación. ¡Cuidado que era amena y sugestiva su palabra!

– Vd. que es montañés rancio –le dije- no le he visto en la montaña, en el verano último.

– No. Hice cinca con gran pesar mío. Me habían ponderado las bellezas de Pirineo oriental, y con unos amigos, gaste los días de mis vacaciones veraniegas. Primero fuimos a Roncesvalles, para evocar la gesta de nuestro héroe legendario Bernardo del Carpio, el cual, con sus leoneses causó la gran derrota de los capitanes de Carlomagno. Mala la hubisteis franceses, en esa de Roncesvalles.

– ¿No ha más que leyenda en esta andanza del joven leonés?

– Todas las leyendas suelen tener fondo histórico. La que se cuenta de Bernardo, tal como aparece en el Romancero, tiene mucho de fantástica, producto de la imaginación del pueblo, que, ya de antiguo, sintió contra los franceses repulsión y casi odio. Pero la leyenda se funda en algo concreto que tuvo realidad histórica. Y esa de Bernardo de Roncesvalles nació del descalabro de Roldán, que venía a León, quizá llamado por Alonso II para pelear contra los moros. Pero aquellos leoneses, como los de la época de Napoleón, como los de ahora, no podían ver con buenos ojos la  intromisión extranjera en los asuntos nacionales, y por eso, capitaneados por el sobrino del Rey, deshicieron al ejército francés en los desfiladeros de Roncesvalles. El sitio se presta a emboscadas trágicas, y aquella abadía conserva aún el recuerdo de las huestes de Carlomagno.

– Después fui a Jaca, a S. Juan de la Peña, cuna de la monarquía aragonesa –que merece verse-. Y pasé varios días, en el poético y delicioso valle de Arán, que quieren compararlo a nuestra montaña del Esla.

– ¿No se puede comparar?

– Hombre, vamos por partes. Aquello es bonito; los picos se cortan en agujas, los montes son frondosos, y la campiña está entapinada, y verde y florida en pleno verano; los arroyos y riachuelos ruedan en cascadas preciosas; los ganados medran con aquel ARVIO aromático, lo mismo que en nuestra montaña, pero, con ser todo el valle de bellos paisajes, les falta mucho para equipararlo con Riosol, por ejemplo. La montaña nuestra del alto Esla, desde la Jahariz –cuyo nombre suena como un hito que detuvo a todas las invasiones árabes desde Meza a Almanzor- las peñas se cortan verticales, para dar paso a ese rio undoso y reñidor, y más arriba, los escobios calizos y areniscos, como el del Pajar del Diablo, parecen tajados por titanes, y labrados en épocas geológicas para que no  entren allí, ni traidores ni extranjeros. Después, empiezan oasis preciosos como el de Cisnarios, con el Esla remansando en tablazos, como si no quisiera salir de paisajes que le convidan a descansar en orillas floridas, y en pozos esmerilados de cuarzo. Yo, siempre que viajo por allí al detenerse el coche, me apeo, me arrimo al muro para extasiarme delante de aquel cuadro de soberana hermosura, que está de frente. La vega fértil, el matizo enmarañado de robles enanos, las sierras que se retuercen y contorsionan, como si los eruptos volcánicos quisieran tapar a los raigones silíceos, de formación primitiva, para levantar a aquella concha de Pico Alio que no tiene nada parecido en todo el macizo de los Pirineos orientales.

Después, las angosturas de las Conjas, y del Envestido, la ventana colosal de Bachende, para que veamos todo el horizonte ancho y hermoso de Riángulo, en la confluencia del Bierón y del Esla. Y más arriba los bruscos de conglomerado de Torteros, que nos abren, a la izquierda, el poético valle de Baradón, con sus montes riquísimos, con S, Pelayo y Mirva y Monte Cotado, que parecen tapices de variados colores, y van marcando el anchuroso valle hasta Maraña, para rematar en ese anfiteatro colosal de Riosol de belleza y riqueza pecuaria, que no hay nada que se le pueda comparar.

– Sí. Me gustó mucho el valle de Arán. Es bonito. Pero le falta mucho para parecerse a Riosol.

La elocuencia del canónigo me tenía embelesado.

– ¿No podía Vd. –le dijo Dn. Juan- dedicarnos la tarde a ver la catedral? ¿O es pecado perder el coro?

– Perder el coro es una falta nada más, y está castigada con la pérdida de distribuciones.

– ¿Y eso qué es? –pregunté yo-.

– Muy sencillo; la paga de los canónigos se divide en tres partes, y una tercera se da a los que asistan, y la parte de los que no asisten, se distribuye entre los que están físicamente presentes.

– Me gusta esta sanción. Si se empleara en las Oficinas del Estado, no habría esa ausencia escandalosa que retarda el despacho de los negocios, con gran disgusto de los pobres paisanos que, a lo mejor, tienen que perder días en la ciudad, para que los burócratas brillen por su ausencia en las oficinas.

– Eran ya cerca de las tres, y Dn. Félix accedió a perder el coro, pero no podemos ver la catedral –nos dijo- hasta pasadas las cuatro, hora en que suelen terminar el coro. No está bien que yo ande por allí, mientras mis hermanos cantan los maitines. Como Vds. piensan volver otro día, ¿no les parece preferible que dejáramos, hoy, la catedral, que precisa días para conocerla algo, y volviéramos a S. Marcos, en donde Patricio encontró motivos de deleite delante de la fachada?

– Me parece bien –le contesté yo-. Porque hacer las cosas a medias, es perder el tiempo, y quisiera saber algo de aquel edificio plateresco, cuyas paredes de orfebrería merecen ser estudiadas y descritas por un cicerone tan erudito como Dn. Félix. Subimos al coche y el canónigo nos llevó detrás del convento de S. Isidoro para que viéramos algo de las antiguas murallas romanas con sus cubos y torres, con sus aspilleras, terrazas, en la que trabajaron ejércitos de obreros indígenas sacando morrillos de los dos ríos, y llevándolos en cadena, de esclavos, hasta los depósitos en donde eran mezclados con una arena finísima acribada y con una cal cernida, y filtrada con cuidado. Este era, también el camino de las peregrinaciones medioevales a Compostela –nos decía el canónigo-. Por aquí pasaban aquellas riadas de devotos, y de turistas – diríamos hoy- con sus rezos y canciones, con sus danzas, y sus taras infecciosas, entretenidos en el viaje, largo y molesto, con música de los juglares alegres y con los versos de poetas asalariados que traían los grandes señores feudales de Alemania y de Francia.

Las oleadas de peregrinos, desde el siglo XI, tenían que venir, hasta con defensas militares, para librarse de ladrones y malhechores que solían guarecerse, en los montes Bercianos de Valcarce, o en los páramos y brezales que abundaban, desde Navarra hasta Galicia. Y eso que aquel gran Rey Alonso VI, en los primeros días de su reinado, dictó una disposición humanitaria y cristiana en la que mandaba defender a los peregrinos en la zona de Valcarce. Y no sólo hubo que legislar, en forma policiaca, sino que fue preciso construir puentes y calzadas, a orillas de los grandes ríos, en donde los peregrinos tenían que detenerse, a la fuerza, en épocas de grandes crecidas fluviales, y en estas forzadas mansiones, sin higiene, con gérmenes infecciosos de lepra y de tuberculosis, las enfermedades eran un azote cruel que mató a millares de peregrinos. Por eso vemos que a orillas de estos ríos leoneses, en Sahagún y Mansilla, en Villarente y en el Castro de los Judíos, en León y en el paso famoso del Órbigo, se levantaron hospitales, leprosarios, casas de hospedaje gratuito, para comodidad de los viajeros. Aquí, en León, hubo una hospedería para leprosos, a la entrada, la de S. Lázaro, en el barrio de Santa Ana, y otra hospedería, a orillas del Bernesga, al pie de una vieja ermitina llamada de S. Marcos, con eremitas y cenobitas dedicados a atender a los peregrinos, y pronto vimos que estos cenobitas no sólo atendían a las necesidades de los peregrinos enfermos, sino que los defendían y acompañaban, en la travesía, para protegerlos contra robos y asesinatos.

Ahí tienen Vds. cómo nació este convento de S. Marcos de León, el cual, al finalizar el siglo XI, cuando, después de las Cruzadas a Palestina surgieron las Órdenes Militares, en León, capital del reino más importante de España, varios caballeros leoneses se congregaron bajo regla monástica, para facilitar las peregrinaciones a Compostela, y a defender, con medicinas, alimentos y armas a los peregrinos. En tiempos de Fernando II y de su hijo Alonso IX, hay multitud de documentos en los que se habla de esta casa de S. Marcos, y en uno de ellos he leído la donación que hacía el linajudo y opulento Obispo Albertino, para construir un puente ¨junto a la hospedería de S. Marcos¨ gobernada por Suero Rodríguez, con ¨sus compañeros¨. Poco después, se localizó, aquí, la nueva Orden Militar de los Caballeros de Santiago, y desde S. Marcos de León se extendieron por Extremadura, y fueron auxiliares poderosos de los Reyes, contra la morisma. No era suntuosa ni artística esta hospedería – convento, a pesar de ser la matriz y resistencia ordinaria de los Caballeros de Santiago, que crecieron tanto en riquezas y poderío. Hasta fines de siglo XV, no se habla de la construcción de un edificio nuevo, y fue Fernando el Católico el que encargó al arquitecto Larrea hacer el proyecto de una casa, digna de la mansión de tan excelsa Orden Militar, pero hasta el año de 1.537, no se empezó la obra, que había de culminar en este grandioso monumento, que por varias vicisitudes, no se terminó hasta 1.719. Y aún quedó sin concluir parte del proyecto, como las torres de la iglesia.

– Sin pestañear oía yo la erudita conversación del canónigo, y al apearnos frente a la puerta de la casa de los peregrinos, para dejar el coche en la plazoleta, fuimos acercándonos a la portada de la iglesia, en cuyo pórtico Dn. Félix continuó su interesante charla.

– Esto –nos decía- es un fragmento de edificio. Ya ven que las torres no están más que empezadas aunque, por fortuna, el templo sí se terminó. La portada ostenta un arco de medio punto rematado por un friso, y balaustrada, como repisa de la azotea. En los muros laterales hay muchos que cobijan escenas de soberana belleza plástica, la Crucifixión y Descendimiento de Cristo. Son dos relieves de Orozco de gran valor escultórico. El Cuerpo del Divino Crucificado, al ser descendido de la Cruz, no está rígido, como cuerpo muerto, hace tiempo, sino que es un cadáver flexible que cuelga los brazos y piernas, y encorva el cuello como si acabara de expirar. Los adornos de todo el pórtico, son frontispicio triangular, con dos heraldos que sostienen el escudo imperial de Carlos V, como prueba, de que, entonces se hacían estos relieves y adornos. El interior de la iglesia, es de planta latina, con muchas capillas laterales, y una sola nave y un coro alto, en el que aún podemos admirar las taraceas hermosas de Doncel, que pueden hombrarse con las tallas más afamadas de los coros catedralicios de estilo gótico. Hoy tenemos cerrada la puerta, y no podemos ver nada del interior.

– Seguimos admirando la fachada que tiene, como ven –nos decía el canónigo- dos cuerpos; el bajo con ventanas y pilastras platerescas, y el principal, con columnas abalaustradas, y nichos y repisas para colocar estatuas.

– Que no están aquí –le repuse- ¿Padecerían en la vandálicas revoluciones demagógicas del siglo pasado?

– No. Las estatuas no fueron colocadas nunca. Miren Vds. los frisos cubiertos con labores finos y suntuosos, los medallones y relieves con figuras de personajes míticos e históricos, y de Maestres de Santiago. La portada central es soberbia. Cuatro columnas flanqueadas por el arco semicircular cobijan la figura de Santiago luchando con los moros para terminar en un ático coronado por la imagen de la Fama. Las fechas de esta magnífica obra de imaginería, tallada en piedra son de 1.514 a 1.541, la parte de oriente, y el ala izquierda, hasta el rio, obra, como dije del siglo XVIII, de nuestro paisano Diego González Castañón.

– El Argentino se impacientaba, un poco, porque la tarde iba cayendo, y teníamos que regresar de día, guiaba él el coche, y no quería exponerse a incidentes.

– ¿No dice Vd. Dn. Félix que piensa ir pronto a la montaña?

– Sí, a fines de mes.

– Entonces, le espero en Cisnarios para la fiesta de S. Juan Degollado.

– Bueno; me puede Vd. esperar en ese día.

– Y con un apretón de manos, nos despedimos de aquel canónigo, todo bondad, que sabía de cosas de León y las decía y contaba con amenidad y erudición.

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XXIX –

LA FUNCIÓN DE S. JUAN EN CISNARIOS

Había presenciado yo la función de S. Juan Degollado, en el verano anterior, pero me parecía que ésta iba a ser más que una fiesta alegre, que rebasaba el marco de las otras similares, en los pueblos vecinos.

La función de este año prometía ser, por los preparativos, una cosa extraordinaria, sonada, porque las pesetas de Dn. Juan daban para espectáculos nunca vistos, y fui, yo, uno de los mozos del pueblo, quien hizo el programa de fiestas, en el que no faltaban los partidos de bolos, los consabidos aluches, y los bailes al aire libre, al son de músicos traídos de León. Había también regatas y chapuces y cañaliega, en el rio grande, y hasta un cine gratuito, que fue la alegría y el placer inenarrable de viejos y de chiquillos. No nos preocupaba a los organizadores, más que el tiempo, que empezaba a ser variable, y que podía terminar en lluvias y ventiscas.

La función religiosa en la ermita del Santo, también prometía ser solemne no sólo por la concurrencia de fieles, sino por el predicador que habíamos invitado, a Dn. Félix, el canónigo leonés que tanto me había gustado en nuestra última excursión a la ciudad de Ordoño. No se excusó, sino que me decía en carta, que será, para él, montañés de cepa y de ¨nacencia¨, un honor que agradecía, aunque su palabra no fuera digna del entusiasmo y de la cultura de Cisnarios y de Cornuario, los dos pueblos propietarios de la ermita.

La función duró tres días, y la afluencia de forasteros, y la cooperación de los vecinos, hicieron que Cisnarios viviera unas horas de jolgorio como no se habían conocido en ninguna villa populosa de la montaña. La víspera, por la tarde, ya estaban todos en plan de fiesta, colocando gallardetes, y faroles trenzados de papel en colores, y cortando enebros y ramaje y cintas de yedra para engalanar las calles, y adornar, con gusto el pórtico románico de la iglesia. Dn. Juan fue con su coche a traer a Dn. Félix, a quien hospedó en su casa, y por la noche, ya era todo fiesta en el pueblo. La música de León y el tambor de los mozos, no cesaron de sonar un momento, hasta las doce, hora en que el alcalde dio orden de retirarse a todos.

Bien necesitaban de descanso los nervios de la chiquillería revoltosa y enloquecida, y las mozas que no habían cesado de bailar, al recogerse a casa, se encontraron con las madres que andaban afanosas, preparando morcillas y adobos para obsequiar a los forasteros. Muchas, no se acostaron, en aquella noche, haciendo rosquillas y mantecadas, y paliduchas, pero para la hora de la Misa en la ermita, ya estaban todas emperejiladas y frescotas, y algunas, con ganas de cantar la Misa, en coro con los mozos. Pero se impusieron los vecinos, y se cantó la Misa solemne, a dos voces, de bajos y tenores, la cual, por cierto, me pareció de mejor sonoridad que la oída, bajo las bóvedas del templo de Cisnarios. El sermón fue una preciosidad, una pieza oratoria digna de ser publicada.

Que Dn. Félix era orador de campanillas, lo tenía probado en León, en las grandes solemnidades catedralicias, en las que siempre, se le elegía para predicar en ellas. Tenía una voz clara, una entonación serena, un decir fluido, y los ademanes, sobrios estaban en armonía con la palabras elocuentes que salían de su boca, esmeriladas y precisas. No nos hizo un sermón panegírico del Santo. Apenas se refirió a aquella escena evangélica en la que el Precursor fue decapitado, por atreverse a predicar, con valentía, contra las costumbres de un palacio corrompido, y contra la lascivia e impudicia de una bailarina, querida y escandalosa de un rey nefando.

Casi toda su peroración fue una disquisición histórica acerca del origen de esta ermita de SANTIBAÑEZ – Sancti Joannis-, que, en un principio debió de ser hasta el siglo IV, un Fano gentilicio, convertido en santuario cristiano, como casi todos los eremitorios dedicados a la Virgen, en esta montaña, al dar Constantino, la paz a la iglesia, o quizá después en tiempos de Teodosio, quien abolió el culto gentílico, y mandó dedicar al culto cristiano todos los templos gentílicos del Imperio.

– Es una lástima –decía- que no podamos tener las piedras y lizazas de la vieja ermita. Habéis hecho, con ellas una herejía artística, destruyendo un eremitorio sencillo y pequeño, como eran los fanos de los gentiles, para levantar esta habitación que no tiene trazas de templo y que se asemeja a un invernal de vacas. Los que conocimos la antigua ermita, no podemos menos de lamentar su desaparición, porque ella tenía, en su suelo, en sus muros, en sus ventanas, toda la pátina del tiempo, todo el sabor viejo de edificio antiguo y sagrado, en el que dieron culto religioso aquellos mineros Astures que destriparon las bolsas de cobre, en estas sierras y perforaron con cuñas de tejo, mojadas en vinagre, los filones de hierro de estos cerros y de estas vallinas, y nos dejaron, como testimonio de sus trabajos mineros esos escoriales que aforan, en el camino, y esa multitud de lápidas funerarias que aparecen por todo el término de estos pueblos. Y en este Fano primitivo, ofrecían sus votos unos mineros que adoraban a un Dios Desconocido, y no se mezclaron, jamás con las prácticas idolátricas de los invasores romanos. Después, este Fano fue un templo cristiano dedicado al Bautista, uno de los santos que más culto tuvo en los primeros tiempos del cristianismo.

Cuando vengáis aquí, en días solemnes, o cuando andéis por estos parajes, las faenas agrícolas o pecuarias, no os olvidéis de vuestros mayores que venían aquí a templar el alma con el recuerdo glorioso de un mártir, cuya bravura y valentía desafiaron las iras de los poderosos de la tierra, manchados con todos los signos de ignominia. Aquí podéis aprender a resistir a las tiranías, a copiar virtudes cristianas que tanta falta hacen en los tiempos que corremos, de disipación materialista.

Todo el sermón fue eso, un recuerdo del tiempo viejo; una memoria erudita de lo que fueron estos campos, primero, nidos de mineros, y después, suelo de labores agrícolas y de pastos de ganado. Cuando salimos de Misa, y el gentío se desparramó por la pradera, empezó la música a tocar piezas modernas de valses y de boleros, y me pareció que esto era una profanación, que debía ser sustituida por el tono bravo ronco del tambor tradicional. El Argentino estaba entusiasmado con el sermón y camino abajo, oímos comentarios sinceros sobre lo que dijo el orador acera de ¨la barbaridad que habéis hecho con la antigua ermita¨

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– XXX –

EL ALUCHE

Estaba invitado a comer en casa del Argentino, en compañía de Dn. Félix y también, en la mesa, fue éste el que hozo e gasto, en la conversación. Nos habló, con entusiasmo del origen es estos pueblos, que empezaron por ser residencia de Clanes, cuyos Jefes dieron nombre a la mayor parte de estas aldeas. Todos estos Clanes, al venir los Romanos, se llamaban Astures Lancienses; astures porque procedían de una raza inmigrada, acoso de Liguria, siglos antes, y Lancienses, porque el tronco de estas familias estaba en la cuidad y castro de Lancia. Y cuando Lancia fue evacuada y tomada por la traición de los G. Brigecinos, y por la fuerza avasalladora de los ejércitos de Carisio, toda la zona llana de los Astures se despobló, y se superpobló la región montañosa, en donde los Astures se prepararon para una revancha esperanzadora.

La política de los Romanos pudo más que el ejército, y fue infiltrándose suavemente, en las zonas conquistadas, por el comercio, por la industria y por la lengua latina que era más dulce que la indígena, y sobre todo, con la tolerancia para las costumbres y la religión de los invadidos. Además; a los romanos, señores de casi todo el mundo, no les interesaban los terrenos de labrantío, ni los inmensos pastizales de España; sólo buscaban minerales, y en la explotación de minas concentraron todos sus trabajos. Por eso, aquí, todo el campo fue propiedad comunal, no del Estado, sino de la aldeas, y con un régimen jurídico, basado en las costumbres, siguieron siglos después, sobre todo, cuando sobre el imperio romano cayeron, como nube asoladora, los Godos y los Árabes, los cuales, como no lograron entrar en estos valles montañosos de Vasconia, Cantabria, y Asturia, disfrutaron sus habitantes de paz relativas, en su modo tradicional de vivir, bajo unas leyes consuetudinarias, que aún perduran en sus fundamentos tradicionales.

Y al incorporarse estas montañas al movimiento salvador de Pelayo, y de los primeros Alfonsos, formaron parte del nuevo Estado Asturleonés, para conservan su autonomía, que no se alteró más que en la propiedad privada de tierras y prados que se fueron concediendo a los Condes y Militares distinguidos, que reconquistaban y repoblaban las zonas llanas. Por eso, aquí, está poco arraigada la aristocracia, y un poco más extendida vemos la propiedad monástica, en Abadengos como el de Sahagún que llegó a tener en esta montaña casi todo el terreno laborable, varios montes y algunos pozos del rio, en los que la pesca de trucha era abundante y fácil.

Yo abandoné pronto, la casa de Dn. Juan porque me esperaban los mozos, compañeros míos en la preparación de festejos, y los encontré en la plaza, en el juego de bolos, que no estaba muy animado.

– ¿Ya tendréis todo preparado para el aluche? Les pregunté.

– Casi todo, pero nos falta lo principal.

– ¡Cómo!. ¿Los luchadores?

– No, de eso tenemos inscritos más de cincuenta, de todas partes, de la ribera, de Trascollada, de Alión, de Riángulo. Surtieron efecto los carteles que mandamos a todos los pueblos.

Entre el grupo de mozos, estaba el Alcalde con el bastón de empuñadura de oro y borlas de seda, el cual acababa de tener una disputa con mis compañeros de comisión.

– Lo que te dije, que nos falta es el sitio del aluche. Este Alcalde se ha puesto un poco tonto y se empeña en llevarnos a las camperas de la ermita.

– Como siempre –contestó el Alcalde-. Y mientras tenga yo este bastón se ha de cumplir la costumbre.

– Pero es preciso razonar. En la pradera de la ermita no se va a caber, y las chicas al volver, por la noche, se ponen perdidas de polvo en un camino pedregoso y sucio. Por otra parte, los vendedores de fruta y de dulces se resisten a subir, y nos pidieron, por favor, que hagamos la función en las eras.

-¿No te parece que debiéramos de cambiar el sitio?

– Lo dicho, dicho está. La función de S. Juan se ha de hacer, como siempre, en la ermita, o no hay función.

– Pero veo poca gente en el juego de bolos.

– No te preocupes. Están metidos en las casas y en los bares, verás cómo salen como conejos, porque ya va siendo hora de ir, poco a poco a la ermita.

– ¿Tenéis ya elegido árbitro?

– Habíamos pensado en Dn. Juan, pero se negó porque le gusta más andar por todo el corro oyendo comentarios y disputas y chistes, que no suelen faltar. Arbitro será este Alcaldazo terco. Lo hará bien, porque es muy recto y fue buen luchador hace años, y como tal, conoce al dedillo todas las mañas y zancadillas de los luchadores.

– El Argentino tenía al coche a la puerta. ¿Pero vamos a subir en coche? -Le pregunté-. Si hay poco más de un kilómetro.

– No importa; van también Pilarín y Maruja, y hay mucho polvo en el camino. Además, presumo que nos ha de hacer falta el coche, por los faros que pueden alumbrar e corro, cuando anochezca. Con que a montar, Vd. y las mujeres atrás, y Dn. Félix, conmigo en la delantera.

– Al sentarme, observé que Maruja estaba ojerosa y pálida. ¿Hoy bailarás, Maruja?, -la dije-.

– Para bailes estoy yo. No pensé venir pero Pilar se empeñó en sacarme de casa, en donde estaba mejor, meditando en la tormenta que se echa encima.

– Pues tú, las tormentas la sueles capear con ese pararrayos espiritual que tienes de conformarte con la voluntad de Dios.

– ¡Ay!. Si no fuera Dios, ¿Qué sería de mí?.

– Al apearnos en la pradera, Dn. Juan y Dn. Félix fueron a sentarse en los poyatos de la sierra y yo acompañé a las mujeres, hasta el baile, en donde las obsequié con caramelos y uvas. Ellas se sentaron en un ribazo se la campera y yo me fui a charlar con los mozos de la comisión. Poco a poco, iba engrosando la concurrencia. Cuadrillas de mozos, cantando, grupos de chicas acicaladas y vestidas de múltiples colorines; chiquillos mordisqueando peras, y no pocos viejos, con cachas de espino, en la mano, y cigarro renegro en los labios. No os haré mucha falta –dije a mis compañeros-.

– Como falta, no, pero estarás más cómodo en la presidencia, sentado en silla.

– Prefiero deambular por el corro, en donde se oyen cosas saladísimas, y anécdotas interesantes. Iré, a ratos, con Dn. Juan, porque veo que Dn. Félix está rodeado de curas, y no lo dejarán solo. La música zarzuelera animaba el baile; el público se iba colocando en corro, y unos rapaces, en varias parejas, hacían las delicias del público, con sus ensayos de aluche. Junto a la presidencia disputaban dos viejos, sobre cómo se habían de valorar las caídas. Dn. Juan se impacientaba, porque vio –decía- que lo mejor de aluche va ser de noche.

El corro se había formado, como un gran anillo. Se deshizo el baile, y las muchachas se agruparon en piñas, de pueblo, de familia, o de amistad. Como los toros cuando salen asustados del chiquero, así se presentaron en el centro del corro dos muchachos como de 18 años. Los pantalones remangados, en camiseta y descalzos; se probaron los cintos, se sonrieron un poco y al agarrarse, el árbitro dio la señal de que empezaran. Ambos igualaban en fuerza, y de mañas, dieron pocas pruebas, pues hacían puente, sin más que algún traspié, y algún intento de trabar la mediana. Pero uno de ellos, como si estuviera observando al contrario, dio un tirón, irguiéndose, y levantó al enemigo en una cadrilada bonita, que lo puso de espalda sobre e tapín. Sonaron unos aplausos; el vencedor ayudó al caído a levantarse, y ambos salieron del corro, para que actuara otra pareja. Oí comentarios curiosos.

– No desmiente a la casta –decía un viejo-. Su abuelo tiraba la cadrilada con más rapidez y brío.

– No sé quién es ese mozo.

– Sí, hombre, nieto del zurdo de Primalias, ¿No te acuerdas de cuando luchaba en esta función para llevarse la rosca?

– Tienes razón, se parece al abuelo en el pelo ensortijado y en el tipo esbelto. Con lo que no estoy conforme es con esta moda de ahora, de seleccionar a los luchadores, por pesos, ¡como si fueran novillos!. El aluche tradicional, lo han bastardeado. Lo bonito era que un luchador de poco peso y estatura tumbara a un mocetón fornido y gordo.

Seguían sucediéndose las parejas, y yo, me acerqué un momento a Pilar y a Maruja, que estaba displicente, aburrida, sin arrimarse a sus amigas, ni hablar, apenas, con la señora del Argentino. Esta me dijo que iban a bajar, en seguida, porque Maruja, la pobre, está sufriendo mucho, y no quiere más que meterse en casa, para llorar, a solas.

– ¿Qué te ocurre?

– ¿No lo sabes?. Lo temido y previsto, que su padre se casa con la Bilbaína.

– ¿Pero es posible?. Si me dijo que iba a Bilbao a cerciorarse de si la Verastegui tenía o no caudales para vivir. ¿No ha venido anoche, como lo esperaba Maruja?

– No; la escribió una carta, con una papeleta para que el Cura lea las velaciones. Ya comprenderás la situación de la pobre muchacha.

– Me dijo esto Pilar, casi al oído, en un momento en que Maruja saludaba a un pariente de Lillo, pero, cuando se reunió, otra vez con nosotros, tenía el pañuelo en los ojos, de los que manaban dos chorros de lágrimas que debían de ser muy amargas y causticas.

– No sabía nada, Maruja. Comprendo tu estado de ánimo y las penas que inundan tu alma. Hacéis bien en volver, y yo, como médico, te recomiendo reposo y soledad; que la soledad es una de las fuentes del placer interno. Tranca la puerta; toma u vaso de leche, y a la cama, que todo pasará. Las acompañé unos pasos hasta salir de la campera, y Maruja no cesaba de llorar. Las dije que bajaría con ellas y no lo consintieron.

Al volver al corro, arreciaban los aplausos, por una caída elegante de mediana que acababa de jugar un muchacho de Umbrosa. Dn. Juan estaba nervioso, corriendo de un lado para otro y regalando cigarros a los luchadores de Cisnarios que estaban descalzos y preparados para intervenir. Se acostaba el sol sobre las cumbres de Paramero; voceaban sus mercancías los confiteros y fruteros; en el brezal de enfrente, un rebaño de ovejas, ponían un matiz alegre, como un empedrado de mármol blanco, en suelo pardo y desleído. El aluche llegaba a su periodo más emotivo. Salían mozos corpulentos, de músculos de acero y se agarraban, con otros de la ribera, morenos, enjutos de carne. La lucha seguía indecisa. Pregunté al árbitro y éste era pesimista para los luchadores de la montaña. Son más ágiles y más duchos los riberiegos; saben esperar, y acometer, solapados, sin perder golpe. Los nuestros, como siempre; son más nobles, confían en la fuerza, y a lo mejor, caen, por no mancar, al contrario. La cosa no sé cuándo terminará, pues faltan más de la mitad por luchar. Dn. Juan puso su auto, abriendo una brecha en el corro, abrió los dos focos, y alumbraban como si fuese de día, y era ya anochecido. Así duró la contienda hasta cerca de las once, y por fin el jurado otorgó los premios, de pesados a la montaña, y los ligeros a la ribera.

Se oían truenos lejanos, y por el mediodía, asomaban unas nubes oscuras, rasgadas por relámpagos zigzagueantes. Al llegar a Cisnarios empezó a llover torrencialmente, y así estuvo toda la noche malográndose una verbena alegre de baile y música. Gracias a la lluvia, pude acostarme pronto, y muy temprano, me llamaron para que fuese a ver a Maruja que estaba muy mala. Era Pilar que no se había acostado, la cual atendía a la apenada enferma con tazas de tila y se la ocurrió darla dos granos de Piramidón. Así y todo la enferma deliraba, tenía fiebre, y no prendió los ojos en toda la noche. La encontré recostada, en la cocina, sobre la colchoneta del escaño. La pulsé y noté que el ritmo cardiaco andaba débil, la di el termómetro para que se lo pusiera en un axilar, y al retirarlo ella, marcaba 38 grados y dos décimas. Era alarmante su excitación nerviosa. La obligué a ir a la cama, y la dieron un vaso de leche, porque hacía más de veinte horas que no tomaba alimento. Estaban en la cocina con Pilar, su tía y otras amigas, y la criada que no cesaba de llorar. Esto pasará, -las dije-. Los nervios se alteraron con el disgusto de la carta de su padre, pero, ella sabe conformarse con la voluntad de Dios, que es el mejor sedante de los nervios. Que no la hablen; que no vea la luz, a ver si logramos que duerma, pero no la dejen sola, porque pudiera excitarse de nuevo. Yo volveré al mediodía, y veré si su estado obedece a los calmantes. Desde luego, que Vd. Pilar estuvo acertada, en darla tila y piramidón. Su tía no pudo contenerse, sin lanzar improperios contra el veterinario, único causante de la enfermedad de su sobrina. Dios no puede perdonar –decía- a los asesinos de sus hijos, y todo por esa pendona que no tiene el diablo por dónde cogerla.

Cuando volví a las doce, no la vi, porque me dijo la criada que estaba dormida. Pues no la despierten aunque la dure el sueño doce horas. Por la tarde subí a la alcoba, y la encontré sentada en la coma, y tranquila, pero la fiebre seguía alta. Pilar me aseguró que había tenido un sueño reparador, y que la habían dado otro vaso de leche caliente, y un caldo de gallina. No está mal –la contesté-. Ahora, lo que necesita es tranquilidad y reposo, sin hablar. Espero que esta noche disminuya la fiebre, y entonces mañana, podrá levantarse un rato, pero mucho cuidado con hablarle de su padre. A los dos días hacía vida ordinaria, y estaba serena como si no la hubiese pasado nada. Pero a mí y a sus amigas se nos presentó un problema serio. Estaba decidida a ir a la boda de su padre.

– ¿Pero va a ser pronto? –la pregunté-.

– Sí; la semana que viene. Tienen dispensadas las dos velaciones. Ya haré de tripas corazón, y pase lo que pase. Me acompañará un tío, hermano de mi padre.

– Eso, de ninguna manera. No la dejamos ir –la decía su tía-.

– Corre peligro de que los nervios se vuelvan a excitar –añadía Pilar-.

– Pues yo, como amigo, te digo, Maruja, que no debes de ir, y como médico, te prohíbo que vayas…

– ¡Es mi padre!, replicaba ella. Aunque caiga desmayada en la escalinata de Begoña, aunque me cueste la vida, no debo olvidar los deberes de una hija. Iré, con gran dolor de mi alma, pero, ¡es mi padre!.

– ¿Y si tuvieras todavía fiebre, irías?

– En este caso, cumpliría con la voluntad de Dios.

– Pues yo te aseguro que los trastornos nerviosos que tuviste, no desaparecen en pocos días, y ahora que te parece que estás buena, tienes, aún, fiebre alta y el corazón débil. ¡Conque, atrévete!

– Es mi padre, es mi padre, contestaba nerviosa.

– Fue Dn. Juan, a quien ella respetaba mucho, el que la convenció de que no debía de ir, y para animarla, la prometió, para después, un viaje, en su coche, si quería ver a su padre en su nueva residencia de Bilbao.

– Después, no; después, no. ¿Cómo voy a ir yo a casa de esa mujer?. Y si vinieran acá, irían a la fonda, que esta casa es mía y en mi casa no consiento que ponga los pies esa sinvergüenza.

Volvió de Bilbao el hermano del veterinario, de asistir a la boda de padrino, se detuvo, unos días en casa de su sobrina, que ya estaba casi curada de su excitación nerviosa. Por éste supe que el nuevo matrimonio, se instalaría en Portugalete, en un comercio de materiales de marina que les había puesto el padre de la Verastegui.

– Tu padre –le decía a Maruja- encantado, porque ya sabes que, siempre fue más aficionado a los negocios mercantiles, que a su carrera. Si ella se contiene en sus despilfarros, y él sabe trabajar en el negocio, pueden vivir felices.

– ¡Felices!. Eso, no lo crea, contestó Maruja. Con esa mujer, no hay quien pueda vivir feliz. Es derrochadora, insaciable en sus apetitos sexuales, y mi padre, ya cincuentón, no la va a hartar. Antes de dos años se divorcian.

– ¿Y la Chonina? Pregunté al tío de Maruja.

– Oí que continuaba recluida en un convento de monjas que se dedican a reeducar a las jóvenes extraviadas.

– Sale a la madre, porque el abuelo, tengo entendido que es un hombre trabajador y honrado, y por lo que hace a su padre, todos dicen que fue un militar pundonoroso, que murió como mueren los mártires y los héroes.

Tu padre vendrá unos días a liquidar sus contratos de veterinario, y de paso, a entregarte toda la hacienda que heredaste de tu madre. Procura estar con él atenta y cariñosa, porque el desgraciado, bastante cruz es la que ha cargado sobre sus hombros. Y ahora que ya estás repuesta, ¿por qué no vienes conmigo, a pasar unos días con tus primas?. Después viene el invierno, y no es cosa de andar por esos caminos de barro y de nieve.

– Por ahora, déjeme gozar de mi soledad. En mi retiro, espero vivir tranquila, sin ajetreos de labores, sin temores de nuevos ataques de nervios. Tengo a mi tía que me quiere como a una hija, y no me faltan amigas que me acompañan.

– ¿Y no tienes algún amigo, como el médico que suele acompañarte con frecuencia?.

– Bien conozco la indirecta que me lanza, pero estoy curada de espantos. Esto que Vd. sospecha, no es más que una de tantas murmuraciones que corren por el pueblo. El médico es eso, nada más que eso. Un buen amigo, y un buen médico.

– Porque no murmuraran, veía yo, pocas veces a Maruja, y después de marchar los Argentinos, en cuya casa solíamos charlar algunos ratos, procuré esquivar su compañía, hasta ver si ella se decidía, con mis desdenes, a cambiar de rumbo. Su tía no la dejaba ni a sol ni a sombra, y su primo Jandro tampoco desperdiciaba ocasión de hablar con ella a solas. ¿Era que mi pleito estaba perdido?. Dicen que los amores contrariados son estímulos y acicate, para insistir en los combates amorosos, y yo empecé a sentir los espolazos de los celos con gran intensidad y contumacia. No se lo decía a nadie, ni siquiera a Antonio, mi confidente de mis mayores secretos, pero fue Antonio el que me abrió, de nuevo, las esperanzas asegurándome que a Maruja no le gustaba su primo Jandro.

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– XXXI –

LA MARCHA DE LOS ARGENTINOS

Acompañando a los Argentinos, fui con ellos a Madrid. Los despedí en Barajas, con gran sentimiento mío. Él iba ansioso por saber cómo andaban los negocios de sus fábricas de productos químicos, y de sus haciendas del campo, en donde tenía varias granjas, una de ellas, llamada Crémenes. Estaba seguro de que sus hijos no se descuidaban, pero quería él intervenir en balances, enterarse de pedidos y facturas, y ver las cotizaciones en los mercados. Ella marchaba con gran sentimiento, no sólo por dejar a su querida España, sino por ausentarse de Cisnarios, en donde los recuerdos juveniles, la amistad con Maruja, y las cosas pueblerinas la tenía encantada. ¿Volverán Vds. en el verano que viene? –les pregunté-.

– Es difícil –me contestó Dn. Juan-. Si venimos cada dos años, no es poco. En el verano próximo, vendrá algún hijo mío, que todos sienten apego a mi pueblo.

– Al subir al aeroplano, estreché con efusión la mano de Dn. Juan, y ella me dijo, con una ironía que me intrigó:

– A ver si lo encontramos a Vd. a la vuelta casado en Cisnarios.

– Bien sabe Vd. que cada día hace más frio.

– Pues yo le aseguro que en la huerta de Maruja, empiezan a madurar las peras.

– Al volver a Madrid se me encendieron, de nuevo, los deseos de charlar con Maruja, y sentí una inquietud, en el alma que no me dejaba pensar en otra cosa. Tenía yo en Madrid amigos y parientes, con los que me escribía, con frecuencia, y pensando estar en la Corte, se me hacían los días fugaces y cortos, en los cines y teatros, en las tertulias de los cafés, en los paseos platónicos de una juventud bulliciosa y divertida. Previendo un invierno largo y nevoso como el anterior, compré muchos libros de medicina y de literatura, y con mis amigos, cambié impresiones sobre la vida en Madrid, vida, cada vez más ligera y voluptuosa, propia de ciudades cosmopolitas, llenas de dinero y de placeres. Mis amigos, con rara unanimidad, no se explicaban que me hubiera recluido en una aldea de montaña, reprochándome mis aficiones y gustos.

– Me detuve menos días de los que pensaba, porque la idea de tantear, otra vez, el tema de Maruja, me tenía obsesionado.

Cuando llegué a Cisnarios, pregunté a mi Practicante que como andaba de enfermos.

– No se muere nadie –me dijo-. Sólo el tío Macario se va acabando como una candela de cera.

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– XXXII –

EL TÍO MACARIO

Era un hombre viejo con quien me gustaba pasar muchos ratos. Sentado en el poyo de la piedra que tenía el lado de la puerta de su casa, me hablaba del tiempo pasado, sacando del almacén de su memoria fresca noticias y sucesos, que, en lenguaje limpio y correcto, me intrigaban como una novela, y me instruían como una historia. De estatura regular, ancho de pecho y de espaldas, tenía una cabezota redonda, con todo el pelo un poco rancio en el casquete cerebral y un frente lisa, sin arrugas, y unos ojos apagados hacía dos años, y un decir ameno, con lun voz cavernosa de chantre de catedral. Con lo que supe por él mismo, y lo que me dijeron otros viejos del pueblo pude recoger datos (…) para hacer una biografía interesante de este anciano (…) de Cisnarios. Fue, toda la vida  muy aficionado a leer, y a (…) iglesia, y aunque carecía de dinero, para comprar libros que veía. Estudió cuatro años, latín, en la cátedra de Loides, y como su padre carecía de recursos para mandarlo al seminario tuvo que agarrarse al cayado de pastor y al hacha de maderero, para sostener y mantener a sus padres pobres, y a su mujer y ocho hijos que Dios le había dado. No fue muy trabajador pero las labores de su oficio de labrador, las cumplió sin prisas y sin agobios. Le gustaba mucho cantar en la iglesia, en las grandes solemnidades, y en las Misas de Réquiem y funerales. Por el tío Quico, un poco menos viejo que el tío Macario, supe anécdotas suyas curiosas, trances apurados de su vida económica, llegando a tener COSAS, que en los pueblos, suelen ser base y fundamento para que se forjen leyendas o historias.

Me había hablado muchas veces de él Teógenes el de Umbrosa quien lo tenía como un caso típico de la raza, de aquella raza austera y sobria, inteligente y justiciera, de los antiguos Astures.

– Había que oírle –me decía Teógenes- cantar. En la Misas de difuntos, hacía unos retorneos, en el PARCE y en el TEDET, que atronaban. Él dirigía la Misa solemne en los días de repicar, y en el INCARNATUS, nadie se lo quitaba. Era serena su voz, desahogada; tenía tonos graves de gran dulzura, y cuando sacaba, a todo pulmón, los resortes de Bajo, retumbaba toda la iglesia, como si tocara el órgano grande de la Catedral de León. ¡Y en las Tinieblas!. Cuando entonaba las lamentaciones, tenía su voz quejumbrosa, matices tan tristes que hacía llorar a las mujeres, y a los hombres, nos ponía los pelos de punta. Talmente parecía que venía la muerte, corriendo, con su guadaña segadora de vidas. Cantaba mejor que los Curas, y de los pueblos vecinos venían muchos a las Tinieblas de Cisnarios, sólo por oír los cánticos del tío Macario. Y en el monte, con las veceras, o cortando robles para traviesas y cubas, resonaban sus cantaridos como de bramidos de toros en celo, como arrullo de torcaces y faisanes. ¡Qué músico se perdió en las catedrales!. Lo decía el Cura viejo. No hay Sochantre que se le pueda comparar, y como, además fue siempre, un hombre optimista, que no se apura en el trabajo, ni se altera en las contrariedades, tuvo una salud envidiable y pasó la vida… Como decía el poeta, ¨ni envidioso, ni envidiado¨.

– Envidioso, nunca lo fue. Si algún día faltaba en pan en la masera, y veía que los sus rapaces no salían a la calle, bien trajeados, con zoquete de pan de centeno en las manos, no se inquietaba. Les contaba cuentos y los mandaba a la escuela, almorzando un vasín de leche, sin migar, o unas patatas cocidas, sin grasa. Cantando siempre; alegre como un mirlo, conforme con su destino.

Envidiado, sí. Lo envidiaban todos en el pueblo. Porque era su vida un ejemplo de tranquilidad y sosiego. Porque ni murmuraba de nade, ni se metía en cosas ajenas; sobrio, sufrido y contento, con cantares ahogaba las penas, y con lecturas mataba las hora de penuria y de hambre. Porque pasó hambre muchos días, en parte, porque no solía ser muy trabajador y no se preocupaba en buscar medios de mejorar su vida, y en parte, porque la desgracia solía ser compañera de sus infortunios. Si venían los lobos a las ovejas, casi siempre eran las de tío Macario las víctimas; si se helaban los centenos en las ladera altas, como el tío Macario, no tenía tierras en las vegas, tenía que segar sólo paja; pero todo lo llevaba con paciencia y lo curaba con cantar y leer. No conocí un hombre tan equilibrado. Hasta que los hijos se hicieron mozos y ganaron jornales en las minas, la casa del tío Macario fue un hogar de lo más pobre del pueblo, pero nunca se le ocurrió mendigar ni quejarse de su situación.

– Con estos datos y la autobiografía que me contó, con detalles, pude completar la historia de un hombre feliz, en la pobreza.

– Tengo –me decía- 88 años; jamás me tomó e pulso ningún médico; no sé cómo saben las purgas, y ni de joven ni de viejo sentí un dolor de cabeza. Me dio Dios una salud que fue la cusa de mi optimismo. Pasé apuros para criar la familia, pero, patatas y pan de centeno, casi nunca faltaron en mi cocina vieja y ahumada. Antes, la vida era muy barata, y nos conformábamos con poco. Ahora, vaya Vd. a saber lo que se gasta en cafés y copas, y en telas de vestir y en merendonas y borracheras. Antes, íbamos, por la Sanjuanada a Campos con cuatro maderas serradas, para cubas, y traíamos el arreglo del año; una carraleja de vino para la siega, y unas fanegas de trigo para que los rapaces comieran pan blanco una temporada. Y con patatas y con leche y arvejos y un gocho no muy gordo, pasábamos tan contentos los inviernos largos. Ahora, todo es poco para llevar esta vida ajetreada e inquieta. Hay, en el pueblo, casas en las que entra el dinero a montones, con jornales en las minas, con el valor del ganado, con la venta de quesos y mantequilla, con la fruta que en Cisnarios, empieza a ser una fuente abundante, y sin embargo, andamos a la cuarta pregunta.

– Pero a Vd. por lo visto, nunca le faltó el buen humor.

– Y que lo diga. No está la felicidad en tener mucho, sino en la paz dela buena conciencia, conformándonos con la voluntad de Dios.

– Por lo  que Vd. me dice y lo que he oído, cantando y leyendo, encontró Vd. el sosiego y la paz, la alegría y el optimismo de una vida serena y tranquila.

– Los libros fueron, siempre, mi consuelo en las adversidades. Mire Vd. aquí tengo este libro que no sé cuántas veces lo he leído. Lo compré en Madrid, en una librería de viejo, cuando era soldado, por dos reales, y está forrado con badana y empastado. Es el Quijote, y tiene láminas y notas.

– ¿Cuántas veces lo ha leído Vd.?

– Eche la cuenta. Por lo menos, dos corridas cada año. Una en las noches de invierno, a la luz de los aguzos de brezo, y otra, en las siestas de verano, a la sombra de los frutales de mi huerto. Y como lo compré cuando tenía 22 años, y tengo ahora 88, puede Vd. saber las veces que lo hojeé; me gusta mucho. Ahora que estoy ciego, me lo lee todos los días una nieta con la que vivo.

– ¿Tendrá Vd. más libros?

– Pocos, porque no tuve dinero para comprarlos. Un Kempis, en latín, un Año Cristiano, y una Guía de Pecadores del P. Granada que me regaló un Cura que hubo en este pueblo, muy leído, hace ya cuarenta años. Lo bastante para entretenerme y saborear doctrinas e ideas que me confortan el alma. Con el Quijote, rio, a carcajadas y con el Kempis medito en las fruslerías de esta vida, y pienso en la vida futura, que, para mí, se está acercando. Con mis libros, soy dichoso y me preparo para el último viaje que se acerca a su fin.

– Todavía tiene Vd. tela para rato.

– No lo crea. Siento como S. Pablo, que mi carrera está terminada, y como él ¨cupio disolvi¨, deseo que, cuanto antes, se desprenda mi alma de la cárcel del cuerpo para empezar la otra vida que no se acaba, y que está plena de goces y de alegrías sin fin.

– ¿Tendrá Vd. como todos, miedo a la muerte?

– No. La deseo. ¿Qué hago aquí, en la tierra?. Sin ojos, sin fuerzas, siendo un estorbo para los que me cuidan.

– Pero sentirá no poder gozar de los muchos inventos que se hicieron y se están haciendo. Vd. ya gozó de no pocos; del tren, del teléfono, del auto, de la radio, aunque no sabe lo que están adelantando todas las ciencias, con inventos maravillosos, para hacer más llevadera esta vida. En medicina con los antibióticos, y en cirugía con operaciones que se creían, hasta hace poco, increíbles, se están haciendo casi milagros. Con decirle a Vd. que ya ase opera, sin peligro, en el cerebro y en el corazón, le basta. Y lo que nos espera de las fuerzas nucleares. Es para dolerse de que venga la muerte, tan pronto, sin gozar de estos prodigios.

– No me interesan, ya. Espero gozar de ellos, en la Gloria de Dios, y allí veré, con toda claridad todas las fuerzas ocultas de la naturaleza, no empleadas para destruir, como hacen ahora los hombres, sino dispuestas para cantar las magnificencias del Creador, preparadas para la utilidad de las criaturas. Por eso ansío la muerte, y la espero, como aquella poetisa del Quijote:

Ven, muerte, tan escondida
Que no te sienta venir.
Porque el placer de morir,
No me torne dar la vida.

– Noté que el simpático viejo de Cisnarios, se cansaba en su perorata emotiva. Le tomé el pulso, y me dio miedo; estaba latiendo el corazón, casi sin fuerza como un reloj, al que se le está acabando la cuerda. Enmudeció; lloró un poco, y la nieta le llevó, medio arrastrando a la cocina, acostándolo en la colchoneta del escaño. Yo fui, presuroso a decir al Cura que el tío Macario se moría, sin lesión orgánica, pero se moría, sin remedio de la medicina. Llegó el Cura, lo confesó, con toda lucidez, y le prometió, a sus súplicas traerle el Viático, al oscurecer, cuando toda la gente estuviera en el pueblo.

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– XXXIII –

EL VIÁTICO DEL TÍO MACARIO

– Cuando tenía yo ocho años, y ayudaba a misa en la parroquia de S. José de Madrid, asistí, varias veces a procesiones del Viático, orgulloso como monaguillo, portando el farol grande de la iglesia. Pero aquellas ceremonias litúrgicas me parecían monótonas y sin sentido. No acertaba yo, entonces, ni a traducir los salmos y oraciones del ceremonial, ni a entender el significado místico de un acto religioso tan espiritual. Después, tomé parte en procesiones públicas Viaticales, funerarias, de fiestas de santos y de rogativas, pero confieso que toda la pompa y majestad del culto público cristiano resbalaba sobre mi alma, sin dejar huellas ni surcos que me impresionaran. Para sentir y gozar de las bellezas de la sagrada liturgia, para deleitarse en los efluvios que manan de estos cánticos, de estas oraciones, de estas ceremonias, hay que presenciarlos en las aldeas, en donde la vida religiosa conserva todos los perfumes tradicionales de fervor y de devoción.

¡El viático del tío Macario!. No lo olvidaré jamás. La hora, al oscurecer, cuando empezaban a nacer las estrellas en el cielo, y los cuernos de una luna nueva se clavaban en el firmamento, y se habían apagado las voces de los chiquillos buscando, por las callejas, corderos y cabritos, y cesaron de oírse cencerros y balidos de ovejas, y un silencio sepulcral se había apoderado de todo el pueblo.

La noticia se había corrido, por todas las casas, y antes de que tocaran las campanas anunciando el Viático, todos dejaron sus ocupaciones, y los hombre con capa y las mujeres con rebocinos, salían de sus hogares, silenciosos, compungidos, en dirección a la iglesia, para acompañar al SEÑOR, que por Viático, iba a dar el sacerdote al tía Macario. En la sacristía se revistió el Cura de sobrepelliz, estola y velo pluvial, todo de rito blanco. Varios vecinos encendieron los faroles, con velas de cera; otros, prepararon el palio que llevaron, sostenido por seis varas, seis hombres entrados en edad, y un monaguillo llevaba otro farol grande, mientras otro chiquillo meneaba la campanilla, y llevaba, al mismo tiempo, el acetre o calderillo de agua bendita. Los hombres y las mujeres tenían todos, velas encendidas que distribuía, en el templo, el Abad de la Cofradía de la Virgen de la Esperanza. Al salir de la iglesia, el Cura, recitando el MISERERE, alternando con dos cantores. Por la calle silenciosa y oscura ya, no se oía un sonido; sólo un silabeo tenue de rezos, y el eco del cántico de David, que se perdía en los recodos de la calle angosta en la que vivía el tío Macario. Yo estaba impresionado. Al oír el verso aquel de AMPLIUS LAVA ME, sentí, en el alma, como un dolor muy fuerte, que me convidaba a la penitencia, para traerme, en seguida, un dulce consuelo de esperanza, al decir el sacerdote SUPER NIVEM DEALBABOR. Sí; musité muy bajo. Después del perdón de los pecados, el alma redimida y santificad por Cristo, será eso, un alma más blanca que la nieve, y así estará, ahora, el alma del tío Macario, limpia, y adornada de flores de santidad, para recibir, como un premio y como una compañía en el último viaje de la vida, el PAN EUCARÍSTICO. Que eso quiere decir VIÁTICO, ayuda, consuelo y compañía en el camino de la gloria.

Al subir las escaleras de la casa, todavía me impresionaron las palabras del Salmo COR CONTRITUM ET HUMILIATUM NO DESPICIES. Sí; el perdón completo, la absolución definitiva se da, sólo, a los corazones humildes y arrepentidos, como es, sin duda, el corazón del tío Macario. Al penetrar Dios en la sala en que estaba el enfermo, oí que el sacerdote, rociando la habitación con agua bendita, dijo con palabra clara, PAX HUIC DOMI, paz en esta casa y a todos los que habitan en ella. La paz bendita del Dios de los cristianos, la paz para los que oran y esperan, para los que le temen y aman, para los predestinados y convidados al banquete celestial. Luego, el Cura, después de invocar a Dios para que se digne enviar a todos habitantes de la casa al Ángel Tutelar, se dirige al enfermo que tenía las espaldas recostadas sobre dos almohadas, y erguida la cabeza, y las manos cruzadas sobre el pecho, cogiendo el Crucifijo. Antes de que recibáis el Cuerpo de Jesucristo Nuestro Señor, es preciso que hagáis la profesión de fe. ¿Creéis en Dios?

– Sí creo –contestó el viejo-, con voz muy apagada.

– El sacerdote siguió citando los principales artículos de fe cristiana, y al elevar, suavemente la HOSTIA, en sus dedos, volvió a preguntar, ¿Creéis que ESTO que tengo yo, ahora en mis manos es el verdadero Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo?

– El tío Macario, como movido por un resorte, se incorporó; clavó los ojos sin luz sobre la OSTIA y dijo con aquella voz sonora de sochantre: Siempre lo creí, y ahora, lo creo con mayor fe.

– Y abriendo la boca, recibió a Dios con estas palabras consoladoras de sacerdote: RECIBE, HERMANO, EL VIÁTICO DEL CUERPO DE JESUCRISTO, PARA QUE TE GUARDE DEL ENEMIGO MALIGNO, Y TE LLEVE Y CONDUZCA HASTA LAS MANSIONES DE LA VIDA ETERNA.

El enfermo se acostó; musitaba una oración de gracias, y el sacerdote le dirigió unas preces y jaculatorias de consuelo, y le ofreció darle la Extremaunción si la quería recibir.

Entonces el tío Macario, entre lágrimas piadosas de todos, pronunció en voz alta estas palabras.

– Sí, la quiero recibir, cuanto antes, porque siento que esto se acaba, por la gracia de Dios.

Y se durmió pacíficamente, como si regustara los goces de un éxtasis, y vislumbrara las luces inaccesibles de la Gloria eterna.

– Salimos todos emocionados; recitó el Cura el salmo LAUDATE DOMINE, y al entrar en la iglesia, delante de todo el pueblo reunido subió al altar y anunció las indulgencias concedidas por el Papa a los que habían asistido a esta ceremonia. A la sacristía fui yo a decir al Cura que urgía el Sacramento de la Extremaunción.

– Ahora mismo –me contestó-. Vestido con traje ordinario, regresó a casa del enfermo, llevando los Santos Óleos, sin luces ni campanilla. Sólo llevaba un monaguillo el caldero de agua bendita. Le acompañé yo y al llegar a la cama del enfermo, y preguntarle si quería recibir la Extremaunción, movió ligeramente la cabeza, haciendo un signo afirmativo, porque no podía hablar. Le tomé el pulso y apenas tenía latidos. Casi no se percibía la respiración como si los músculos estuvieran tensos y fríos, como si los nervios se hubieran estabilizado por completo. Esto se está acabando –dije al Cura- y él, abreviando la ceremonia, ungió la frente del enfermo recitando la oración: EN NOMBRE DEL PADRE, DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO, QUE SE EXTINGA EN TÍ TODA VIRTUD DEL DEMONIO; POR LA IMPOSICIÓN DE MIS MANOS; POR LA INVOCACIÓN DE LA GLORIOSA VIRGEN; Y DE SU ÍNCLITO ESPOSO; Y DE TODOS LOS ÁNGELES, PATRIARCAS, PROFETAS, APÓSTOLES, MÁRTIRES, CONFESORES, Y VÍRGENES.

Y al terminar la sagrada Unción rogó a Dios que perdone al enfermo todo lo que haya podido delinquir por los ojos, por los oídos, por las narices, por la boca, por los pies y por las manos. La agonía feliz del tío Macario se estaba terminando. Entonces el sacerdote empezó a leer la Recomendación del alma. Yo no la había oído nunca, y me admiré de la belleza literaria de la fórmula, de sus frases consoladoras, de sus períodos redondeados, de sus palabras dulces en las que la iglesia despide a las almas, en el trance supremo de separarse del cuerpo.

– ¨Salid, alma cristiana –decía el sacerdote- de este mundo… para que tu lugar sea, hoy, en paz, para que tu habitación sea la Sión Santa¨. Y luego otra oración bellísima en la que el sacerdote pide a Dios que reciba a su siervo en el lugar de salvación… Alegra, Señor, su alma en tu presencia; no te acuerdes de sus pecados… Que vengan a recibir su alma, los Ángeles, y le abran las puertas del cielo¨.

Yo no había asistido nunca a las oraciones de la Recomendación del alma, y quedé tan entusiasmado, que me parecía ver al alma del tío Macario entrando en el cielo. Por la noche, en la cama, no cesó de bendecir a Dios que tan misericordioso es con los que creen en El y esperan en los méritos de su Divino Hijo.

No se me borraba de la memoria la escena del Viático. ¡Qué fervor en los rezos! ¡Qué compostura en los asistentes que oran por una alma que siempre se orientó por la brújula del Evangelio, y que si pecó alguna vez, recibió el perdón de Sacramento, con dolor de contrición, militó, en toda su larga vida, en los ejércitos de los siervos de Cristo!.

Que no nos vengan los materialistas ateos con la monserga de la evolución biológica, desde el infusorio hasta el mamífero, aunque los eslabones de esta ridícula cadena estén cortados, sin saber cuándo ni cómo. Que no nos hablen de que el hombre no es más que materia organizada por fuerzas ocultas de la naturaleza, porque yo me persuadí; en esta procesión del Viático, que hay almas y que estas almas, si delinquen, cuando están en la cárcel del cuerpo, tienes en la religión cristiana un perdón abundante que lava sus culpas, para volver, separada del cuerpo, al cielo prometido en donde espera el día del Juicio Final, para volver a tomar el mismo cuerpo, la misma carne, los mismos huesos y músculos y nervios, para, en la nueva encarnación, gozar, para siempre, de la presencia de Dios.

Mi fe cristiana, si fue alguna vez floja y débil, desde hoy, con el ejemplo y recuerdo de este Viático, y de esta Recomendación del alma cristiana, creo con firmeza, y espero que algún día, en trance de muerte, reciba, también, el Viático confortador del alma, y, por mí se digan esas oraciones preciosas de la Extremaunción, que sólo en la iglesia se saben decir y rezar.

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– XXXIV –

CADA DÍA MÁS MONTAÑÉS

Corría el mes de Octubre, suave y bonancible, con el ¨verdín de las eras¨, esmaltando de flores, loa prados y camperas. Los cerezos y las hayas eran de oro, y los matizos de roble ponían un matiz pardo y oscuro. En los atardeceres, parecían, al poniente, las nubes, machones de sangre, y los cuernos de la luna nueva se clavaban en un cielo limpio y azulado. Hacía excursiones de caza de perdices con mi amigo Antonio, que tenía un perro blanco de pelo corto y de orejas grandes, y me bastaban las mañanas para hacer visitas domiciliarias.

A quien, apenas veía, era a Maruja, después de convalecer de su enfermedad nerviosa. La veía pasar, por delante de la fonda, cuando iba a Misa o a recados, pero, siempre con la criada, o en compañía de su tía. La habían vuelto los colores de rosa, a la cara, y el andar ligero la daban, en la flexibilidad de su talle juncal, una gracia encantadora.

Una tarde salí, solo, con el perro de Antonio, de caza, y me cansé subiendo cuestas, atravesando vallinas, encorvándome bajo las ásperas ramas de enebro, porque el perro se picaba, y rastreaba la pista de perdices, sin conseguir localizarlas. Ya, a puestas de sol, bajé a las rastrojeras, y entre los matorrales de espino y de fresno hizo el perro una postura ideal. Arrancó un bando de perdices que se desperdigaron por los ribazos de los barriales. Fui allá, y tiro va y tiro viene, cobré media docena de piezas, en poco tiempo. Estaba rendido, y carretera abajo, regresé, con las seis perdices colgadas de la percha de la canana. Iba orgulloso y contento. Al pasar por delante de la puerta de Maruja, salía ésta, sola, y la dije: Desde que eres ama y señora de la casa, te vendes muy cara.

– Hoy todo se cotiza caro.

– Pero tú no eres mercancía.

– No faltaba más. Anda ¡Qué suerte tuviste, hoy, en la caza!

– Buenas bregas me costó el trofeo. Por cierto que venía pensando en regalarte un par de perdices.

– Regaladas, no las admito. Te las compro, porque me gustan mucho.

– Bueno que estoy muy cansado. Ya te las mandaré.

– Pero con factura, ya sabes.

Y al separarme de ella, y volver la cara para despedirla con los dedos, la vi arrimada a la jamba derecha de la puerta, y me despidió, sonriendo. Bueno, la dije: hasta mañana, si Dios quiere.

– Hasta que tú quieras.

Aquella noche, no sé si por el cansancio o por las últimas palabras de Maruja, no tuve un sueño reparador. Soñé mucho; me revolvía, a cada momento, en la cama, y el insomnio me tuvo en penas toda la noche. Al día siguiente, no madrugué; eran las diez de la mañana cuando monté en la moto para visitar en Orede. A la salida del pueblo, vi, a Maruja, que, con la criada estaba cogiendo peras en la huerta. ¿Madrugas mucho? –la dije-.

– Es la mejor hora para la vendimia; después hace calor. ¿No quieres entrar? Te regalo un pera para que vayas refrescando por el camino.

– No me detengo, voy de prisa, tíramela afuera.

– Ahí va. No está del todo madura, pero ya se puede comer.

– La guardé en el bolso, para postre de la comida.

– No seas tonto; cómela ahora, y para postre, te daré otras, cuando vuelva.

– Tardé menos de una hora en volver. Entré en la huerta que estaba prometedora de fruta. Tenéis, este año mucha fruta. ¿La vendéis bien?.

– De todo hay. La abundancia ya sabes que hace bajar los precios. Mi padre que a todo sabía revalorizar, decía que es mejor vender ahora, porque en Diciembre, y Enero, vale la fruta más pero se pierde mucha, y merma el peso.

– ¿Cuál se aclimata mejor aquí?

– Mira; está de muslo de dama. Se cría todos los años.

– ¿Y manzanas?

– Hay de muchas clases y gustos. Las reinetas se aprecian bien, pero a mí me gustan más los repinaldos, que duran hasta mayo y tienen un sabor y un aroma que deleitan el gusto y el olfato. Toma otras dos peras para postre.

– Son hermosas, y de gran tamaño. Pasan de medio kilo.

– Pero son de poca duración y se venden bien.

– Las recibo y agradezco, con ellas ya me pagas las perdices.

– Eso no lo consiento. Lo que haré será mandarte una cesta de ellas para que se las factures a Matilde.

– ¿Te acuerdas de ella?

– Mucho. De ella y de Pilar; eran mis confidentes.

– Claro; ahora, te aburrirás. Siempre sola.

– Un poco.

– ¿Por qué no te decides a salir de paseo con tus amigas y divertirte, con ellas. Si quieres, te invito este atardecer a dar una vuelta por la carretera.

– ¡Uf!. Por la carretera hay mucho polvo, con las ovejas, con los autos. Para pasear y tomar el fresco, no hay como el camino de Umbrosa al otro lado del puente. Si te parece, daremos allí unas vueltas, pero ten seguridad de que nos murmuran.

– ¿Quién? ¿Tu tía?

– No; mi tía me quiere mucho, y goza con mis expansiones. Aquí, las gentes son muy buenas, pero las gusta gobernar casas ajenas, y meterse en todo. Ya verás cómo hacen comentarios, si nos ven juntos y solos pasear a orillas del rio.

– La noche estaba estrellada y fresca.

Hablamos de cosas indiferentes, ella de sus frutas; yo de mis cacerías. No me atreví a preguntarle por su padre. Noté que los zapatos se humedecían, con el rocío, temí que nos acatarráramos. Hay que volver –le dije-: se pone un poco frio.

– Para poco, hubiera sido mejor no haber venido.

– ¿Qué? ¿Tenías mucho que decirme?

– Nada; pero me gustaría pasear, y hablar largo y tendido de todo lo pasado.

– También yo, si tú quieres. ¡Estoy tan ganoso de hablar contigo!. Te prometo sacarte todas las tardes de paseo para enhebrar relaciones, algo más amistosas.

– Ya veremos, ya veremos. Las peras no acaban de madurar.

Y al despedirla, a la puerta de su casa, me alargó la mano, y al apretarla en la mía, me pareció que estaba febril. ¿Serían los nervios que no acaban de serenarse? ¿Serían los primeros síntomas de un amor que brota impetuoso?

Al día siguiente salí, de caza, con Antonio, y me dijo que en todo el pueblo, se comentaba mi paseo nocturno con Maruja. ¿Para criticarnos? –dije-.

– No lo creas; somos así, en esta tierra. Nos gusta comentarlo todo, y te soy franco. Todos veríamos con buenos ojos que el médico echara, en Cisnarios, raíces hondas. Llevábamos merienda para todo el día, y, en mi moto, nos alejamos del pueblo, hasta las faldas meridionales de Pardomino, y en el valle riquísimo e histórico de Primajinas, en el que abundan las perdices y las palomas torcaces, cazamos hasta el mediodía, e hicimos poca labor. Levantamos varios bandos, pero no esperaban y desde donde se posaban sin descansar corrían, a pie, hasta la cumbre, sin que el perro pudiera sujetarlas. Sólo dos o tres pizas descuidadas pudimos cobrar.

– Es mejor dejarlas, hasta la tarde, que vuelvan a bajar, para comer en los rastrojos. Se conoce que están muy tiradas. Ahora, vamos a comer y sestear, tranquilos, junto a una fuente del hayedo, que es muy fría.

Más de tres horas estuvimos descansando, a la sombra de las hayas, charlando de las faenas cinegéticas, de trances apurados, en cacerías de invierno, y sobre todo, de la habilidad de su perro Tono, del cual, se contaban proezas y maravillas de su instinto.

– No me vengáis los naturalistas, -me dice Antonio- a hablarme de que los animales no tienen inteligencia,  porque mi Tono tiene un cerebro más desarrollado que el de muchos hombres que conozco.

– Todo lo quieras, pero los perros más inteligentes, no saben relacionar las cosas, no tienen más que impresiones de los sentidos. Mira tu Tono. Ahí lo tienes, tumbado, junto a la lumbre. Es muy friático, y le gusta calentarse junto a la lumbre, pero, a que, cuando se enfríen las ascuas, y tirite de frio, no se lo ocurre coger con boca, una rama y tirarla al fuego.

– Porque no se lo he enseñado a hacer. Cazando perdices ya habrás visto cómo sigue las pistas, como hace círculos para cortar los pasos, cómo pone el rabo tieso, y levanta una pata, y contiene la respiración, y está clavado, con la vista en un bando, y no rompe la incómoda postura hasta que se lo mandas. ¿Todo esto no va a ser más que instinto?.

Te voy a contar; entre muchas, dos proezas que le acreditan de tener más que instinto. Entre las esquinas de mi casa y la cuadra, en un rincón abrigado, hice un jardinillo, en el cual mi mujer plantó flores, y yo puse un ramo de vid, los cuales, tan pomposos estaban que daba gusto verlos. La parra creció en dos sarmientos, más de un metro. Pero una tarde, al anochecer, cuando pasaba por allí el rebaño de cabras, una cabra golosa saltó el alambrado y royó los pámpanos, y destrozó las flores. Gracias a que llegó el pastor y la espantó. Pero Tono, vio, sin duda la faena de la cabra y la ladró, sin lograr morderla, porque se lo impidió la presencia del cabrero. Al día siguiente, estábamos mi mujer y yo, tomando el fresco a la puerta de casa, cuando empezó a desfilar la cabrada. El perro, que había estado tumbado en la calle, se irguió, clavó los ojos en el rebaño y al pasar la cabra roedora, se tiró a ella, y la mordió, con rabia. Yo lo reñí, y se acostó de nuevo. La cabra, que también tiene instinto, no volvió por mi calle; rodeaba por otra calle, pero, al llegar al corral de su dueño, Tono no se conformó, se fue derecho al corral y allí se hartó de morder la cabra, acudiendo el dueño a protegerla, a los berridos lastimeros del animal. ¿Quieres que el castigo que mi perro impuso a la cabra ladrona no sea más que instinto?. Pues ahí verás todo un proceso cerebral, como cimiento del delito y del delincuente, y un modo de ejercer la justicia castigando por su cuenta, ¿no te parece?.

Pues la hazaña de Pardomino es muy sonada entre todos los cazadores del pueblo. Hace dos años, en diciembre, en una nevada grande, organizaron una cacería los mozos de Cisnarios, los de Umbrosa y los de Villapeces al famoso monte para cazar, según costumbre, corzos, jabalíes, o acaso, osos. Fueron en plan de estar allí dos días, durmiendo en el invernal de Aguas Mestas, que tiene buena cocina, y pajares llenos de yerba seca. El primer día no hicieron más que reconocer rastros, y ver la dirección que tomaban las huellas de los jabalíes y corzos. De osos no vieron señales, y cuando bajaban, ya tarde al invernal, saltaron de un bardal dos corzos, algo lejos, pero los tiraron y vieron que uno daba sangre. Como se echaba la noche encima, decidieron dejar la pista para otro día. Ya en el invernal, alrededor de la hoguera, contaban los incidentes de la caza, y notaron que faltaba Tono. Jandro que lo había llevado se inquietó.

– No te preocupes –le dijo Melchor el de Villapeces-. El perro de Antonio las sabe todas; al ver que no cazábamos nada, se volvió, de seguro, a casa de su amo, y a estas horas estará descansando en la cocina de Antonio.

A todos pareció razonable esta sospecha, y comenzaron a cenar tranquilos. Pero uno de los cazadores salió a ver qué noche hacía, y oyó ladridos lejanos de perro, y entró en la cocina con la noticia. Es el Tono –dijeron todos- salieron corriendo, y los ladridos seguían, cada momento, más lastimeros al otro lado del arroyo, pero no muy lejos del invernal. Silbaron, vocearon, llamaron al perro por su nombre, y Tono seguía sin moverse, aullando y quejándose. Creyeron que estaba herido, en alguna pelea con los lobos o con algún oso. Por fin, pudieron acercarse al animal, que estaba al pie del corzo que habían herido, es cual estaba muerto y entallado en unas carcojas de haya, sin que Tono pudiera sacarlo de allí. Lo había arrastrado un trecho grande, por el pescuezo, y lo hubiera traído al invernal sino se hubiese entallado en las raíces de la haya. Cuando llegaron al chozo, con el corzo muerto, y con el perro sano todos se hicieron lenguas de la inteligencia y valentía de mi perro.

¿Y las cosas que se le ocurren en el rio, con las truchas?. A veces, las tiro desde el pretil del muro del escobio, y si mato alguna, no tengo más que decirle ¡muerta!, y el perro, que no pudo ver la dirección del tiro, ni la trucha, baja, corriendo y rodeando hasta el fin del muro y sin dudar, llega al sitio en donde flota la trucha muerta. A veces no la puede ver porque se lo impiden las ramas de las salgueras, y grupa, se impacienta, se pone sobre los peñascos, mientras yo, desde arriba, tiro una piedra en dirección a la trucha, si flota, o al sitio en que está posada en el fondo, y entonces, sin vacilar, después de verla, se tira al agua, nada hasta meterla en la boca, o chapuza, hasta cogerla con los dientes y sale del rio brincando de contento, para traerme la pieza, que tira en la carretera, dando brincos de alegría. ¿Todo esto no es más que instinto?. Los hombres no saben hacer estas faenas.

Con estos recuerdos cinegéticos, y con un fresco sedante debajo de las hayas se nos pasó el tiempo, agradablemente, y a las cuatro de la tarde, volvimos a cazar, pero torcaces, según me dijo Antonio.

– Es la hora –decía- en que empiezan a bajar de las cumbres, y se posan en las ramas secas de la cima de los robles; cantan un poco, y se tiran a los rastrojos para merendar granos de trigo, o las hojas tiernas de las porretas es este cereal.

– Nos escondimos en chozos hechos con ramaje, y en poco tiempo, matamos ocho torcaces machos, gordos y hermosos.

– Bueno; -me dijo Antonio-. Por hoy basta; después de todo no perdimos el tiempo. Hoy casi he venido para ver cómo estaba el camino, y otro día, hemos de volver, en coche, y ajustaremos las cuentas a esas perdices que se nos encumbraron, por la mañana, apeonando hasta los cordales de Pardomino.

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– XXXV –

CONFIDENCIAS SOBRE MIS INQUIETUDES

Camino, abajo, me abordó Antonio el tema de mis relaciones con Maruja, con la cual veía que estaba entretenido, y acaso enamorado. La cosa va de veras me preguntó.

– No sé, hombre, no sé qué decirte. La veo tímida, indecisa. Dice que no tiene prisa a sus 22 años, y si te he de decir la verdad, tampoco yo siento esos impulsos amorosos que suelen precipitar los acontecimientos.

– ¿Es que no estás decidido a quedarte en la montaña?

– No es eso. Me parece que he elegido el sitio de mi porvenir, sin titubeos, no sé si serán las raíces de mi abuelo paterno, que retoñan, en mi naturaleza o los encantos de este país que cada día me fascinas más, lo cierto es que estoy decidido a quedarme aquí, contrariando los deseos de mi familia, y, quizá, perdiendo ocasiones de ejercer la medicina, con mayor lucro, y con mayores comodidades y prestigio. Pero no acabo de decidirme, en cultivar las relaciones con Maruja. Ella es muchacha excelente, no la encuentro peros en su vida; es culta, recogida, simpática; tiene condiciones físicas y morales que atraen, pero, todavía, no he sentido las cosquilleos del amor que dicen preceden a los noviazgos formales.

– Pues si estás decidido a vivir en Cisnarios, yo te aseguro que, aquí, abundan las muchachas buenas, guapas y honradas, pero, como Maruja, no creo que haya otra tan apetecible. Me parece que en ella, hay madera de una esposa ideal.

– ¿Pero no ves que su tía la cultiva con fines egoístas?

– No seas celoso. Entre Jandro que es un buen labrador y un Médico que no tiene más caudal que su carrera, no es dudoso de que Maruja se decida por ti, y si insistes y sigues cercando el castillo, es seguro que llegarás a apoderarte de la fortaleza, que en las mujeres, tiene una puerta fácil de entrada, con la prestancia personal del que combate, y las dotes y prestigio del conquistador. Y en esto, tú llevas gran ventaja a Jandro. No lo dudes Maruja, como todas las mujeres se rinden al más galán, al más culto, al que además de ser hombre, tiene la cualidad de ser más simpático y más prometedor en honores y comodidades.

– De todos modos, habrá que esperar a seguir tanteando el terreno, pero con mucho tino y cuidado. Y cambiando de tema, hablemos de Cisnarios.

Que es un pueblo envidiable por su posición topográfica, que es rico en sus vegas y praderías, en sus huertas y montes; que tiene una altura barométrica de 1.000 metros ideal para la salud, que reúne condiciones de habitabilidad, todo esto lo tengo apreciado, en lo que vale. Por otra parte es un pueblo progresivo, que goza, en cuanto puede de los adelantos modernos, comercios, fondas, una instalación de alumbrado, como no la hay mejor en una ciudad, con una traída de aguas, que entra en todas las casas, y una afición de los paisanos a la cultura, que parece contagiosa. Se leen, con interés, los periódicos y revistas; hay receptores lujosos en la mitad de las casas, y veo sobre todo que los jóvenes sienten los afanes y deseos de hablar de cosas de arte, de historia, de ciencias y de progreso; sólo encuentro en tu pueblo, una falta que es imperdonable. ¡No tienen biblioteca popular!. No tenemos un lugar de recreo, que sea foco de cultura, un sitio adecuado para reuniones nocturnas de invierno, y te aseguro, que o poco he de poder, o si continúo aquí, lo hemos de conseguir.

– No está en olvido esta mejora –me contestó Antonio-. Dn. Juan la tiene en proyecto, está decidido a construir un local adecuado, en el que, además de biblioteca, haya una salita de cine, que sirva para fines catequísticos y para distracción del pueblo. Y piensa en una cuadra adosada a la iglesia, y no hay medio de entenderse con el dueño, y no habrá más remedio que acudir a la expropiación forzosa.

– ¡Magnífica idea! Al pie de esta iglesia, que es un joya arquitectónica, pero independiente de la iglesia, una casita de pueblo, con su jardinito en el fondo, sembrado de flores y de arbustos, con un surtidor de agua, que tenemos abundante y en mucha presión, para salir en hilitos de perlas, y salpicar y refrescar el ambiente; una casa de pueblo con libros y cine, es cosa que haría de Cisnarios el pueblo envidiado por todos. Si en algo puedo ayudaros en esta empresa, me tenéis a vuestra disposición.

– No te tenemos olvidado, y si como parece, te asientas decididamente aquí, nadie como tú para ser el director y el impulsor de esta obra tan deseada.

– La falta de libros es la única cosa que me tiene preocupado. Me da pena que en las noches de invierno, los mozos tengan que cobijarse en las tabernas, respirando un aire viciado, y un ambiente propicio para contraer enfermedades alcohólicas. Y esta necesidad se siente, con mayor urgencia, en los tiempos presentes, en los que se va apagando, la tradicional y hermosa costumbre de hacer vida de familia, en el hogar propio.

– Por eso, una casa de pueblo, que sea confortable, y recoja, de algún modo esa santa costumbre que está desapareciendo, sería un ideal. Aunque no creas que por esas casas viejas, no hay libros. Los hay de testamentarias de Curas naturales de este pueblo, pero con tan desdichada manera de repartirlo, que los han partido, no por obras completas, sino por tomos de igual tamaño y peso. ¡Una lástima!. Por cierto que un pastor trashumante, jubilado y muy amigo de leer tiene un mamotreto manuscrito, en el que hay muchos fragmentos de leyendas, muchos romances viejos, y no pocas poesías de rodas clases, desde Villancicos hasta cantares de Misas nuevas y de bodas. Ya le diré que te lo preste.

– Me lo trajo el pastor a la fonda, y me dijo que lo había copiado, siendo joven, en Ampudia, de otro manuscrito que tenía un Rabadán de Tejerina ya viejo, y que oyó decir a éste que lo había copiado en un librote que andaba, entonces mucho por los chozos de Extremadura. Según estas noticias el contenido de este legajo enorme, escrito en medios pliegos de papel de barba, lleno de manchones de sebo, y forrado en pergamino que todavía conserva notas musicales de cantorales monásticos, acaso de Guadalupe, debe de proceder del siglo XVIII. No tiene fecha, ni nombre de autor. Lo leí, con ansiedad, y pude ver que no contenía nada de particular. Eran romances conocidos. Los de Dn. Bueno y la infantina, Gerineldo, la Loba Parda, casi todos los de Bernaldo del Carpio, y cartas, escritas en verso, de mozos que escribían desde la Serena, a novias montañesas, y de novias que contestaban a los pastores trashumantes. Leí algunas de estas cartas, y no faltan en ellas chispas de ingenio, cuartetos asonantados, y anécdotas de cosinas que pasaban en los chozos y cocinas. Al final, como adición hecha posteriormente, tiene este legajo, un pliego que dice:

LA LEYENDA DEL MADERO DE LA CRUZ

Me intrigó el título, y lo hojeé despacio. No la había oído nunca, ni sé de algún libro que traiga esta hermosa leyenda. Tiene un prólogo breve, en el que el autor da muestra de ser literato de fino gusto, que nos dice que esta leyenda era muy conocida en Palestina, de los monjes de S. Sabas, y de los anacoretas del monte Líbano, y que los primeros Cruzados del siglo XI, la trajeron a Europa, acogiéndola con entusiasmo los monasterios Cluniacenses de Germania, y de Francia. A España debió de venir, desde la Provenza, por conducto de estos cluniacenses, y en Sahagún la contaban los monjes a los peregrinos de Compostela, que hacían morada en la gran Hospedería y Hospital que había al pie del convento. ¿Sería un monje de Sahagún el autor de este librote, hoy desconocido, pero que andaba mucho entre pastores, a fines del siglo XVIII?. No parece improbable.

La leyenda, de un sabor piadoso, y bien escrita, contiene escenas del Calvario enlazadas con el Paraíso de Adán. Dice así:

Cuando expulsó Dios del paraíso a Adán y a Eva, puso, en la entrada, a un Ángel, con espada desenvainada, para prohibir entrar en el recinto precioso, en donde habían sido creados nuestro primeros padres, los cuales, al huir de la presencia de Dios y asustados de su pecado, tuvieron que dedicase al trabajo, con sudores y dolores, para vivir una vida errática y acongojada. Se llenaron de hijos, de nietos, de bisnietos, y se dedicaron a la caza, a la cría de animales domésticos y a una agricultura rudimentaria, para sostener y criar a su numerosa prole. Pero llegó el día en que adán envejeció, y pagó su tributo a la muerte, en los campos cercanos al rio Jordán, en donde se había establecido. En un montículo rocoso, que se corta, al oriente por el torrente Cedrón cavó una roca, en forma de gruta que le servía de habitación, y en esta gruta lo enterró su hijo Seht, el cual tuvo mucho cuidado de que el sepulcro de su padre tuviera condiciones de permanencia y perpetuidad. Para ello, labró un nicho, en la roca, y alrededor del sepulcro sembró flores y plantó árboles. Pero era tan estéril el terreno, y estaba tan reseco que ni las flores ni los árboles arraigaban. Un día Seht guiando su rebaño de ovejas, se acercó a la puerta del paraíso, y vio que todavía estaba allí el Ángel, blandiendo su espada, y le pidió que le dejase ver, por una rendija de la puerta el interior del sitio en que habían nacido y vivido sus padres. El Ángel le entreabrió la puerta del paraíso y vio Seht que aún estaba con vida lánguida el árbol del bien y del mal, que todavía estaba la serpiente enroscada al tronco, y que de sus ramas, medio resecas, pendían unas manzanas, sin color. Seht rogó al Ángel que le diera, un par de aquellas manzanas raquíticas, no para comerlas, que era fruto prohibido por Dios, sino para sembrar sus granos alrededor del sepulcro de su padre. El Ángel entró en el paraíso y cogió dos manzanas, y se las regaló a Seht. Este marchó gozoso al cerro en que vivía, que es el mismo del Calvario, y plantó las pepitas del manzano, al pie del sepulcro de Adán. Las semillas brotaron con brío; las regó con frecuencia, y las raíces se fueron extendiendo por entre las grietas de la roca hasta llegar a las capas areniscas que, bajo la peña, estaban frescas y húmedas. Así logró crecer el manzano con gran corpulencia, siendo sus ramas alegría de los pájaros, y lugar de sestiles de las ovejas. Siendo Rey de Judá Salomón, mandó cortar el manzano para madera del Tabernáculo, pero el tronco de este árbol retoñó con mayor fuerza, y le salieron tres tallos iguales que crecieron tanto, que los judíos lo consideraban como árbol sagrado. Pero en la noche triste de la Pasión de Cristo, Caifás, que tenía prisa por terminar pronto con el proceso, una vez condenado el Salvador a la pena de crucifixión, mandó cortar estos hermosos tallos, que eran ramas gruesas, y con ellas hizo el árbol de la Cruz en la que murió el Señor.

Y de este modo –concluye la leyenda- el árbol del Paraíso fue principio de la muerte del género humano, y el árbol de la Vida que Cristo nos trajo borrando, con su muerte, la sentencia que pesaba sobre los hijos de Adán, de morir con la esperanza de vivir, de nuevo, en el tiempo del cumplimiento de la promesa Divina.

Me pareció curiosa esta leyenda y altamente simbólica, que copié, como recuerdo de un mito que no había oído ni leído.

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– XXXVI –

BALANCE DE MI VIDA EN CISNARIOS

En los últimos días de Noviembre, llovía torrencialmente, y no pudiendo salir de casa, solo, y algo aburrido, se me ocurrió la idea de hacer balance de mi corta vida en la montaña, anotando mis éxitos profesionales y mis impresiones subjetivas sobre la vida que me esperaba en Cisnarios. Me sentí optimista; todo me sonría; el paisaje, y el paisanaje me eran cada vez más simpáticos, y mi fama inmerecida de Médico iba creciendo y cotizándose. Hacía poco que el Ayuntamiento había construido una hermosa casa Clínica para el médico, con todo el confort y comodidad. Tenía todo lo necesario para curas de urgencia, con botiquín abundante, y material quirúrgico adecuado. Yo no residía en esta casa, pero, en ella, abría, todos los días una consulta que me daba no poco trabajo y dinero. El estado sanitario del país no podía ser más satisfactorio. A mil metros de altura, con un clima ni seco ni húmedo, con un ambiente y frescura de montes y peñas, sembradas de flores aromáticas, apenas había enfermedades infecciosas. Algún caso de tuberculosis, que se va dominando con antibióticos, pocos enfermos cancerosos, a los cuales no ha llegado, el remedio de los grandes descubrimientos de la medicina, y no pocos enfermos reumáticos y ancianos que van tirando con una vejez larga y sufrida; estados gripales en la primavera, sí hubo algún caso, y los catarros los curan los paisanos, sin molestar al médico, y los achaques de mujeres neurasténicas no pasan de quejas, la mayor parte de las veces, fingidas. Aquí se vive con salud y se muere de desgaste lento de la naturaleza, y como es país de criminalidad nula, y de costumbres sanas en los cuerpos y en las almas, aún no intervine en más lesiones que las producidas en las minas o en accidentes de trabajo. El Juzgado Municipal no tiene nada que hacer, y las faltas de ganados, o las contiendas por servicio de fincas se ventilan todas, por HOMBRES BUENOS como en los tiempos patriarcales. ¿Cómo voy yo a soñar salir de este paraíso?. Lo único que me tiene un poco intrigado, es la indecisión de Maruja, su conducta, a veces esperanzadora, a veces preñada de desdenes y de mohines hoscos. No sé cómo tratarla. Con su repetida palabra de ¨ya veremos, ya veremos¨ me despacha, al despedirme de ella. Vino su padre de Bilbao, se detuvo sólo dos días, arregló sus asuntos, cobrando las avenencias atrasadas, y dejó a su hija en plena posesión de sus caudales y derechos.

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– XXXVII –

LO QUE TENÍA QUE OCURRIR

Dn. Zanón marchó casi a escondidas, sin despedirse de nadie, y a Maruja la dejó en un estado de excitación nerviosa que la preocupaba. La vi, por la tarde, en la cocina, sola con su criada. Lloraba sin consuelo, pero no pude saber la causa de su pena. Ni a su tía la había dicho nada. Pasaron dos días, y al cabo se franqueó conmigo.

– Tenía que ocurrir lo que sucede. Soy muy desgraciada –me decía-. Mi padre no vuelve a Bilbao. Solicitó una plaza de Veterinario en la provincia de Badajoz, y allí fue, asqueado, arrepentido, y decidido a no salir de allí, en toda su vida.

– ¿Pero qué ocurrió?

– Lo peor que puedes sospechar. La Chonina se fugó del convento de monjas, con un marinero de Burdeos, y su abuelo asustado de este nuevo escándalo, no quiere que le hablen más de su nieta, ni de su hija que sigue la misma vida de despilfarros y de ostentación. El pobre marinero de Bermeo cerró la bolsa, y se retiró con su mujer a Durango, a vivir de sus ahorros. El negocio comercial de cosas de marina, o mi padre no supo dirigirlo, o los ingresos no alcanzaban a cubrir los cuantiosos gastos de Delfina. Esta llegó a proponer a mi padre que vendiera su hijuela de Lillo, para salir de los atolladeros, y ¡claro!, mi padre abrió los ojos y no se le ocurrió otra cosa que huir, huir de aquella mujer, a la que todos nosotros señalábamos como una desgracia y una calamidad. Mi padre me escribe, arrepentido, y me dice que si yo hiciera el sacrificio de ir a vivir con él, sería el único medio de poder llevar esta vida dura y contrariada. Y aquí me tienes; sin saber qué hacer. A ratos, pienso retirarme a un convento de monjas de clausura, a ratos pienso en mi padre, y casi me decido a hacerle compañía, aunque salir de mi casa, de la casa de mi madre, es arrancarme la mitad del alma.

– De modo que en todo, piensas menos en mí. Para mí, no hay rincón en tu corazón, estrujado por desdichas que no merecen ni tú ni yo. Márchate, márchate con tu padre, pero ten por seguro, que la Delfina no es mujer que se rinda, y el día menos pensado la tenéis en Extremadura, sin que nadie sea capaz de despegarla de su marido, sobre todo, ahora, que, por lo visto, se la agotan todos los recursos pecuniarios de su desgobierno familiar.

– ¿Sería capaz de volver a juntarse con mi padre?

– ¡No lo dudes!. Si en casa de su padre no puede estar, ni la admiten, no la queda otro recurso que el de acogerse al lado de su marido. El tiempo me dará la razón. Maruja se echó a llorar y con voz dolorida me dijo:

– Ante el temor de que ocurra lo que me pronosticas, decido no ir con mi padre, hasta ver lo que nos trae el tiempo. Aquí pasaré mis días tristes; aquí viviré sola, sorbiendo lágrimas, y devorando disgustos, hasta que Dios se digne consolarme y abrirme camino a mi destino.

– Tu destino lo tienes bien marcado. Cásate conmigo o con otro, pero, cásate, y verás cómo remansa tu vida, en el matrimonio, y en los hijos, formando un hogar nuevo, con recuerdos viejos de tu madre, en el que serás feliz, en la felicidad relativa que podemos gozar en este mundo.

Salí de la casa de Maruja contrariado; casi decidido a no volver a tratarla, y cogiendo la escopeta, me marché al monte, a meditar, a pensar en mi destino, buscando nuevos horizontes para mi vida. Tengo la imaginación loca. Pienso que Maruja es una mujer ideal, con su carácter que se amolda a mis deseos, a mis sentimientos. Siento desasosiego, una turbación interna que me desvela por la noche, y me intriga por el día, unas punzadas tan fuertes que me matan todos los optimismos que había concebido en mi montaña.

– ¡Hasta cuando, Dios mío, han de durar estas inquietudes mías!

En el monte tropecé con el pastor, que me convidó a un vaso de leche fresca de cabra, enfriada en la fuente del Jaidico, que es la mejor fuente del país. Acepté la invitación, y recostados, ambos, a la vera del camino, sobre las raíces retorcidas de un haya copuda, el pastor me contó, con pelos y señales la tragedia de Dn. Zanón, que yo creía era desconocida del pueblo.

– Todos lo sentimos –me decía- sobre todo por la pobre Maruja, que no merece que la mezclen en líos de mujeres como la Delfina, la cual a nadie engañó en Cisnarios más que a ese desgraciado veterinario. Maruja estará la pobre inconsolable, para Vd. no tiene secretos.

Las palabras del pastor, cayeron en mis oídos como una granizada de recuerdos, de deseos, de horizontes luminosos que se me ofrecían como una esperanza. Me separé del pastor, y retorné al pueblo, por el camino más corto, pensando otra vez, en visitar a Maruja, a quien encontré más cerrada que nunca, más hosca, y reservada que la última tarde que conversé con ella.

Se pasaron las Navidades, menos alegres que en otros años; empezó el Año Nuevo, con un nevada abundante y fría, y yo, solo, en mi fonda, sin ganas de hablar, ni con Antonio, sin que los libros me entretuvieran, empecé a sentir ansias de abandonar Cisnarios, en donde todos los pronóstico de felicidad se me desvanecían.

Allá, por marzo, supe por Maruja a la que veía, raras veces, que la Delfina había ido a refugiarse al lado de su padre, y que Dn. Zanón, la había admitido en su compañía, pero advirtiéndola con los recursos de su carrera de veterinario.

– Por eso, -me decía Maruja- me encuentro más aliviada, más contenta, esperando vivir aquí, en mi retiro de Cisnarios, con los restos de mi familia materna, y con amigas sinceras de mi juventud que me acompañan en mis soledades.

Y en mayo, en aquella primavera florida y poética que nos brindaba el campo de esta montaña, una tarde encontré a Maruja, de paseo, por el camino de Pereda, en compañía de Amparo, su amiga íntima, y con una mirada picaresca, y una sonrisa intrigadora, me dijo que me esperaba en su casa.

No me hice esperar. Estaba con su criada en la cocina. Mandó a ésta que se retirara y con los ojos humedecidos por la emoción, con palabra entrecortada y ademanes de recogimiento casto, me dijo:

CUANDO QUIERAS, PATRICIO, CUANDO QUIERAS.

– Se le saltaron las lágrimas, y noté que, también mis ojos se humedecían.

10–1–1955

FIN DEL LIBRO.

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