PEÑAS ADENTRO

Libro inédito de:

J. González. (1873-1961), PEÑAS ADENTRO. (1950s?)

Nota: En este libro, donde diga Cisnarios, léase Crémenes..
Allá por los años de 1950 este libro, novela costumbrista, refleja la vida del pueblo de Crémenes, León, sus lugares, paisajes, juegos autóctonos, caza, pesca, el verano…
El libro describe escenas de los Picos de Europa desde los puertos de San Glorio y Pandetrave. Contiene, el libro, algún dato histórico relacionado con la zona del Alto Esla, Crémenes.

INDICE

– I –  Peñas Adentro
– II –  Alea Jacta Est
– III – La Iglesia de Cisnarios
– IV-  La tertulia del correo
– V-  La Iglesia vista desde el Pinar
– VI – Mis primeras impresiones
– VII – El paseo a la ermita de Pereda
– VIII- Un paseo solitario
– IX – En el Alcantarillón
– X –  El problema de Joaquín
– XI –  La vida en la Montaña
– XII – Dos mujeres en una sola persona
– XIII – Fugaces labuntur anni
– XIV – La cueva de Fuentedeoro
– XV – A los Picos de Europa
– XVI – El viaje
– XVII – La vista del Macizo
– XVIII – Puente Angoyo
– XIX – Dos días de descanso en Cisnarios
– XX – El balcón de Pandetrave
– XXI – El regreso de los madrileños
– XXII – Joaquín minero
– XXIII – Planes de verano
– XXIV – Las aristas se liman
– XXV – Las preocupaciones de Joaquín
– XXVI – El enigma de los Durande
– XXVII – Unas horas inolvidables en Torteros
-XXVIII – La erudición de Joaquín
– XXIX – Escena zoolátrica
– XXX – Una siesta veraniega con pastores
– XXXI – Las cosas de Joaquín
– XXXII – Fin de verano
– XXXIII – Joaquín en Madrid
– XXXIV – Otra vez con el especialista
– XXXV – La boda de Joaquín

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– I –

PEÑAS ADENTRO

No sé si sería el intensivo trabajo cerebral, al que me había entregado, con pasión, en mi cátedra de Filosofía, en la universidad de Madrid, o algo hereditario, según mi madre, lo cierto es, que en el año pasado, al terminar el curso, sufrí una depresión nerviosa, de tipo neurasténico, que me preocupó mucho, cuando no había cumplido treinta años.

Pasé el verano en una villa muy concurrida, de la costa Vasca del Cantábrico. Al borde de las escolleras rotas del mar, pasaba los días oyendo las bravatas de las olas, al romperse sobre el acantilado, y la música de la playa. Pero los días lluviosos – que eran muchos – tenía que encerrarme, con mis libros, en la habitación de una fonda, repleta de huéspedes de todas las categorías sociales, con quienes, apenas hablaba, entretenidos en jugar al mus, riñendo y comentando las jugadas. La neurastenia seguía agarrotando mis nervios, padeciendo insomnios largos, en las noches tibias de un ambiente pesado y húmedo. El estómago, inapetente; el cansancio muscular de las piernas, me tenía casi inmóvil durante el día, entregado a mis libros favoritos – de historia y literatura. No me divertían las fiestas y holgorios de los veraneantes, ni me distraía la música de la radio, ni me acostumbraba a pasar el día en tertulias y reuniones murmuradoras. No me aclimataba a aquel ambiente frívolo y ocioso, pero me había propuesto cumplir, al pie de la letra, el plan del médico, que me había prescrito vivir dos o tres meses, a orillas del mar Cántabro, como medicina segura para curar mi neurastenia pertinaz.

Volví a Madrid, casi lo mismo que cuando salí de allí, en Julio, en vísperas de tener que entregarme a mi oficio docente, y deleitarme en la lectura de mis libros y revistas científicas. El frio de invierno, me tonificó algo, y la amistad de un compañero con quien asistía al cine y al fútbol me inyectaron algunas gotas de euforia.

Está visto, -me decía mi amigo– que eso de la neurastenia y del reumatismo, no son más que disculpas de los médicos, para tratar de explicar lo inexplicable. Los músculos, como los resortes de acero se contraen y dilatan con el frio y el calor. Por eso, tú lo pasas mejor, en invierno, que en verano. Si vivieras, en el estío, en climas altos y secos, lo pasarías mejor.

Al volver la primavera, otra vez retoñaron, con brío, los síntomas d la neurastenia, pero con mayor ímpetu y fuerza.

Consulté con el especialista afamado, al que expuse mi caso con detalles y taras de herencia. Pasé el verano en una playa cantábrica, y no me gustó aquel clima, ni noté mejoría en mi salud quebrantada, antes de los treinta años de edad.

Lo comprendo – me comentó el especialista -. A Vd. le conviene un clima de altura, en un país de mucha agua, pero agua que corra de fuentes y arroyos, no agua turbia del oleaje marítimo, sino agua que cante, que ría, que riña en los rabiones con los peñascos y con las raíces de los árboles, agua fecunda de paisajes bellos, en cimas de cerca de los mil metros. Yo hice, en el verano pasado, una excursión rápida a los famosos Picos de Europa, entrando por la montaña de León, por las riberas del Esla, y al pasar por un pueblín bonito, situado entre peñas altas y vegas frondosas, noté que había allí mucho bullicio de gentes extrañas, que se bañaba, a pleno sol, al aire libre, en los pozos limpios del caudaloso rio. Era una aldea que se recostaba, en la falda de un cerro sombreado por un pinar nuevo, y las casas tenían abiertos los balcones, mirando a un remanso ancho y largo y de frente, se extendía una vega sembrada de cereales, su subía un monte de roble hasta cercarlo un sierra caliza que parecía una concha verdosa de haya para rematar en un pico enhiesto, segado, contra el cual se rompían, al amanecer, los primeros rayos del sol. Me interesó mucho, el pueblín aquel, y al regreso, después de admirar la carretera de los Beyos, y las gargantas del Cares, y más nevadas crestas de los Picos, me detuve, dos días en este pueblo, en el que vi, con agradable sorpresa, el alto nivel de vida de sus habitantes. Pude observar que casi todas las casas tienen agua corriente, y no pocas disfrutan del placer de cuarto de baño, con agua fría y caliente. Tienes teléfono y clínica de urgencia, dotada de material quirúrgico moderno, en la casa del médico, a quien visité, y el cual me ponderó las condiciones sanitarias de esta aldea progresiva, en la que los vecinos con poco trabajo, tienen saneados ingresos la fruta abundante de sus huertas y con la leche y manteca de una vacada que pasta en montes comunales, y en prados ubérrimos de regadío. Prometí volver para residir allí una temporada, y hoy, al recomendar Vd. un lugar de veraneo, le cito este pueblo leonés del alto Esla, en la seguridad de que  le ha de probar a Vd. mejor que las playas húmedas del Cantábrico. Como vía de curación, le prohíbo llevar libros, para que sus nervios, gastados, no se alteren con la impresión de lecturas, que al excitar la imaginación y torturar la memoria, producen trastornos psíquicos de difícil curación.

No eché en saco roto, la recomendación del especialista, el cual me dio, por escrito, un plan de vida para mi veraneo.

Lea Vd. un poco más el periódico, pasee despacio, y si las piernas no protestan, suba a las cumbres, y descanse, como Virgilio, a la sombra de las copudas hayas, a orillas de fuentes de hielo, respirando el aroma puro  de las flores silvestres. Aliméntese con carnes blancas y truchas frescas y hártese de frutas del tiempo. Báñese en el rio, a pleno sol y si se aficionase Vd. a la pesca, con mosca artificial, miel sobre hojuelas. Precisamente, en ese pueblo que le recomiendo, tiene Vd. alimentos sanos, aguas purísimas de fuente, aire embalsamado, y para recreo de la vista, paisajes de belleza soberana. Acaso tenga yo el gusto de pasar algún día en su compañía del próximo verano.

Consulté el caso con mi padre que vivía en Sevilla y vino a verme, a fines de Junio, y me dijo que la montaña leonesa del Esla tiene para nuestro apellido de Durande, un recuerdo ancestral de familia, puesto que Durande se llama, todavía, un pueblín de esa montaña, y a mi abuelo paterno le oí decir que había nacido y se había criado, en otro pueblo de la ribera del Esla, en donde creo existen apellidos Durande, según pude comprobar, hace años, por noticias de un señor de Madrid, condiscípulo mío, oriundo, también de León. Mi abuelo era un ricacho Mayoral de una cabaña trashumante, y residiendo en Córdoba, en los inviernos, se casó con un alto empleado político, con residencia en la ciudad de los califas. Si te decides a ir a esa montaña, no dejes de averiguar, si, aún hay, por allí apellidos Durande. Pero en caso de decidirte, no debes de ir hasta mediados de Julio, porque tengo entendido que es aquella una región muy fría en la que la nieve no acabó de derritirse.

Lo que si puedes hacer es detenerte en León unos días, y allí podrás averiguar el tiempo que hace en la montaña. La ciudad de León, ya la conoces, y por cierto que es una de las más bellas ciudades del interior de España, con sus calles anchas, con sus plazas irregulares, pero típicas, con sus paseos acicalados, y sobre todo, con sus monumentos arquitectónicos que no tienen, nada, que envidiar a otros más conocidos y ponderados de nuestra nación. Aquella catedral, la más bella y airosa de España que se hombrea con las francesas de Amiens, Chartres; aquel templo románico de nuestro S. Isidoro, museo riquísimo del arte medioeval, y la fachada plateresca de S. Marcos son edificios que has admirado, más de una vez, y merecen ser visitados.

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– II –

ALEA JACTA EST.

Por fin, me decidí a veranear en la montaña del Esla y después de dos días de descanso en León, salí para Cisnarios, a las cinco de la tarde, en un magnífico coche de servicio público, para llegar hacia las ocho, poco más o menos. Apenas salimos de la ciudad, empezó el revisor a taladrar los billetes, y aproveché la ocasión para preguntarle, si habría habitación disponible en las fondas del pueblo.

– Supongo que sí –me comentó-. Y eso que ya se ven por allí, gentes forasteras, pero, aún no es tiempo de gran afluencia de veraneantes. ¿Va Vd. a veranear allí?

– Si me prueba el clima y me gusta el lugar, pienso hospedarme en alguna fonda, por un par de meses.

– Quien le puede informar a Vd. con detalles, es ese señor rubio que se sienta en la delantera, en la butaca de la derecha. Es un Catedrático de León, asiduo veraneante de Cisnarios. Si Vd. lo desea, le puedo cambiar el asiento porque el compañero que tiene se apea pronto.

– Encantado de su oferta, que acepto, complacido.

Al sentarme junto al catedrático leonés, previa la presentación del revisor, nos estrechamos las manos, nos saludamos, afectuosos, y cambiamos nuestras tarjetas. Al leer él la mía, hizo un gesto de extrañeza, y me dijo sonriente ¿Quién me había de decir que había de tener la dicha de conocer y hablar con Dn. Arturo Durante, de quien he leído varios artículos en nuestras Revistas científicas. Le suponía a Vd. más joven.

– Y joven soy por los años, pero casi viejo por mis achaques nerviosos, que me traen preocupado. Por eso vengo a esta montaña, a ver si se tonifican mis nervios. Guardé en mi cartera su tarjeta, con el nombre de Joaquín Alonso Pérez, Profesor en el instituto, masculino de León.

– Por lo que veo, -le dije- tenemos, ambos las mismas aficiones. Yo tengo una cátedra de Ontología, pero me atraen más los temas arqueológicos e históricos.

El coche había pasado el Esla, en un puente de una villa amurallada, de calles retorcidas y estrechas.

– Es Mansilla –me dijo mi compañero- . Debió de ser, en la época Romana, una de las MANSIONES militares, y de ahí, el nombre de la villa que tiene su historia. Hoy vive de sus mercados, y de una agricultura rutinaria y pobre. La carretera que emprendemos, sigue la dirección del famoso rio de los Astures. Allí, de frente, en el cerro arcilloso del poniente, estaba LANCIA, y en las laderas y barrancos que bordean la ribera, abundan las grutas artificiales escavadas por los indígenas en la época neolítica. Están poco estudiadas, pero son curiosas, por sus signos geométricos y por sus figuras estilizadas de hombres y animales. Debieron de ser anteriores al Castro antiguo, que dio nombre a la VALIDISSIMA CIVITAS de Lancia.

El coche subía, veloz, por una carretera asfaltada y llana, por entre pueblines de casas de barro, enjalbegadas de cal, en las paredes que forman las calles. La ribera es ancha y los centenos de las laderas, parecían ondas de mar, meneadas por el cierzo. El rio no tiene cauce, gira de derecha a izquierda, encaprichado en morder praderas y sotos. Sólo frenan su ímpetu, en las grandes crecidas, taludes arcillosos, por el oeste, y por el este, a dos kilómetros de su caprichoso cauce lecho, unos montes raquíticos de roble, y unas laderas pedregosas, que serían arrastres morrénicos del cuaternario, según mi compañero.

– Mire Vd. –me decía- al poniente, y verá en un ribazo árido y pelado, el famoso monasterio de Escalada, uno de los monumento de estilo Mozárabe, más notables de España. Es muy parecido, por su preciosidad arquitectónica, a la Mezquita de Córdoba. Está bien conservado y cuidado; merece ser visitado, pues conserva todos los elementos de techo, altares, arcos y columnas que se labraron por unos monjes cordobeses, en pleno siglo X.

– Conozco varias fotografías de Escalada, y sería dichoso, como andaluz, si pudiera tener ocasión de visitarlo.

– Dentro de pocos días, llegará a Cisnarios, un amigo mío, que tiene coche, y si Vd. gusta, le invito a visitar esta joya artística.

– Muy agradecido, pero ¿responderán mis nervios?.

Unos kilómetros más arriba, y al otro lado del rio, en una vega frondosa, me señaló Joaquín otro monumento medioeval, que se conserva, por fortuna, habitado por monjas cistercienses. El sol se iba recatando, detrás de los cerros, y unas nubes grises bajaban, de prisa, de norte a sur, empujadas por el cierzo, que se le veía, posado, sobre los picachos de la montaña. La tarde se ponía friucha, y noté, que algunos viajeros ponían sobre los hombros abrigos y bufandas… Don Joaquín hizo lo mismo, y yo abrí la maleta, para ponerme la gabardina, único abrigo que traía prevenido.

Cuando llegamos a Cistierna, bullía la carretera de gente joven, que paseaba, en grupos de ambos sexos. Nos apeamos, una media hora, y entramos en un bar lujoso, en el que los viajeros entraban en calor con copas de vino y de cerveza. Me invitó mi compañero pero sólo acepté un vaso de leche caliente.

Llegamos pronto, -me dijo el profesor-, y aún no le he preguntado si tiene fonda conocida, para hospedarse.

– No, -le contesté-. Como ensayo, en cualquiera pienso hospedarme. Pero, desde ahora, apeemos el tratamiento, pues somos compañeros de la misma edad, y seremos amigos leales y cariñosos.

– Pues yo le invito a vivir en la fonda mía – suponiendo que haya habitación vacante.

– Encantado con tu propuesta.

Cuando llegamos estaba anocheciendo, y al parar el coche, una bandada de chiquillos se apelotonó, a la puerta para llevar los equipajes. Hormigueaba, en la carretera una muchedumbre de chicos y chicas, cantando y saltando. Dimos unos pasos, atrás, y entramos en el vestíbulo de la fonda de Joaquín. Nos recibió afectuosa, la dueña, y mi compañero, le preguntó, si tendría habitación para mí, que es un compañero mío de profesión, que viene a veranear aquí.

– Hoy sí. Tengo una habitación libre, con balcón a la carretera, y otra mirando al pinar. Vd. tiene reservada la de otros años.

– En las habitaciones del mediodía, suele haber mucho ruido. Prefiero, para esta amigo, una de las del norte.

– Conforme –contesté yo-, pero ruego a la señora que me la prepare pronto, pues vengo muy cansado con ajetreo que llevé en León, todo el día.

Subimos a la habitación que no era lujosa, pero muy limpia y ventilada. Las ramas de los pinos, casi rozaban los cristales de la ventana, y me pareció que allí iba a dormir, cosa que deseaba más que el cenar. Bajamos al comedor y Joaquín se entretuvo en saludar, a conocidos y amigos. Yo cené una taza de leche, con unas pastas, y una naranja de postre. Antes de las diez ya estaba acostado en un cama mullida, y cómoda. Oía la algazara y el bullicio de la carretera, el susurro del cierzo meneando las ramas de los pinos, y los ruiseñores cantaban, a porfía en las enramadas del monte. Tarde un rato en dormirme, pero cesaron las piernas de quejarse, y Morfeo no fue perezoso para aquietar mis nervios.

Cuando desperté, abrí la luz, miré al reloj y eran las tres del día siguiente. ¡Casi cinco horas de sueño tranquilo!. Hacía meses que no gozaba de esta alegría. Volví a dormirme, sin soñar, y cuando desperté, a las seis, seguían cantando los ruiseñores, y el sol empezaba a besar las cumbres del monte. Permanecí, otro rato, en la cama, porque no se oía ruido en la casa, y a las siete, me vestí y bajé al comedor en donde no había nadie.

– Me asomé a la cocina y estaba una muchacha encendiendo la lumbre.

– ¡Uf! que madrugador –me dijo-. No hay nadie levantado, a no ser el cura que está tocando a Misa.

– ¿Está cerca la iglesia? La pregunté.

Muy cerca, desde la puerta se ve la torre. ¿Qué le preparo de desayuno?

Por ahora, nada. Esperaré a que se levante Dn. Joaquín

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– III –

LA IGLESIA DE CISNARIOS

A los pocos pasos de la fonda, y lindando con la carretera, estaba la iglesia. Al acercarme a ella, quedé maravillado. ¡Qué templo éste!

Antes de entrar en Misa, me detuve delante de la portada. No podía yo soñar con esta maravilla arquitectónica, en un pueblo pequeño de la montaña. La portada, toda es una maravilla de belleza plástica. Los zócalos, los fustes, los arcos y capiteles, labrados en piedra caliza marmórea, con finura  y justeza de aristas. Me pareció una copia de San Isidoro, pero más bella, más rica de materiales, ejecutada  con maestría singular. Miré hacia arriba, y los ventanales del crucero, las cornisas de los muros, y la ligereza esbelta de la torre, todo era un primor de armonía. ¡Estaba delante de una iglesia de tipo románico, de transición!.

Medio embriagado con esta vista, entré en el templo, cuando el sacerdote llegaba a las gradas del altar: Me arrodillé sobre la tarima de un banco, y quedé absorto, asustado al contemplar tanta hermosura.

Recogí la vista, medité un poco, e hice propósito de no distraerme durante el Santo Sacrificio. Fue imposible. La imaginación se puso al rojo, la vista no acertaba a donde mirar, porque todo el interior del templo era de una belleza insuperable.

Los bóvedas altas, sobre las que el sol mañanero hacia primores de luz, los ventanales de vidrio policromado, el pavimento, de mosaico, los altares, las pechinas pintadas, el crucero con su media naranja cuajada de estrellas, de la que colgaba una araña lujosa de vidrio, las gradas del presbiterio, el púlpito, todo era típico de un románico elegante, precursor de los primeros ensayos ojivales.

Confieso que estuve distraído toda la Misa, que deseaba que la terminara el cura para entregarme, todo entero, por un rato, a contemplar tan singular belleza y armonía. Porque no había un solo detalle que no armonizara con las leyes del arte románico. Decidí salir del templo para poder gozar de tanta hermosura, varias horas, con un cicerone como Joaquín, quién de seguro sabía cosas de cómo y cuándo se hizo esta joya arquitectónica.

De paso para la fonda, otras bellezas de paisaje soberano se ofrecieron a mi vista.

Sentado sobre el pretil del muro que defiende la carretera y las casas de las acometidas furiosas del rio, en las grandes crecidas, me entusiasmó aquel paisaje, mirando al oriente…, El Esla bajaba crecido, y se remansaba en un lago cristalino orlado con franjas de salgueras y fresnos. Después, una faja estrecha de prados verdes, una vega de tierras de labor, en la que los trigales empezaban a poner matices de naranja, con las espigas inclinadas con el peso de los granos. Más arriba, surgía un monte espeso de robles, cortado por una sierra caliza que dejaba, al descubierto, raigones silíceos que serían la montaña primitiva, antes que los eruptos calizos recubrieran, como un sombrero enorme la roca blanca, estriada a los largo de la cordillera, emergían otras oleadas de caliza, cortadas a cercén cercando un concha bellísima poblada de hayas seculares. Después, otros crestones silíceos negros y áridos, para rematar en un pico alto, segado en la cresta por los agentes atmosféricos, en labor de milenios.

Acostumbrado yo a ver paisajes montañeses en los Pirineos orientales de Aragón y Cataluña, me persuadí de que no había paisaje de tan espléndida belleza como el de esta peña que está mirando al pueblo de Cisnarios.

Me llamó una muchacha de la fonda para ofrecerme el desayuno, y sentado en el comedor, me despertó del éxtasis mi amigo Joaquín, que acababa de levantarse.

– Tengo una queja de ti –le dije-. En el viaje de ayer me hablaste de lugares históricos del trayecto, pero no me dijiste, nada, de la Iglesia de Cisnarios. Es un monumento estupendo. La acabo de admirar, pero espero que tú me la describas con datos y detalles que serán de seguro interesantes.

– Me alegro que la hayas visto, a solas, porque una descripción detallada necesita tiempo. Me ofrezco a acompañarte, porque soy amigo del Arquitecto, y a él he oído pormenores curiosos de la fábrica reciente de esta maravilla. Además he estado contemplando el paisaje de enfrente, que me parece una belleza poco admirada.

– Sí. Es uno de los mejores paisajes de la cuenca del Esla. Bueno. Estoy a tu disposición para empezar tu noviazgo de veraneante. Yo suelo pasar las mañanas en el pinar, a dos pasos de la fonda. A las once, voy al correo, y allí nos reunimos muchos veraneantes que esperamos cartas de familia, periódicos, y charlamos un rato de todo. A las doce, a zambullirme en el rio, en la hermosa playa de Cueto-Rodrigo, y tumbarme al sol, sobre el peñasco hasta que se me curta la piel tostada por el sol. Si te parece hacedero el plan, a empezar hoy mismo a practicar el programa.

Me parece excelente el plan y veré si yo puedo acompañarte. Ahora quiero tener una conferencia telefónica con mi padre que estará ansioso de saber noticias mías. Te buscaré en la estafeta, en donde tendré algún periódico de Madrid, única lectura que me permite el especialista.

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– IV-

LA TERTULIA DEL CORREO

Al volver de teléfonos, en busca de Joaquín, le encontré en la calle que parte de la carretera, en dirección al rio en la que estaba la estafeta del pueblo. Concurrida y animada está la calle. Señores en mangas de camisa, sin sombrero, con libros debajo del sobaco; chiquillas saltarinas canturreando alegres y bailoteando; chiquillos nerviosos tirándose pelotas, como ensayistas de fútbol, algunos vecinos del pueblo a los que Joaquín me fue presentando y ¡sombras de aquel cuadro!, unas señoritas, como de veinte años abrazándose, locas y provocadoras. Estaban medio desnudas, pantalones en vez de faldas, arremangadas hasta por encima de las rodillas; los brazos desnudos, bronceadas por el aire y el sol; los pies, calzados con alpargatas de cáñamo, y en las risas y miradas, me parecieron dos mujeres ligeras y casquivanas. Joaquín no las conocía pero llegó un amigo suyo del pueblo, a quien preguntó la vida de aquellas veraneantes raras, y estrafalarias. Yo, no las conozco –le contestó-. Ni sé de donde vinieron, ni de qué casta son. Por lo que he oído, tienen coche, son muy libres en su conversación, comen por su cuenta y hasta los mineros mozos están escandalizados de sus maneras. Pasan el día, en continuos baños en Cueto-Rodrigo, almuerzan y se tiran al sol y al agua, como ninfas míticas. Por la tarde salen en coche frecuentan los bares, beben y fuman, y alternan, sólo con mineros. Dicen que son de Madrid, y que una de ellas es periodista, y la otra parece criada y carabina de compañía.

Los datos biográficos no podían ser más escandalosos. Pero acertó a pasar un mozo con un carro de yerba y la ama se acercó al carretero y le dijo:

– Oye, Julio, ¿ Me dejas entrar contigo en la tenada para meter la yerba?. Me gusta mucho revolcarme por el heno, y sudar la gota gorda esparciendo horcanadas de yerba, y respirar el polvo aromático. Ayer pasé un rato delicioso, en el pajar de Manolo. ¿Me dejas entrar, hoy contigo en la tenada?

– Por mí, sí. Si mi padre se pone en el carro para tirar la yerba al boquero.

– ¡Qué bien! ¬ Oye, ¬le dice a su criada¬. Tú vete para casa, y prepara el almuerzo. Ya sabes, tortilla con chorizo picante, un trozo de cecina cruda, una botella de vino de Toro, un botellín de cognac, y el termo con el café.

– Ya lo oyen Vds. ¬dijo Arsenio el amigo de Joaquín¬. El plan de vida es para intrigar.

– Merece la pena ¬contesté yo- entrar en relaciones con ella para saber si son de Madrid o de Marruecos.

Me entregaron el periódico, y salimos del portal de la estafeta, viendo a la excéntrica señorita ir con Julio a meter yerba.

Esto, en Cisnarios no debe de pasar –dijo Joaquín a Arsenio-. No sé cómo consentís, en el pueblo estos desahogos; el Alcalde debía de intervenir.

– ¿Con qué leyes?

Te voy a contar una anécdota histórica que hace al caso. Allá, en el siglo XI surgió en Sahagún un conflicto de orden público entre los burgueses y los monjes afrancesados del famoso cenobio del Cea. En una disputa entre el Alcalde del Concejo y el Abad –nos lo cuenta un anónimo de la época- el Alcalde llegó a decir al Abad: ´estas palabras sabrosas´ YO NON TE DIRE QUE TE VAYAS, PERO SI FARE PORQUE FUYAS. Y el orgulloso Abad tuvo que salir de Sahagún, huyendo.

– ¡Hombre!. Me parece oportuna la anécdota. Veremos el modo de reproducirla. Unos días después, supimos que las dos señoritas habían marchado, maldiciendo la incultura de un pueblo bonito pero salvaje.

Estaban, por lo visto, de noche, en un bar bebiendo y bailando con unos mineros, y se acercaron a ellas dos mozos del pueblo con sendas manadas de ortigas en flor y las refregaron, en el cuello, en los brazos, en las piernas hasta levantar ampollas que escocían, teniendo que acudir a la clínica del médico.

Como ves no marcharon, FUYERON como el Abad de Sahagún. La fechoría fue celebrada y aplaudida por toda la colonia de veraneantes.

Desde la estafeta, volvimos a la fonda, invitado Arsenio por Joaquín, con una copa de Jerez.

– Y tú, qué vas a tomar?

– Nada de alcohol. Sólo morderé una naranja, pero en el pinar.

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– V –

LA IGLESIA VISTA DESDE EL PINAR

En el comedor había dos señores veraneantes a quienes preguntó Joaquín.

– Qué, ¿hoy no hay playa de Cueto-Rodrigo?

– No. Hemos tenido que cambiar de sitio, por causa de esas señoritas.

Arsenio se despidió, marchando a su fábrica, y Joaquín con un libro en la mano, y yo con el periódico fuimos al pinar, hasta la hora de comer.

Estaba el sol quemando pero a la sombra de los pinos se respiraba un ambiente de frescura deliciosa. Por debajo de las copas de los árboles se veía, de frente, el testero de la iglesia. Es admirable, le dije a Joaquín. El arquitecto que la trazó, puede estar orgulloso.

– No lo creas. Él tenía otro proyecto ojival pero el Argentino que costeó la obra había delegado todo lo relativo a la construcción en un sacerdote de este pueblo catedrático de Arqueología en el seminario de León. Este fue el autor del proyecto y el arquitecto no hizo más que ejecutarlo. El sacerdote tenía incrustada en el alma, la planta románica de S. Isidoro, estaba entusiasmado con los restos de la iglesia románica de Moreruela, y este templo de fines del siglo XII fue el modelo que se copió aquí. Es de una ligereza que pasma. A los contrafuertes laterales que afean la vista de los templos bizantinos, el Cister ensayó estas iglesias de mucha luz, de bóvedas anchas, de medias naranjas horizontales, idearon unos contrafuertes que no son visibles, matando esos pegotes feos adosados a las paredes. Mira, desde aquí, el esqueleto de toda la  obra. Sirven de contrafuertes, en la cabecera, el ábside; en el centro, los dos senos del crucero, en el medio, los dos pórticos del sur y del norte, que recogen el peso de las bóvedas, y a los pies, la gravitación vertical de la torre, haciendo de todo el edificio una masa armónica, elegante de gran belleza plástica. Luego, los artistas ojivales, para los templos grandes, arrimaron a los muros los botareles y arbotantes, rematados por agujas, que pesan, como cirineos bellos que sostienen las enormes techumbres ojivales.

Además, aquí tuvo suerte el arquitecto con el material de construcción. Una cantera caliza, con vetas marmóreas, ya explotada, para los puentes y muros de la carretera, era una mina rica, que estaba al alcance de la mano. Y de esa cantera, salieron bloques limpios y sanos que, al salir de los filones, eran suaves y fáciles de labrar, pero puestos a la obra, el sol y el aire los endurece y hermosea. Así se pudo hacer una obra en la que la sillería labrada, por canteros del país, da lustre y hermosura a todo el edificio. Pilastras, arcos, cornisas, jambas, fustes y capiteles, ventanales y enlosados, todo luce, y lucirá como un joya de merecida fama.

– Y ¿qué me dices del generoso donante?

– Ya lo conocerás, porque suele venir, todos los veranos, y lo esperan, en estos días. Es un señor muy campechano y simpático.

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A principios de este siglo, andaba por los montes de este pueblo, un rapaz espabilado guardando ovejas, de vecero, por las casas, pues su madre viuda y pobre, harto tenía que hacer con labrar unas tierrucas, y regar unos prados, de ladera, para sostener un hogar necesitado. El pastorcito aquel de Cisnarios tenía alas para volar fuera del nido, y a los 18 años, salió de casa a Madrid, empleado, por unos parientes en una panadería. Allí se portó como diligente empleado, pero, en su cabeza de tipo vasco-leonés –su padre era de Guipúzcoa- y vino aquí, de barrenista en la carretera- hervía todo un sueño ambicioso de grandeza, con ideas geniales de correr mundo, y se marchó a América, sin rumbo, sin sitio determinado de aterrizar. Cayó en Argentina, y allí se colocó de obrero en una fábrica pobre de jabón, en las afueras de Buenos Aires.

Pronto se dio cuenta el dueño de que aquel obrero joven, tenía algo especial en la cabeza, y lo mandó al Chaco a comprar grasas de sebo, para la fábrica. El mozo de Cisnarios, vio en aquella paramera inmensa, un campo prometedor de esperanzas. A los dos años, ya era de su cuenta. Ya tenía ahorros; ya podía socorrer pródigamente a su madre y hermanos. Soñaba, soñaba sin cesar. El y unos pocos obreros se lanzaron a una aventura ambiciosa, la de producir, producir mucho, y vender, en competencia, pero mejorando la mercancía, introduciendo a los pocos obreros, como socios, como obreros que eran socios, no esclavos del trabajo. El negocio prosperaba, los jabones se vendían, fuera de la ciudad, y poco a poco, a fuerza de constancia, y con perspectivas halagüeñas, Juan, el de Cisnarios conquistó en la Argentina un nombre preclaro de fama industrial.

Él había llevado a América a sus nervios robustos, para el trabajo, y cabeza llena de ilusiones, su voluntad recia, como la de los conquistadores del siglo XVI, pero su corazón ¡Ah! el corazón, lo había hipotecado en España, clavado con garfios de oro, en un pueblín de la montaña leonesa, en aquella casuca pobre de Cisnarios, en aquella iglesia vetusta, en la que había sido bautizado, en aquellos montes y valles, por los que corriera de pastor de ovejas ajenas, en aquel rio que hurgaba las piedras para atrapar fina truchas, en aquellos picos altos sobre los cuales se había sentado, a cantar y a soñar. No habían pasado diez años, y Juan, señor, ya, de caudales crecidos, pensó en hacer un hogar, y no descansó hasta ofrecer a una muchacha de su pueblo, que hacía poco moraba en Buenos Aires, su persona, y sus ahorros para, juntos, emprender la ruta del matrimonio, con decisión, y esperanzas. Dios lo bendijo con hijos, y para ellos y para los suyos de Cisnarios, trabajaba con ahínco, y con fruto.

Su madre los esperaba. Y vino a su pueblo, en plan de rico, no fastuoso ni dilapidador, sino, con el bolsillo abierto a todas las necesidades, a todos los adelantos de su querido pueblo. Le dolía ver aquella iglesiuca medio enterrada, entre peñascos, y habló con vecinos y amigos de un proyecto que tenía, de levantar con la ayuda de todos, un templo digno, del rumbo que tomaba Cisnarios: Dios nos ayudará –decía con confianza-. Y fue tan generoso, y tan puntual en las remesas de dinero, que la obra se hizo en poco más de tres años. Un sacerdote de su pueblo, fue el confidente, el director de toda la obra, y cuando se inauguró, con la presencia de dos Obispos, personajes esclarecidos de la Provincia y un público numeroso, Juan sonreía orgulloso y alegre, sentado, como un rey bondadoso, en su iglesia, que era como su trono, y repartía a manos llenas donativos y regalos, pleno de satisfacción. Ya lo conocerás. No ha cambiado; es el mismo rapaz de antaño, simpático y cariñoso, idealista y trabajador.

¡Qué bien se estaba en el pinar, oyendo a Joaquín, y conversando con otros veraneantes, que se sentaban cerca de nosotros!. Ya los trataba a todos. Son gente muy buena. Proceden de León, de Asturias, son de esa mesocracia sana y honrada de la raza hispana que conserva las costumbres y las creencias de sus antepasados. Son empleados altos de empresas mineras, oficinistas del Estado, rentistas modestos que ahorran unas pesetas, en el invierno, para disfrutar en el verano, unos meses de reposo, en el campo. Ellas son mujeres piadosas, madres, casi todas, y no se separan de sus maridos, en todo el día. En el pinar, cuidan de sus niños, cosen, hacen punto, y aún les queda tiempo para leer novelas que entretienen a sus maridos. Se comentaba la FUIDA de las extravagantes señoritas, y en aquella camadería fraternal, volaban las horas, y se tonificaban los nervios enfermos.

Eran ya cerca de las dos de la tarde, cuando bajamos del pinar, llamados, a voces desde la fonda, por una ventana del norte.

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– VI –

MIS PRIMERAS IMPRESIONES

La conversación, durante la comida seguía, en torno a la iglesia y al fundador de ella. Es una iglesia –decía un veraneante- con suerte. No sólo Dn. Juan está volcando dinero para dotarla de objetos de culto lujosos, sino otras personas del pueblo, que andan por allá se apresuran a hacer donativos valiosos. Pero, además, hay aquí, veraneando una señora catalana, domiciliada en Gijón, la cual se hizo un bonito chalet en este pueblo, Anita Ory, que cada año regala cosas de gran valor artístico y suntuario. Está enamorada de Cisnarios, y el pueblo la venera, como a hija predilecta.

– ¿Y Dn. Juan, -preguntó a Joaquín, una señora- es muy rico?

Y muy sensato y modesto. No le he oído hacer alarde de sus riquezas, pero por indianos que vienen de la Argentina, pude enterarme de que es una potencia financiera, de mucho relieve. No sólo tiene fábricas de jabón, sosa caustica, velas, oleína, estearina, y otros derivados de las grasas de carnero, sino que, hace años, cuando empezó las guerra europea, está tirando al rio la glicerina, y de repente adquirió un precio enorme, ganando muchos miles de dólares, en los Estados Unidos. Hoy sigue vendiéndola a placer. El mercado de sus productos industriales tiene acaparada la venta en la Argentina, y hasta el Japón llegan las mercancías suyas, muy apreciadas. Y no sólo esta industria le produce ganancias pingues, sino que es dueño de fincas rústicas de gran expansión, algunas tienen más de 300 hectáreas, en las que cría cientos de vacas, yeguas y ovejas. Cerca de Buenos Aires posee una finca preciosa, en cuya portada de rejas de hierro, luce este nombre ¨VILLA CISNARIOS¨.

– ¿Tendrá muchos obreros?

– Muchos y muy contentos, con su amo. Además de los salarios, y las primas de previsión, les da una participación en los beneficios. No ha tenido huelgas, a pesar de la inestabilidad política que hay, allí, y de los conflictos de orden social que perturban a aquella República.

– ¿Todos serán argentinos?

– Y españoles. Ha llevado a toda su familia; un hermano, varios cuñados, y primos y tienen bonitas colocaciones: Tuvo la desgracia de perder, muy joven a su mujer, y después de varios años de viudo, se volvió a casar, pero con una muchacha de Cisnarios, que convive con sus hijos en la más perfecta armonía. Tiene aquí una casita muy mona, y en ella pasa la mayor parte de los veranos. Trae coche y chófer, y recorre casi toda España en plan de turista. La esperan un día de estos.

Durante el café, le decía yo a Joaquín. Estoy muy contento. No sé por qué me parece que he acertado con el lugar de mi veraneo. Dormí, anoche, bastante. La comida me sienta bien, y eso que es de platos variados y suculentos. Dos horas de siesta, sin dormir, paseos por el campo, y sobre todo tu compañía, me están arreglando los nervios. Y eso que observo que, por la tarde no se te ve el pelo.

Las paso con mi tormento. Estoy flechado por unos ojos que me taladran el alma. Empecé a tratarla, para pasar el tiempo, y hoy, no acierto a estar sin ella.

¿Todas esas tenemos?. Pues, mi enhorabuena. Ya me contaras cosas.

Mientras tú te acuestas, nosotros pasamos dos horas, jugando al tute. Comentamos la jugadas, discutimos, y reñimos, pero entusiasmados y alegres. Si quieres, esta tarde podemos dar un paseo corto, por el camino de una ermita popular, y de paso refrescaremos en una fuente que mana, a la vera del camino, que tiene una agua sabrosísima, muy fría y muy tónica.

Muy complacido y hasta luego.

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– VII –

EL PASEO A LA ERMITA DE PEREDA

Éramos una cuadrilla numerosa de las dos fondas, los que pasamos al otro lado del rio, por un puente de cemento armado, sostenido por pilastras gruesas. Las mujeres iban delante, con los chiquillos que se entretenían, cogiendo flores, a la orilla del camino, orlado, la derecha con un matizo espeso de roble, y a la izquierda, por matas de avellano que ceñían la faja de prados y tierras de la vega. En la fuente, nos esperaban los pequeños, y una señora sacó de su bolsa un vaso que fue llenando y ofreciendo a todos. El primer vaso, me supo a gloria; repetí hasta tres veces. Seguimos camino arriba, y en una curva, que tuerce la dirección, buscando el valle de Umbrosa, dirigimos una mirada al tablazo del rio, en el que nadaban varios bañistas. Sobre el tablero del peñón de Cueto-Rodrigo, vimos tumbados al sol, a dos mujeres.

Son ellas –dijo la señora de un Capataz de Minas- las deshonestas muchachas que tantos comentarios causan en todo el pueblo.

– ¿Vd. las conoce?

– No. Ni ganas, pero esta amiga que se hospeda en la fonda de ellas, me ha contado cosas que repugnan y asquean. La que hace de ama, es una institutriz de los hijos de una señora divorciada de un rico nuevo, que es de una villa de León… Por eso vienen aquí. A la institutriz le tocó la lotería, y hace, como ella dice, su vida, y tiene un apellido, tomado de un rio vizcaíno.

Nos acercamos a la ermita, en una tarde deliciosa y suave; el ambiente fresco, pero no frio; los pájaros de las enramadas del camino no cesaban de cantar, y al abrirse el valle, se ofreció, un paisaje duro, de laderas frondosas, y en el fondo, un arroyo espumoso y claro que saltaba entre guijarros y salgueros, en cascadas rumorosas. La ermita, con su espadaña salpicada de yerbatos, era oscura, sin ventanales, y con unas paredes fuertes de peña toba.

– Creo que es muy popular –le dije a Joaquín-.

Y muy antigua como consta en los fastos de la historia de León.

Yo logré recoger datos muy curiosos que esmaltan la vida de esta ermita que fue, en el siglo X, un monasterio Dúplice, fundado por un personaje muy afamado, en el Reino leonés, en tiempos de Alfonso V, Bermudo III y Fernando I, era el Conde Fláginez, emparentado con las más linajudas familias del Reino; un leonesista entusiasta, que estuvo, siempre, en la brecha política contra la rebeldía solapada de los Condes de Castilla. Era dueño de inmensa fortuna, sobre todo en la ribera del alto Esla.

Aquí tenía un latifundio, con posesión de estas vegas y montes. Residía en su fuerte castillo de Aquilare, escondido, detrás de ese pico de Alio, en un cerro riscoso y escondido. Desde este cantillo hacía excursiones militares contra los moros y contra Castilla, como gobernador Militar de la ciudad de León, y ¨AMIGO¨ del Rey, defendiendo, siempre, la realeza leonesa contra todos sus enemigos.

Este Conde que no se rindió a Almanzor, que no tuvo contubernios escandalosos con la nobleza traidora, tuvo la gentileza de levantar, aquí, en sus posesiones, en el año 1.020, un cenobio, al que dotó con esplendidez y generosidad. Lo inauguró con presencia del Rey Alfonso V, de su hijo Bermudo, de Obispos, de gran número de Condes y parientes. Se conserva el original en un pergamino, redactado por el Notario Petrus, uno de los escribas más expertos de la Curia Real. Procede de Benevívere, a donde fue a parar, en el siglo XV, desde Sahagún, con motivo de la reforma Benedictina de entonces. En este documento precioso se dice que:  ¨este monasterio lo fundó Fernando Fláginez, en su posesión de PEREDA, cerca del rio Esla, y puso al frente del cenobio a una Abadesa, – según costumbre muy generalizada- y declara que es su voluntad y la de su mujer Elvira, que sea, esta iglesia, el lugar de sus sepulcros.

Después de la inauguración, se reunieron los personajes en su castillo de Aquilare, y allí, sus hijos prometieron observar el testamento de su padre ¨que nos gusta mucho¨. Pocos años, después, este monasterio Duplice, se dividió en dos residencias, la de las monjas, en Pereda, y la de los monjes, en el rellano de este monte, en donde aún se conservan los restos del viejo edificio.

En este cenobio, había, una pequeña ermitina dedicada a la Virgen, en el sitio de que debió ser un Fano gentílico, hasta los tiempos de Teodosio el Grande, que mandó convertir los templos gentiles, en iglesias cristianas. Mira, la planta del Fanos se conserva típica, con el arco romano que sería la entrada al próstilo. Sería interesante descubrir el sepulcro de Fláginez, de seguro enterrado, cerca del presbiterio.

Las noticias de Joaquín, eruditas e interesantes me impresionaron mucho, y prometí venir, con frecuencia a esta ermita histórica y devota, rezando el rosario como estaban haciendo las señoras que nos acompañaban.

Harás muy bien, sobre todo, en unos días que que tengo que hacer un viaje a Asturias, y estarás un poco aburrido en Cisnarios.

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– VIII –

UN PASEO SOLITARIO

A los diez días de mi estancia, en Cisnarios el médico del pueblo me hizo un detallado reconocimiento de mi salud, para remitírselo al especialista de Madrid. Había mejorado, pero los nervios y músculos motores de las piernas seguían débiles y cansados. Dormía siete horas; me alimentaba, con regularidad, paseaba por los montes sin ahogos, pero, por la tarde estaba cansado, y con dolores reumáticos.

La compañía de Joaquín, fue, para mí, un hallazgo. Ambos teníamos las mismas aficiones científicas y literarias. A ambos nos interesaban los temas de historia y de geología, y la erudición selecta, la conversación amena, los escarceos que mi amigo, me hacía, por los campos de la geografía y las historia leonesas, me entretenían con placer, y me intrigaban los datos curiosos, las anécdotas de sus narraciones, salpicadas con detalles arrancados de la cantera riquísima de los archivos de León.

Pero Joaquín marchó con unos amigos, a Asturias, y en su ausencia, a pesar de la grata compañía de los veraneantes, las tardes, que ellos consagraban a sus familias, eran, para mí, largas y algo aburridas. Solía pasear a orillas del caudaloso rio, viendo a los deportistas de pesca, tirar el carrete y manejar la caña larga, con poco fruto de sus aficiones.

Una tarde caliginosa y de cielo entoldado, salí, soto arriba, en busca de sombras frescas, debajo de los fresnos, contemplando el oleaje oscilante de los trigales y la serena quietud de los chopos, cuyas ramas no se movían. Todo el paisaje estaba en calma. Al mediodía cruzaba el horizonte una nube negra, y densa, de la que salín chispazos eléctricos, seguidos de truenos poco sonoros y lejanos. No encontraba sitio para refrescar. Me senté en la huera, sobre un peñasco que emergía del rio, con asiento cómodo, hasta respaldo de ramas de fresno, que agradeció mi dorso dolorido. Al norte de mi butaca verde, una mata espesa de salgueros y espinos, me cerraba el paisaje bravo de Remanganes, las crestas blancas de las Pintas.

Pronto me di cuenta, de que, muy cerca de mí, había gente que hablaba; oí risas de mujer, y palabras de una conversación entretenida. Me acerqué y eran dos muchachas que estaban merendando al pie de una fuente que manaba de las grietas del serrón. Casi se asustaron, al verme. Se levantaron, presurosas, dejando sobre el césped de una camperina, trozos de merienda. Las conocía, de vista, por ser amigas de una moza del pueblo, con la cual pasaba Joaquín largas horas de interesante charla.

– ¿Qué hacéis aquí –las dije-?

– Ya lo ve Vd., me contestó la más joven. Estamos tirando por la vida, merendando a orillas de esta fuente fría. Si Vd. gusta, todavía tenemos rebojos de pan, y algunas rajas de jamón.

– Gracias por vuestra oferta, y gracias, sobre todo, por haberme descubierto esta fuente, para beber y hartar mi sed.

– ¡Claro!: Como no está D. Joaquín, tiene que andar solo y aburrido.

– A mí, la soledad no me aburre; antes, al contrario me deleita y tonifica. Por eso vine solo esta tarde. ¿Por qué merendáis en el campo?

– Porque como estamos escavando patatas ahí, muy cerca y la tarde se pone calurosa, descansamos aquí, en donde el rio trae frescura.

– No sabéis lo que os agradezco vuestra compañía. Ambas pusieron un carmín rojo y se disponían a volver a las patatas, casi sin despedirse de mí. Por lo que veo tratáis con mucha confianza a mi amigo Joaquín.

– Como si fuera del pueblo: Aquí viene, hace tres años y hasta en las vacantes de Navidad y Semana Santa, suele pasar en Cisnarios varios días.

– Sí. Está encantado de este pueblo.

– Del pueblo y… de Tina, que es su novia.

– ¿Qué dices?. ¿Será para pasar el rato?

– No lo crea. La cosa va de veras, y si no se casaron ya, es porque un impedimento IMPEDIENTE como lo llaman los Curas. Yo lo trato mucho, porque, como estoy haciendo la carrera de Maestra, en León, es tan atento que hasta me acompaña, en los paseos, en los cuales, hablamos mucho de sus cosas. En muy simpático.

– A ver, a ver. Tenéis que deteneros un poco para que me expliquéis ese enigma del noviazgo de Joaquín.

– No creo que haya tapujos, no cosa que deshonre. Es que Tina está sola, con su padre que va para viejo, y como el tío Matías tiene mucho caudal, Tina no quiere ser señora de ciudad, sino ama de su casa de labradores ricos.

– Por lo visto es hija única.

– No. Son cuatro hermanos, pero los tres mayores, andan desperdigados por esos mundos y ninguno piensa volver a Cisnarios. El mayor, Dn. José, es sacerdote y tiene una parroquia grande en Campos. Agustina, la que le sigue, hizo la carrera de Maestra en un colegio de Monjas, y como era muy buena y muy lista, la cazaron las monjas, y anda, la pobre, por el Japón adoctrinando a infieles. El tercero, es abogado, hizo oposiciones a Notarías, y obtuvo la de Pravia, en Asturias, y, ahora, anda por Canarias, casado y con hijos, ganando mucho dinero. En su casa quedó sola Tina, con su padre. Es algo pariente nuestra, y muy amiga y nos cuenta sus dudas matrimoniales.

– No veo problema. Porque si se quieren, al padre no le queda otro remedio que el de soltar a su hija.

– Eso es  imposible. El tío Matías no abandona su casa, ni sus vacas, ni sus huertas, aunque le brinden con ser señor de ciudad, y Tina, tampoco está dispuesta a abandonar a su padre, y eso que está enamorada de veras.

– Pues supongo que Joaquín tampoco pensará abandonar su brillante carrera para convertirse en labrador de montaña.

– ¡Claro! IMPEDIMENTO IMPEDIENTE.

Sonó un trueno estridente, y cercano. Cruzaban las chispas eléctricas de cumbre a cumbre, y la nube negra y baja subía retoreando y bramando, ribera arriba. Cayeron unos goterones aislados, y empecé a preocuparme.

– No tenemos tiempo que perder, me dijo Adela, la maestrina. La nube no nos deja llegar al pueblo, pero, muy cerca de aquí, hay un alcantarillón que, muchas veces hace de refugio de caminantes, en temporales de nieve. Vamos, de prisa que ya llueve muy cerca.

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– IX –

EN EL ALCANTARILLÓN

Llegamos a tiempo para refugiarnos en el alcantarillón, que me ofrecieron las escavadoras. Era un túnel de piedra labrada, que recogía las aguas de un arroyo que bajaba de un rehueco grande y sin árboles, tapizado de helechos. Tenía una altura de cerca de dos metros, y a los lados de los muros, había asientos de losas, y en el centro, las señales de lumbres y cenizas. Me senté sobre uno de los asientos, y las mozas, no hacían más que asomarse, para ver como descargaba la nube, oyendo el campaneo constante de los truenos. Enseguida llegaron tres huéspedes desconocidos para mí. Ellas los conocían y se saludaron con pocas palabras. Uno era el pastor del pueblo, y había dejado el rebaño, debajo de unos enebros; otro, el caminero de aquel trayecto, y el tercero, un pescador que había visto, hacía poco, pescando a cucharilla.

Los tres me dieron las buenas tardes.

– ¿Buenas?, les contesté. Por las trazas tenemos una de esas nubes asoladoras y temibles. ¿Estaremos seguros aquí?

– Mejor que en una casa, me contestó el pastor. Mire Vd. para abajo, y para los picos de las peñas de ambos lados de la ribera, y verá que son dos nubes de esas malas, que se amecen, y luchan una contra otra. Es frecuente esta lucha. La nube se formó en el páramo, allá abajo. Al llegar a la montaña se dividió como siempre, y una parte sube por los picos de la derecha, por las cuerdas de Pardomino, y la otra no se aparta de los picos de Alio, como si la tuvieran presa. Dicen que estos picos atraen a las nubes, porque tienen vetas minerales. Mejor lo sabrá Vd. que es leído.

– El caminero nos dijo que esta nube es de las malas; trae mucha carga, y en donde le reviente la panza, puede ser dañina. Mire cómo pelean; se disparan rayos, como en la guerra, y vocean, lo mesmo que los soldados al entrar en batalla. Dambas suben hacia los puertos, y en las riberas, no hacen más que derramar agua, a chorros, pero si se le ocurre al cierzo ponerse la montera, como sabe mucho de estrategia, se arrebuja en los picos, se sitúa en las vallinas, y otra pelea que  termina con aplastar el cierzo, que es muy valiente, a las nubes, y éstas, entonces se aplastan en las riberas, y aquí nos libre Dios. No tenga Vd. miedo. La nube es de las de encargo, y lo que puede ocurrir es que las gotas de agua se conviertan en granizo, y ¡Ay de las tus ovejas, Mauricio, que se te arricen!

El pescador estaba callado, y el pastor se asomó a la entrada del norte para ver si sus ovejas se habían desperdigado.

– Lo que siento –decía-,  es que los corderos están recién esquilados, y el granizo es gordo como avellanas.

Lo peor es que el arroyo se desborde, y nos espante a todos, dijo en caminero. Pero Vd. no tenga miedo. A cada paso bajan coches y camiones, y si la cosa se pone fea, mando parar a alguno que los lleve al pueblo.

Las muchachas dieron gritos de alegría, sobre todo por haberme traído a mí a este refugio.

Yo alardeaba de serenidad, pero, el miedo me invadía.

Seguía lloviendo a mares y las nubes estaban como colgadas, sobre nosotros descargando sus vientres hinchados, entre los taludes de la ribera.

El pastor volvió a asomarse, y ¡No me gusta eso! –dijo-. Miren cómo se arrastra por el rio, una neblina blanca, que baja del norte, es el cierzo que está en plena batalla con las nubes. A lo mejor, no cesa de llover en toda la noche. La cosa se pone fea. En las gibas de las Pintas, se están colocando otras nubes de cierzo, que amenazan con un diluvio.

El caminero no cesaba de otear, y no era tan pesimista. Dijo que, hacia Cisnarios empezaba a dibujarse un claro de luz. ¡Ese maldito cierzo, es el que no deja a las nubes vaciarse!.

Sonó un trueno horrísono; cruzaron dos relámpagos, tan bajos, que a mí me parecía que salían del mismo túnel. Luego, otros estallidos que resonaban en los canalizos de enfrente, y el aguacero que volvió a caer, no en gotas sino en chorros, como si Neptuno estuviera vaciando sus ánforas de oro, según dicen los mitólogos.

De modo, le dije al caminero, que habrá que pasar, aquí, la noche.

Nosotros quizá, pero Vd. y las chicas, ya habrá ocasión de parar algún coche.

Oímos la bocina de un camión; el caminero saltó a la carretera y lo detuvo. Nos volvió el alma al cuerpo, y el pescador, todo mojado, y las muchachas y yo nos sentamos en el coche, y en cinco minutos llegamos a Cisnarios. El susto había sido morrocotudo.

Ya de noche, oí los cencerros de las ovejas, y el pastor me dijo que se le habían arrecido diez corderos.

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– X –

EL PROBLEMA DE JOAQUIN

Tres días, nada más, duró la excursión de Joaquín a Asturias.

Cada vez, me dijo, encuentro las playas del Cantábrico menos atrayentes. Los ricos nuevos acaparan los hoteles lujosos, y esa mesocracia, adinerada de la industria, todavía no sabe vivir en el plan aristocrático y cultural de otros países más adelantados que el nuestro. Recorrí desde Santander hasta Gijón, y me bastaron para echar de menos, los montes y ríos, los paisajes bellísimos de la montaña leonesa. Aquí me tienes, decidido a acompañarte, en paseos y excursiones, hasta que tu salud –que mejora rápidamente- te permita escalar las cumbres, doblar colladas, y trasponer el espinazo de estas peñas encantadoras.

Lo peor es que tú estás enfermo de los nervios, y aunque no los creas, también yo siento dolencias agudas, no físicas, sino síquicas. Tengo dolorida el alma, y ya es ocasión de que te abra mi pecho, y te haga confidente de mi enfermedad. ¡Estoy enamorado!. Y de un imposible. No es el clima ni el paisaje lo que me tiene amarrado a este pueblo, con cadenas más fuertes que las de hierro. Hace ya dos años, que hablo con una muchacha labradora, y tan completa la encuentro, que, para ella son todos mis pensamientos, y todas las ternuras de mi corazón. Físicamente es un modelo fisiológico. Alta, fuerte, colorada de mejillas, de una salud de bronce, y me parece que puede ser el tipo ideal de la madre de mis hijos. ¿Y su alma? ¡Ah!. Su alma es hermosa, y fuerte como la de las mujeres bíblicas, como tipo creado por los poetas y artistas helénicos. No siente las veleidades de la moda, no sueña con presumir en los paseos y teatros de las grandes ciudades. Casta, recatada, caserina, trabajadora, sabe hilar lana de sus ovejas, y administra una casa, llena de todo. Todos sus afanes se concentran en el amor a su padre, viudo y viejo, y en hacer que sus criados sean una continuación de la familia. Sí, yo estoy enamorado y ella es prisionera de mi amor y está tan contenta, de esta cárcel, que un cambio o contrariedad, la trastornaría el cerebro. Tiene hermanos, pero todos bien colocados, y ausentes. Rica en prados y huertas, en ganados y ahorro de su padre, y su ilusión se ve truncada, como la mía, por esa ley fatal del destino, por un de esos imposibles que cortan los caminos de la felicidad. Mi caso es muy complicado, y por eso necesito tus consejos, por si pueden desenredar la madeja de mi problema.

Estas confidencias me las hacía Joaquín, sentado sobre el césped florido del pinar, oyendo la música de los pájaros, y el susurro, suave y perfumado de un vientecillo que apenas movía las copas altas de los árboles, y los tallos débiles de las margaritas de la ladera… No me cogen desprevenido tus confidencias. Sabía algo de tus amoríos por conversación que tuve, la otra tarde con dos lindas escavadoras, que encontré merendando a orillas de una fuente, en el soto. Coinciden los temores, con las noticias que me dieron estas dos muchachas. Ellas me hicieron un panegírico tan cálido, como el que acabo de escuchar de tus labios, pero me dijeron que tenéis UN IMPEDIMENTO IMPEDIENTE, de difícil solución.

Sí. Es un dilema desesperanzador. O me resigno a dejar mi carrera, las aspiraciones de ascenso, y la vida de la ciudad, para ser, aquí, un labrador más, un ganadero rico y productor de frutas, viviendo en un pueblo bonito, sí, pero una aldea montañesa, en la que los inviernos deben ser durísimos. O hago este cambio de vida, o renuncio a todas mis ilusiones. ¿No te parece que mi enfermedad es más penosa que tu neurastenia?. Piénsalo bien; a ver si me resuelves este problema. Tengo treinta años, y ella veinticinco, no podemos esperar a que la muerte de su padre, que es un roble sano, no deje expedito el camino. Te digo que estoy con el alma en penas.

– El caso tuyo, merece ser meditado con calma, para orientarme en los detalles de tú problema. Que Tina es una moza de pueblo, pero culta y educada, que puede ser como el AMA de Gabriel y Galán, que vive contenta con sus vacas y con sus huertas de fruta, es cosa sabida de todos. ¿Pero no has pensado que todas esas cualidades se desvanecen, al soplo de la vida nueva, en la ciudad?. Si mataras sus aficiones y costumbres, serías, dos veces asesino. Tina, en Cisnarios es una reina, pero Tina señora de ciudad, puede ser una desgraciada, una planta exótica que no se aclimata en un ambiente frívolo y aparatoso. Y si tú, para no contrariarla, te decides a vivir en un pueblo, ¿serás capaz de acomodarte a los usos y aficiones de labrador?. Todo esto hay que sopesarlo, serenamente, tranquilamente, en la balanza de una conciencia equilibrada y ajustada a la realidad. Cada planta, necesita su clima, cada pájaro busca la zona más propicia para gozar de libertad. ¿No te has fijado en las cigüeñas y golondrinas, que vienen y marchan, pero vuelven a sus nidos, obedientes a una ley de la naturaleza? Tú podías vivir en León, con tu mujer en invierno, y podías emigrar con ella y con tus hijos –si Dios te los diera- a esta montaña paradisíaca, pero ¡Tina!, Tina no puede ser feliz en la ciudad, y tú no puedes ser dichoso en un pueblo tapado de nieve, en muchos meses.

– Es decir que me aconsejas que desista de mis ilusiones. Eso no puede ser, no debo, no quiero, no puedo a estas alturas, cambiar de rumbo. O me caso con Tina, o seré un inadaptado, uno de esos desgraciados que se desviaron de las rutas de su vocación.

– Eres demasiado suspicaz, veo que no has entendido mis observaciones. Hay otro extremo de tu porvenir, que conviene que lo estudies serenamente, cristianamente, y que puede ser la solución de tu problema. Yo supongo que Tina, casada contigo, y viviendo en una ciudad, pudiera ser una desgraciada, por no poder o por no saber adaptarse a las costumbres ciudadanas. Pero Joaquín Alonso, catedrático culto y laborioso, criado en la ciudad, entusiasmado con la vida moderna, rodeado de amigos, ¿no podrá sacrificar todas esas ventajas, retirándose a vivir con su mujer, en una aldea progresiva, de la montaña?. Esto es lo que necesitas madurar en tu conciencia. ¿Quieres que hagamos un parangón desapasionado –objetivo se dice ahora- entre la vida campesina y la ciudadana?. Pues yo ciudadano, cien por cien, nacido en Sevilla, y vecino de Madrid, he meditado mucho, en las ventajas e inconvenientes de la vida ciudadana. En la ciudad, no vivimos en casas, vivimos en jaulas, sin sol, sin luz, sin aire limpio, sin alimentos sanos, contagiados, continuamente, con una atmosfera llena de microbios, con un aire que ha pasado por miles de pulmones enfermos.

Me lo decía, hace pocos días, un compañero de la Universidad: En Madrid –me decía- no se puede vivir, ni con dinero. Veo los restaurantes abarrotados de gentes que toman manjares exquisitos, veo las carreteras atascadas de coches que se chocan y embisten produciendo cientos de heridos y muertos; veo colas en las taquillas de los teatros, cines y fútbol, veo que cuanto más caras están las cosas, más se buscan, y que una tara colectiva se ha apoderado de todas las clases sociales.

Inconvenientes –le contesté yo- del absentismo, que está dejando desierto al campo, para convertir a las ciudades en suburbios infectos, en donde se amontonan los hombres y las mujeres, en rebaños de seres vivos que convierten las calles en hospitales y cementerios. Si no se corrige esta corriente emigratoria a la ciudad, pronto seremos todos enfermos crónicos y unos hambrientos insatisfechos.

Hay que volver al campo –me replicó- a alimentarse, a respirar aire puro, a vivir en contacto con la naturaleza. Ya se vislumbra este retorno salvador.

En Madrid, ya son muchos los ricos que hacen casas en la sierra, que compran heredades en los pueblos, que se alejan de la ciudad, buscando, como el poeta montañés:

Una heredad en el campo,
Y una casa en la heredad.
¡Jesús, que felicidad!

Es la historia de todas las civilizaciones Asiáticas y Europeas. Primero el campo que invade la ciudad, y después, los ciudadanos que vuelven al campo para vivir sanos y alegres.

No es eso –me contestó Joaquín-. Es que tu neurastenia, te produce ilusiones, sueños, ideales que serán buenos, pero que están fuera de la realidad.

¿Es decir que tú no piensas vivir en el campo, si te casas con Tina, y ha de ser Tina, la víctima de tus caprichos, la dislocada de su vocación?

No sueñes. La ciudad volverá al campo, cuando el campo tenga las comodidades de la ciudad.

Conforme. Y cuando la ciudad deje de ser una enfermería contagiosa. Estamos veraneando en una aldea que no tiene envidia de la ciudad más adelantada. Aquí hay teléfono, agua riquísima en todas las casas, cuarto de baño, en muchas de ellas receptores de radio en todas las cocinas, y según veo en la estafeta revistas y periódicos de León y de Madrid, y por si esto no fuera bastante, me dicen que el Argentino que hizo la iglesia, piensa construir una casa de pueblo, son sala de cine, biblioteca y calefacción para el invierno.

– Pero no todos los pueblos son Cisnarios.

Lo llegarán a ser, no lo dudes, ¿No decías tú que en esta montaña, se está trasformando la vida, en riqueza, en cultura, en higiene?

De eso ya hablaremos, que por hoy, ya nos hemos entregado a discusiones, que se rozan con tu problema.

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– XI –

LA VIDA EN LA MONTAÑA

No había una nube en el cielo; el sol brillaba, saltando picos y como decía el poeta: ¨Sepultando estrellas¨. Joaquín y yo, salimos, temprano, para pasear por el camino viejo del Ventaniello. Mis nervios se estaban normalizando, las piernas no protestaban, si subían cuestas, y doblaban cerros. Había puesto dos kilos de peso, y dormía, sin soñar, siete horas. El paseo de aquella mañana, lo teníamos proyectado, como uno de los paisajes más bravos según mi amigo.

Al salir del pueblo, por la carretera, se incorporó a nosotros Arsenio, el amigo de Joaquín. Iba a ver unos obreros que tenía cortando madera en el monte próximo al Ventaniello.

En los prados de la vega, vimos a un hombre cargando un carro de yerba, y a una moza, con un pañuelo de seda, en la cabeza, cogiendo, con los brazos las horcadas de heno, y los esparcía, en el carro, en rollos y capas. Joaquín los conoció enseguida. Eran el tío Matías y Tina. Los saludó, desde la carretera, y ella correspondió con un ademán de la mano derecha, expresivo y galante.

– Ahí la tenéis –nos dijo Joaquín-, un poco contrariado, trabajadora como una hormiga, ayuda a su padre y lleva la dirección de la casa como un ama ahorradora.

– Sí –le contestó Arsenio- es una moza ideal, pero, para ser labradora. Si tú piensas sacarla de aquí, acaso la hagas desgraciada. Cada uno tiene su vocación.

-Pasamos el bonito puente de Villapeces, y Arsenio nos dijo que acababa de ser construido por los vecinos del pueblo, sin ayudas del Estado.

– ¿Cómo es posible si habrá costado cerca del millón de pesetas?

– Pues esas pesetas salieron todas de un monte, en el cual no se nota la merma de robles. Ahora, están haciendo otra corta, para regar la vega.

– Lo ves contestó Joaquín- estos pueblos son muy ricos y viven casi sin trabajar. Les basta sus pastos y sus frutales.

– Por desgracia, sí son ricos objetó Arsenio.

– ¿Cómo, por desgracia?

Íbamos por el camino viejo, a la sombra de matas altas de roble y cerezo, y al llegar al brusco silíceo, Arsenio nos invitó a sentarnos, al borde del camino empedrado, con losas largas sin labrar. Es camino está abandonado, y tapines y flores crecen en las juntas de las piedras, y camperas.

El Ventaniello, es eso, una ventana, desde la que dibuja todo el rehueco, en que se sientan cuatro pueblos ricos y bellos. Las rocas oscuras de sílice, están cortadas a cercén, como si los Titanes las hubieran escindido para que el Esla las lamiera y esmerilara, a fuerza de besos y de siglos, haciendo zig-zas irregulares y tortuosos. De frente, un monte poblado de robles enormes y de hayas jóvenes, baja hasta la carretera, defendida del rio con un muro alto y grueso. Los arroyos saltarines, relucían al sol, en vallinas frondosas de avellanos y zarzamoras. Arriba, en la cumbre, asoma una sierra caliza, blanca como la leche, y estriada en poyatos y veredas. El paisaje es de una belleza encantadora. ¡Bonita ventana la del Ventaniello, para admirar la cinta de plata del rio, las vegas ubérrimas de Cisnarios, y los Picos de Alio, de Remanganes y las Pintas!

Joaquín no hablaba. Las últimas palabras de su amigo Arsenio le habían contrariado, y la vista de Tina cargando yerba, le disgustó sobremanera. Yo, en cambio, estaba locuaz y pregunté a Arsenio el por qué creía que Cisnarios es un pueblo rico, pero desgraciado. ¿Dónde hay una aldea –le dije- que tenga las condiciones de cultura, de progreso y de comodidades, como éste?. Eso no es una desgracia, es un don de Dios, y un orgullo de sus habitantes.

Todo esto es cierto, pero sigo creyendo que esta riqueza es una desgracia. Mira las laderas y las vallejas. Hace pocos años, eran vergeles cuidados. Producían cereales en abundancia y era el pan de todos los labradores. Hoy

Campos de soledad Mustios collados.

Los vecinos sí son ricos, pero el nivel de vida no se puede sostener cuando las costumbres acusan un descenso enorme en la producción. A mí me preocupa el afán materialista de gastar sin ahorrar. Hay unos pocos vecinos que aún trabajan y ahorran. Pero la mayoría pasa la vida, sin mirar para el porvenir. ¿Qué va a suceder en el año que se hiele la fruta, ó en que no haya mercado para comprarla?. Ya no amasan el pan en los hornos familiares, las tierras costaneras y muchas de las vegas están vacías, dando escobas. Siembran algo de alfalfa, pero en el estiaje, esta planta forrajera no se desarrolla. Antes estas tierras daban centeno, trigo, garbanzos; hoy todos estos productos hay que comprarlos, a precios fabulosos. ¿No le parece a Vd. que esta es una desgracia?. Pero, además, como nadie quiere trabajar y los gastos de una familia se multiplican, a la vuelta de pocos años, Cisnarios quedará reducido a la mitad de sus habitantes. No se trabaja, no se ahorra, no se produce. Y no es este mal propio de los labradores, es una plaga generalizada. Empieza a proliferar otra clase social que me asusta.

Hoy es frecuente el número de obreros que dejan la mina y se olvidan del arado, para hacerse pescadores de truchas, y como hay más pescadores que truchas, y el Esla que era el criadero de España, corre el peligro de que desaparezca tan preciado pescado. Yo he oído a varios de estos pescadores holgazanes esta frase que es elocuente: lo pasamos bien, en la taberna; las truchas pequeñas, las comemos, y las grandes las bebemos y fumamos. La riqueza pesquera desaparece por culpa de todos, de las clases directivas, y de los ansiosos pescadores, que sólo piensan en destruir, sin fomentar la cría, ni limitar las horas de pesca, sin esas restricciones que se imponen, cuando un artículo escasea.

Vds. Están encantados de la vida cómoda de estos pueblos, porque estamos, ahora, en plenos años de las vacas gordas. Ahora ven Vds. la labor de la recolección de la yerba, el trabajo más pesado de los montañeses, pero habrán observado que los segadores vienen, para casa, a las diez y no vuelven a la siega, hasta las seis de la tarde. Vd., Arturo, que es andaluz, le pregunto: ¿trabajan así los obreros y terratenientes en Andalucía?

– Y ¿qué remedio hay para contener ese mal?, le dije a Arsenio.

– Uno sólo. Trabajar moderadamente, y producir para ahorrar. Aquí hay labradores que son modelo de labriegos. El tío Matías, sin ir más lejos, es un tipo representativo de una raza laboriosa y ahorradora. Tiene uno de los caudales más saneados del pueblo, y con su trabajo y ahorro, pudo dar carrera a sus tres hijos mayores, y su hija soltera, ya la vieron Vds. cargando yerba como una criada. Si Tina acertara a caer con un mozo labrador, o con un marido que se tomara la tarea de reeducar a sus convecinos, acaso vinieran días más felices para Cisnarios.

Joaquín seguía distraído, y ni esta alusión directa logró sacarle de sus meditaciones. Se entretenía rodando pedruscos en el rio, desde una altura de doscientos metros, en un corte casi vertical. Le llamé para preguntarle por este corte de la peña, labrada en una cornisa, que corre por la pared de la peña para hacer un camino estrecho.

A un viejo de Villapeces le oí decir que había una fecha inscrita en una losa con los números de 1.775, y que desapareció hace poco tiempo. Era la fecha de este camino, que abrió por primera vez la comunicación, con carros por la ribera. Antes todos los caminos de la montaña era trasversales, porque los escobios del Esla eran impracticables. Los viejos caminos y rutas fueron trazados y usados por los Iberos y Celtas, si es que los primitivos indígenas no habían hecho senderos y trochas para trasladar sus mercancías.

– Veo que la carretera hace una curva larga que se podía haber evitado con otro puente, pasando a este lado.

– Sí, por eso dicen los paisanos que la carretera de Valberán es un HERRADURA de los ingenieros.

-Arsenio había vuelto a ver a sus obreros, y Joaquín me dijo que era cerca de mediodía y el calor empezaba a molestarnos. Pero no me has dicho, porque se llama al Ventaniello, el PAJAR DEL DIABLO.

– No lo sé. Pero cuentan que el camino empezó a empinarse, desde la venta de VAL-DE-ORED, y en el rellano, se levantaba una caseta grade para herramientas y cobijo de obreros. El caserón, terminado el camino, se convirtió en ventorro, con pajares para alimentar a las carrerías que bajaban de Valdeburón y un carretero que durmió allí, una noche, fue robado, a al lamentar el percance fue diciendo: ¡Maldito ese pajar del diablo!

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XII –

DOS MUJERES EN UNA SOLA PERSONA

Regresábamos por el camino hondo, a la sombra de esbeltos robles, casi sin hablar. Joaquín había estado, toda la mañana, como distraído y displicente.

– Sí, -me dijo- estoy triste y preocupado. Tú eres feliz, porque tus nervios van aquietándose, y la neurastenia casi ha desaparecido. En cambio, yo, cada día estoy más nervioso. Tina me trae loco, loco de amores, y no sé qué pensar de esta muchacha que su única persona, se desdobla en dos mujeres distintas y contradictorias. Al verla, esta mañana, cargando un carro de yerba, sufrí una decepción enorme. No es esa la mujer de mis ensueños, no es la esposa que soñé para madre de mis hijos. Yo vine aquí en este verano para decidir mi destino. Tengo ya treinta años y es hora de cambiar de vida. Tina me tiene perturbado, en mis proyectos matrimoniales, y ella está enamorada, casi con pasión tan fuerte como la mía, pero en nuestro camino, hay interpuesta una muralla que no acierto a romperla ni a saltarla. Espera, espera, me dice siempre. Yo no puedo abandonar a mi padre, porque temo, si nos casamos, para vivir en León, mi padre que pasa de los sesenta, es capaz de no darme el consentimiento, o de hacer un disparate, casándose con la criada, que es muy trabajadora, y lleva en mi casa, más de treinta años. Así me habló la otra noche. Antes que esto, estoy decidida a renunciar a mis ilusiones.  Hay una solución que está en tus manos, la cual me sugirió mi hermano el Cura que te voy a proponer. Si es que me quieres, renuncia a tu carrera, olvida tus aficiones, y decídete a ser un vecino de Cisnarios. Yo no te pido que te hagas labrador, que cuides las vacas, y huertas. No. Eso sería exigirte demasiado. El caudal de mi padre y no pocos ahorros que ha ido acumulando, son bastante para que seas un director de empresa, un marido que dirija un negocio, que promete se pingüe. ¿No me has dicho, muchas veces que te encanta la vida del campo?. Además, tú podías ser aquí un elemento decisivo para encauzar a estos paisanos que necesitan quien los oriente y dirija. ¡Qué dichosos seríamos si tú te decidieras a vivir en el campo!. Estas propuestas de Tina, son las que me traen preocupado. Yo te pedí hace días que me dieras un consejo para romper la muralla atravesada en mi camino, y soslayas mi tema, como si le tuvieras miedo. Yo no puedo desasirme de Tina, pero renunciar a mi carrera, olvidar mis aficiones a los libros, eso sería un suicidio, una locura, que ni mi padre, ni mis amigos han de consentir. Ese es el dilema de mi vida, nadar entre dos corrientes. ¡Por Dios! Ayúdame, que me estoy ahogando.

Estábamos llegando al pueblo; el calor arreciaba; hormigueaban en la vega los labradores, revolviendo yerba; el Tío Matías y Tina volvían con el carro vacío, y el tío Matías, con una sonrisa irónica nos dijo esta palabras que a Joaquín le sonaron a un desahucio.

– Está bien; los señoritos, sudando sin necesidad, los labradores, contentos con nuestro trabajo que Dios bendiga: Oigan el refrán que dice: ¨Cado pájaro a su espiga¨.

Durante la comida, Joaquín se puso despectivo, como si en su alma dolorida estuviera luchando contra las dos corrientes, de las que acaba de hablar.

– Bueno, -le dije-. Estás más enfermo que yo. Vinimos aquí a pasar alegremente el verano, y para ti, el veraneo es un tormento angustioso, un estado de ánimo morboso, del que hay que salir, a todo trance.

Sí. Pero con tus consejos que estoy esperando con ansiedad, no se arregla mi pleito.

Espera. Las tormentas del alma no suelen ser tan duraderas. A lo mejor es el tiempo el que aclara las situaciones más embrolladas. ¿Por qué no presentas tu caso al Cura del tío Marías, no como futuro cuñado, sino como Sacerdote que está acostumbrado a solucionar asuntos de conciencia más difíciles que el tuyo?

– Con el hermano de Tina ya hablé, pero veo que está en un plan que no me conviene. No transige con que su hermana salga de Cisnarios. Él es el bloque más fuerte de la muralla que tengo delante de mi camino.

– Pues, ahora, a comer, a sestear, y en el paseo de la tarde, podemos discutir tu problema.

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– XIII –

FUGACES LABUNTUR ANNI

No sólo los años resbalan, fugaces, por el slogan de tiempo, según el poeta romano. Para mí, casi restablecido, los días pasaban sucediéndose con una rapidez encantadora. El veraneo había llegado a su apogeo bullicioso. Eran muchas las familias mesocráticas que llenaban las fondas y las casas, en arriendo. De Bilbao, de Madrid, de León, y sobre todo, de Asturias, menudeaban los grupos de veraneantes. A ellos nos sumábamos, Joaquín y yo, no pocas tardes en paseos deliciosos.

Vino de León el amigo de Joaquín que traía coche, y en él hicimos excursiones por la zona alta de la montaña. Era un rico comerciante llamado Manuel Martínez, que me resultó un tipo enormemente simpático. Yo tuve ocasión de hablar, a solas, con él, que traía el encargo de buscar solución al pleito amoroso de Joaquín, que está perdiendo salud a chorros –me dijo-.

– Es un problema –le contesté. Está decidido a casarse con Tina. La muchacha es un modelo de mujer, y una esperanza lisonjera, para el porvenir. Pero no veo medio de acertar con la solución. Tina no puede abandonar a su padre, no quiere cambiar sus aficiones de labradora. Este es el dilema que se presenta en este caso. Esto de cambiar de posición social, puede traer consecuencias funestas. He meditado mucho el caso, y francamente, no sé qué aconsejar a un amigo nuevo a quien debo atenciones sin cuento. En este pueblo, tiene Joaquín un amigo industrial, con quien ha cambiado impresiones, y ve el caso, con optimismo.

– El que Joaquín –me dijo- se convierta de catedrático en labrador, sería un bendición de Dios para este país que necesita hombres caudillos, jefes que encaucen las corrientes renovadoras, haciendo el milagro de que una aldea rica, que empieza a saborear las delicias de la vida nueva, llague a ser un entidad social envidiable. Nadie como Joaquín para hacer cambiar los hábitos de un paisanaje que empieza a contagiarse con las modas y costumbres de los tiempos modernos. He recorrido casi todos los pueblos de esta montaña, y cuando he visto, en alguno de ellos, restos de grandezas pasadas, en iglesias, en palacios derruidos, y entre los escombros florece, aún, la flor de jaramago, en casonas, con portadas y balcones labrados, en montes cuidados con cariño, he pensado y dicho: AQUÍ HA HABIDO UN HOMBRE. Porque estos residuos de cultura y de amor al bien común, no los puede hacer la democracia amorfa de nuestros días.

En esta montaña, según he oído decir a Joaquín, después del régimen tribal, anterior a Augusto, y de siglos largos, de leyes consuetudinarias, gobernando aladeas y territorios, en plan comunal, aparece la edad media, durante la reconquista, con un suelo de propiedad Realenga, que hace donaciones a los Condes militares, a los monjes rezadores, y así vemos que casi todo el territorio de la montaña era poseído, por unas pocas familias nobles, y por el famoso cenobio de Sahagún, en el que empezó a echar raíces un feudalismo exótico y tirano. Pero, desde el siglo XVI retoñan los Señoríos en las aldeas, y no pocos individuos segundones, de familias linajudas, emigran a América, y de allí vuelven, los que vuelven, cargados de oro y de privilegios, para ahincarse en los pueblos de su procedencia, y fundar Mayorazgos en tierras, patrimonio heredado de sus mayores.

Desde el siglo XVII –según Joaquín- este país sufrió una crisis económica que paralizó todas las energías de aquellos linajes ilustres que habían dilapidado su riqueza ancestral, o se entregaron a un oficio infecundo, en una holgazanería inerte, sin producir, sin ahorrar, sin prevenir tiempos más difíciles, y días más borrascosos. Fue, entonces, cuando resurgieron y florecieron los Mayorales del pastoreo trashumante que administraban la riqueza pecuaria, de una nobleza absentista, y sólo vemos, en los pueblos el rumbo y lujo en sus mansiones señoriales, de estas aldeas.

Pues bien. Ojalá que, en nuestros días, de oscuro porvenir, en que se habla tanto del trabajo, y en que nadie quiere trabajar, retoñaran en el campo, viejas tradiciones, costumbres renovadoras, y tipos que organicen, dirijan y administren a los pueblos, que están envenenados con el opio de la democracia y no piensan más que el dios dinero al que se está dando un culto a todas luces, suicida. Hoy lo que nos falta aquí, son hombres, hombres capacitados para dirigir, VIRI, como querían los Macabeos, y yo sueño muchos días que acaso sea Joaquín uno de esos VIRI que hagan de Cisnarios, no un pueblo rico que ya lo es, sino un aldea nueva, de trabajo moderado. Yo no pienso que Joaquín encallezca las manos asidas a la esteva y a la guadaña, pero sí deseo que viva aquí, y arraigue aquí, para dirigir trabajos agrícolas, para organizar Cooperativas de producción y de consumo, para que algún veraneante futuro pueda decir: Aquí hubo un hombre¨.

– Es decir que tú piensas que la vocación de Joaquín no es dedicarse a la historia y a la literatura, sino a la sociología, esa ciencia nueva que tanto fascinas a los hombres cultos, -dije yo a Arsenio-.

– Sí. Pero Joaquín no será nunca un sociólogo modernista, de los que abundan hasta en el campo católico, y en algunos ilusos que visten sotana. Para éstos todos los ricos son chupópteros malvados, y todos los ricos son productores infelices. No. Eso no es cierto. Hay ricos dignos de aplauso, y obreros saboteadores del capital, borrachos y perdularios. Hoy se van abriendo camino, los sociólogos sensatos, que se ocupan de esa clase media, la más olvidada y despreciada. Joaquín será, no lo dudes, un mecenas generoso, que practica el trabajo como un derecho, y el ahorro, como una necesidad. Trabajar todos. Ese es mi lema.

– Dn. Manuel y yo recogimos este idilio que nos cantaba Arsenio, y convinimos en colocárselo a Joaquín, fragmentado, y en etapas. ¿Pero sería posible que Joaquín cambie de rumbo?.

HIC OPUS, HIC LABOR EST.

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– XIV –

LA CUEVA DE FUENTEDEORO

Varios veraneantes de la fonda en que yo me hospedaba, me hablaron varias veces de la cueva de Fuentedeoro, que merece ser visitada: Dn. Manuel ya la conocía y Joaquín había entrado en ella varias veces.

Si quieres –me dijo- podemos verla esta tarde, provistos de lamparillas eléctricas y de velas de esperma. Es un paseo corto, por un arroyo, que nace en una fuente que mana, al pie de la portada de la cueva. Eran más de las cinco de la tarde, cuando emprendimos la marcha. Al salir  del pueblo, vimos que delante de nosotros iban dos mozas arreando cuatro parejas de vacas. Eran las pastoras, nada menos que Tina y su amiga la Maestrina que conocí, merendando en la huera de Remanganes. Se recataron, al vernos, y nos esperaron. Tina se puso un poco colorada, y Adela enhebró, conmigo, un diálogo animado. Dn. Manuel nos acompañaba, porque Joaquín y Tina, torcieron a la izquierda del camino.

– Íbamos –nos dijo Adela- a llevar estas vacas que estuvieron trillando, a unas praderas que tienen mucho pasto.

– ¿Es, éste un valle muy largo?

– Mucho, tiene más de una legua de andadura, y las laderas y vallinas son los pastos de las veceras de las vacas y de las ovejas.

– ¿Cuántas vacas de leche hay en el pueblo?

– Más de ciento, y ovejas y cabras cerca del millar.

– ¿Habrá varias veceras?

– Sí. Además de la de las vacas, hay la de la cabaña, o sea la de los novillos y añojos, y todas duermen en el monte. Luego está la vecera de ovejas y la de corderos que se terminó hace pocos días, que ya van con las madres. Es curiosa una ordenanza publicada por un Alcalde de un pueblo vecino, el cual puso un edicto que decía: DESDE EL DÍA DE S. PEDRO; LOS CABRITOS SON CABRAS, Y LOS CORDEROS SON OVEJAS. Quiere decir que desde ese día, los cabritos se unen a las cabras, y los corderos van con sus madres.

– Apunte este edicto –dije a Dn. Manuel- que es muy típico. Cerca de la cueva y en las laderas próximas, estaba la vecera de vacas, encaramándose por la cuesta, y paciendo por ribazos y camperas, hasta subir a un monte de roble en donde estaba la majada, con corral y chozo –nos dijo Adela-. Veo que son cuatro los pastores, dos hombres y dos mujeres.

– Sí. Dos por casa, según ordena el régimen de veceras.

– ¿Y duermen todos estos pastores en el chozo? Esto me parece algo amoral.

– No lo crea. Los montañeses sabemos todas que Dios hizo las noches para dormir y descansar, y no se les ocurre pasar la noche en charla de mozos.

– Al asomar a la cueva, nos sentamos, a la vera del camino, en una veredina verde y florida. Adela se despidió de nosotros, y nos señaló, la ladera de enfrente, por donde venía Joaquín, sudando, y con la chaqueta al hombro. Se sentó sobre unas piedras labradas, a la boca de la cueva y nos voceó para que entráramos en la gruta. Fumamos un cigarro, para enfriarnos un poco, pues las tarde estaba calurosa, y en la cueva hay humedad y frio.

– Lo que siento –dije a Joaquín- es que interrumpieras la dulce conversación que tendrías con Tina.

– Sí. Fue un diálogo interesante, en el que dimos vuelta a nuestro problema, sin encontrar salida. No sé qué hacer. El caso es que ambos estamos decididos a casarnos, pero la cuestión de residencia me trae loco de veras.

– Te lo pensaba decir. Tu amigo Arsenio ve fácil la solución.

– ¿Cómo?

– Sí hombre, sí. Los caminos de nuestra felicidad, nunca los tiene Dios cerrados, por completo. Cuando nos parece impracticable este camino, se abre un horizonte luminoso, insospechado.

– Si me lo hicieses bueno, no tendría con que pagarle el invento. Me apremia la solución.

– Pues verás. Todos los hombres tenemos una vocación, a todos nos alumbra una luz en el porvenir de nuestra existencia. Lo que ocurre es que no siempre seguimos a esa luz, que Dios nos ofrece como antorcha de nuestra felicidad. Tú no quieres olvidar a Tina, pero no quieres vivir aquí, como un labrador, y Tina enamorada de ti, pero no puede ni debe abandonar a su padre. ¿No es eso ¿ Pero no has pensado que tú, en Cisnarios podías ser un caudillo de paz, un orientador de masas, un director de escena, no un labrador oscuro, sino el hombre necesario. Rompe con tus aficiones, olvida, en parte tus libros, y con caudal del tío Matías, abre un Colegio de segunda enseñanza, aquí, en esta montaña, en la que no hay analfabetos, y en donde los afanes de cultura y la abundancia de dinero, son como campo propicio para hacer una obra constructiva.

– A mí, no me parece disparatada, esta solución dijo Dn. Manuel.

– Por lo que me dices, pareces un abogado de la parte contraria, en mi pleito. Entremos en la cueva, y lo mío, mi problema necesita reposo y mejores consejos.

– La portada de la famosa gruta parece labrada por manos de hombre, y en este caso serían los hombres  del período Neolítico los artífices que buscarían vetas metalúrgicas, debajo de la sierra caliza… en el amplio vestíbulo, se veían trozos de estalactitas truncadas y rotas. Todas eran de cuarzo limpio, formadas en muchos milenios con gotas de agua, impregnadas de cuarzo, con vetas de óxido de cobre.

– Veréis –nos dijo Joaquín-. Yo he medido mucho sobre la materia de estas estalactitas, y utilicé datos geológicos recogidos por estos parajes. Me convencí de que toda esta sierra caliza está atravesada por filones cobrizos incrustados en bolsas de cobre estripadas; hay bocaminas tapiadas con cantos ferruginosos, y en el fondo del valle, todavía podemos ver pozos entre serrones de cuarcita, que corren de Este a Oeste, con señales de trabajos humanos, de época prerromana.

– ¡Hombre!. Ahí, al pie, según subíamos por el camino, hemos visto filones de hierro.

– Que ya están denunciados para su explotación.

– A ver si el profesor se convierte en minero –interrumpió Dn. Manuel-.

– Bueno. Hemos venido a ver la cueva, y ya es hora de encender las lámparas para internarnos en los laberintos y rincones laterales de la gruta. Está hecha una lástima. Aquí, venían, hace años, paisanos con martillos para romper las estalactitas, y pabellones. Todavía he podido constatar lo erróneo de varios cálculos de naturalistas del siglo pasado que medían la edad de los restos humanos encontrados en estas grutas por el tiempo que tardan, hoy, en hacerse estos fustes cuarzosos, en la oscuridad de estas cuevas. Cuentan los años, no por la aritmética, sino por cálculos caprichosos de su imaginación. En esta gruta que tiene filtraciones abundosas, pude observar que, cada año aumenta el volumen cuarzoso en más de cinco centímetros. Por la tanto, un estalactita se forma en menos de medio siglo. No hay que amontonar siglos para medir la obra de la naturaleza que trabaja con constancia y labora según las filtraciones sean abundantes, o escasas. Hay que contar, también, con el trabajo del agua cargada con átomos de cuarzo y cal rindiendo más producto si las lluvias y filtraciones son muy abundantes.

– No se cansaba de admirar esta obra de orfebrería artística que formaba pabellones, tablas ligeras de cuarzo, y pingando, gota a gota del techo, iba, como las abejas labrando figuras caprichosas, columnas rectas, pabellones casi transparentes. ¿Todos los rincones serán parecidos? –pregunté a Joaquín-.

– Sí. Hasta el lago, casi toda la obra es del mismo tipo.

– ¿Y después del lago?

– No lo sé, porque no me atreví a pasarlo, pero a la luz pálida de las linternas, he podido ver que la gruta sigue una trayectoria hacia el oeste.

– ¿Sería habitada por los hombres?

– No lo creo. Los mineros indígenas de la época de Augusto, trabajaban en pozos verticales y no hacían galerías horizontales, porque el cobre estaba en bolsas, no en filones.

– El suelo de la gruta era arcilloso, húmedo, y empecé a sentir frio. Tiré unos trozos de cuarzo en el lago, y por el sonido, me parecía que el lago era bastante profundo.

– No lo creas. Ya veremos la fuente que brota a pocos metros del nivel de la cueva, el cual se nutre del lago, y te convencerás de que el lago no debe de tener más de dos metros de profundidad.

– Al salir a la luz del sol en aquel ambiente pegajoso, respiré contento porque dentro de la fruta no había aire limpio. ¿Qué impresión sacaste? – Me preguntó Joaquín-.

– De lástima, porque está deshecha, en lo más antiguo, y en lo moderno no hay figuras completas.

Camino abajo, con una tarde serena y fresca, nos fijamos en los filones de hierro que se asoman entre raigones areniscos, y Dn. Manuel se atrevió a insinuar a Joaquín, que no era un disparate que el catedrático de León se convirtiera en minero de Cisnarios.

– Yo os aseguro –contestó Joaquín-, que si por una de esas rarezas que se dan en la vida, yo afincara en Cisnarios, habría de ser minero, no labrador. La Geología me entusiasma, y la prehistoria, también es en este país merecedora de ser explotada, con la rica Toponimia que es muy elocuente. Aquí vinieron los Romanos militarmente, en plan de explotar minas, en las que los indígenas eran expertos mineros según Plinio y Estrabón y cuando la ola de la invasión de los Godos arruinó la industria metalúrgica de los romanos, las minas se abandonaron, y los mineros volvieron a cultivar la tierra y a practicar el oficio lucrativo de pastores. Tenemos, por tanto, un campo prometedor de nuevas explotaciones. Cada día me tientan más estos problemas.

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– XV –

A LOS PICOS DE EUROPA

La afición turística, en España, crece de día en día. Ya no son los monumentos arquitectónicos, las fábricas industriales, y los paisajes conocidos, los lugares visitados con entusiasmo por gentes que al turismo dedican sus ocios y aficiones. Hoy la corriente turística prefiere la altura de nuestras cordilleras, las montañas elevadas, erizadas de picachos y cresterías, los valles en los que la naturaleza derrama, con profusión, bellos panoramas. Los Pirineos orientales con sus ríos y cascadas, están siendo recorridos por espeleólogos y montañeros que prefieren, con buen gusto, los paisajes duros, pero hermosos de nuestras montañas. Hace pocos años que empezó la fiebre turística, a conocer y escalar los laberínticos Picos de Europa, como uno de los lugares más interesantes de nuestra Geografía.

En Madrid, los Geógrafos, los Geólogos, los aficionados a las bellezas inenarrables que atesora el macizo de los Picos de Europa, ha prodigado descripciones más o menos acertadas de esta zona rocosa, enclavada en los límites de las provincias de León, Asturias y Santander. Cuando me decidí a veranear en la montaña leonesa, soñé con que mi salud se restableciera, lo bastante para tener el gusto de internarme por los valles y desfiladeros, en el macizo más rico y espléndido de España, según frase del especialista que me recomendó el clima de la montaña del Esla.

Al mes de estar en Cisnarios, mi salud iba mejorando, y ya hacía excursiones diarias, por montes y colladas, sin que los músculos de mis piernas protestaran, de un ejercicio duro y doloroso. Para mí, fue un hallazgo feliz, la compañía de Joaquín, un joven estudioso que conocía los secretos de la historia de este país y estaba tan encantado de esta montaña, que Cupido se había atrevido a dispararle una flecha, hiriéndole en lo más sensible de su alma.

Se Hospedaba en la misma fonda que nosotros, un Médico asturiano, de Ribadesella, asiduo veraneante de Cisnarios, y amigo del catedrático leonés. Ambos eran personas cultísimas, y en los diálogos de sus conversaciones, derrochaban una erudición selecta y comprobada. El médico, Dn. Jesús Menéndez, era un  tipo auténtico asturiano. Locuaz, algo tozudo en sus opiniones, y con resabios antileoneses, que Joaquín no podía sufrir sin protestas ¨morido, como estaba de su tierrina¨, y conocedor, como pocos de la gloriosa historia de León, poco conocida. Mañanas enteras pasamos en el pinar, y sus polémicas, a ratos, algo agrias, me divertían, porque, siempre terminaban con frases sinceras de amistad. Astures somos ambos –solía decir Joaquín y la SANTINA de Covadonga, es tan leonesa como asturiana, como la nuestra Virgen del Camino que tiene tanto devotos asturianos como leoneses. Pero, un día, el diálogo se hizo un poco escabroso, disputando, largo, sobre los límites geográficos de los Picos de Europa, enclavados, casi todos en tierra de Asturias, según Dn. Jesús.

– Eso creéis en Asturias –le replicaba Joaquín-. Pero yo te puedo demostrar no sólo con datos históricos, sino pisando el terreno, que lo mejor y la mayoría de estos Picos es leonesa, como podemos comprobar el día que quieras. Los asturianos sois algo fantasiosos, y os habéis empeñado en que Covadonga es sólo asturiana, en sus bellezas, en su historia, y ¡claro! Con Covadonga, os habéis alzado con todo el territorio rocoso de los Picos, y has de saber que Pelayo triunfó, en Covadonga, no sólo con sus asturianos que era pocos, sin con el ejército regular organizado con elementos huidos del interior de España, y sobre todo, con las masas de Astures derramadas por casi todo el territorio leonés, que no se habían entregado a Tarik, los cuales vivían en la falda meridional de la montaña leonesa, zona no invadida, ni por Tarik ni por muza. Desde entonces, los valles hermosos de Sajambre y Val-de-Eon, con todo el territorio limítrofe de los Picos, leoneses son, y a León pertenece todo el macizo central, desde el Sella hasta el Cares, y gran parte del macizo oriental que lo poseían los Cántabros, aliados también de Pelayo.

El diálogo lo interrumpí yo diciéndoles que este litigio geográfico, era mejor ventilarlo sobre el terreno.

– Conforme, -me contestó Joaquín-, pero habéis de saber que yo he recorrido a pie, casi todo el macizo, y he dormido en las majadas de Dobres y Carombo, y bajé por la hendidura del Cares hasta Caín, y subí por la canal de Trea, o mejor dicho FREA, y para pisar terreno que no sea leonés, he tenido que descender casi hasta el lago Enol. En cambio, mi amigo Jesús no ha pasado de Amieva, apenas conoce el desfiladero del Dobra, el Carombo, y no ha bebido agua, en las fuentes de Peña Santa. Reciente es un Decreto de 1.931 en el cual se resuelve el pleito pendiente entre Valdeón y Sajambre, Concejos leoneses, contra pretensiones de Amieva, Concejo asturiano, sobre la propiedad de Carombo.

– Ya lo conozco –replicó Dn. Jesús-. Pero bien sabes tú que el desfiladero de Carombo, se abrió a fines del siglo XVIII con un camino entre Amieva y Soto de Sajambre, gracias a la generosidad de un Arcediano de Villaviciosa que pagó los gastos.

– Esperaba el argumento, para refutarlo –contestó Joaquín-. El tal Arcediano, era natural de Sajambre, y tenía un apellido muy conocido y honrado en León en donde, dos sobrinos suyos estudiaron y llegaron a ser, uno Ministro de Justicia, y otro Párroco de un pueblo de León, y después, Chantre y Obispo de Oviedo. Si este Sajambriego abrió el camino por el rio Dobra, fue para beneficiar a sus paisanos, los sajambriegos.

– Dn. Manuel había estado callado, pero al levantarse del suelo mullido de la campera, nos dijo a todos: – bueno, mañana, mejor que otro día, podemos subir en mi coche al puerto Pontón para ver todo el macizo de los Picos. Yo lo conozco algo, pero Arturo está rabiando por verlos. ¿Desde dónde será mejor la vista? –preguntó Joaquín-.

– Hay dos balcones soberbios, y ambos son de León, la giba del Pontón, y la collada de Pandetrave. Empezaremos por Pontón, bajaremos a los Beyos, almorzaremos en Cangas, daremos un vistazo a Covadonga, para recreo de Arturo, y a la vuelta, si no hay niebla ¨la encainada que dicen los pastores¨, podemos refrescar en la fuente del infierno, y en la loma extasiarnos, un rato mirando los neveros de Peña Santa, y el laberíntico panorama de picachos, conos, valles, cordilleras vestidos de bosques seculares.

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– XVI –

EL VIAJE

Salimos, pronto, a las ocho de la mañana, en el coche de Dn. Manuel, que lo guiaba, sentándose, a su derecha Dn. Jesús, y Joaquín y yo, rellenándonos en los asientos de atrás. A Joaquín se le había quitado un pequeño disgusto, con su novia, y estaba locuaz. Describiéndome los paisajes y aldeas de la ribera, con los topónimos que tanto están contribuyendo a aclarar los secretos de la historia. La montaña se iba estrechando. Bajaban los bloques calizos hasta el cauce del Esla, que se había entretenido, durante milenios en lamer y esmerilar las rocas, hasta hacer un lecho suave, en los escobios y raldones. ¨Peñas Arriba¨, las peñas estaban vestidas con lujo de un boscaje verde y frondoso, y al asomar el rio Dueñas, que baja de Loides, noté que debajo de las calizas, serpenteaban los bancos de cuarcita, con manchones de óxido de cobre, y que pasaban el Esla, para esconderse en los hayedos de Alio.

– Este rehueco –me decía Joaquín- tiene un nombre Ibero, que suena desde la época de Augusto, como un territorio autónomo, federado con otros territorios Astures, en sus heroicas luchas por la independencia. Alio tenía un castro fortaleza, y en el siglo X, se llama a este territorio, ALIONE, y el castillo, del que se conservan restos, dominaba, desde la ladera de la izquierda, a esta vega que todavía se llama ALION. Este castillo fue fronterizo, en el siglo XII, cuando la rebelde Castilla reñía con el antiguo Reino de León. No poca culpa de estas reyertas las tuvo Fernando II que tuvo la desfachatez de ceder, a su querida Urraca López de Haro, los castillos fronterizos de Aquilare, Monteagudo, Bradón, Siero y Portilla, pero al morir ésta que por fin se casó con el Rey de León, y vivía en Castilla, donó estos castillos al Rey de Castilla Alonso VIII, donación nula, porque la Urraca los había recibido en usufructo vitalicio. Alonso IX de León, no cesó de reclamar estos castillos, y cansado de esperar justicia, los tomó por la fuerza, y los donó a Berenguela su mujer, y disuelto este matrimonio, por decreto pontificio, otra vez, estos castillos volvieron a ser causa de pleitos ruidosos y largos.

– ¿Y del pueblín aseado y bonito que atravesamos?

– Se llama LASALAS, y antes sería LAS ALIAS, o sea unas pocas casas del territorio de Alio.

– Las montañas apretaban al rio y a la ribera, y en un túnel de conglomerado de ovoides silíceos, nos paramos para ver saltar las truchas, en un pozo hondo labrado por el rio, entre dos peñascos graníticos, tajados, a cercén, los cuales entran, hozando, en un brezal, para asomarse en la cuenca del Cea, cerca de Prioro, debajo de otro castro prehistórico, no sé si Cántabro o Vaceo, de que hay vestigios preciosos para la prehistoria –me decía Joaquín-.

Otra aldea pequeña se asienta, al otro lado, en la boca de un valle estrecho, en cuya collada, está el para ti, pueblín de tu apellido, DURANDE.

– Huelde parece nombre propio de persona, quizá dado por el jefe de un Clan indígena, y es pueblo famoso, hoy día, por haber dado, en pocos años, dos Obispos a la iglesia española, uno de ellos Dn. Ramiro Fernández Valbuena, muy conocido por sus escritos y polémicas periodísticas.

– La ingente mole de la Pintas se presentaba como un murallón infranqueable, y la carretera y el rio pasaban por un estrecho que llaman el ENVESTIDO, y las crestas de las dos torres, que se levantan, airosas, a ambos lados de la ribera parecen dos colosos, erguidos en actitud de embestirse, como guerreros de leyenda. Las hayas, los enebros, los avellanos, tapan, piadosos, las erosiones de las rocas, y hacia arriba, desde el coche, pudimos ver la luz de un boquete, y los pretiles de un puente que cruza el rio.

– ¡Es Bachende!. El famoso embudo que en el periodo cuaternario, detenía las aguas de un pantano grande, y que, ahora, vuelve a sonar, como un embalse gigantesco que tendrá el mayor vaso de los pantanos artificiales conocidos.

¡Bachende!, nombre mitológico, recuerdo de cuando era un bache enorme que detenía las aguas caudalosas del Esla, a la salida de otro territorio Celta que se llamaba RIÁNGULO. Bachende nos abre un balcón para admirar la rica y ancha vega de Riaño. Es un pueblón de casas viejas, con calles retorcidas, sin plazas amplias, sin jardines, sin agua, en donde algunas casas modernas nos dan la sensación de un pueblo que empieza a progresar. La carretera se bifurca; una que va a Santander, y otra que sube hasta Pontón, no sin que en Torteros, salga un rama hacia los valles asturianos de Caso. Muy cerca de esta carretera está el conocido Parador, bella mansión de turistas ricos, que descansan en los estivales, contemplando desde la solana preciosa del hotel, la magnificencia, de un paisaje maravilloso. El dorso liso de la Pintas, las agujas de Bachende, las cumbres rasas de Burín, los sombríos bosques de Tierra de la Reina, y allá, lejos, al oriente, Pico Espiguete, desnudo, altivo, dividiendo las provincias de León y Palencia, y antes debió de ser el hito divisorio de Cántabros y Astures.

– El coche corría, por una recta de la carretera, y al final asoman, otra vez, los conglomerados silíceos, que se esconden debajo de colinas entapinadas, para surgir en los bruscos ingentes de Portilla. Otro pueblín, a la orilla de un arroyo y Joaquín me dice: ¡ISKARO!, nombre griego que sería fundado por alguna colonia de esclavos traídos por los romanos para explotar las minas del país. Ahora se llama Torteros.

– Dn. Manuel paró el coche, para decirnos que esperáramos unos minutos, mientras él visitaba a una familia, con la que tengo estrecha amistad. Por cierto que tiene un apellido que puede interesar a Dn. Arturo Durande.

– Ahí es nada –le contesté-. Voy con Vd., porque, de seguro que son parientes míos, no lejanos, según me dijo mi padre. Los Durande de Torteros vivían cerca de la carretera, en una casa grande, ni lujosa, ni pobre. Grandes corraladas para el ganado, amplias cuadras, y en el centro, la casa, quizá solariega de mis antepasados. Nos recibió una señora, bien vestida, de semblante agradable, la cual nos invitó a pasar al comedor, que estaba a la izquierda del vestíbulo.

– Siento –nos dijo- que no esté mi marido, que anda ajetreado con los afanes de la yerba. Ya volverán, otro día.

– Nos sentamos, pero yo, casi a hurtadillas, pude ver el lienzo pintado al óleo, con la figura señoril de un caballero del siglo pasado. Debajo del cuadro pude leer, Dn. Francisco Durande. Mayoral de la Cabaña de la Condesa de Bornos. 1.873

Tenía que volver, porque la sangre me pedía indagar datos familiares que tanto interesaban a mi padre. Al volver al coche, Joaquín me dijo que el señor de esta casa era un afamado cazador de osos, y persona muy calificada en toda la montaña.

– A poco más de medio kilómetro, la carretera volvía a bifurcarse:

A la izquierda –según Joaquín-, se abre el más poético y rico valle de León. Tenemos que visitarlo. Otra línea recta en la carretera, rompiendo prados y tierras centeneras, y al fin, en una curva, otro pueblo, recostado en una ladera verde de pastizales.

– En este pueblo, Vega-Cerneja, se crió en casa de un tío suyo, párroco de aquí, un niño angelical que había de dar lustre a una linajuda familia de los Marqueses de Prado, que tenían lujoso palacio, en la ribera de Tuejar. Este niño, Juan de Prado, ingresó, en Salamanca en un convento de Franciscanos, y llegó a ser orador famoso en Sevilla y en Cádiz, y misionero apostólico en Marruecos en donde tuvo un martirio prodigioso. Hoy es Patrono especial de las misiones católicas de África, con el nombre de S. Juan de Prado.

– ¿Pero cómo sabes tantas cosas de este país?

– Son datos que archivo en mi memoria, en mis viajes de excursión veraniega.

– Poco más arriba de este pueblo, el rio se engrosa con arroyos que bajan de dos valles, en donde viven dos aldeas perdidas entre  montes frondosos, y praderías riquísimas, Cuénabres, -nombre Celta como ves- y Casasuertes. La subida al Pontón seguía por una pradería ubérrima, dejando, a la izquierda el pueblo de Retuerto, y faldeando hayedos espesos, una masa forestal como escabel bonito de Pontón, y una vega de prados que se cierra con un caserío pobre, y una ermitina vieja.

– Estamos llegando a la giba del famoso puerto. –Me decía Joaquín-. Esa ermita tiene lizazas indiscutibles de un Fano gentílico. Cristianizada, como otras muchas de esta montaña, fue, en la edad media, una rica alberguería, para refugio de caminantes y pobres, a los cuales se les daba, lumbre, pan y camastros para dormir. Hoy es una propiedad colectiva de Burón, como recuerdo de cuando era patrimonio de la merindad de Valdeburón, compuesta de los Concejos de Baradón, Maraña, Sajambre, Valdeón. Todavía hay, allá arriba un prado comunal –Llavarís-, en donde se celebra todos los años, un jolgorio tradicional, para segar y recoger la yerba abundante de las vallejas y llanos de esta pradería. En el alto del puerto, hay un rellano salpicado de tallos de gamones y de plantas de acónito y de genciana. En una muelle camperina, propicia para descansar y mirar hacia los deseados Picos de Europa. Dn. Jesús, como un niño alegre y parlanchín daba saltos, se acostaba en la yerba y en las matas de escoba y dirigiéndose a Joaquín, le dijo:

– Aquí te quería yo ver, es este bacón asturiano.

– Astur, querrás decir.

– No, asturiano, porque lo que vamos a ver es un paisaje de Asturias.

– Yo quedé asombrado de aquel escenario. Si volvía la espalda, y miraba al mediodía, veía al sol que no calentaba, entretenido en sorber el rocío que blanqueaba las cumbres. La masa forestal era un manto finísimo de esmeralda, y el bramido de las vacas y novillos me parecían voces de un himno entusiasta, en homenaje de una naturaleza que producía para todos, para los hombres y para los animales. Hacía, casi frio a las nueve de la mañana. Dn. Manuel me trajo del coche mi gabardina, y se entretenía en amontonar ramas secas de haya de escoba para encender una lumbre que nos desentumeciera los músculos encogidos. De pié, casi sólo, miraba hacia el norte y aquel laberinto revuelto de picachos de cumbres, de valles y riscos, de arroyos y praderías, me tenía, casi inconsciente. Allá, lejos, se agarraban a los trapos blancos de la nieve, unas vedijas de niebla, que bajaban por los canalizos, se retorcían en las vallinas como si buscaban sitios favorables, como estrategas, para reñir la batalla con los rayos de un sol perezoso. Oí unos sonidos dulces, muy cerca de nosotros, -No te preocupes- me dijo Joaquín. Son los arrullos amorosos de los faisanes y urogallos que, aquí, abundan.

– ¿Y el oso?

También anda solícito buscando fresas y arándanos, poco maduros, como golosina de niños hambrientos. A lo mejor, nos está oyendo acurrucado en la hueca de una haya vieja. Ahora, a calentarnos en la lumbrona que está haciendo Dn. Manuel. Después, nos oiréis a Jesús y a mí, reñir en diálogos geográficos sobre este paisaje.

– Aquí, es la geografía fluvial la que triunfa, -decía Jesús-. Todos los ríos del macizo ruedan para Asturias; hasta el Cares, el más leonés de estos ríos, busca su salida al mar por tierras asturianas, y el Sella, el más poético, al que un trovador, tan leonés, Juan Caneja endilga frases de cálido entusiasmo, para Asturias corre, y desde la época de Augusto, fue línea divisorias de Cántabros y Astures. Todo el panorama, nos está diciendo que esto es asturiano. La configuración geológica, el clima, los productos agrícolas, los mismo Topónimos como Beyo, Angoyo, Rondiella, Jou, Comeya, Llambrión, nombres asturianos son, no lo dudes.

Jesús tenía ganas de discutir, de reñir con su amigo el catedrático leonés, pero éste se gozaba, escarbando la lumbre y riendo las escaramuzas geográficas del Médico de Ribadesella, el cual, lanzando entre el humo de la leña, un IJUJU estruendoso, le dijo a Dn. Manuel_

– Vamos al caserío, que está a dos pasos, para traer una botella de vino blanco de Rueda para entrar en calor, y tonificar el estómago de estos señoritos.

– Mala suerte hemos tenido –le dije a Joaquín-, con este día friucho.

– No lo creas. Mire para el sur, y verás un cielo diáfano, azul, limpio que nos presagia un día de calor.

– Pero los Picos siguen ¨encainados¨ de niebla. Yo no aparto la vista de estos horizontes, y veo que el sol está sin ganas de luchar con esas vedijas pegajosas de niebla, que no se apartan de sus posiciones.

– Ya verás, pronto, como esas vedijas trasponen las agujas de Peña Santa para caer en el mar, su madre, y desaparecer como fantasmas. Vamos a tener un día hermoso. ¿No oyes cantar a las torcaces y a las codornices?. Las cigüeñas de la vega, están tranquilas picoteando en los remansos del arroyo, y las vacas empiezan a moscar hacia los portales de caserío. Todo es pronóstico de un día de sol fuerte.

Volvían Jesús y Manuel y el asturiano nos dijo:

– Comei, bebei, hartaivos y calentaivos, arreciducos, como tísicos; verás tú sevillano enclenque, qué vino este de Rueda. Lo beben los Ángeles en el Cielo, y cuentan que ha resucitado no pocos muertos. Calienta más que las ascuas de esta lumbre y alegra los corazones tristes de los neurasténicos.

– Recogí la alusión, y como ya me permitía hacer piruetas de mi salud, babé un trago de vino, y corté, con la navaja, una raja de cecina, masticándola con sumo placer. Joaquín no quiso beber, y Jesús daba besos a la botella que enseguida quedó vacía del vino aquel que sería de Rueda o de la fábrica del ventero. Joaquín se levantó del suelo, tiró la gabardina, me dijo entusiasmado: ¿lo ves?

– Ya se marchó la ¨encainada¨. Ya está el sol, en su regio trono, repartiendo las mercedes de sus rayos, en todas las direcciones. ¡Magnífico día!.

Jesús seguía rebrincando, cantando tonadas asturianas, y coplas de gran sabor Bable.

Que traila,traila
Mio vida.
Que traila, traila.
¡La flor del agua!

¡Ay marusiña, de pie delicado.
¿Quién te mandó rebrincar en el prado?

Y como si quisiera congraciarse con Joaquín lanzó este cantar español:

Ábreme puerta
La puerta de la calle,
Que vengo borracho,
Que vengo del baile.

– Estoy en mi tierra, nos dijo entusiasmado. ¿Por qué no he de cantar?

– Pero ahora, a describir este anfiteatro,

¨Con plecto rudo,
Y con corazón brioso,¨ – que dijo otro Poetastro asturiano-.

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– XVII –

LA VISTA DEL MACIZO

Estamos en uno de los balcones, desde los cuales, mejor se puede abarcar, casi toda la superficie de los Picos de Europa. El sol empezaba a alumbrar los valles, las hondonadas, los ´¨ joyos¨, las umbrías forestales, los sotambanos de los riscos, y toda la soberbia mole, partida, a tajos de gigante, y erizada de agujas que emergen, autónomos, y sembrados, sin orden ni concierto. Jesús seguía canturreando, en tono bajo, y bailando sobre el mullido césped, con la botella de vino, casi vacía. Manuel escarbaba la lumbre, y Joaquín empezó su charla amena, erudita, describiéndonos, como Profesor en subcátedra, los puntos más salientes, las rocas más destacadas, las alturas más célebres.

– Tú que ha recorrido casi todas estas peñas, a pie, -le dije- conocerás la bibliografía que se habrá escrito de estos picos.

– Sí. Pero hay poco aprovechable, porque han sido los poetas los que más ha esbozado los rasgos más salientes de esta maravilla geología.

– Habrá escritos de las tres Provincias.

– De León, casi nada. Algo nos dice Juan Caneja, oriundo de este valle de Sajambre, que lo tenía muy metido en el alma. Como poeta y novelista, nos traza rasgos hermosos de este paisaje en los libros de ¨la Cumbre-1.908¨, ¨Paisajes de Reconquista¨ 1926, y ¨Verde y Azul¨, 1927. En todos estos libros se destaca su fervor leonesista, pero no ahonda en las entrañas de esta cordillera, porque no intentó darnos un tratado geográfico y geológico, ni se fijó en los topónimos de sus majadas y montes, con sus riachuelos torrenciales, con sus fuentes que tienen nombres típicos leoneses, sin mezcla de designencias Bables. En cambio, los asturianos han buceado más hondo, en los giros idiomáticos, con más pasión que veracidad, arrimando, demasiado, su sardina al ascua asturiana, y a las brasas de sus incensarios. Pedro Pidal ha sido un enamorado sistemático de los Picos, los recorrió detenidamente, los vivió con toda su alma, y en sus folletos, ¨los Picos de Europa – 1.918¨, ¨El Naranjo de Bulnes – 1.925¨, nos narra episodios emotivos, detalles curiosos. El erudito Constantino Cabal escribió ¨Covadonga en 1.918¨, en donde nos ha dejado trozos bellos de una literatura muy suya y sugestiva, con pinturas realistas, pero con poca erudición geográfica, y con excesivo amor a la su Asturias. Más fama han tenido los folletos ardientes del Conde Francés Saint-Saud, que hizo mansiones largas por estos peñascales en 1.922, y nos dejó escrito un tratado magistral y breve, que es, hasta ahora, el Vademécum de los Picos. Hoy podemos los españoles alegrarnos y orgullecernos con el Folleto detallado de nombres y rutas, de pueblines y accesos, de los Geógrafos Delgado Úbeda, y Pacheco, en su monografía, ¨El Parque Nacional de Covadonga¨. Es lo mejor que se ha hecho, hasta nuestros días, y eso que los leoneses no les podemos perdonar la descabellada idea de llamar a Peña-Santa, Peña Santa de Castilla. ¿Cómo? ¿También anduvo por estos conchales, el Cid, blandiendo su Tizona, montado en su Babieca, un caballo leonés? ¿También fue señor de Peña Santa, el gran rebelde, taimado y astuto Fernán González? No. En los Picos de Europa nada tienen que hacer los castellanos.

– Hasta ahora, conforme contigo, -exclamó Jesús-, pero no me pongas en duda que casi todo el macizo, es asturiano.

– Lo veremos, lo veremos, ahora mismo.

Los Picos de Europa están circunscriptos en tres bloques bien definidos; el oriental, el central y el occidental, ¿no es así?

– Cierto

El oriental limitado por el Valle de Liébana y el rio Deva, en la garganta de la Hermida, y por el Cares por el oeste, sin tocar las cuerdas vertientes a Valdeón, es una masa pétrea rica en minerales, pero de poca importancia geográfica y turística. La zona ancha y elevada que tenemos delante de los ojos, es la que merece llamarse Picos de Europa, porque está encajada entre las hendiduras de Cares y del Sella, y en las cuales, las crestas de Cerredo 2.642, los Lechugales 2.445, y Peña Santa con 2.596 metros, con otros picachos autónomos que pasan de los 2.200 metros de altura, hacen de esta montaña uno de los más bellos paisajes del mundo. Miradlos detenidamente; no apartéis los ojos de los prismáticos que os irán detallando ventisqueros, salientes, alturas, hoyadas profundas, crestas nevadas y precipicios, por los que bajan, saltando, arroyos, y regueros, para refrescar valles y majadas. ¿Te vas dando cuenta de esta maravilla que Dios nos ha regalado a los leoneses? –Fíjate bien; las cordillera que tenemos en la pantalla natural de nuestro escenario, parece un gran arco, con el vértice norte cortado hacia el mar, y la crestería fantástica que tenemos a la vista, con sus tajos casi verticales y sus agujas afiladas por el viento y la nieve, y sus joyos tapados con nieve secular, nos están diciendo que, en el periodo cuaternario, los glaciares fueron los artífices de este templo colosal, levantado en honor y gloria eterna al Sumo Creador de todas las hermosuras terrestres. Con los prismáticos vete recorriendo toda esa cadena, que desde la tajadura del Cares –que hemos de recorrer algún día- se eleva, -envidiosos los picos, unos de otros-, hasta la garganta del Sella, con sus dos torres ciclópeas que son los contrafuertes de los macizos central y occidental, y nos ofrecen toda una gama maravillosa de bellezas que no son para soñadas. Todo este escaparate es leonés. Sólo a la espalda de Peña Santa, surgen otras alturas, más humildes que pertenecen al territorio de Covadonga, por lo tanto son TUYAS, Jesús, tuyas, sin regateos, sin quitar a Asturias, un metro de sus paisajes que también son bellos. Descansa un poco –me decía Joaquín- no te embriagues de tanta hermosura como estás viendo, a pleno sol, que se extasía besando paisajes maravillosos de forma u de color. Aunque Jesús rabie, de envidia, no tiene más remedio que confesar que todo lo que vemos y admiramos es territorio antiguo de León. Ahora, ya puedes ir contemplando en la hondonada verde de Sajambre como emergen y se alzan otros picachos que son anteriores, geológicamente a las calizas colosales, que surgieron como eruptos de titanes en el periodo cuaternario. Mira, en el fondo de esta concha forestal, la aguja negra de la pica de TEN, tan humilde, tan aguzada que se va subiendo, como un diosa mítica, con soberbia, y cuando nos emparejemos con ella, en la carretera, verás cómo se empina, cómo se estira mirándonos desde un plano superior, como si fuéramos nada más que arenas, átomos disgregados, de ese bloque granítico que hemos de atravesar en un túnel atrevido. De frente se alza otro pico, el Jario de 1.650 metros, y al atravesar esa villa bonita de Oseja –Oselia- , origen del Sella o Oselia, tierra de osos y bajar a Covarcivil, nos enfrentamos con la grieta más fantasmagórica, más impresionante de la geografía de España.

Eran cerca de las once de la mañana, y Manuel nos recordó que si habíamos de almorzar en Cangas, no había que detenerse, porque Jesús piensa bajar a su pueblo, unas horas, y Arturo desea visitar a Covadonga, aunque sea en visita de médico.

Nos sentamos en el coche, bajando por una carretera que se retorcía en curvas muy cerradas, en puentes sobrios como el de la Riega del Infierno, en donde hicimos un breve parada para beber agua de una fuente de hielo, y probar la miel de fresas silvestres, que abundaban en los taludes y barrancos, a orillas de la carretera. La pica de TEN nos desafiaba a cada trecho, y desde la boca del túnel de Berrunde la veíamos, hosca, negruzca, salpicada de arbustos enanos, pero orgullosa de su alcurnia primitiva, con sus canalizos verticales y las aristas de su cabeza chata como dientes de sierra, como cuchillos cortantes y afilados. El paisaje de Berrunde es todo bucólico. Praderías salpicadas de flores, robles y hayas que se entrelazan en el ramaje, como matrimonio fecundo en bellotas y hayucos. El escenario de los Picos leoneses seguía entusiasmándome, y al llegar a la preciosa villa de Oseja descansando en un rellano sembrado de nogales y maizales, nos detuvimos para admirar, desde afuera, la artística iglesia, en la que Dn. Ignacio Díaz Caneja dejó recuerdos gloriosos de su munificencia, como las obras de la iglesia de Villabalter –en donde fue párroco-, la catedral y seminario de Oviedo, como prueba de que aquel obispo leonés supo emplear sus caudales, y los de su hermano Joaquín, en obras imperecederas.

Las casas de Oseja típicas, en corredores, y contrastan con magníficos edificios de indianos modernos, que rinden a su pueblo, el testimonio de sus riquezas y amor patrio. A mí me seguían entreteniendo los paisajes alegres y vestidos de aquella cazuela espléndida de Sajambre, y no cesaba de mirar al pico Jario, ni los dos murallones ciclópeos de los Niajos, que cierran la entrada a ese templo soberano labrado por el Sella a fuerza de siglos, para hacer un lecho escondido en los sótanos de un fondo, orlado con laureles y avellanos que cuelgan de muros verticales, oyendo los bramidos del que allá, abajo, brega con rabiones y duerme en los pequeños tablazos transparentes y limpios. El Sella que ya tiene caudales importantes, horada las calizas de la base de los Niajos, labra túneles como el de Valdelarco y se regoza con una vegetación frondosa de tilos que lo esmaltan en un trazo de largos kilómetros. La carretera es un prodigio de trazado. Pasa de lado a lado por puentes atrevidos horadando túneles bonitos como el de Regaldín, para pasar de nuevo el rio en Puente Angoyo, límite de Asturias y León. Estamos pasando los famosos Beyos, según la pronunciación Bable, pero, indudablemente, fueron los BEJOS, característicos del idioma Cántabro-Astur.

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– XVIII –

PUENTE ANGOYO

Desde Covalcil hasta Angoyo, bajamos a pie, por consejo de Jesús, que quería que yo me hartara de un paisaje, que un andaluz, no podía soñar, pero la palabra la tenía Joaquín, a quien yo escuchaba un poco distraído. Todo era vertical en aquella grieta. Las calizas subían en ambos lados, como los árboles buscando la luz. El Sella se dejaba ver, encajonado entre paredes lisas y altas. Los canalizos y canchales verdeaban todavía, con yerbatos y el ramaje espléndido de los laureles y nogales. Para ver el cielo, había que recostarse sobre el cantil de la carretera y mirar hacia arriba, con el cuello inclinado. Joaquín y Jesús volvieron a enzarzarse discutiendo sobre si aquello era asturiano o leonés. Toda la ilusión de mis ojos y toda la imaginación febril de mi alma estaban subyugadas por un panorama maravilloso, el más bravo, el más poético que había conocido en las cordilleras de Córdoba y Granada. En el túnel de Regaldín refrescamos un rato. Yo me asomé, en seguida, al balcón abierto sobre el rio, y quedé asombrado.

Aquello excede a toda ponderación. El paredón del mediodía –que casi se tocaba con las manos-, estaba enmarañado como palacio, en vísperas de fiesta.

– No se veía el rio. Oía sus lamentos de prisionero, sus risas histéricas a cuarenta metros de profundidad, salpicando, con espumas los peñascos que eran su cárcel encantada, y refrescando las lianas y yedras que caían, sobre las aguas, como guirnaldas florecidas. En los muros laterales clavaban sus raíces, en las grietas, los blancos abedules, y los avellanos cargados de fruto. Allá, abajo, el rio seguía resollando, y en los abismos tenebrosos caían los rayos del sol como bendiciones Divinas sobre los pozos oscuros labrados, en el lecho, sobre peñascos de arenisca, que habían bajado, dando tumbos, desde los canalizos de la pica de TEN. ¡Qué bien se estaba allí!. Ni frio ni calor se sentía en aquella mañana deliciosa, en la que estaba embriagado con los zumos de paisajes nunca vistos.

– Esto –me dijo Joaquín- hay que verlo, meditarlo y guardarlo en los senos de la memoria, ¿No te parece?

– Estábamos llegando al Puente Angoyo, y aquí, sí que quiero que me escuchéis atentos, aunque Jesús rabie de envidia.

– Sí, pero no olvides que todo lo que hemos visto a la izquierda, es asturiano, desde la base de los Niajos, hasta las cumbres soleadas de Arcenorio.

– Te regalo estas peñas inhóspitas, y las aldehuelas míseras de Tolibia, en donde los que mueren desde octubre hasta abril, los escabechan en traves de nieve, para enterrarlos en mayo; tuyos son estos pueblines, como ese que está colgado ahí abajo, en donde atan a los rapaces pequeños para que no se caigan por los precipicios, como S. Ignacio, que tiene unos pocos prados, tan pindios, que atan a los segadores con maromas, y cuentan que una mujer que tenía por la cuerda, se durmió y su marido bajó rodando, hasta el rio y allí acabó de morir, ahogado. Te regalo todo ese territorio, pero, no olvides que desde aquí, desde Puente Angoyo, -angosto, estrecho- sube la línea divisoria, enmarcando, para León, las majadas feraces, los valles risueños, los montes riquísimos. Todo, desde aquí, hasta Peña Santa, es terreno leonés. Lo que ocurre es que vosotros los asturianos sois muy fantasiosos como lo prueba estas letras grabadas sobre el cantil, que dicen en letras gruesas: ASTURIAS y en caracteres pequeños LEÓN. Desde aquí, para abajo, en tierras de Asturias, el paisaje decae en belleza. El horizonte se abre, y el Sella se deja ver, muy hondo, pero recibiendo los besos del sol, y rizándose en los tablazos, para que los salmones se críen gordos y sabrosos. Todo esto es asturiano, pero no me quites, por el noroeste, ni un palmo de tierra que es toda leonesa. Desde aquí, parte la divisoria hasta la collada de Beza, por donde lograron escapar algunos soldados moros, de la hecatombe de Covadonga, para atravesar Valdeón, e internarse en Liébana, y morir, todos , en Cosgaya, sin lograr acogerse a la fortaleza cántabra de Amaya, conquistada por Tarik. Esta divisoria sigue por Cueto-Vicente, baja un poco en Vellanzo sobre el rio Dobra, y se eleva, derecha por los Lastrales y Garitas hasta el Torco y Jausanto, rebasando Peña Santa, y por las cumbres llega hasta la canal de Frea, mirando al rio Cares, que nace en tierras leonesas –como hemos de ver-, y por la Provincia de León, va pregonando su estirpe leonesa en los valles de Valdeón, desde las cumbres de Liordes hasta el Lago Enol, y por Santander hasta las minas de Aliva y Andara…

– No seas exagerado –le replicó Jesús-. Por lo menos tienes que dejarme la cuenca del rio Dobra, y esa preciosidad de monte Carombo.

– Carombo, monte y majada a medias con aprovechamiento mancomunado de Sajambre, Valdeón y Amieva, aunque Valdeón no puede pernoctar allí con sus ganados, ¿Quieres más imparcialidad?

– Manuel nos avisaba que las horas corrían, y que teníamos que buscar en Cangas, algún restaurant, para comer.

Volvimos al coche, y Joaquín decía:

– Esto que hemos visto, de prisa, no es más que una cinta de cine, una visión rápida de paisajes, porque, para saborearlos hay que gastar días y días, trepando por valles y colladas, durmiendo en los refugios, bastante cómodos de la Rondiella o Vega Huerta, sin contar con los chozos de los pastores que no carecen de comodidades. Otro día nos asomaremos al balcón de Pandetrave, y desde allí, sobre el valle pintoresco de Valdeón, lleno de encantos, podemos contemplar los panoramas más grandiosos de estos picos leoneses.

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– XIX –

DOS DÍAS DE DESCANSO EN CISNARIOS

Ni en las montañas Vascas, ni en los Pirineos había visto, nada tan bonito como el panorama que se ofrece a la vista desde la giba del Pontón. Pero, al volver, ya de noche a Cisnarios, noté un dolor fuerte de cabeza, y cansancio en las piernas. Estaba visto que no acababa de restablecerme. Durante la noche dormí poco, estaba inquieto en la cama, y la visión deleitosa de las cumbres, no se apartaba de mi memoria. Madrugué al día siguiente; fui a Misa y las oraciones litúrgicas, y el silencio confortable de la iglesia me tonificaron el espíritu, sintiendo una calma tranquila en una vida sin altibajos ni baches. En el pinar, recostado sobre el césped mullido de yerba y de flores, los pinos me ponían, con sus cabelleras, una cortina espesa delante de los ojos, para no distraerme, mirando a la soberbia concha de Aguas-Alio. Me quedé algo dormido, pero el rocío que mojaba el suelo, me hizo saltar, y pasear por las veredinas, calentándome a un sol triste y turbio, con celajes en el horizonte del mediodía, y algunas neblinas que, como mariposas, andaban inquietas por la cima de los montes. Me senté sobre los peñascos del poniente, encima de la iglesia vieja; unas gallinas picoteaban la yerba de los poyatos y escarbaban, en el suelo, buscando insectos y hormigas. Debajo de mí, las casucas viejas del pueblo, las troneras de la espadaña, y el arroyo que, apenas corría entre guijarros, los huertos de la orilla, y los prados relucientes con el verdín nuevo, me entretuvieron agradablemente. La soledad y el ambiente plácido de la mañana me sumieron, por un rato, en una somnolencia reparadora, que, para mí eran un medicina y un recurso, privado del  placer de la lectura de libros. Al amigo Joaquín no lo había visto, después de nuestro viaje, porque, apenas llegamos, marchó presuroso a charlar con su novia, y a la mañana siguiente, debía de estar durmiendo hasta muy tarde. Jesús había madrugado a pesar, y eso que era desafortunado en el deporte. La gente del pueblo sí andaba afanosa, por los caminos, y se oía el traqueteo de los carros cargados de mieses, y los bramidos de las vacas que venían del pasto.

¡Cual no sería mi sorpresa, en aquellos momentos solitarios, al ver, delante de un carro cargado con haces de centeno, a un mozo conocido, por ser el criado del tío Matías, y con él, en mangas de camisa, con la chaqueta cargada sobre los hombros, al mismísimo Joaquín, con ijada en la mano, guiando a la pareja de vacas uncidas!. Le voceé, desde los peñascos y me contestó.

– Espérame ahí –me dijo- , que subo enseguida para acompañarte un rato. Subió por los escalones de la roca hasta donde estaba yo sentado. Venía jadeando.

¿Te extraña mi madrugada?. Pues verás. En el paseo que di anoche con Tina, según costumbre, me dijo ésta que tenía que madrugar, para hacer el almuerzo de los segadores, y llevárselo a la tierra, en donde segaban, muy cerca del pueblo, porque Juana, la criada tenía que ir con su padre por un carro de yerba a un valle lejano. Me invitó a acompañarla, y a las siete la alcancé a la salida de las casas. Cargué con la cesta del almuerzo, que pesaba mucho. En la tierra había tres obreras, con el criado que segaba a guadaña el centeno, una moza hacía gavillas y otra rastreaba y escogía las espigas de la rastrojera. Los segadores se sentaron sobre las gavillas, y Tina abrió la cesta y sacó una cazuela grande, con sopas de ajo, recubiertas con grasa picante, y sobre las sopas se estrujaban tozos de tocino frito. Se me iban los ojos sobre la cazuela. Me hubiera gustado probar aquel almuerzo suculento, y saborear un trago de vino que Tina traía en una bota de cuero. El criado tenía prisa, porque tenía que cargar un poco de yerba, en un prado cercado, a orillas del arroyo, en donde tenía las vacas paciendo. Tenía que ayudarla. Me ofrecí a hacer el oficio de mi novia, y ahí tienes tu sorpresa explicada, y mi madrugón por servir a Tina.

– Te felicito con todas las ganas, porque veo que empiezas a gustar los placeres de labrador, y eso, es un síntoma de que tu noviazgo tiene solución fácil.

– No lo creas. Las faenas de labrador, son muy complejas. La siega de la yerba y el olor de heno seco, si me gusta, pero la labor de recogida de cereales, no me entra. Hay otra ocupación de los labradores de este pueblo, la de cultivar los frutales, y esta faena, sí que me agrada. Podar los árboles, sulfatarles, raspar la erosiones de las cortezas, y ver, en abril como se hinchan las yemas, y se abren en flor, y se forman los pezones de la fruta, todo esto, que lo he probado este año, durante las vacaciones de Semana Santa, sí que es entretenido y delicioso.

– Pues ya tienes en que ocuparte, con provecho, en esta montaña.

– Hay otra labor que me encanta. La de injertar frutales a estaca y a yema. Eso sí que es bonito y simbólico.

– Pues, eso es, lo que tienes que hacer aquí, injertar tus aficiones literarias, en el tronco robusto de las tradiciones de este país, para ser un hombre nuevo, como el árbol injertado, que tiene el tronco de una raza arbórea vieja, y las ramas, de otra clase selecta y escogida. Tú serás un injerto fecundo que dará frutos sabrosos.

Tú corres demasiado, y con poca seguridad de éxito. ¿Por qué no te injertas tú, en el tronco racial de esta montaña, si tu apellido de Durande está enraizado y procede de una aldea de esta montaña?

– Yo tengo que curar, primero mi salud, y si logro reponerme, acaso, prenda en mí, el fuego ese de amoríos que te trae, a ti, loco. Veo que tu pleito matrimonial empieza a aclararse. Pero no olvides que el hombre es, en el matrimonio, el jefe, pero no fue Adán, sino Eva, la que arrastró al marido a comer de la fruta prohibida. No sé qué tienen las mujeres que son, siempre las que mandan.

– Empezaba a calentar el sol, y al retirarme a la espesura del pinar, bajaba de la loma del monte, Jesús, dando saltos, con un paquete de setas.

– Como ando de despedida –nos dijo- quiero llevar una golosina a mi madre, a la cual la gustan mucho las setas.

– ¿Pero te marchas tan pronto?

– Sí. Estoy descorazonado, desilusionado, no del pueblo, ni de la grata compañía de la fonda, sino del fracaso que sufro en mis aficiones de pesca de truchas. Esta se acaba, como se terminó la caza de perdices y de jabalís que hace pocos años abundaban en estos montes. Este año, ni con carrete, ni con caña larga he pescado para gastos de nilón y de anzuelos. Esto se acaba.

– ¿Y a qué es debido?

– A varias causas, de todos conocidas, y de nadie, remediadas. El rio Esla, tenía fama en España de ser un rio truchero: La pureza de sus aguas, el caudal sin estiaje, el fondo cascajero, en el que se crían variedad de insectos y la plaga de mosquitos que caen en el rio, hacían del Esla un vivero inagotable. Pero, ni en la Dirección de Pesca Fluvial, ni en la ambiciosa conducta de los pescadores, hay la previsión necesaria, para que la trucha se multiplique. Y es un lástima, porque el desove, en diciembre es abundantísimo, y allí, en las cava que hacen las truchas, para su germinación, se las persigue, sin vigilancia, y se destruyen los huevos sin provecho para el furtivo, porque, con las garrafas, no sólo pescan las truchas, en el periodo de su maternidad, sino que arrastran los huevos, y semillas, perdiéndose millones de alevines. Hoy sí; se alambran las cavas, pero no se vigilan, y con ganchos arrancan los espinos y se pierden una cantidad fabulosa de semillas. Por otra parte, el precio fantástico de las truchas, la abundancia de dinero, y el afán incontenido de divertirse, han proliferado una plaga de pescadores profesionales, que pasan el día, pescando, y la noche, en la taberna, y pescando con toda clase de armadijas, y colocan la lombriz –la golosina de la trucha-, en todos los rincones, a la boca de las cuevas, y como están, en esa faena, todo el día, concluyen con la trucha. En Asturias tenemos organizada la campaña defensiva de la pesca, con más eficacia. En el Esla no hay piscifactorías, tan necesarias; no se traen alevines, de repuesto; no se hace nada, para repoblar.

– Y yo que pensaba hacerme pescador, si me decido a vivir en Cisnarios, -Replicó Joaquín-. Me dicen amigos de León que se va a hacer algo práctico en todos los ríos leoneses. Antes de marchar, bien nos puedes dar una lección de pesca.

– Esta tarde, si queréis, porque parece que anubla el cielo, y sopla el viento, ambas cosas favorables para la pesca de la trucha.

Eran las tres de la tarde, cuando fuimos con Jesús a la tablona, en la que el médico asturiano, se cansó de tirar la cuerda con los anzuelos, disparada por el carrete, hasta la otra orilla. Alguna trucha picó pero se soltaban la mayoría. Yo pasé un rato muy entretenido, y me convencí de que era un deporte interesante, muy emotivo. Joaquín se retiró, pronto, para echar la partida de tute, y yo  me senté a la orilla del rio, viendo como trabajaba Jesús con su caña, y aunque pocas, pescaba algún ejemplar hermoso. Vino hacia mí, para descansar un rato, y fumar un cigarro, en el momento en que yo me deleitaba, viendo un pajarito nervioso, ágil, con la pluma del plomo, y una corbata de cisne, en el cuello, y una cola larga, que movía sin cesar, pescando mosquitos que volaban entre los juncos de la orilla. Es más hábil que tú –le dije a Jesús-, pesca mejor que tú.

– Si. Es el Cuquilín como lo llamamos en Asturias. Es un pájaro muy querido de las muchachas, porque, dicen, que con los meneos cronométricos de su cola, predice el tiempo y el año de las bodas de las mozas. Por eso le dicen este cantar:

Cuquilín del rio,
Rabiquín de escoba,
¿Cuántos años falten
Pa la mio boda?

– Hombre; esa pregunta debe de hacérsela Joaquín.

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– XX –

EL BALCÓN DE PANDETRAVE

Recibí una carta de mi especialista de Madrid, en la que me anunciaba que varios amigos estaban preparando una excursión a los Picos de Europa, pero no con residencia en el Parador de Riaño, sino, viviendo una semana de Valdeón, según nos recomienda el Marqués de Villar, gran admirador de estos paisajes que ha fotografiado, con gran maestría. Con este motivo –me dice- tendré el gusto de verle, y apreciar los progresos de su salud, la cual, por lo que me dice, va mejorando mucho. Joaquín sabía que la bajada a Valdeón, en coche, era difícil, y eso que las obras de la fantástica carretera de Pandetrave a Cabrales van muy avanzadas. Iríamos con los excursionistas madrileños hasta Pandetrave, y si pudiéramos bajar al fondo del valle, miel sobre hojuelas. Manuel, atento, como siempre, nos ofreció su coche Mercedes. Llegaron los madrileños, en el día anunciado, y el especialista quedó impresionado, gratamente, del estado de mi salud. Durmieron en Cisnarios, y en la mañana siguiente, emprendimos, todos, la deseada excursión. Ellos traían un hermoso Cadillac, y nosotros tres, sentados en el Mercedes de Manuel, pasamos por Riaño –Riángulo-, sin detenernos. Por esta ribera, según noticias, debe de andar el pueblín de Durande, que me interesaría conocer. Preguntamos al caminero, y nos dijo que aquella aldehuela que está en la umbría del monte, sentada en un cerro, mirando para nosotros es Durande. Sentí en mi interior algo que conmovía mis huesos, sentí un estremecimiento brusco en los músculos, y sin darme cuenta, cayeron unas lágrimas sobre mis mejillas. ¡El recuerdo de mis antepasados, que fuerza tienen en nosotros!. Seguimos ribera arriba del Bieron, por una vega ancha y espléndida, encajonada entre montes frondosos, en los que la caliza no se había atrevido, a rasgar en sus eruptos, el vientre rocoso primitivo, contentándose con emerger en ese coloso macizo de Espiguete, que se veía de frente, según me decía Joaquín.

Yo conozco poco esta ribera, pero he leído que toda ella es el antigua territorio de Riángulo, un de la varias limitaciones Tribales con la que se encontraron los Romanos. El primer valle que baja de la izquierda aún se llama, como en el siglo XI, HORMAS, que he vito de prisa, y es como una zanja larga, con dos senos, ambos fértiles de praderas y de bosques amenos para los osos… Pronto entramos en Pedregales del Rey, que no quiso ser llamado de la Reina como todo el valle. El pueblo, es patria del afamado crítico literario del último tercio del siglo pasado, Antonio Valbuena, conocido por sus ¨RIPIOS¨ y por algunas novelas cortas en las que campea la pureza idiomática, el estilo clásico, y la causticidad de su lenguaje. Una ermita, al parecer lujosa, se levanta, al pie de la carretera, con el nombre de S. Tirso, y en el fondo de la fértil ribera aparece como un diente carcomido, el torreón de un castillo, del que sólo quedan ruinas. Es el solar viejo del palacio de los Tobar de el Huérgano, nombre que parece Ligur, como el Gargano de Italia.

– Ese torreón –pregunté a Joaquín- tendrá historia.

– Mucha, y muy interesante. Antes de llamarse a este valle, TIERRA DE LA REINA, suena el nombre de Huérgano, en documentos de Cartulario de S. Toribio de Liébana, con el topónimo de los PEJOS, que era la capital del territorio Tribal. Todavía existe el pueblo de Espejos, que fue, sin duda la capital del territorio, en donde se conserva una preciosa iglesia gótica, y en ella había un artístico retablo regalo de la hija del Rey Pedro I, Constanza, Señora de todo el valle. Espejos es, de seguro, en su origen Pejos, y antes Bejos, como otros muchos nombres de estas montañas que conservan su nombre Celta de Bejo y Mogrovejo, y Liébana, y Morgobejo, en la cuenca del Cea, y Argobejo y los Beyos Bable, fueron también Bejos. El Bejos de esta ribera perdió el rasguillo inferior de la letra B, al cambiarse, en el siglo XI, la letra visigoda por la francesa y los copistas escribieron, entonces en vez de Bejos, Pejos, y ese es el nombre propio de este pueblo de Espejos, que veremos enseguida. En los Pejos tenía palacio heredado, el Duque de los Astures Pelagio, el famoso triunfador de Covadonga. Aquí tuvo fieles seguidores, en este territorio de Riángulo, como los tuvo en otros territorios tribales de Baradón, Alión, Primalias, Valdeón, Balneare, Arbolio, Flaviana, descrito con hermosos versos por el poeta leonés, Florentino Díez, Omaña, y otros varios de la faja montañesa de León. En todos estos territorios antiguos pervive un régimen consuetudinario, de propiedades comunes, a despecho de la legislación municipal, porque, aquí, los montes, los ríos, los pastizales siguen siendo administrados, por los Concejos y antes por las Merindades, y los gobiernan Juntas de los Concejos, no Concejales de los Municipios.

– Como tu erudición es tan copiosa, te estoy escuchando con gran placer, pero no me dijiste nada del Señorío del castillo de Huérgano.

– Es un Señorío, el de los Tobar muy interesante. He oído que el actual Duque de Tovar posee un copioso archivo de documentos de este señorío, que tuvo gran relieve en la casa solariega de Tibar, en Valladolid, desde el siglo XIV.

– ¿Era muy ilustre esta casa en la nobleza española?

– Sí. Pero no muy antigua. Desde el reinado de Alfonso XI figura mucho en la corte de León y Castilla en Fernán Sánchez Tobar, y suena como Canciller de Pedro I, y como el territorio de Huérgano era de Realengo, la casa de Trastámara donó este Realengo a Fernán S. de Tobar, por haberse pasado, con su crecida mesnada al sucesor del Rey muerto en Montiel, Enrique II. Al lado de éste Rey le vemos Almirante, de la Marina, y como tal se acercó a Londres en 1.380, y peleó contra Portugal en 1.381, muriendo de peste en Lisboa en 1.384. En estos años le vemos firmando como Señor del Huérgano, Señorío que conservaba Constanza la hija del Dn. Pedro, y al morir esta señora, todo su extenso y rico territorio de Riángulo fue donado a Tobar por Juan I. Con este histórico personaje, se confunden las noticias de otro Tobar a quien se atribuyen las Crónicas de Alonso X, Sancho IV, Fernando IV, pero a este Tobar se le solía llamar Fernán de Valladolid. Lo que si sabemos que el Tobar del Huérgano fue un señor de PRO, y que su linaje era como casi toda la nobleza de aquel tiempo, orgullosa y cizañera, poco escrupulosa en acrecer caudales a costa de los Concejos y Merindades. Por eso el Tobar de Huérgano se quiso apoderar de tierras de la merindad de Valdeburón, y ésta peleó con Tobar VIRIBUS ET ARMIS, según he leído en preciosos documentos del archivo de Burón. Los Tobar hicieron entonces el palacio y castillo de Huérgano, en donde residían por el verano, gastando mucho dinero en fiestas y cacerías, convidando a lo más distinguido de la Nobleza. He visto en el archivo de la catedral de León un expediente de ¨LIMPIEZA DE SANGRE¨ hecho a un Sancho de Tobar, nombrado canónigo, se nos describe el palacio de Huérgano, con su mobiliario, con sus huertas y molinos, con los trofeos de caza consistentes en pieles de oso, jabalíes, rebecos y garduñas. Toda una grandeza que ha disipado el tiempo ingrato, el INBER EDAC de Horacio.

– Con esta charla amena de Joaquín, nos detuvimos más de lo debido en Espejos y perdimos de vista a los madrileños. Tuvo Manuel que pisar fuerte para alcanzarlos en Portilla, y eso que hasta llegar a allá, me impresionó el paisaje duro y feo del trayecto, en el que la ribera se cierra con unos bruscos de conglomerado silíceo que dan la impresión de un suelo pobre y frio, en una montaña casi toda verde y fértil. En Portilla nos esperaban los madrileños, en una taberna situada en la bifurcación de la carretera. El valle por el que subimos a Pandetrave, es otra vez, riente, suave y bonito. Nos cruzamos a cada paso, con carros de yerba y con camiones que llevaban materiales para las obras de la carretera de Cabrales. Con marcha moderada, llegamos al puerto. La primera impresión fue algo extraña, para mí. Antes de dirigir la vista al contorno, y apearnos del coche, sólo vi el trajín de obreros, en la cima de la cordillera, y de frente, en los Picos, una niebla densa que tapaba todo el valle.

Parecía Valdeón, un lago sereno y tranquilo. En pocos minutos se fueron rasgando las nieblas, y los Picos aparecieron con toda su majestad y hermosura. Había allí, en la cumbre, unas casetas, una cantina provisional, y un Capataz de la carretera nos recibió amable y cariñoso.

– Si Vds. quieren bajar con los coches hasta Posada, se exponen a un contratiempo, pues los barrancos y las trincheras están casi intransitables. Hoy esperamos al Ingeniero, y él suele bajar a pie, hasta el pueblo.

– Los madrileños optaron por bajar, andando, y dejaron el coche aparcado a la sombra de una chabola. Yo no me atreví a probar mis músculos, y dije a Joaquín que sería mejor esperar a que la carretera estuviera en condiciones. Manuel opinaba lo mismo, pero nos preocupaba, el no haber sido lo bastante previsores para haber llevado merienda.

– Por eso, no se preocupen –nos dijo el cantinero-. Tengo carne fresca, truchas, pan, queso y vino, esperando al ingeniero.

– Encantados –le respondí-. Tú, Joaquín nos describirás, desde aquí, lo más notable de este panorama imponderable, con los conocimientos  y datos recogidos en otras excursiones. Además, te veo con el folleto de Saint-Saud en la mano. Para los madrileños no había duda. Bajaron saltando, cuesta abajo y encargando al chófer que esperara, allí, hasta que ellos le comunicaran sus proyectos.

– Después de todo, a eso hemos venido, a asomarnos a este balcón.

– Si quieren pasar, aquí, el día, nos dijo el Capataz, no lo pasaran mal, pues el cantinero tiene provisiones en abundancia. Las obras de la deseada carretera están en plan de urgencia, y tenemos de todo, porque los obreros todavía no quieren bajar al pueblo.

– Se veían por la loma, casetas cubiertas con tablas, almacenes de cemento y teja, una cantina limpia y unos habitantes atentos y serviciales. El cantinero era, según Joaquín, un tipo Valdeonés bien característico: la cabeza aplastada en la nuca, la frente ancha, el pescuezo corto, el dorso robusto.

– Soy Valdeonés de cuerpo entero –nos dijo-. En Valdeón me crié y no salí de Valdeón, más que a la mili, que pase en Jaca.

– Me senté en una silla cómoda. Por la pendiente subían dos parejas de bueyes enanos de Sajambre, tirando por sendos carros cargados de escombros de barreno.

– Estos bueyines son muy pútiles para subir y bajar cuestas. Si Vds. quieren, los carreteros bajan, a menudo al pueblo, y sentados en los carros hay seguridad.

– No me cansaba de mirar las carretas. Las ruedas, todas de madera; no tienes más que el eje, el miol, dos segunderas y las cambas. En el cillero, van los utensilios de reparación, zuelas, serroes, hachas y alicates, según el cantinero. Joaquín seguía hablando con el Capataz, preguntándole cosas relativas a la obra de la carretera. La mañana convidaba a la soledad; un cielo sereno, un sol que no pegaba sino que besaba su luz casi violeta reflejada en los canchales de Peña Santa. Todo me había sumido en una somnolencia lánguida, pero deleitosa. De buena gana me hubiera tumbado sobre aquel césped de flores, y gozar la visión de aquel semicírculo grandioso, que rodea al valle de Valdeón. Joaquín me despertó de letargo para decirme, que habíamos venido para admirar el panorama, desde el mejor balcón, el más bonito de los Picos.

– ¿No quieres que me siente en Cátedra y os diga, algo, muy poco de lo que tienen de hermoso, estos paisajes? Pues oye y ve. Puedes interrumpir mi charla y enhebrar diálogos, preguntando cosas y nombres.

El relieve de Valdeón es muy complicado. Ofrece una perspectiva sorprendente. Montañas, cordilleras, gargantas, lagos, llanuras, tajos, desfiladeros, valles, hondonadas, laderas suaves, bosques vírgenes, cuestas empinadas, picachos que se yerguen, orgullosos, como en competencia de gigantes, que luchan por ganar la batalla de alturas, todo un contorno fantástico, en el que la imaginación más febril de los artistas se apaga y enfría que con esas creaciones geniales no pueden captar tanta belleza, encerrada en un perímetro de pocos kilómetros. A mí me ha parecido el valle de Valdeón, desde la primera vez que lo vi, una taza de esmeralda, en la que se recogen todas las bellezas de una naturaleza pródiga. Porque en Valdeón se dan cita todas las especies forestales, todos los climas, porque, desde las crestas de Peña Santa, Los Urrieles, y el Naranjo de Bulnes, con alturas de 2.600 metros, y los puertos y cordales como este de Pandetrave con 1.580 metros, hasta descender en declives ondulados de los pueblos, como S. Marina, que tenemos a nuestros pies 1.190 metros y Posada con 995, y Corona y la Peguera con 675, y Caín con 500 metros, según los datos de Saint-Saud, quiso la naturaleza sembrar semillas de todas clases para alimento de hombres y animales. En esa masa forestal que tenemos, en el semicírculo de la izquierda, los bosques de roble y haya son tan frondosos que pueden alardear de ser vírgenes, pues el hombre, por falta de caminos, no ha podido cortar troncos esbeltos, para vender su madera en ferias y mercados. Y son montes con vallinas umbrías, y lomas calvas, y praderas riquísimas regadas por arroyos espumosos que bajan, rugiendo de las cumbres, y estos árboles, tan viejos y tan sanos, dejan de crecer en las laderas de valle para que los prados y tierras de labor produzcan yerba y cereales, frutas y legumbres para gusto y golosina de sus habitantes.

Desde aquí, podemos recordar, con la imaginación los días aquellos caóticos, en que emergieron de un mar agitado, estos colosos que son autónomos, según los geólogos, como si fueran el apéndice de espinazo de la cordillera Pirenaica. Porque los Picos de Europa, en el mapa geológico, aparecen, tan aislados, de los levantamientos primitivos, que esta cordillera del oeste que vemos vestida con lujo tropical, debió de ser el contrafuerte sólido que detuvo las erupciones calizas, que, desde Peñacorada fueron surgiendo en la misma época cuaternaria, casi al mismo tiempo que el macizo de los Picos de Europa, que parecen como un gigante sin parentesco con las familias calizas que se levantaron en la tierras palentinas y leonesas. Y la cordillera del oeste fue tan brava, en aquellos días de renovación del relieve del norte de España, que aquí, quedaron llanuras fértiles, y laderas erosionadas, para que se asentaran estos bonitos pueblos de Liébana, Sajambre y Valdeón. Y quedaron tan hondos y bajos los valles, que tienen u clima más benigno que las llanuras de los valles del sur, para producir frutos propios de países meridionales, como la vid lebaniega, y el maíz sajambriego. Desde Pandetrave hasta Caín hay poco s Kilómetros de distancia, y sin embargo, dada la posición vertical del valle, se consiguen, espontáneamente, frutos muy diversos. Por eso si preguntamos a estos valdeoneses, si quieren la carretera, que se está abriendo para comerciar productos, es fácil que nos contesten, que serían muy felices si continuaran con el aislamiento que tienen.

– Hay muchos viejos en Valdeón –interrumpió el cantinero- que no quieren carreteras, porque preveen que los montes que no conocieron el hacha, desaparecerán, y la caza y pesca del valle, ahora deporte y lujo de todos los habitantes, quedarán como recuerdo de tiempos más felices. Hasta ahora, disfrutamos de carne abundante de rebeco, nos divertimos con la caza del Chorco, y de vez en cuando, cazamos osos y lobos, con cuyas pieles nos abrigamos. Bien dura es la vida de los Cainejos, muchos de los cuales mueren despeñados, pero ningún mozo de Caín, al terminar el servicio militar, duda en quedarse por allá, y vuelve a sus vacas y sus cabras, a sus casas que no conocen la nieve, ni el frio de invierno.

– Seguíamos pendientes de la palabra erudita de Joaquín, y yo le pregunté:

– Todo esto que estamos viendo ¿es Leonés?

– Casi todo: Todo el semicírculo, de este a oeste, ya vimos, desde Puente Angoyo, la línea divisoria von Asturias, cruzando el rio Dobra, y subiendo hasta Peñasanta, por Amosa y Beza. Por el este, estamos en el mejor balcón, para recorrer con los ojos y los prismáticos  toda esta fama maravillosa, que rodea, como una diadema de plata, la frente rugosa de Valdeón. El rio Cares que nace aquí mismo en esas fuentecillas de la loma, y se nutre con aguas y caudales que manan desde la collada de Dobres y el puerto de Panderrueda, y en los arroyos que bajan de los canalizos de JOU luengo y JOU santo, y de los neveros de Carredo, para correr, sin prisa, por las vegas de estos pueblines valdeonenses tan bonitos y alegres. El Cares, hasta salir del rehueco, no corre, no ruge, se ríe y canta enamorado de sus riberas, y al empezar su carrera de luchador, en Cordiñanes y dar zarpazos a los peñascos que intentan detenerle, cambia de ritmo. Es bravo y brusco en sus cantares, se crespa en cascadas bulliciosas, se detiene en los pozos hondos, viveros de truchas, y se desliza, furioso como encarcelado que no puede romper los muros de su prisión. Si lo vierais, como lo he visto yo, allá, abajo, cerca de Corona cómo sonríe al recibir las aguas limpísimas de la Peguera, y se retuerce, después entre peñascos, forcejeando para no desaparecer en la sima profunda que lo ha de llevar, muchos kilómetros, sin luz del sol, sin la alegría de paraderas verdes, por una canal sombría, con dos murallas pétreas que lo aprisionan hasta más debajo de Caín, en donde otros arroyos y cascadas le brindan sus caudales limpios y trasparentes. ¡El Esla con su prosapia señorial, el Porma, el Curueño, el Bernesga y el Luna, todos ellos nacidos del vientre de montañas encantadoras, son alegres y risueños, pero este Cares que tiene una vida corta y se regusta de una juventud mimada, y sabe pelear con arrestos de gigante, y se esconde en túneles tenebrosos, y ofrece sus venas para la sangría hidroeléctrica de Viesgo, es un rio símbolo de la brevedad humana!

– La charla de Joaquín la escuchaba con placer el cantinero y yo, cuando llegó el Ingeniero de la carretera. Joaquín lo saludó como conocido, en León, y le preguntó, extrañado de la lentitud de los trabajos, en un trazado fácil.

– Fácil –le contestó el ingeniero-. No lo creas. Cuando se terminó, en 1883, esa maravilla de Pontón a Cangas, que tantos aplausos ha merecido, se proyectó el abrir un camino que terminara con el aislamiento de Valdeón, pero las cosas de España, en aquella época de efervescencia política, impidieron el estudio de una carretera tan bonita como ésta que ha unir a León con Asturias, en un relieve difícil. Ha habido dilaciones, estorbos, las tretas frecuentes de contratistas que no cumplen sus compromisos. Pero ahora, la cosa está bien encauzada, y además, tendrán los turistas, otro camino vecinal por Panderrueda, y a cargo de la Diputación Leonesa. Pronto veremos una verdadera maravilla estratégica y artística, desde aquí a Cabrales por el desfiladero del Cares.

¿Pero si parece fácil, el trazado desde aquí?

– Eso parece a los profanos. No pierdas de vista el declive de Valdeón, es casi vertical, hasta Posada, y que, apenas hay sitio para el desarrollo de las curvas. Todo se va para el desarrollo de las curvas. Todo se va resolviendo, pero con lentitud.

– El ingeniero se despidió, para bajar hasta Santa Marina, en donde tenía los planos de la construcción. Joaquín siguió su lección detallada del valle y del macizo central, y yo le pregunté por el origen de los primeros pobladores de esta caldera de Valdeón, incomunicada, en siglos.

– Algo se ha escrito sobre la población antigua de este valle. La documentación es parca, y poco precisa. Las primeras noticias que tenemos, son de los Romanos, que anduvieron por la montaña, es plan militar, primero, y en explotaciones minera, después. Pero los Geógrafos de Roma, con Estrabón sólo escribieron al dictado de los militares, y sólo nos dice que los límites, entonces conocidos entre los Cántabros y Astures estaban en el rio Sella. En este caso, las tribus indígenas de Valdeón, serían Cántabras. Pero es el caso, que Tolomeo y Horacio nos hablan de una tribu llamada Concana, y de una ciudad que tenía el nombre de CKoncania, que debió de estar en este valle o en el próximo de Liébana. ¿En dónde la ubicamos?. No lo sé. Horacio nos dice que los Concanos bebían la sangre de caballo, quizá como rito religioso de la tribu. Sería curioso averiguar por la Toponimia, y por la Geografía, el lugar de la cuidad de C Koncania, que, o era Cántabra, o una ciudad autónoma, pero federada con los Cántabros.

– Se acercaba la hora de comer, y el cantinero nos dijo que tenía preparada la comida, sin esperar al ingeniero, que pensaba almorzar en el hotel de Posada. Nosotros ya habíamos decidido permanecer en el alto del puerto, y aquí, escucharíamos a Joaquín que estaba muy documentado, en los nombres de los pueblos y lugares típicos de todo el macizo. El sol flagelaba de lo lindo, y nos refugiamos en el portal de la cantina, en donde había bastante fresco y no pocas comodidades. Durante la comida, Joaquín estuvo casi mudo, leyendo páginas del folleto de Saint-Saud, y tomando notas para continuar su charla, sobre el desfiladero del Cares, y sobre las arrugas de los picos que tanto me habían impresionado. Cuando se termine la carretera, -le decía yo al cantinero-, vosotros, los Valdeoneses ¿Iréis para Asturias?

– De ninguna manera. Leoneses fueron nuestros padres, y leoneses queremos continuar. Con Asturias, apenas tenemos relaciones; sólo los pastores se tratan, algo, pero ninguno de los nuestros se avecina en los pueblines asturianos, que son más pobres que las aldeas nuestras. Ni siquiera sabemos pronunciar el Bable, y en cambio, el español lo hablamos, en toda su pureza, lo mismo que en toda la montaña del Esla, con la que tenemos relaciones de buena vecindad. Con Liébana, nos tratamos algo más, pero no podemos olvidar nuestro origen leonés.

– Después de la comida, que no fue nada frugal, salimos al campo. Corría un vientecillo agradable, y yo me recosté a la sombra de unas matas de haya, y dormí una corta siesta dulce y reparadora. Me despertó Manuel, y ambos nos reunimos con Joaquín, que no cesaba de mirar, con los prismáticos, hacia los canchales del frente.

– Es lo mejor de todo el contorno –nos decía-, y éste el mirador más bonito de todo el valle. Mirad. Por el oriente, las sierras de Andara, santanderinas, apenas tienen relieves. Son ondulaciones suaves, peladas, y por el cordal de Liordes se asoman al tajo del Cares, llenas de envidia. Ahí, muy cerca, está la collada de Liébana, lindando con Espinama, que es rasa, pero con pastizales abundosos. Nada nos ofrece de particular. Pero, en cambio; el frente, no se cansa de ofrecernos novedades, en sus hoyadas, en sus crestas, en sus canales, como el de Pambuches, por el que bajé yo, una mañana, con dos cazadores cainejos, con un rebeco muerto, a cuestas el uno, y con la escopeta el otro. Nos envolvía una racha de niebla, y gracias a ella, pude bajar, por los peldaños y grietas de los lados, sin percatarme del peligro de rodar. Al llegar, allá, abajo, en la boca del embudo, no había niebla, y di gracias a Dios por haberme librado de un peligro inminente.

– Por lo visto, tú has andado por todo ese peñascal calizo de caza.

– Lo recorrí el año pasado, en agosto, y no puedo olvidar los incidentes de una excursión que tengo grabada en lo más íntimo de mi memoria.

– Entonces, te será fácil describir los bordes de esta cazuela, porque, por las alturas, es peligroso exponer la vida rodando por los canalizos.

– Veréis-. Todos los paisajes de este anfiteatro que tenemos delante, palidecen comparados con las realidades que se palpan y saborean, subiendo desde Caín a Posada, por las grietas del Cares. El nombre de Caín es para intrigar. El prófugo homicida de Génesis, huyendo de la ira de Dios, y de la maldición de su padre, no podía encontrar un lugar más apartado, un rincón más apropósito, para acallar las punzadas de su conciencia ¡Caín! Qué nombre más sugestivo.

Arriba, las paredes de Frea que se empinan, casi en vertical, con sólo unos escalones que zigzaguean entre murallones gigantescos, hasta las crestas de los colosos del macizo central. Abajo, en la sima, en que se retuerce la cinta del rio que está, siempre refunfuñando, con voces doloridas de prisionero que pide auxilio a su hija la presa hidroeléctrica del Viesgo. En el pequeño rellano que sostiene los dos barrios de los Caines, situados a 100 metros de distancia, unas tierras pobre de labor, unos huertos que producen frutas de climas bajos, y unos praduchos verdes en los que pastan las vacas enanas de Caín, muy lecheras y gordas. Desde los escalones de Caín de Arriba, puede verse la torre de Cerredo –la más alta de los Picos- y los nevados canalizos de Peña Santa, y todo el revuelto geológico de crestas, sierras, pedriza, picachos, en los que viven y crecen tejos seculares y una multitud de arbustos, cuyos tallos, roídos por los rebecos, están, siempre tiernos y verdes. Salir de Caín hacia Valdeón, es dejar la imaginación prendida y atada a bellezas ni vistas ni sentidas hasta allí. La vegetación empieza a ser rica y variada; la vereda retorcida, y escabrosa, los contrafuertes de las rocas lisos y esmerilados. En pocos tramos se deja de ver el Cares, cuyos quejidos y risas, se oyen en toda la subida. Antes de asomar a Valdeón, la naturaleza nos brinda con el paisaje más hermoso que he gozado en mi vida. La Peguera. Árboles seculares de roble, de haya, de tilo, de nogal, y arbustos frondosos pueblan esta mansión regada por un riachuelo, que nace allá, en las fuentes de la Farfada. En este bosque encajonado entre dos murallas elevadísimas no ha entrado jamás, el hacha del leñador, siendo virgen el arbolado, en un clima de menos de 600 metros de altura. El agua del arroyo es finísima, y antes de rendir tributo al Cares, riega y fecunda un suelo feraz y llano. Frente a la Peguera, una pradería rica rodea a la antiquísima ermitina de Corona, la Señora de todo el valle, en la que una tradición poco segura nos cuenta que en ella se coronó Pelayo, como rey, después de la hazaña gloriosa de Covadonga. No lo creo probable, y el nombre de Corona bien puede proceder de un centro Céltico, como otros muchos que hay por León y Galicia. Pelayo, sí debió de andar por Valdeón, reclutando soldados y organizando el ejército de resistencia que preparo para luchar contra los moros invasores en el Auseba.

Las pandas meridionales de Corona se expanden por la amplia ladera de Liordes, bien entapinada, para el pasto aromático de vacas y ovejas, y allá, arriba cerca de los límites de Santander triscan y rebrincan rebaños de rebecos, que hoy, son respetados por el coto de caza del Parque Nacional de Covadonga, que llega hasta la Pandiella, frente a Cordiñanes. Cerca de la ermita, está el célebre ¨CHORCO¨, que es un cercado artificial y natural, por una empalizada, y por un murallón muy alto, de la roca. En el vértice, los vecinos han cavado un pozo recubierto con ramaje frágil, en el que caen, vivos, los lobos en cacerías jubilosas y afamadas. A esta caza de lobos –y algunas veces osos- tienen la obligación de acudir todos los vecinos del valle, llamados por la voz ronca de un cuerno que tiene que tocar el vecino más nuevo de todo el Concejo. Antes se hacen ojeos por todos los montes y se colocan vigías para ver a las fieras que corren en dirección al CHORCO, y cuando cae alguna fiera en el pozo, empiezan los gritos, las voces, los cantares, la algarabía de unos cazadores afortunados. Es una cacería muy típica y original, que tiene unas Ordenanzas antiguas que se cumplen al pie de la letra.

– Sí que es curiosa esta cacería –interrumpí yo a Joaquín- y para no olvidarla, te ruego que la escribas con detalles y pormenores.

– Por una pendiente del camino, se entra en Valdeón, por la aldea de Cordiñanes, y el paisaje se aparta de las peñas, para extenderse, como un tapiz policromado, en el que se asientan los pueblos de los Llanos, Posada, Prada, Soto y Santa Marina. No nos cansábamos de escuchar al charlista, pero eran ya las cerca de las cinco de la tarde cuando vimos subir, a caballo, al Ingeniero, el cual nos dijo que los madrileños habían bajado a Caín, y que dormirían en Posada. Merendamos unos trozos de truchas fritas y frías, y Manuel preparó el coche para abandonar aquella preciosidad de paisaje.

Al arrancar el coche, lancé una mirada con lágrimas en los ojos, y levantando la vista al cielo, exclamé:

¡QUE NO ME MUERA, DIOS MIO, SIN VOLVER A VER ESTA MARAVILLA!

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– XXI –

EL REGRESO DE LOS MADRILEÑOS

Seis días gastaron los madrileños en su excursión por los Picos. Yo estaba un poco aburrido, porque Manuel se había ido, unos días a León, y Joaquín andaba febril, como nunca, no apartándose de su novia. Los madrileños se quedaron, un día, en Cisnarios, invitados por mí para descansar, y por la mañana los llevé al pinar, recreándose delante de aquel paisaje bello del Aguasalio, desde allí, vi a Joaquín en la era del tío Matías, mirando, debajo de un manzano, no sé si al criado que revolvía el bálago, o a Tina que arreaba la pareja de vacas tirando del trillo.

El grupo de los excursionistas era completo y escogido. Además de mi especialista, Médico afamado, lo componían un Geólogo de Escuela de Minas, un Geógrafo de la Academia Militar y un joven Marqués, rico, que tenía el buen gusto de gastar su dinero, comprando objetos de arte, y viajando mucho por todo el mundo. ¿Vendrán Vds. contentos de su viaje? –les pregunté-.

Muy contentos –me respondió el Marqués- y orgullosos de ser españoles, porque a pesar de nuestro aislamiento, y de una exagerada pobreza, todavía podemos lucir monumentos arquitectónicos, tan bellos y ricos como los más ponderados del extranjero, y museos de arte inigualables, y ¿por qué no decirlo? Paisajes como este de los Picos que se empiezan a conocer y ponderar. Nosotros los recorrimos todo. Entramos por Valdeón, bajamos a Caín, por la grieta del Cares, subimos por la canal de Frea, acompañados de dos cainejos, y nos asomamos a las pandas del lago Enol, en tierras asturianas. Dormimos en la majada de Rondiella, cruzamos el pasadizo de Amosa, y vimos las ruinas de la antigua Alberguería y de la ermita destruida de la Virgen de Sabugo, muy devota de los pastores y caminante. Otro día, lo gastamos en la cuenca del rio Dobra, en aquel monte de Carombo, que encanta con sus árboles viejos y sanos, de gran corpulencia; cruzamos por la collada de Dobres, y pernoctamos, algo cansados, en el magnífico hotel de Posada, acondicionado de todo confort, por los ingleses que hicieron el salto del Viesgo, por un travesía de cerca de veinte kilómetros, colgada, con muros de cemento, a lo largo del desfiladero del Cares. Pensamos recorrer esa verada pero no nos atrevimos.

– ¿De modo que Vd. que ha recorrido muchas tierras, cree que esto merece la pena de verlo?

– Indudablemente. En España andamos un poco atrasados en modernizar lugares de turismo. No tenemos mapas y libros como en los Alpes Suizos y en las montañas de Asturias. No podemos ostentar la riqueza y las comodidades del Parque Nacional de los Estados Unidos del Gran Cañón famoso, pero ¿esto?. Esto es de lo que no hay nada parecido. Esa carretera Valdeón-Cabrales, será una maravilla, aunque a mí me gustaría más que no se hiciera, y quedaran los Picos intactos y vírgenes, como estaría el paraíso, cuidado por Ángeles, antes de la caída de Adán. Nosotros hicimos la excursión, sin prisas, sin dificultades, rodeamos el macizo, en coche, volvimos a Pandetrave, pasamos a Liébana, y por la carretera de Espinama, recorrimos las minas de Andara, desilusionados del paisaje, que es chato y sesgado pero muy interesante y bien cuidado por los santanderinos. Otra vez volvimos a Potes, y por la garganta del rio Deva, por la Hermida, bajamos a Unquera en donde me dio lástima de aquel rio Cares, bravucón y reñidor, que iba lento a morir, mezcladas sus aguas con las del Deva, en el regazo del mar Cantábrico. Después, por la carretera Unquera-Cabrales, Cangas, hicimos un viaje despacioso, por paisajes que, todavía tienen algo de magnificencia de los Picos, pero encogidos en ondulaciones simétricas, con un suelo pétreo, sin vegetación, pobre y frio que responde bien con el nombre de Cabrales, país de cabras, no de hombres. En todo el paisaje nada hay parecido a la opulencia forestal de Valdeón, y de la bonita posición de Sajambre.

– Lo del Gran Cañón de Norteamérica, ¿será tan grandioso?

– Sí. Sumamente grandioso, pero muy espectacular, y modernizado. Aquellos osos pedigüeños que se acercan a los viajeros pidiendo golosinas, aquellos bisontes que nos miran, desde lejos, con unos ojazos que parecen estatuas de mármol, aquellos alces que se espantan de las bocinas de los autos, y vuelven, corriendo, en cuadrillas tímidas y recelosas, la anárquica situación de aquellas montañas contorsionadas, revueltos los filones, retorcidos y dislocados por la fuerza volcánica, las cascadas y surtidores, el rio que corre muy hondo, al cual bajan los pescadores por funiculares y puentes colgantes, todo es digno de admiración, pero ¿esto?. Esto es otra cosa más salvaje. Más brava. Nosotros vimos correr a los rebecos espantados con los tiros de nuestros rifles, esconderse, las hembras y chivatos en la sombra de los sotánbanos de Peñasanta, mientras los machos, desafiadores, silbaban y pateaban, con pezuñas de goma, en las crestas de las altas peñas, y nos miraban, sin envidia, gozando de las delicias de una libertad conseguida gracias a los músculos de sus patas. En el Gran Cañón americano, hay lagos de más de cien millas cuadradas, alrededor de los cuales serpentean carreteras asfaltadas, y sobre los rebordes, hoteles lujosísimos asomados al precipicio, con trenes eléctricos que pasan delante de sus puertas. Pero todo aquello, es de un salvajismo primitivo, en donde la mano del HOMO SAPIENS dejó las huellas de su genio creador, dislocando a una naturaleza de belleza soberana. En cambio, aquí todo está como lo creó Dios, como lo plasmaron y lo moldearon los volcanes y los glaciares.

Colocad un funicular en la cima de la canal de Frea, o en la boca del canalizo de Pambuches, y estas aberturas que son rutas conocidas de pastores y cazadores, perderán su encanto. Esto hay que verlo, ¨IN PURIS NATURALIBUS¨, con el relieve que le dieron los milenios, con las galas de una naturaleza fecunda, con los perfiles que lo hacen atractivo y bello.

¿Qué será, dentro de pocos años, del boscaje lujurioso que viste las laderas valdeonesas desde Panderrueda hasta Pandetrave?. ¿A qué quedará reducido el panorama soberano de la garganta del Cares?. Quizá haya quien tienda un funicular desde las cuerdas de Liordes hasta Corona, pero las emociones de los paisanos que suben la florida ladera, cantando y voceando tras los rebecos, ¿quién las oiría?. Si yo fuera político influyente, no me cansaría de predicar que estos valles leoneses de Valdeón y Sajambre deben dejarse, como son, sin que la industria los deforme, sin que la avaricia los destruya. ¿Qué vale este pinar, con ser frondoso, comparado con los montes valdeoneses?. El día en que se termine aquella carretera, pasarán los viajeros distraídos, sobre la grieta del Cares, y pasarán a Cabrales, por rampas difíciles, pero no se pararán a contemplar los recodos hermosos, los picachos erguidos, los arroyos que bajan de las alturas, salpicando flores, besando arbustos, esmerilando rocas.

– La elocuencia del Marqués nos tenía absortos, escuchándole, cuando llegó Joaquín, disculpándose de su ausencia.

– Claro –le dije-. Las novias mandan, y la tuya es tirana, como todas las mujeres. Bajamos a la fonda para comer y despedir a los madrileños que pensaban marchar, por la tarde, para pernoctar, en sus casas de Madrid.

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– XXII –

JOAQUÍN MINERO

Joaquín estaba en la fonda poco comunicativo. Ni jugaba al tute con los veraneantes, no leía periódicos, enfrascado, sólo, en los libros de Geología.

– No quiero que pase más tiempo –me dijo una tarde-, sin que te dé cuenta de mis preocupaciones. Me estoy convirtiendo en minero. Mi amigo Arsenio tenía ocupados unos obreros, cavando, a orillas del camino de Umbrosa, muy cerca del puente, y en la ladera del monte descubrieron un filón de hierro, oprimido entre dos murallas de arenisca. Me llamó, con urgencia, para que yo, como aficionado a la Geología, le diera mi parecer, sobre el afortunado hallazgo. Lo vi y lo medí. Tiene el filón 90 centímetros de ancho, y cerca de dos metros de alto, a la vista. Si los peñascos que lo encierran, se abrieran hacia la cabeza del cerro, el filón tendría un frente explotable; merecía la pena denunciarlo, en la Jefatura de Minas. Sopesé, en la mano, unos pedruscos, y me parecieron que tenían un peso extraordinario. Registré la dirección del filón, hasta el rio, y allí brotaba una fuente ferruginosa, que podía ser el nivel del filón. Arsenio estaba entusiasmado, y me dijo que podíamos los dos, en compañía anónima, denunciar esta mina, y llevar a León, unas piedras para analizarlas. Mañana mismo debemos ir a León. Yo llevaré –le dije- un proyecto o fórmula para solucionar mi pleito con Tina, y pedir el parecer a mis padres. Ya te daré cuenta del resultado de este viaje.

– Me intrigaron las noticias de mi amigo, y en su breve ausencia, me entretuve viendo el filón, y me pareció muy rico y fácil de explotar. Hablé con los obreros que lo encontraron, y uno de ellos me dijo que en todo este monte, hay vetas de hierro, y que muy cerca en la vallina de la derecha, hay una bocamina artificial que dicen que fue de los romanos. Decidí subir hasta ella, y mi sorpresa fue enorme. Es la mina, una gruta labrada a pico, en la sierra subterránea, y en la boca hay señales evidentes de haber sido explorada. El obrero que me acompañaba era de Umbrosa y dijo que todo el monte está denunciado por la Sociedad de hulleras. Hace años hicieron calicatas, a cuenta de un señor de Bilbao, y allá, arriba cerca de cerro se ven registros y sondeos, entre el matizo. Mi padre –me dijo el obrero- encontró una barra, dentro de la mina y el Sr. Cura la mandó al Museo de León.

Subí al monte por veredas de vacas, y bajé al valle contiguo por los escalones de un serrasco hasta el arroyo. Bebí agua fresca, y medité un rato a la sombra de unos chopos sobre las rutas que la Providencia, nos señala en los destinos de nuestro porvenir, ¡Qué cosa más rara la que se presenta a mi amigo! ¡si será la mina, la que ate a Joaquín a este pueblo! ¡Si será este filón de hierro la antorcha luminosa de su futuro!. Quién sabe si Dios le tiene destinado, como pronostica su amigo Arsenio, a ser, no un caudillo de guerra, sino un director de empresas, y un orientador de masas amorfas que se están revolucionando y transformando.

Por un camino de carro salí, de aquel monte, y al otear, desde una curva las líneas lujosas de la fachada de la iglesia, otra vez volví a meditar y a soñar sobre el destino de mi amigo, el cual volvió, en aquel día, entusiasmado con su mina. Cenó de prisa, y se fue a ver a Tina que lo esperaba impaciente, por saber el resultado de la fórmula matrimonial, en la que ella no creía. Al día siguiente, hablamos largo y tendido sobre su viaje. Estaba muy optimista.

– Por lo que hace a la mina –me dijo- todo indica que es un negocio seguro. Me dicen Ingenieros de Minas que la montaña de esta Provincia tiene una riqueza metalúrgica, insospechada. Por algo, los romanos la conquistaron militarmente. El análisis de nuestro filón les produjo una sorpresa, por la cantidad de hierro que contiene, un cincuenta y dos por ciento, algo de manganeso: Los mejores yacimientos del Bierzo, y aún los de Vizcaya, no llegan ni con mucho, a este porcentaje. Por otra parte, he sabido que la rica sociedad carbonera de Hulleros abriga la esperanza de hacer altos hornos, en la cuenca baja del Esla. Nuestro filón ha sido muy ponderado, pero sufrimos en la Jefatura de Minas, una contrariedad, al enterarnos de que la demarcación de Hulleros, en el monte de Mataces, acaso se extienda hasta el sitio de nuestra denuncia. Arsenio vio el plano, y tiene desde el arroyo, unos 200 metros, en dirección norte, y él cree que nuestro filón está fuera de las pertenencias de Hulleros. Pronto saldremos de dudas con la venida de un Ingeniero que haga los deslindes.

El otro punto de mi viaje a León, también fue aceptado por mis padres. Mi fórmula es ésta. Nos casaremos y residiremos siete meses en León, ocupado en mi cátedra, y los otros cinco en Cisnarios. Así, yo puedo ocuparme, algo, de la hacienda de mi futuro suegro, sin perder de vista mis proyectos mineros, que cada día, me entusiasman más.

– ¿Pero está fórmula, la aceptará Tina?. Ahí están tus ilusiones perdidas. No sé porque me parece que tu novia y su padre, no aceptan proyectos, a medias, sobre todo, sin consultar con el Cura, que es el que tiene las llaves de este castillo. Tú estás dispuesto a ceder en tu pleito, en parte, y me parece que tienes que terminar, con rendirte. Las mujeres mandan, como te dije, y ya sabes que Eva arrastró a Adán.

– Tu pesimismo me disgusta, por ser el de un amigo a quien confío todos mis pensamientos.

– Hasta ahora veo que no has adelantado nada con esta fórmula de avenencia. Es ella la que decide.

– Pues, a ella, la veo cada día, más enamorada, mas dispuesta a entregarse. ¿No te parece que a las mujeres las fascina el cambio de vida? Ahí es nada de ser labradora de pueblo, o señora de ciudad.

– Hasta la hora de almorzar, al día siguiente, no cambié impresiones con Joaquín, que estaba mohíno y disgustado.

– ¿Nuevas calabazas –le dije-?

– El pleito mío no se acaba de aclarar. A Tina, anoche, la encontré desabrida, preocupada y poco comunicativa. Me dijo que había tenido un disgusto serio con la criada Juana. De mi fórmula matrimonial, hizo mueca despectiva por toda contestación, me despidió, como siempre con la palabra de ¨ya veremos, ya veremos¨. Anoche no dormí y pienso echar una siesta larga, a ver si mi imaginación alocada, se serena.

– No le volví a ver hasta la noche, y seguía displicente. Sólo me dijo, durante la cena, que Arsenio y él estarían, todo el día, con el Ingeniero, el cual vendría a demarcar nuestra mina. Llegó en coche propio, se hospedó en nuestra fonda, y toda la mañana, la pasaron haciendo medidas, y trazando líneas de deslinde. Yo los vi, desde un balcón, primero, y después, desde las sombras del pinar.

Durante la comida, Arsenio y el Ingeniero estaban locuaces. Por lo visto, el filón distaba 4p metros de la línea del de Hulleros.

– La cosa, por visto merece la pena –dije al Ingeniero-.

– El filón –me contestó- es de los más ricos de España.

– Pero lo encuentro demasiado estrecho, poco profundo.

– No importa. Si el filón sigue, monte arriba, con cerca de los dos metros, y baja hasta el rio, hay base de explotación.

– Que sea enhorabuena –dije a Joaquín-.

– ¿Por esto, o por lo otro?

– Por ambas cosas, porque preveo que la mina puede ser el punto de partida para que te entregues sin fórmulas. Arsenio se sonreía, y los tres se dirigieron al Camino de Fuente de Oro para hacer la demarcación de la otra mina que pensaba denunciar.

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– XXIII –

PLANES DE VERANO

La ya larga temporada de mi residencia en Cisnarios, me había familiarizado con muchas personas del pueblo, con las que pasaba, no pocos ratos enterándome de no pocas cosicas sin importancia. Una de las cosas que más me había llamado la atención, en la montaña, era el nivel cultural de sus habitantes. No había analfabetos, y sobre todo, se hablaba un español castizo, sin designencias idiomáticas, sin giros extraños de una lengua mal llamada castellana, porque, como acaba de demostrar el patriarca de la Filología, Menéndez Pidal, en la formación del idioma español, no sólo tomo parte Castilla, sin que León y Navarra y Aragón aportaron acervo de voces, quizá más numerosas que las castellanas. Aquí, en esta montaña, todos hablan y escriben como los clásicos, sin que el Bable asturiano y el Bable occidental de León echaran raíces. Es este un país de esencias tradicionales, de costumbres primitivas, de una raza pura, indígena, entroncada con tipos de linaje Celta e Ibero. Hasta en las diversiones públicas, hay un poso ancestral inconfundible que nos recuerda las aficiones y ritos primitivos, religiosos y profanos de los pueblos que caen, al otro lado del cristianismo.

Hay dos diversiones que entretienen mucho: el aluche, y el juego de bolos. Todas las tardes se forman partidas reñidas en la plaza de la iglesia, y en los días festivos, concurren equipos de jugadores de los pueblos vecinos, que lucen su maestría con gran complacencia del público. He presenciado partidos emocionantes, en los que se juega, no el dinero, sino el honor de los jugadores, que beben un poco de vino, como premio a sus habilidades. Me había complacido sobre todo, que mi amigo Joaquín era ya uno de los ases más destacados, con quien se contaba en la formación de equipos. Siempre jugaba con los mozos del pueblo. Tenía cualidades físicas de gran valor. Un brazo fuerte para lanzar la bola, desde manos lejanas, un pulso seguro par bordear la bola en la mano y hacer que al caer, en el castro, fuera derecha al ahorcado, pegando en la base de los bolos describiendo un ángulo recto. Daba gusto ver la bola, describiendo, en el aire, un arco de medio punto, haciendo ahorcados elegantes, bonitos con aplauso unánime del pueblo. Yo pasé muchas tardes, no sólo entretenido, sino entusiasmado, y casi decidido a entrenarme en un juego de grandes emociones. El las tardes del domingo, después del Rosario, se llenaba la plaza de jugadores y aficionados. Hasta las mujeres casadas tomaban parte en las discusiones acaloradas del público, porque las mozas paseaban solitarias por la carretera, esperando que terminara el juego de bolos para divertirse en un baile amenizado con altavoces. Sentado, cómodamente en la acera del bar, era ya un conocedor de todos los incidentes del juego, y me gustaba mucho, sobre todo, la pericia y elegancia que tenía Joaquín despidiendo la bola con certera puntería, y al terminar la partida, siempre pagaba a los mozos de su pueblo –ya lo llamaba así- el vino consumido. Anteayer, domingo, hubo una partida emocionante. Todo el pueblo estaba en la plaza, menos las mozas que paseaban en grupitos. Vi a Tina, y a Adela, su amiga, que daban paseos cortos, mirando de soslayo a Joaquín, cuando birlaba y pinaba los bolos. Terminada la partida, Joaquín me dijo que él tenía que acompañar a su novia, un rato.

– ¿Pero, no ves que la acompaña Adela?. Iré contigo a encontrarlas, y yo acompañaré a Adela, mientras tú paseas con Tina.

– Muy agradecido. No te pesará, porque la Maestrina es muchacha de conversación agradable y culta.

– No se podía dar un paso por la carretera. Chiquillos que correteaban, mozos y mozas en parejas, y una algarabía de voces, gritos, cánticos que atolondraban, y para colmo de dificultades, la fiebre loca de los autos, motos, bicis que sin cesar obstruían la carretera. Joaquín me dijo que el mejor sitio para pasear es, al otro lado del puente, por la pradera de orillas del rio. Allá fuimos, pero estaba ocupada por veraneantes, y por tiendas de campaña en las cuales hacían vida familiar no pocos forasteros y extranjeros. Salimos al camino, yo, emparejado con Adela y Joaquín al lado de Tina. Mi compañera tenía un conversación amena, y me iba contando no pocas naderías y cosinas que ocurrían en el pueblo, como las intrigas de los veraneantes y sobre las murmuraciones de las viejas sobre los líos matrimoniales, las rarezas de tío Matías y los humos de ama de casa que tenía Juana la criada.

– Yo creía que  en casa del tío Matías, todo era alegría y paz.

– De todo hay. Hace pocos días, en la era tuvieron Tina y Juana una gresca que para qué.

– Cuéntame eso, que me interesa saberlo.

– La riña empezó por una cosina sin importancia, sobre cuál de las dos había de ir, a la pradera, con las vacas que habían estado trillando. Juana dijo a Tina que fuera ella con las vacas, que era ocupación descansada, mientras ella recogía la trilla y la limpiaba, acompañada de su padre. Pero vete sola –dijo- porque no me gusta que te acompañe a todas partes ese señorito que te has echado de novio. Y ya que saltó la liebre, te diré lo que tenía que decir y es que tu padre tampoco quiere líos de forasteros que vienen a oler e humo de sus caudales. En todo el pueblo, no hay más que hablar de tu noviazgo.

– ¿Y a ti, qué te importan mis cosas?. Soy mayor de edad, y hago de mi persona lo que me convenga. Cállate. Que tienes una lengua de víbora. Te has acostumbrado a mandar, y como mi padre es un bragazas que todo lo tolera, vas abusando mucho. No olvides que yo soy el ama y tú la criada.

– Eso faltaba. Que te olvides de que yo te crié, porque tu madre –que dios la tenga en su descanso- te dejó huérfana de 12 años, y nadie, más que yo te saqué adelante, robusta y bien criada. A ver si te faltó el calor de una madre. No te pongas moños, porque te huela un señorito, que, a lo mejor no viene por tu cara bonita, sino por los ahorros del tío Matías. Y ya que saltó la chispa, te tengo que decir que te vas haciendo muy desahogada. Si se critica por todos que bailas con él, la otra tarde, el AGARRAO. ¿Qué diría tu hermano el Cura cuando lo sepa? ¿A qué viene ese afán tuyo de emperejilarte, como una señorita de la ciudad?. Anda, anda con las vacas, y si te huele a señorito, espántalo como a las moscas, que mosca es y de las venenosas que pican las vacas.

– Lo que no mes explico es que Tina tolerara esos insultos a Joaquín.

– Tuvo que callar, y marchar de la era porque llegaba su padre, y no quería que se enterara de esta riña. Menos mal que Joaquín no se enterará, porque Tina es muy prudente, y él anda muy atareado con su mina.

– Sí. Ya se ruge en el pueblo, que va a haber minas en Cisnarios. Por mí, encantada para ver si lo de Joaquín y Tina se arregla.

Nos habíamos sentado sobre los bancos de piedra del pórtico de la ermita, esperándoles a ellos que venían disputando al parecer, con calor. Se sentaron a nuestro lado, y ellas se sumaron a la ventana del presbiterio, para rezar una Salve a la Virgen. Empezaba a anochecer, pero el sol había dejado un ambiente tibio y agradable. Volvimos, emparejados, pero ellas cogiendo flores, a la vera del camino, y nosotros comentando los incidentes de la partida de bolos. Me gusta mucho este deporte, -le decía a Joaquín-. La había presenciado en Santander, y aunque ambos juegos se diferencian tiene atractivos comunes. El juego de bolos de Santander, quizá sea más elegante, porque las bolas redondas, tienen que hacer emboque, a fuerza de retorcerlas, en la mano del jugador, y el ahorcado de aquí, con bolas ligeramente aplastadas, hay que hacerlo, muchas veces de retroceso de la bola. Ambos ejercicios son difíciles, pero tienen un sabor greco-romano, y son juegos en los que todos los músculos trabajan, y además, es un deporte de público, que comenta y discute las jugadas. Sólo le supera en emotividad, el Aluche de las romerías que tendrás, pronto ocasión de admirar.

– Si yo volviera, como espero, más veranos, te prometo que me he de entrenar en este ejercicio.

– Al llegar al pueblo, ya de noche, las lámparas de la carretera y de las calles despedían chorros de luz, tan clara como en los paseos y plazas de Madrid. Hormigueaba la muchedumbre de veraneantes y forasteros, y en la plaza, se oía la música de un baile concurrido. Yo me quedé en la fonda, y Joaquín, Tina y Adela se acercaron al baile, y por lo que supe, después, bailaron con todas las ganas.

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– XXIV –

LAS ARISTAS SE LIMAN

¿Qué plan tienes para mañana –me preguntó Joaquín en la cena-? Porque yo tengo que ir a León, con Arsenio, para celebrar un conferencia con un Ingeniero de Avilés, que nos pide precios de venta de mineral o un contrato de arriendo.

– De modo, que la cosa marcha. No sabes lo que me alegro, porque, así, tendrías que residir en Cisnarios, y ese es el camino recto para resolver tu problema matrimonial. Yo pienso pasear, temprano, por los caminos laterales del pueblo, y ver venir a la vacada del pasto de los montes, bramando y goteando leche de los pezones de la ubre. Al pasar por delante de la huerta del tío Matías, salía éste y su hija Tina con una cesta de ciruelas, de las que Tina me ofreció un puñado de ellas.

– Y eso que será mejor –me dijo- entrar en la huerta, y escoger las que más te gusten. Ahora, ya empieza a haber fruta madura, y los frutales, están que da gusto verlos cargados.

– El tío Matías me instó a entrar en la huerta, y se puso tan atento e insistente para entrar en una de sus mejores huertas, que no pude menos de aceptar su invitación.

Debajo de un cerezo grade, había dos taburetes, y en ellos nos sentamos, a la sombra. Probé varias ciruelas, y ofrecí un cigarro al tío Matías y empezamos un diálogo que había de durar cerca de dos horas. Por delante de la portillera pasaba un mozalbete arreando una vecera de jatos.

– Oye, Pedrín, le dijo el tío Matías. ¿Llevas mucha prisa?

– Ahora, no: ya metí los jatos en el pueblo, y terminó la ocupación.

– Pues, mira. Súbete a este cerezal, y en las guías, hay, todavía, piñas de cerezas muy maduras; corta unas cañas, para que las pruebe este Señor.

– El muchacho esguiló como una ardilla, por el tronco del corpulento cerezal y enseguida bajó con ramas de cerezas. El tío Matías regaló una rama al pastorcito, y yo le entregué una peseta de propina. Las cerezas, todavía tenían jugo y estaban dulcísimas. Tina se despidió de nosotros, preguntando a su padre qué paja debían de echar a la trilla.

– Allá, vosotros. Si queréis soltar las haces de la hacina de cebada y trillarlos, me parecerá bien.

– Tina había puesto un poco de carmín en sus frescas mejillas y me dijo:

– Como hoy no está Joaquín, estará Vd. un poco aburrido. Siéntese, siéntese a la sombra que, aquí, en la huerta, no molesta el sol. Mi padre, tampoco tiene prisa, y pueden Vds. pasar la mañana, algo distraídos.

– Sí. Joaquín marcharía a León, y anda muy loco con eso de la mina, que dicen que es una ganga.

– Esas esperanzas tiene él y Arsenio. Pero, para explotar una mina, hace falta otra mina de dinero, y Joaquín –según tengo entendido-, no es de familia de ricos. Arsenio, sí tendrá bastante para empezar un negocio lucrativo.

– ¿Con que Joaquín –interrumpió tío Matías- no es hombre rico? Pues bien alardea de caudales y de influencia.

– Yo no lo sé, pero su padre es un alto empleado de Banco, y gana mucho dinero, pero, para ir tirando por esta vida que se está poniendo imposible. El mejor caudal que tiene Joaquín es su honradez, su talento, y su carrera brillante. Es un joven que promete. Yo le estoy muy agradecido.

El tío Matías puso un mohín sombrío, en su semblante, y me contestó que de sabios parladores está España bien abastecida. Lo que nos hace falta es hombres que produzcan, no libros, sino pesetas. Otro cigarrillo, otra ciruela, y me levanté, para despedirme, porque no tengo derecho –le dije- a robarle unas horas de trabajo.

– Por eso, no se marche. Yo estoy siempre ocupado, pero sin descanso, nadie me pide cuentas del tiempo perdido, que para mí, en esta mañana, no ha sido perdido.

– Cambiamos de disco, en el diálogo, dando un paseo por la huerta, ponderando yo la riqueza de este pueblo, y preguntando al tío Matías, por el mercado frutero.

– Este año, se vende todo, y a buen precio, porque en Asturias no hay manzana. Allí son los manzanos AÑIEGOS, es decir, producen un año sí y otro no.

– ¿Por qué no procuran Vds. buscar mercados seguros?. Hagan Cooperativas de producción, y verán como colocan la fruta en condiciones ventajosas.

– En eso pensamos. Ya tenemos Cooperativa de leche, y nos resulta bien. Hasta hace pocos años, la leche no tenía valor. Mazaban algo, en las casas, en odres de pellejo, pero nada más que para el consumo y si se vendía algún kilo de manteca, era a precios irrisorios. Hoy, tenemos en la Cooperativa máquinas modernas, y una casa de Madrid nos compra toda la manteca, y ¡asústese Vd.! en los meses de Febrero y Marzo, nos la pagaron a 65 pesetas el kilo.

– Pues, con la mantequilla y la fruta tienen Vds. lo bastante para no trabajar como veo que hacen casi todos los labradores.

– Aquí está el mal. Al paso que vamos toda esta riqueza se vendrá al suelo. Es una pena lo que está pasando. Las tierras sin sembrar, los prados, insuficientes para mantener la vacada, y los vecinos, gastando sin tasa.

– ¿Para qué van a trabajar, si el dinero entra en las casas a montones?

– Pero nadie ahorra. ¿Qué va a pasar en el año en que se hiele la fruta? Y ¿si nos castiga Dios con pestes en las vacas?. Antes, sembrábamos, y trabajando ahorrábamos. Yo di carrera a mis hijos, con los productos de mi capital, y de mi trabajo. Hoy, nadie tiene el lujo de costear carreras que cuestan un horror. Esto marcha muy mal.

– Vamos a cuentas. Vd. tiene fama de rico. ¿Cuántas vacas tiene Vd. de leche? ¿Cuánta manteca vende al mes?

– Eso de la riqueza es un cuento. Soy el mayor contribuyente, por rústica, pero le aseguro que hago menos ahorros que antes. Hoy cualquier obrero, gana más que un labrador, y aunque el dinero, corre, las mozas no sueñan más que con un señorito empleado, o con algún indiano, de esos que suelen venir en auto, y marchan, vendiendo el pequeño patrimonio.

– No lo dirá Vd. por su hija Tina, que bien trabajadora es.

– Sí. Estoy muy contento con ella. Florentina es como su madre, pero, ahora, anda un poco trastornada con ese señorito Joaquín, que no tiene capital, según me acaba de decir Vd. Será como otros muchos que sueña con el capital de mi hija para hacer vida de rumbo, ya que los ingresos de su carrera no alcanzan más que  para los postres. No me convence ese pretendiente.

– Me alegro que me hable Vd. de ese asunto, porque he podido conocer las cualidades de Joaquín, sus dotes morales, su afición al trabajo, y ahora, con la mina, no piensa más que hacerse rico. De sus relaciones con Florentina no me ocupo. Allá ellos. Pero creo que harían un matrimonio feliz. Su familia de conducta intachable, su salud física, sin una tara morbosa.

– Yo tampoco me quiero meter en sus amoríos. Son cosas de ellos. Si mi hija me pide un consejo, se lo daré, pero si piensa vivir en la ciudad, llevándome a mí y abandonando mi labranza, entonces, no sé lo que haría, pero a mí no hay quien me saque de mi casa, y no soy tan viejo que no pueda cambiar de estado. Tina no ha de hacer más que lo que yo la diga.

– Aplaudo su modo de pensar. Vd. nació labrador, y se crió en una casa de labranza, y está entusiasmado con sus vacas, con sus huertas de frutales, y eso, no se cotiza, no se compra con nada. Pero tenga en cuenta que Joaquín está cambiando, por completo. Está enamorado de este pueblo, y como si Dios le marcase la ruta de su porvenir, le inspiró, ahora ese amor al trabajo que le tiene del todo decidido a alternar sus aficiones literarias, con el cultivo de las minas. Hay quien cree –y Arsenio es uno de ellos- que la vocación de Joaquín es la de ser un director de empresa, un encauzador de energías, un director que cambie las tendencias a la holgazanería de estos montañeses, antes tan trabajadores y ahorradores, según me acaba Vd. de confesar, y ahora, tan poco aficionados al trabajo y al ahorro. Joaquín, hombre culto, inteligente que dirija una empresa minera, y al mismo tiempo, se ocupe de los problemas del campo puede ser el ideal de su hija Tina.

– Créame, que estas cosas, me quitan el sueño, y ya tengo hecho e propósito que he de cumplir, siguiendo los consejos de mi hijo el cura. Si Joaquín se decidiera a vivir en Cisnarios, yo no le cerraría la puerta de mi casa, pero si sueña con robarme a mi hija y llevarla a la ciudad, eso, No y No y No.

– Pues las cosas, a mi modo de ver, se van encauzando, y transigiendo, todos un poco, no hay pleito que no tenga solución.

Concluí de pelar las ramas del cerezal, y comí con deleite, otras tres ciruelas, cogidas del árbol, por mi mano, despidiéndome de aquel hombre, de recia contextura espiritual, que se parecía más a Sancho que a Dn. Quijote, tipo racial que se transmite inalterable a través de generaciones, y del cual, a pesar de las aristas cortantes de su carácter, esperé, esta mañana, un rayo de luz en las relaciones de Joaquín Y Tina. Acompañé al tío Matías a la era, y allí estaba Tina trillando, como la mujer fuerte de la Biblia, como el Ama completa del poema sentimental de Gabriel y Galán. Todavía oí al tío Matías al despedirnos estas palabras esperanzadoras.

– Joaquín minero en Cisnarios, puede ser tolerado, pero señorito de ciudad, de ninguna manera.

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– XXV –

LAS PREOCUPACIONES DE JOAQUÍN

Como cambian las cosas en la vida humana –me dijo Joaquín en el pinar- en la mañana siguiente. Vengo de León, esperanzado, pero intranquilo. Para mí, se presenta un horizonte oscuro e incierto. ¿Seguiré siendo Catedrático? ¿Tendré que abandonar mis aficiones, mi oficio docente?. En este caso, el otro problema mío, el del matrimonio, tendría fácil solución. Los hombres caminamos a oscuras, como aquellos personajes de la Eneida, por el camino de la vida. Pero no hay duda. Hay otra Voluntad soberana que nos orienta y alumbra en esta corta peregrinación por el mundo. Anoche, no dormí. Necesito como nunca, los consejos de un amigo, como tú, para ganar esta batalla espiritual que me tiene acongojado. Si sigo en mi Cátedra, tendré que renunciar a mi noviazgo, porque el tío Matías está en un plan de intransigencia, y esto me asusta. Si cambio mis aficiones científicas por los problemas de Geología, que también me gustan ¡ah!, el pleito mío se presenta claro. ¿Tú qué opinas?

– Todas estas congojas tuyas no son más que nubes de verano, baches frecuentes en el camino de nuestra vida, veleidades de un alma dolorida. Ayer tarde anduve, solo, por el monte, y me asaltaron dudas tormentosas, peligros de no acertar con mi destino, y pensé mucho, en tu situación, y no poco en mí porvenir que no lo veo claro. A ti te trae de cabeza tu matrimonio. A mí, me empiezan a intrigar los mismos problemas. Como llevo, siempre en el bolsillo este librito, que es un tesoro –El Kempis-, lo abrí, buscando consuelos espirituales, y leí estas palabras del Capítulo III, del libro II: ¨procura, primero ponerte en paz contigo mismo, y entonces podrás pacificar a otros¨ ¿Cómo quieres que yo te tranquilice, si yo mismo estoy intranquilo?. Ambos necesitamos meditar mucho y no preocuparnos de las falacias mundanas. Cuando regrese a Madrid, lo primero  que pienso hacer es recluirme unos días, en un convento para hacer Ejercicios Espirituales, para meditar, y merecer de Dios, la gracia de acertar en mi destino.

Ahora, a hablar de tus cosas, a ver si sales de esta encrucijada, en que estás metido. ¿Qué impresiones traéis de vuestra mina? Pensáis explotarla, venderla, arrendarla?

Venimos muy optimistas. Nos dicen todos los técnicos, que se está abriendo en la Provincia de León, un horizonte de posibilidades espléndidas, de industrias metalúrgicas de gran rendimiento. Aquí hay, como en Alemania, dos tesoros de materias primas, de un valor incalculable: hierro y carbón. Los yacimientos de Vizcaya se están agotando, las fábricas de Avilés necesitan hierro, mucho hierro, a toda prisa, y en León, abunda este mineral, y hay filones, como el nuestro, de una riqueza enorme. Se nos hicieron proposiciones de venta, que hay que estudiar despacio. Es este un momento crucial de mi vida. O me aventuro, aquí, como minero, o me embarco en esa nave, sin timón que es nuestra carrera, en la cual, no hay esperanzas de subir a la cumbre de la riqueza, al anhelo de toda la juventud moderna. Anoche, en el insomnio torturante, hice el propósito de pedir la excedencia en mi cátedra, por un año, y que el tiempo se encargue de abrir camino. ¿Qué te parece?

– Que los insomnios, como los sueños, no son los mejores consejeros. Piensa mucho, y que Dios te ilumine. No sabes que ayer, por la mañana, tuve conversación interesante con el tío Matías. Estuvo conmigo, atentísimo, y le creo un hombre que no tiene cristales en su alma. No tiene trasparencias en su corazón algo arrugado. Hablamos de muchas cosas, y por incidencia, salió a relucir su hija Florentina. Está orgulloso con su hija, pero la quiere, toda, para él. Es egoísta como todos los viejos, pero pude observar, en sus palabras, que los amores de Tina son cosas suyas, sólo suyas, y que si se decide a casarse, con la condición de que no le abandonara, las puertas de su casa están abiertas para un yerno que se aclimate aquí. De modo que tus proyectos mineros, ha sido la luz diáfana de tu porvenir. Todo es cuestión de vivir en Cisnarios, como minero, y al mismo tiempo, ocuparse, algo de las labores de labrador. Prometí hablar, con el tío Matías, otras mañanas en su huerta, y veremos si se acaba de clarear su pensamiento.

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– XXVI –

EL ENIGMA DE LOS DURANDE

Iba a salir solo, de paseo, a las cinco de la tarde, cuando a la puerta de casa, se me presentó un forastero que preguntaba por mí. Soy de Torteros –me dijo- y vengo a conocerlo, porque llevo el mismo apellido que Vd. Me llamo Francisco Durande, y como, hace días tuvieron Vd. y Manuel la amabilidad de entrar en mi casa, mi mujer no me deja, recordándome la obligación mía de saludarle y ofrecerle mi amistad, que, acaso sea, preludio de lazos más íntimos de familia.

Era un hombre bajo de estatura, de rizada caballera negra, de barba recortada y con unos ojos saltarines que se le querían salir de la órbita. Vestía elegantemente, aunque en las manos callosas, quedaban señales del trabajo manual. Tenía una voz afeminada, y sus modales y sonrisas no podían ser más simpáticos. Entramos en el comedor de la fonda, y empecé por disculparme, por no haber subido a su pueblo, para conocer a una familia, de cuyo tronco, debió de salir, hace cerca de un siglo, mi bisabuelo paterno.

– En mi casa, conservo un retrato de un Mayoral, Francisco Durande que se casó en Córdoba, y era hermano de mi bisabuelo. ¿Sería ese el montañés que fundó la dinastía de los Durande en Andalucía?. En este caso Vd. y yo seriamos parientes cercanos, y estaríamos, en el mismo plano de parentesco, como primos. Yo tengo un segundo apellido, muy popular en esta región. Soy por mi madre, de los Valbuena, o mejor dicho de los Balbuenas de Torteros, porque un tío mío que tenía el pescuezo muy duro, cuando se enteró de que los Valbuenas de Pedregales, parientes suyos, firmaban Valbuena, con V, y no querían reconocer a los Balbuenas con B, empezó, por llevar la contraria, a firmar Balbuena, porque además –decía- la B, es la segunda letra del alfabeto, y la V, la penúltima, y yo no quiero ser de los últimos, sino de los primeros.

– Era tozudo su tío –le contesté-, pero lo que a mí me interesa es no el apellido de Valbuena, sino el de Durande.

– Justo, y a eso he venido. A saber si los Durande de Andalucía, tienen parentesco con los Durande de esta montaña, y en este caso, Vd. como primo mío tiene que reconocerme, como pariente muy próximo.

Nos estrechamos las  manos, nos dimos  un abrazo, y empezamos a tutearnos.

Era mi presunto primo, un hablador fácil, y en las tres horas que duró nuestro coloquio –de cinco a ocho de la tarde-, horas de los dos coches que circulaban, casi fue él sólo, el que hizo el gasto de la interesante conversación. Le convidé a merendar, y rehusó. Aceptó un café, y un cigarro, y empezó por decirme que los Durande de Torteros, deben de proceder del pueblín de Durande, muy cerca de Riaño, pero que están enraizados en Torteros, por lo menos desde el siglo XVII, según escrituras de compraventa que tengo archivadas en mi casa. Aparecen catalogados como hidalgos notorios, en los libros del pueblo y fueron, siempre, vecinos acaudalados y distinguidos, pero, procedían de la aldea de Durande, sin duda. Por estos pueblos hay Durandes desperdigados, y nos tratamos todos de parientes, y he sabido que Durandes ilustres, los hay en Santander y Bilbao, pero no los conozco.

– Y en ese pueblín, ¿no hay vestigios del solar de los Durandes?. Algún caserón derruido, alguna portada con escudos, algo que nos diga si fue ésta un familia ilustre y acaso señorial.

– Nada. No quedan huellas de su solar antiguo. En esta montaña no abundan los solares linajudos. Es un país dedicado al pastoreo trashumante, y no se preocuparon de fomentar los humos de una nobleza derrumbada. En mi casa de Torteros hay noticias de Rabadanes, de Mayorales que solían encastar en Extremadura, en donde vivían ocho meses del año. Espero que no visites, pronto, y allí verás nuestra pobreza, de labradores.

– Sí. Estoy ansioso por conocer a todos los parientes, y además, tengo el encargo de mi padre de averiguar, si existen en esta montaña, apellidos Durande.

Pues nosotros nos veremos muy honrados y orgullosos con tu presencia, porque, según cuentan, tú y tu familia, sois gente de PRO, ricos y personas de viso.

– No tanto, como eso, pero mi padre es Abogado de fama en Sevilla, y un hermano suyo tiene una Cátedra de Derecho en aquella Universidad. El Durande que se casó en Córdoba, se trasladó a Sevilla, porque su mujer era Sevillana, de familia distinguida, de los Lebrijas andaluces, dueños de cortijos y dehesas.

– Quedamos en que tú subirás a Torteros, en el día que, ahora, convengamos. Te mando un taxis de Riaño, y no hay más que hablar de este asunto.

– No, hombre, no. Yo subiré en el coche a las once, y en Riaño, tomo un coche para pasar con vosotros una tarde deliciosa.

– Entonces, si te parece, pasado mañana, porque pienso marchar pronto, para reunirme, unos días con mis padres, que veranean en un finca suya de la sierra de Aracena, en Huelva.

– Conforme, y otra cosa.

– Seguimos charlando un rato, preguntándole yo por su familia, por su posición económica, por sus aficiones cinegéticas, en las que, según Dn. Manuel eres un as, de fama conocida.

– Mi familia es poco numerosa, gracias a Dios. Una hija de 18 años, a la que tuve dos inviernos en León, para aprender cultura general, en un colegio de monjas, un muchacho de 16 años que sale labrador decidido, y un chico de 14 que sigue la carrera de Cura en el seminario de León. Mi mujer es de los Pérez de Torteros, de familia de arraigo en el país, y tan completa, que es mi orgullo y mi ilusión. No somos ricos, como se estila ahora, pero en mi casa, no falta de nada. Unos prados y tierras de labrantío, unas vacas lecheras, que hoy son una riqueza, y un par de yeguas de vientre, que hasta hace poco, eran las que llenaban mi bolsa de ahorros. Yo llegué a vender muletas lechales en 10.000 pesetas, pero ahora, están en baja, porque los malditos tractores aran y siembran las tierras de Campos y de Extremadura, y están desterrando a las mulas. En cambio, las vacas cada día, producen más. Por eso, sin tener el rumbo de los indianos y mineros fanfarrones, gozamos de una medianía tranquila y feliz. ¿Mis aficiones?. Las tuve y las tengo. Con mi escopeta de caza y con mi perro pachón de pura raza, cazo codornices, perdices, y por el invierno, si se descuida algún oso, también lo mato. Pesco truchas con caña y eso que la pesca se va poniendo difícil, y escasa.

– ¿Pero, los osos, no invernan lejos?

– Sí. Suelen marchar a climas más templados, hacia la marina y alguno se queda por acá, en alguna cueva muy escondida.

– ¿Cuántos llevas matado?

– Matados y cobrados, cinco, y heridos otros muchos.

– Llegó el coche de la tarde y despedí a mi primo Paco, con quien pasé, una tarde de interesante conversación.

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– XXVII –

UNAS HORAS INOLVIDABLES EN TORTEROS

Como había convenido con mi pariente Paco Durande, salí en el coche de las once de la mañana, y en Riaño alquilé un auto, que me llevó en pocos minutos a Torteros. Me estaban esperándome, su mujer Luisa, y Mariluisa su hija. Nos saludamos, sin remilgos, y entramos en el comedor, situado a la izquierda del portal. A la derecha, la cocina grande, detrás una bodega, y en el centro, la escalera que subía al piso superior. Nos sentamos, unos momentos, y otra vez, se fijaron mis ojos, en el retrato de Dn. Francisco Durande, casado en Córdoba con una sevillana, según noticias de mi padre. Resulta –le dije a Paco- que somos una familia de próximo parentesco, pero incomunicada, largos años.

– Aquí, -me contestó mi pariente- sabíamos algo de nuestros parientes de Andalucía, por los Rabadanes, y hasta por noticias de los periódicos, cuando publicaban en Madrid críticas de libros de un Durande, que no conocemos.

– Sí. Es tío Ramón, muy encariñado con problemas financieros del siglo XVI. La casualidad ha hecho que sea yo, sin pensarlo, quien reanude unas relaciones familiares olvidadas.

– Bueno –me interrumpió Luisa- No tengo comida preparada, porque no sé qué alimentos podrá Vd. tolerar. Tengo ternera, truchas, codornices escabechadas, y en la bodega, jamón y cecina de vaca.

– Lo primero que tienes que hacer, es tutearme, porque, por lo visto, somos primos, en grado no lejano. De comer, ya estoy habituado a todos los manjares montañeses. Mi salud está casi normalizada, y te prevengo que la lista de alimentos que me has presentado, es de lo más apetitoso que pueda desear un gastrónomo.

– De la comida, ya os encargareis las mujeres –dijo Paco-. Nosotros, mientras trajináis en la cocina, vamos a dar un corto paseo, para que Arturo conozca el pueblo de sus antepasados. Ahora, de aperitivo, un vaso de Jerez.

– Encantado. El pueblín de Torteros se estrechaba a orillas de un arroyo, recanjonado, entre bruscos de conglomerado silíceo, y unas lomas y cerros vestidos de escobas y espinos. En el vértice del pueblo, como un abanico, un valle amplio con vallinas y camperas entabinadas, y en la cumbre del oriente y del norte se veían robles enormes, que, como reyes del bosque, no consentían, a su alrededor, ni arbustos ni brezos.

– Esas pandas eran, hasta hace pocos años el monte afamado de Torteros. Su robledal era tan frondoso y rico que era la envidia de toda la montaña. Lo dilapidaron, lo cortaron para cubas y traviesas, y no queda de él, más que algún ejemplar aislado en las lomas y ventisqueros. Hoy valdría una millonada d pesetas. ¡Qué pena! Yo recuerdo, cuando era rapaz, que bajaban hasta el pueblo, arrastrados por bueyes, robles albares, sin nudos en el alto tronco, con una cabellera brillante que quedaba rota y despeinada en los trecheros del monte, en donde se abrigaban y escondían los osos, y en la guías de los robles, se arrullaban los faisanes, y cantaban los urogallos.

– ¿Osos, por lo visto, aún quedan?

– Sí. Como es un monte que linda con Hormas, todavía se ven osos en verano y en otoño, sobre todo, ahora, que hay rigurosa veda para cazarlos.

– Bajaba con un carro cargado de arvejos un muchacho lampiño, sudando, con la chaqueta al hombro.

– Oye, Paquín –le dijo mi pariente-. Ven acá y saluda a este señor que esperábamos hoy. Es el mozo de la casa, ya le entrego la pareja para casi todas las faenas de labranza. No tiene más que 16 años, y con Mariluisa y Manolín, el seminarista, son el encanto y la esperanza nuestra.

– El muchacho se acercó a mí algo acobardado.

– Anda –le dijo su padre-. Lleva el carro a la era, y vuelve, enseguida, que tu madre, ya tendrá preparada la comida.

– ¿Y Manolín, el pequeño?

– Está hoy, de pastor de cabras. Hay empleo para todos. Ya vendrá a tiempo de que lo conozcas.

Volvimos pueblo abajo, y al entrar en casa, olía a guisos de cocina y pude comprobar que era ella, Mariluisa, la más ajetreada en los preparativos del menú.

– Intentó saludarme pero con estas trazas –díjome- da vergüenza.

– Estás hermosa con el delantal de cocina, y sudando, no lo dudes.

– Es que mi madre está en el huerto, cortando perejil, y la criada debe de andar por la era. Yo sola en la cocina, y ¡con este calor de la lumbre!

– Así como la ves –me dijo Paco- la tiene su madre entrenada en todos los labores culinarios. Pero no te subí a la sala para que veas mis trofeos de caza. Era un salón largo y ricamente amueblado, con mesas y armarios de nogal, sillas forradas de terciopelo rojo, y en el testero, un espejo grande y cuadros de santos, haciendo honor a la Virgen de Quintanilla, patrona del pueblo de Durande. El suelo de la sala y las paredes laterales estaban tapizados con pieles de oso y de jabalí, y detrás de la puerta pude ver un faisán disecado. La piel del suelo era una pieza grande y hermosa, el pelo del lomo pardo, las faldas negras, y el tamaño de una corpulencia enorme.

– Nos dio mucho que hacer a un vecino mío y a mí. Era un oso viejo que las sabía todas. Bajaba, por la noche a los arvejales, como un goloso se estas legumbres, pero tan tuno, y sospechoso que, cada noche se daba el banquete en tierras distintas, sin poderlo localizar. A fuerza de vigilancia y de paciencia pude tirarle muy de cerca. Dio un bramido estridente, levantó las patas delanteras, y arrastrándose entre escobales, le perdimos de vista. Yo estaba seguro de que mis dos tiros, le entraban por debajo del sobaco, y eran mortales. La noche estaba oscura, sin luna, y volvimos a casa, para buscarlo, otro día, al amanecer, con los perros de caza. Lo encontramos muerto, muy cerca. ¿Te gusta la piel?

– Es muy hermosa, con las vedijas del pelo lustrosas y sedeñas. En Sevilla, se vendería a buen precio.

– Pues ¿sabes? Es un regalo de mi hija para tu padre.

– No lo puedo consentir.

– Es una ocurrencia de Mariluisa, y a mi mujer y a mí nos encantó la idea.

– Lo que si me interesaría es la partida de nacimiento de nuestro Dn. Paco Durande, mi bisabuelo y tu tío.

Supongo que la tendrá el Cura, ya lo veremos.

– Bajamos al comedor, en donde Mariluisa se ocupaba de preparar la mesa, para comer. Me pareció la vajilla como recuerdo de casa adinerada y antigua. No me cansaba de mirar a mi sobrina, cuya belleza física resaltaba en aquellas mejillas de amapola, en aquel pelo de azabache, y sobre todo, en aquellos ojos, que se disparaban como flechas al mirarme. Tenía, en la lengua una dulzura de miel, y sus pocas palabras caían en mis oídos como música de fuente. Apenas habíamos hablado, y ya era dueña de mis ilusiones. Tengo que llevarte a Sevilla, la dije.

– De buena gana, pero ¡está tan lejos!

– Ya no hay distancias con los coches modernos. Mira. Espero que venga a buscarme, un cuñado mío con su Cadillac, y vendremos a despedirme yo y a conoceros él. Clavó los ojos en su padre como si quisiera pedirle permiso para ir a Sevilla y mi primo la dijo: Por mí, puedes ir, pero esas son cosas de tu madre.

– Sí, tienes que cobrar la piel del oso que nos regalas.

– ¡Jesús que cosas tiene!. La piel del oso, no nos costó nada, y aquí la tenemos nada más que de adorno. Entró en el comedor Luisa, y regañó, un poco, a su hija porque tardaba en preparar la mesa. La comida está lista –dijo-.

– Falta Paquín, le contestó su marido.

– Estará llegando, porque fue con un botijo a la fuente de arriba por agua fresca.

– Nos sentamos cinco, a la mesa cuadrada. El matrimonio, sus dos hijos, y yo, colocado a la derecha de Mariluisa. Nos servía la criada, vestida de negro. El menú, me empezó a gustar desde el primer plato de vainas verdes de fréjoles, con vinagre. De entremeses, rodajas de chorizo, y trocitos de jamón humado. Los filetes de ternera y las truchas, tuve que repetirlos, y eso que esta ahíto de estos manjares en la fonda; pero plato selecto y para mí desconocido, fue el de codornices escabechadas. Nunca había comido bocado tan sabroso como éste: tuve miedo a una indigestión, porque mis parientes, a porfía, me ponían en el plato, pechugas y piernas, mojadas en salsa de perejil. Creía que no las cazabais todavía, le dije a Paco.

– Casi a hurtadillas, y en los valles altos. Estas las mató tu sobrino, que sale con la afición de la casta.

– Lo que vas a extrañar, son los postres, me dijo Luisa. Son los ordinarios. Queso de Cabrales, que quizá no te guste, un flan hecho por tu sobrina y de fruta uvas y ciruelas.

– El queso Cabrales, lo probé en Cangas y me gustó mucho, a pesar de la presentación, que no es tan limpia como se merece. Terminados los postres, vino el café, con cognac Fundador y unos cigarros habanos, regalo de un amigo sajambriego, que tiene en Cuba una plantación de tabaco. El banquete ha sido tan variado, tan suculento, que en Sevilla no hay hotel que lo pueda presentar como éste.

– Pues así como ves -me dijo mi prima- es muy barato. Casi todos los platos han sido de nuestra cosecha. El café y las copas nos las sirvió Mariluisa que se puso pesada en hacerme repetir manjares y bebidas, a las que tenía miedo:

– No lo tengas –me dijo Luisa-. Después, te acuestas un poco, y ya te despertará Mariluisa, para que deis un paseo hasta la era, en donde están Paco y Paquín.

No consentí acostarme en la cama y preferí tumbarme, en un sofá del comedor con las ventanas cerradas. Me dormí en seguida. Eran cerca de las cinco de la tarde cuando me despertó mi prima, abriendo con estrépito las puertas del comedor. Pronto entró Mariluisa elegantemente ataviada.

– Es hora de merendar, -me dijo- con aquella voz melosa.

– Tú no estás buena ¿Quieres que muera de un atracón? Porque la comida fue para ayunar una semana. Ahora sólo me permito dar un paseo, al aire libre, por donde tú quieras. Salimos los dos a la calle, y mi prima nos miraba, desde la puerta, hasta que nos escondimos, detrás de las casas de la carretera. Mariluisa llevaba una sombrilla blanca, y a mí me entregó un bastón de ébano, recuerdo, según dijo, del General Espartero, que se hospedó en nuestra casa, cuando el General Cristino andaba por aquí, jugando al escondite, con el General carlista Gómez.

– ¿Tenéis auténtica de este regalo?

– No, ni hace falta, como unas medias que regaló a nuestra bisabuela, según se viene creyendo de padres a hijos.

– Veo, con gusto, que te agradan los recuerdos históricos. ¿Te gusta leer?

– Mucho, sobre todo, novelas y versos, y algún libro piadoso, de los que no carezco, gracias a la biblioteca de unas primas de mi madre que la heredaron de un tío canónigo. Allí hay de todo. Librones de Teología, colecciones de periódicos viejos y novelas, que preferimos las de Pereda, Palacio Valdés y las modernas de Mancebo, que pintan costumbres de esta montaña.

Bien lo necesitáis para no aburriros en este encierro, sobre todo en invierno.

– El invierno lo pasamos tan guapamente. Si luce el sol, por el día, cosiendo en el corredor, y si llueve o nieva, en la cocina que está muy caliente. Por la noche, nos reunimos en casa de las primas que tienen radio, como nosotros, y leyendo y cantando pasamos la velada.

– Por lo visto, en esta montaña, hay de todo, para no aburrirse en invierno.

– Sí. Hay de todo. Sólo necesitamos salud y nos la da Dios, regalada.

– No sé qué tenía esta muchacha pueblerina que encantaba con el tono dulce de la voz, la mirada de sus ojos vivos y los ademanes ingenuos que empleaba en la conversación- ¿Y qué impresión te produjo mi primera visita? Me encontrarás demasiado viejo, un color impropio de mis años.

– A la verdad, que le creía otro. Un madrileño, de Sevilla, catedrático joven, mozo gentil y apuesto, ese era el tipo ideal que yo creía.

– La enfermedad que padecí y casi curé, hizo estragos en mi salud. Ni yo mismo me conozco. Antes era alegre y algo jaranero, muy dado a los libros, eso sí, pero con un carácter jovial que interesaba a las chicas. Hoy, y eso que me ves rejuvenecido, soy otro Arturo. Retraído, silencioso, preocupado con cosinas sin importancia.

– Me gustaría que vuelva Vd. al primer estado, y pido a Dios, que sea pronto.

– Desde que te vi, y hablé, siento, aquí, adentro, un cosquilleo que me reanima y un optimismo que me conforta. ¿Serás tú, la destinada, por Dios, para volverme a los veinte años?. Mariluisa puso un carmín de asombro al oír estas palabras, y me dijo, con unos ojos de picardía, que si habíamos de ir a la era, teníamos que cambiar el camino. ¿Pero es que no quieres hablar con tu tío?

– Siempre, pero de cosas que entienda, no de asuntos escabrosos que, a mis años, no me interesan. Me gustaría que me hablara de personas de la familia, de sus padres, de sus hermanos y parientes de Andalucía.

– Mi familia de allá, apenas tiene relieve, a no ser por tío Ramón, Profesor de la Universidad de Sevilla. Mi padre es Abogado, con bufete muy solicitado, mi madre es de linaje distinguido. Tengo dos hermanas, ambas casadas, y el menor de mis hermanos está terminando la carrera de Ingeniero Naval.

– Está bien. Pero no veo chicas, en esa familia, con las cuales desearía cartearme.

– Sí. Las del tío Ramón, una de ellas es de tu edad, y muy parecida a la hija de Paco Durande de Torteros.

Nos encontró mi primo que volvía de la era, y nos dijo, que era ya hora de merendar, antes de que llegara el auto que esperaba.

– De ninguna manera. Me haría daño cualquier cosa que tomara. No tengo, todavía el estómago para hacer excesos. Estábamos llegando a casa, y llegó el coche, algo pronto, pero el chófer me dijo que tenía que alargar el viaje hasta Cistierna, para recoger a una familia que llegaba de León, en el mixto de la tarde.

– Antes de marchar, hay que tomar un bocado.

– No faltaba más que marcharse –dijo Luisa- sin merendar. ¿A qué no rechaza Vd. añadió, mi sobrina, una pechuga de codorniz?

– Que no puedo, hija, que estoy un poco indigesto.

– No dejes de avisar el día de tu marcha, dijo Paco.

– Descuida. Como espero a mi cuñado, subiremos, unos momentos para que os conozca.

– Muy bien, me contestó Mariluisa. Así, en el coche podemos embalar la piel de oso, que ya tendremos preparada.

– Te repito que es un capricho tuyo el llevarla.

– Gracias por el piropo, y se rió con todas las ganas.

– Por fin, pude sentarme en el coche, despidiéndome de aquella familia en la quedaba, prendida con lazos de amor, mi alma agradecida. Carretera abajo, me sentí algo mareado. Sentía latidos fuertes en las sienes, y rogué al chofer que moderara la marcha, hasta encontrar una fuente fría para refrescar la frente.

– La hay muy cerca, debajo de las Pintas; una fuente muy caprichosa, que mana cuando quiere, y está seca, algunos días, pero siempre pingando.

– Será una fuente intermitente. Nos apeamos, y vi que el agua manaba a borbotones, como si saliera de una bomba. Mojé el rostro y las sienes, y volví al coche, sin sentir vahídos. Al apearme en Cisnarios pedí a la señora de la fonda una taza de tila, y tomé una pastilla que me había recomendado mi médico.

– ¿Se siente Vd. mal, me dijo la fondista?

– Un poco indigesto y mareado. Las atenciones de aquella familia, la comida monstruosa, y sobre todo la silueta de aquella chiquilla se me habían metido en el alma, con tal fuerza, que no había medio de apartar la imaginación de aquellos recuerdos. Eran gotas de mi sangre, sin duda, que habían estado perdidas y halladas, ahora frescas y vitales. ¿Qué había en aquella sobrina candorosa que me  había puesto el alma intranquila?. En ella pensaba, de continuo, con ella soñaba sueños deleitosos. Había dejado abierta la ventana de mi alcoba, y hacia las doce, sentí algo de frio. Me levanté a cerrarla y vi que la luna jugaba con las ramas de los pinos, y se posaba tranquila, sobre el césped agostado del monte. Así pasé una noche de insomnios. Al amanecer me tiré de la cama, cuando el sol empezaba a brincar sobre los Picos de Alio, asomándose a las vallinas del hayedo, y besando, como un enamorado, las cumbres de Valberán. Estaba completamente bien. Oí tocar a Misa. Entré en la iglesia, y recé con gran devoción, dando gracias a Dios por haber hallado a una familia, en la que estaban frescas las raíces de un linaje que mi padre me había recomendado encontrar en la montaña leonesa.

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-XXVIII –

LA ERUDICIÓN DE JOAQUÍN

Cuando salí de Madrid, para veranear en la montaña del Esla, me dijo un amigo y compañero, al despedirme.

– Veo que vas muy esperanzado y optimista, y me alegro, porque es un clima de altura, con mucho sol limpio, y un aire oxigenado, con tónicos que pueden curar tu neurastenia, producida por exceso de trabajo cerebral. Pero el plan que llevas, de no leer libros, de vivir a la sombra de pinos, sólo, sin amigos, puede producirte otros trastornos psíquicos, como el aburrimiento, en la más espantosa soledad. Veo que no piensas dedicarte a los deportes de caza y pesca, que son ejercicios fuertes para tus músculos gastados. Pero, encerrado en un pueblín escondido, sin distracciones, sin amigos, sin los encantos familiares, me temo que no adelantes mucho en tu curación.

– Estos pronósticos pesimistas de mi compañero, carecieron de realidad, por fortuna, al conocer y conversar con un amigo de las condiciones morales e intelectuales de Joaquín. ¿Qué falta me hicieron los libros en Cisnarios, si la charla amena, la erudición prodigiosa del Catedrático leonés, fueron una inyección de euforia, que me consoló en la soledad, y me espantó de la imaginación el aburrimiento tan temido?

Al mes de estar en la montaña, oyendo a Joaquín, a la sombra de los pinos, con una mejoría no soñada en mi salud, le pregunté en una mañana del sol fuerte: ¿Cómo ha podido almacenar en tu memoria, tantos datos históricos de este país?

– No te extrañe –me contestó-. Los últimos años de mi carrera de Filosofía y Letras, en Madrid, empecé a frecuentar el Centro de Estudios Históricos, en donde trabajaban con fruición sabios de reconocida competencia, entre otros un Profesor Leonés, Canseco, que era como el maestro de todos, y al cual me habían recomendado en León. Allí empezó a despertase mi afición a los estudios históricos, y a la Prehistoria, oyendo a mi paisano que era una enciclopedia y tenía una facilidad de palabra subyugadora. Y para que no se enfriasen mis entusiasmos, por el verano, Canseco me llevó al archivo de la Catedral, en donde solían trabajar eruditos extranjeros y españoles en aquel almacén de joyas históricas y artísticas, hasta ahora inéditas, tan poco conocidas.

– En aquel archivo, recientemente ordenado por el P. Villada, asesinado por los rojos, había material para todos los gustos, y no pocos ratos los asistentes, suspendimos la lectura de pergaminos vetustos, para oír a un canónigo que conocía aquellos documentos con fechas y nombres contrastados por su sapiencia benedictina. Yo hice amistad con este canónigo y fue él quien me recomendó pasar una temporada en su pueblo, que no era entonces conocido como lugar de veraneo. Y aquí vine con la maleta repleta de libros, y con mi escopeta de caza para correr cerros y vallinas. Todo lo  que me has oído de la historia interesante de esta montaña, no son más que migajas caídas en las conversaciones con este canónigo, y algo que aprendí por mi cuenta, hablando con paisanos de esta montaña, y pasando ratos muy emotivos, con los pastores de oficio, asalariados en las aldeas vecinas entre los cuales, topé con tipos interesantes que me contaron escenas instructivas que estoy ordenando para reírme de sabios que no tienen ¨a raya, a la imaginación¨ como quería Menéndez Pelayo. Por aquí, hay pastores que saben mucho de Astronomía y de Meteorología, y conocen yerbas y raíces para curar a los animales, más eficaces que las recetadas por los Veterinarios. No vine a esta montaña para holgazanear, no para jugar al mus o al tute con otros veraneantes. Vine para saborear paisajes, para deleitarme con charlas de un paisanaje, que si no es erudito, tiene, en cambio, un arsenal idiomático de gran riqueza clásica, y sabe de cosas viejas, de tradiciones, de romances y de cantares, de anécdotas típicas y de costumbres sanas que me entusiasmaron.

– Aquí hay una preciosa cantera de ricos metales que hay explotar. Aquí hay un acervo de recuerdos, de FECHOS, como diría el Rey Sabio, que no son conocidos, por los eruditos, y que tienen realidades vividas, de gran colorido idiomático.

– Todo esto que me estás diciendo, me gusta mucho, pero de todo lo que me has contado en este mes feliz de mi vida, hay algo que echo de menos –y que tú no me negarás- y es la falta, en esta montaña, de vestigios y huellas de grandezas pasadas, como castillos de la nobleza medioeval, cenobios que fueron mansión y refugio y semillero de gentes humildes que se hicieron famosas en un ambiente de progreso intelectual.

– Me parece este país rico en paisajes, pero pobre, muy pobre en monumentos artísticos, en edificios de templo, palacios y casonas vetustas, que pregonen el esplendor y el rumbo de personajes de relieve. ¿Qué queda aquí de los antiguos Astures? ¿Qué recuerdos hay de invasiones Romanas, Godas, y Árabes? En el Museo de León, he visto muchas lápidas, escritas en latín, con letra del tiempo de Augusto, pero todas con nombres célticos o indígenas, lo que prueba que la romanización fue muy lenta e incompleta, como si a los romanos les hubiera interesado sólo la explotación de minas, y el trabajo especializado de los mineros indígenas. Después del siglo IV, nada hay aquí que nos diga cómo vivían política y religiosamente, bajo qué leyes estaban gobernados los territorios tribales. La invasión Goda en esta montaña debió de ser de dominio puramente nominal, y lo poco que nos cuentan los Cronistas es que a Vasconia, Cantabria y al país de los Astures, llegó Leovigildo, y entró triunfante, en estas regiones Sisebuto, y penetró Wamba, sólo de paso, pero en un régimen de resistencia que había de cuajar en organizaciones militares formadas, para la lucha, por Pelagio y Alonso I. Aquí no he visto nada, en la toponimia, en manifestaciones de organismos cristianos. Ni en la abundante legislación de los Concilios Toledanos hay alusiones a este país.

– Tienes razón, en todo lo que me dices. Son muy pocas y poco concretas, las noticias que tenemos, de esas épocas oscuras de nuestra historia. Una cosa parece clara, y es la romanización de toda la larga cordillera Pirenaica, pero debió de ser un influencia, casi nada más que militar, para proteger las explotaciones mineras. Y sólo en ciudades lujosas como Legio, Asturica, y Lugo había una burocracia rica y numerosa, y en los vicos y aldeas se ejercía una tolerancia política, que se parece mucho a pactos entre dos razas que no querían luchar y enfrentarse. Aquí se vivía en régimen de autonomía, con  leyes consuetudinarias de tipo ibero, con costumbres que eran leyes, y con una religión, mitad pagana y mitad indígena, con una lengua latina degenerada, y con prácticas y ritos, de sabor indígena. En el siglo V, los Godos penetran en España, por Cataluña, pero vemos que se fueron corriendo, en masas amorfas por las faldas de los Pirineos, hasta Galicia, pero sin penetrar en las zonas montañosas más que en correrías esporádicas de los Suevos que se internaron en los Montes Erbaseos, entre los ríos leoneses de Luna y del Curueño.

Sólo sabemos por Idacio, que los Hérulos, al volver, desde el oeste, conquistaron alunas zonas de Cantabria. Hasta Leovigildo, no vuelve a sonar Cantabria, con la conquista de Amaya, la plaza fuerte de los Cántabros, y al revolver de la expedición contra los Suevos de Galicia, tomó la Legio, por asedio, no por asalto, pactando con sus vecinos que se regían por leyes municipales, un modus vivendi, en el cual se reconocía la autonomía de la cuidad, a cambio de no tener los legionenses, ni soldados ni pertrechos militares. Después hasta Sisebuto, no se vuelve a hablar de estas montañas norteñas, pero lo mismo este rey que Wamba y Recaredo, no hicieron más que paseos rápidos, muy ponderados por los cronistas que afirman que sometieron a los Cántabros y Astures. Pero es indudable que estas conquistas se refieren, sólo, a la zona meridional, única zona en donde la arqueología nos descubre restos visigóticos, de monedas, cerámica y armas, en Silos, Reinosa y Herrera. En el interior de las montañas, nada nos dice la arqueología, de vida visigoda. Aquí no ha aparecido ni un ladrillo, ni un utensilio de cocina, ni un arma ofensiva o defensiva, ni un castillo edificado sobre los Castros celtas. Sólo en las vías indígenas y romanas, en los puentes y calzadas, hay indicios godos, pero tan débiles, que no parecen más que restos de incursiones esporádicas. En la invasión árabe, sí; desde el siglo VIII aparece esta montaña superpoblada, con las masas huidizas de los Campos Góticos, que eran Godas, con familias de la nobleza que se refugiaron en los antiguas territorios, en los escondidos valles de Cantabria y Asturias, y estas masas huidas de las zonas llanas debieron de traer, alguna riqueza móvil, algún arma militar utilizadas por Pelagio, en connivencia con su pariente el Duque Pedro de Cantabria que hizo una brava resistencia en su baluarte de Amaya, pero que hubo de huir a los laberínticos riscos de Liébana. Empezada la reconquista, después de Covadonga, toda Vasconia, y Cantabria y los Astures, con algunos islotes que quedaron en Galicia, fueron tierras de resistencia, primero; de revancha pronto, para resucitar la monarquía Astur, en troqueles de tipo gótico.

– Pero todas esas zonas montañosas, tan tradicionales, con un espíritu combativo heredado de sus mayores, ya cristianizadas todas ellas, ¿tendrían su culto religioso, sus templos, su jerarquía, y tampoco sabemos nada de estas manifestaciones religiosas.

– Sí. Sabemos lo bastante, para estar seguros de que había obispos, y sacerdotes y monjes que atendían a las prácticas litúrgicas, a la asistencia a los fieles. No están claramente delimitadas las diócesis, pero no hay duda de las sedes episcopales, de Amaya, Palencia, León, y Astorga, con territorios en las regiones autónomas de las montañas. La sede legionense que tiene obispo, desde el siglo III, debió de ser muy extensa en el norte, llegando hasta el mar Cantábrico, pero como toda esta zona era autónoma, en política, nada tiene de extraño que fuera también, exenta de Toledo y no aparezca en las asambleas numerosas de Toledo. Pero al empezar la reconquista, con la sede Regia en  Asturias, ya vemos a los prelados legionenses actuar, y dar señales de vida, con nombres ilustres que se citan en los cartularios.

¿Qué por aquí –me dices- no hay monasterios?. Los hay y muy afamados. Conocido es el de S. Martín de Liébana, que desde el siglo X se llama de S. Toribio, por estar allí, los restos del sabio y santo prelado asturicense, con la reliquia de la VERA CRUZ traída por él, desde Jerusalén. S. Martín de Liébana es tan famoso, y debía de ser tan concurrido de monjes, que sólo el nombre del S. Beato basta para darle fama; no sólo en su Cartulario, hoy muy consultado, sino en documentos de otros cenobios, que eran como sucursales, y dependencias del monasterio lebaniego.

Por entonces, ya suenan otros muchos cenobios, de nueva fundación, unos reconstruidos, otros sobre ruinas de la época visigoda, como Sahagún, Samos, Mena, Escalada. La Tebaida leonesa fue en el siglo VII, en todo el Bierzo, una verdadera colmena de cenobios, en los que S. Fructuoso, y S. Valerio dejaron el aroma de sus virtudes, perpetuado, después de la invasión árabe, en este país, adonde llegaron pronto los soldados de Tarik y Muza, creando monasterios y templos y granjas agrícolas de gran valor social. Pronto vemos a estos cenobios restablecidos, por S. Genadio, cuando la vida monástica, en toda la región montañosa, era poco más que de una vida anacorética. S. Froilán, S. Atilano, S. Saturio, s. Guillermo organizaron a los ermitaños, en vida monástica, dedicándolos al cultivo de las letras, y a la tarea fecunda de labrar los bosques, crear granjas agrícolas y pecuarias, como la de Moreruela, que era la fuente de recursos económicos de un reino pobre, empeñado en guerras continuas.

– Es cierto todo eso que me dices, pero, no veo monasterios, en este país, quizá por la dureza del clima.

– Los hubo y muchos. Hay que leer los cartularios de la catedral, Sagún, Eslonza y Otero de las Dueñas, para ver que casi todas las parroquias estaban regidas por monjes en donde hacían vida monacal, hombres y mujeres en cenobios DUPLICES como el de Piasca –Pias casas-, y Pereda, verdaderos sanatorios, albergues de heridos de guerra: Eremitorios famosos fueron Pardomino, Siero, Valverga y Balneare, y de los cenobios eran las vegas más ricas, y los montes más frondosos, y los ríos de pesca más abundantes. Fue tanta la riqueza rústica y urbana de Sahagún, que se le llamó el CLUNI español. Fueron aquellos siglos desde el VIII al XI, épocas de gran efervescencia espiritual, y en los monasterios entraban los colonos, los Juniores, mezclados con los aristócratas y terratenientes ricos, porque para todos había en el monasterio, una celda de oración, una escuela de artes y ciencias, y un templo para enardecer el espíritu, con la liturgia y cánticos devotos.

En el reino Astur-Leonés, los monjes perfumaban, con el aroma de sus virtudes, el ambiente guerrero, poco propicio para pensar en la vanidad de las glorias militares. Sin las oraciones y consejos de S. Froilán, no hubiera podido Alonso III capear los temporales duros de su reinado, combatido por intrigas familiares y palatinas, y amenazado, continuamente por el poderoso Califato de Córdoba. Y S. Froilán, antes de ser monje y obispo, moldeó su ardoroso espíritu, haciendo una vida eremítica en los breñales del Curueño, y cuando ya tenía centenares de discípulos que le escuchaban, como a un doctor, funda un monasterio, con la regla benedictina, y allí doscientos hombres alternaban la lectura y copia de libros, con cánticos y dulces melodías. A oídos del Rey llegaron las noticias de la obra de S. Froilán, y pensó que no le bastaban sus soldados, para contener la ola agarena sino que hacía falta repoblar, campos para producir, organizar masas de agricultores en zonas de PRESURA, y esta labor social fue encomendada al anacoreta del Curueño, y lo mandó, a la cabeza del puente de Zamora, cerca del Duero, y en las riberas fértiles del Esla levanto Froilán la granja agrícola de Moreruela, que resultó un prodigio de organización colectiva. ¡Qué vida la de aquellos trescientos monjes cantando y rezando, cavando y sembrando, copiando libros y leyendo homilías de los SS. Padres, y versos de los poetas latinos como Virgilio, y cristianos como Prudencio! Y con aquellos hombres rezadores, y con aquellos soldados avezados al combate, pudo Alonso III hacer aquella DISFECTA de Polvoraria, y asegurar, para siempre, la línea del Duero.

– ¡Soldados y monjes, en cenobio y un castillo, he ahí los artífices de la epopeya de la Reconquista!

– Pero vuelvo a repetirte ¿Por qué no suenan, en esa montaña, los monasterios y los castillos?

– Es que aquí, cuando la guerra estaba emplazada más allá del Duero, las masas traídas del llano por Alonso I ya podían volver a bajar  a los llanos, y repoblar las tierras de nadie, y los monjes y Condes ya podían vivir, tranquilos en ciudades como León y Zamora, y preparar algaras desde los nuevos castillos emplazados en los Campos Góticos. Así y todo siguieron habitando los cenobios montañeses y los castillos famosos, que habían sido avanzadas militares en la boca de los ríos, como el Aquilare de los Fláginez. Fueron los primeros siglos de la reconquista como un flujo y reflujo, de entradas y salidas de fuerzas contrarias, y si no hubieran existido los cenobios y los castillos, la reconquista no hubiera sido fácil para los reyes.

– Entre  tantas cualidades hermosas que poseía Joaquín, me admiraba su erudición sobre la historia medioeval de León. Así se lo dije en los varios ratos que pasamos en el pinar de Cisnarios.

– No te extrañes –me contestó- en los últimos años de mi carrera, y después siendo Profesor, me interesaban los asuntos históricos de mi tierra, y con el afamado canónigo aprendí muchos datos, que conservo en mi memoria, de hombres ilustres de esta montaña, que hoy están olvidados.

– ¿Y por qué no suenan esos nombres?

– Algunos si suenan, y mucho, como S. Guillermo de Peñacorada, que fundó en las fuentes del rio Tuejar una Abadía, que llegó a ser Dignidad de la catedral de León.

– También me prometiste hablar de Pardomino.

– Ya te daré noticias de este ermitorio del siglo IX, así como de los monasterios de Siero, Oseja, Balneare, Pereda, de los cuales conservamos la titulación de sus actuales parroquias, pero no quiero terminar esta charla, sin hablarte de un Prelado famoso, que era de esta montaña, Sisnando de Irúa y Compostela, un obispo que rellena con su actuación dinámica gran parte del reinado de Alonso III. A él se debe la OBRA MAGNA de la catedral compostelana, reedificada con lujo, sobre el suelo de la iglesia pobre levantada por Alonso el Casto, al aparecer el sepulcro del apóstol Santiago. De lo que se deduce de documentos coetáneos, Sisnando era natural, o por lo menos, oriundo de estos pueblos del Esla. Educado en el cenobio de S. Martín de Liébana –LEBANENSIS le llama el Cronicón Iriense- pronto le vemos en la Corte leonesa, influyendo en los consejeros de Alonso III, cuando este rey estaba pensando en trasladar la Curia Regia a la ciudad de León. El origen de Sisnando está perfectamente señalado en una escritura publicada por Ferreiro, del año 874. El Rey le hace donación de varias fincas que sus hermanos habían adquirido en los pueblos de Aleje, Verdiago, Crémenes y Alión. En estos pueblos se citan las iglesias y el monasterio de S. Cristóbal de Crémenes, que eran fincas de STIRPE, o sea heredadas por sus hermanos. La cosa está clara. Era una familia de esta montaña, acaso de Alión, el conocido territorio tribal de las riberas del Esla.

Otro día te hablaré de escenas vividas por mí, en el primer verano de mi estancia en Cisnarios. Son escenas interesantes que me han ilustrado en temas de Prehistoria como el culto Zoolátrico que dicen practicaban los hombre de periodo paleolítico, y te contaré una siesta deliciosa pasada con pastores de estos pueblos, bajo la sombra de unas hayas copudas y viejas.

– Pues acepto la invitación y que sea pronto, mejor mañana que otro día. Hoy nos estarán esperando en la fonda para comer.

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– XXIX –

ESCENA ZOOLÁTRICA

Aquella tarde de agosto, estaba caliginosa y pesada. No convidaba a paseos amenos, ni a excursiones por los montes y valles. Donde mejor podemos estar es en el pinar, me dijo Joaquín. Y en el pinar nos tumbamos, él con un libro de prehistoria y yo, con el periódico de Madrid, que leía con placer.

Al poco rato de estar a la sombra de los pinos, mi compañero soltó una carcajada estrepitosa.

– ¡Que locos están, qué cosas más ridículas se escriben!

– Yo leí, en el periódico una nota que parecía oficiosa, en la que se decía que unos sabios de gran renombre, acababan de hacer estudios concienzudos en la gruta de Altamira, y sacaron la conclusión de que aquellas admirables pinturas tienen ¡13.000 años!. Supongo que habrán encontrado, en la cueva algún cronómetro de precisión. Que afirmen esto los de la escuela positivista, lo explico, porque siempre están arrimando su sardina a las ascuas de su escuela atea, pero que ciertos sabios que alardean de creyentes, hagan coro a sabios positivistas, ni me los explico, ni lo disculpo. Estamos, como hace un siglo, en caprichosas discusiones prehistóricas. Cuando empezaron a conocerse y estudiarse los yacimientos de Arqueología prehistórica. Se dibujaron dos tendencias contrarias, en la misma escuela positivista, en Francia y es España. Mortillet no veía, en las pinturas y dibujos de las grutas paleolíticas, más que el ateísmo del hombre primitivo, y el judío Salomón Reinach, aseguraba que en estas manifestaciones artísticas había una cantera rica en materiales religiosos. La cueva sorprendente de Altamira atrajo la atención de sabios y de aficionados a los temas prehistóricos. Las polémicas siguieron en tono agrio, sin llegar a conclusiones científicas. Y eso que los católicos estuvieron, desde un principio, serenos, en la polémica, aportando datos y juicios de valor positivo. La cueva de Altamira seguía siendo muy visitada, y llegó, a tener tanta fama que un arqueólogo tan caracterizado como Dechellete, la llamó ¨LA CAPILLA SIXTINA DEL CUATERNARIO¨. Por entonces ya se conocían muchas grutas interesantes en el mediodía de Francia, y en Teruel, Lérida y otros lugares de España, y en ellas llamaron la atención, ciertas escenas típicas de gran realismo artístico, como figuras pintadas y estilizadas, de personas humanas, danzando y bailando, alrededor de un jabalí, oso, y bisonte, muertos. Los llamados sabios, dogmatizaron, como siempre, y no dudaron en afirmar que estas escenas curiosísimas eran manifestaciones de tipo religioso, eran sin duda, cultos ZOOLÁTRICOS rendidos a animales, que serían del TOTEM del clan, y de la Tribu. Y como parecía indiscutible el culto egipcio al buey Apis, y adoraciones a otros similares en pueblos asiáticos, nuestros melenudos y dogmatizantes sabios de Europa sentenciaron que estas danzas y bailes, no eran más que escenas ¡ZOOLÁTRICAS!. Estaba de moda el Tótem, como explicación de manifestaciones raciales de tipo religioso, en una época oscura, en la que el hombre daba culto al sol y la luna y a todo lo que el hombre creía superior a sus fuerzas. El significado de estas pinturas quedó señalado. Faltaba precisar la edad, fija, el año y el día, en que fueron ejecutadas las pinturas rupestres, y, entonces, la imaginación calenturienta de estos sabios, precisaron fechas indiscutibles de miles de años. Lo mismo que habían hecho con la fecha de la aparición del hombre sobre la tierra, a la que dieron plazos tan distanciados, que oscilaban entre los 6.000 y 2.000.000 años. Todo era ridículo. Ahora que la fiebre prehistórica ha remitido, y se escribe con mayor serenidad de juicio, no faltan sabios que dogmatizan, como estos de Altamira, a los que se refiere la nota que acabas de leerme ¡RISUM TENEATIS, AMICHI!.

Para que se caigan de los ojos, ciertas escamas que padecen, todavía, algunos pretendidos sabios modernos, cuando, soñando y dogmatizando, sobre el culto Zoolátrico, de ciertas escenas pictóricas de la prehistoria, te voy a contar una escena, realista, vivida y presenciada por mí, en este pueblo, en el primer verano que pasé aquí. Es muy oportuno su recuerdo. Verás. Salía yo una noche de casa de Tina, acabado de anochecer, y vi en la plaza, un grupo numeroso de hombres, casi todos jóvenes, que discutían con calor. Me acerqué a ellos y oí a unos labradores quejarse de los daños que estaban haciendo los jabalíes en los garbanzales de lejano valle de Viada. Allí estaba el maestro de Escuela, afamado cazador, y unos viejos le decían que por qué no hacían una cazaría, en forma, para cazar estos bichos, o por lo menos, para ahuyentarlos.

– Sí. Habrá que hacer algo –contestó el Maestro-. Yo pediré permiso a la Guardia Civil, y mañana, a estas horas, si queréis, nos reuniremos aquí, para planear la cacería. El Maestro me invitó a asistir, y con gusto acepté la invitación cinegética.

– La reunión fue numerosa, de escopeteros y gente moza. El Maestro nos dijo que ya tenía permiso del Cabo, y que no faltaba más que señalar el día, y preparar las escopetas y ojeadores. Si os parece, mañana mismo.

Nos hacen falta, por lo menos, una docena y media de ojeadores, que sean buenos mozos, con gran pulmón para subir voceando y tirando tiros de pólvora por los bardales y vallinas de Monterio y Valberán, en donde, de seguro encubillan por el día los jabalíes, para ir a los garbanzales por la noche. En seguida se apuntaron bastantes escopeteros y ojeadores. El maestro siguió dando consignas a todos y acordaron salir por la mañana, temprano, pero en direcciones distintas; yo me apunté como escopetero, y el Maestro me dijo que le acompañara, en un puesto estratégico. A los ojeadores les dijo que procuraran empezar el ojeo, una hora después de salir, para dar tiempo a que se colocaran, en los puestos las escopetas, y a éstos les dio la consigna de no hacer ruido, no moverse, no toser, y no fumar, porque estos bichos tienen una vista corta, pero un olfato exquisito y sobre todo, un oído muy desarrollado. Salimos muy muy esperanzados la cacería, y los escopeteros nos fuimos colocando en los puestos señalados por el Maestro. A mí me colocó en la hoz del palomar, y muy cerca de mí, detrás de unos peñascos estaría él. Los demás se fueron escalonando, a la falda de la peña caliza. Pasó un rato de silencio absoluto. No daban señales de vida los ojeadores, tenían que subir, en semicírculo, hasta las lomas del poniente, y azuzar a las fieras para que huyeran en dirección de Pardomino, que era la gran madriguera de jabalíes y osos. Desde mi puesto, veía todo el valles, los brezales y hayedos de enfrente, y algunas de escopeteros tumbados a la larga de la sierra caliza, Me tentaba el sueño, al bajar el sol brincando por los picachos de la peña, cuando oí los primeros tiros de los ojeadores. Entonces, vi que saltaba de unas matas de brezo, un jabalí grande que al pisar en los prados, levantó la cabezota, como para observar, y volvió a esconderse en el matorral. Al poco tiempo, pude ver, con detalle, a una jabalina con cinco lechones que subía, cuesta arriba, por un quemado del brezal. Apenas corría, husmeaba, remiraba, gruñía a la cría, y se fue retirando por un hayedo espeso cerca de cumbre. Se acercaban los gritos y tiros de los ojeadores, y el jabalí, macho dio un brinco, desde los brezos, se acercó al arroyo, volvió a husmear, y por fin, corriendo empezó a subir la cuesta, en dirección a mi puesto. Sentí un escalofrío de gozo, y de miedo, levanté los gatillos de mi escopeta, y con gran sorpresa mía, el jabalí torció su dirección hacia el puesto del Maestro. Sonó un tiro, muy cercano. Asomaron a la loma dos ojeadores, tirando tiros, y vi que el Maestro, de pie, disparaba otra vez. Los ojeadores, vocearon con gritos de júbilo, diciendo que el jabalí, espataleaba, y gruñía en unas matas de aulaga. El Maestro bajó corriendo y con la mano hacía señas de que fuera allá. Los ojeadores también bajaban de prisa y al llegar hasta donde se revolcaba, en la agonía, el bicho, les dijo el Maestro: No os acerquéis todavía, que son muy valientes y traidores, dejad que se acabe de morir. Ya se veían, en la campera de la collada, grupos de cazadores que daban por terminada la campaña. El Maestro se sentó, tranquilo, me ofreció un cigarro, y posó la escopeta, todavía cargada, al pie de un espino.

– No resultó mal del todo –me dijo-. Pero se nos escapó la hembra con la cría que debe de tener unos tres meses. ¿No la vio Vd.?

– Sí. Con todo gusto y pesar. Bajaron casi todos los cazadores. El jabalí no se movía, ya, y lo bajaron arrastrando hasta el reguero. Lo primero que hay que hacer, les dijo el Maestro, es caparlo, abrir la canal, cortarle los intestinos, y lavar la sangre. Durante esta operación, todo eran comentarios. Algunos ojeadores que no daban muestra de cansancio, propusieron dar un cerco rápido por la vallina de hayedo, por donde había huido la jabalina y el Maestro les disuadió.

– Es inútil –les dijo-. Es una hembra vieja, que las sabe todas. De  seguro que ya está camino de Montenegro, por los matizos de Rucayo. Y veremos las huellas en las arenas del camino de la vallina Ladrona.

El jabalí, destripado y castrado, era muy hermoso ejemplar. El lomo negro y redondo, como un pellejo de vino, los colmillos largos brillando como puñales, las cerdas del pescuezo pardas y largas. Lo ataron por las cuatro patas, y lo colgaron de un llata de haya seca. Que cerraba un prado. Dos mozalbetes se adelantaron, gritando, para tocar las campanas, y anunciar al pueblo la hazaña. Nosotros, como en procesión, empezamos a bajar por el valle, y al pasar por la vallina Ladrona, vimos las pezuñas de la jabalina y de la cría, grabadas en las arenas del camino. Lo veis –dijo el Maestro-. Se queréis, mañana podemos echar otra cacería en Montenegro. Pero es más difícil que ésta.

Cuando llegamos al pueblo, una algarabía de chicos y grandes nos esperaba, cantando y voceando. Se formó una procesión solemne, por las calles y plazas, y todos bailaban y danzaban, alrededor del jabalí muerto. Lo colgaron en el poste de un pretil, y allí se repitieron los voceríos de todo un pueblo, entusiasmado con el éxito de la cacería. No cesaban los bailes, hasta que por la tarde, lo bajaron, lo pusieron en el tablero de una báscula y pesaba, en canal ¡62 kilos!. Vendieron unos cuantos kilos de magro –para gastos de entierro, decían- y lo demás se lo comieron en una cena alegre y comentada. Yo me retiré de la comilona a las doce de la noche, pero al amanecer, todavía oí las voces y los cánticos de rondadores, un poco calientes. Pregunté por los restos del jabalí y me dijeron que no quedaba nada. Todo había sido consumido en chanfaina y chuletas.

– Fue una escena muy elocuente e instructiva, y me parece que es la mejor refutación que se puede hacer de las teorías ridículas de los sabios modernos que aseguran que las pinturas prehistóricas son nada más que ritos zoolátricos.

– Puedes escribir a tus amigos, contagiados de esas fantasías, y decirles que en la montaña leonesa, como en otras muchas de Santander y Asturias, todavía cantan y bailan, alrededor de un jabalí muerto, en cacería, y nadie piensa en que estos cánticos y danzas puedan ser ritos zoolátricos.

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– XXX –

UNA SIESTA VERANIEGA CON PASTORES

Por lo que me estás contando en estas charlas amenas, veo que tus entusiasmos por esta montaña, no fueron, sólo los paisajes bonitos, sino los tipos raciales que has encontrado aquí hasta que te cazaron los encantos d Tina.

– Algo ha habido de eso, y de las escenas cinegéticas que presencié. De tipos, los hay muy interesantes. Me llamaba, desde un principio, la atención, un criado de labranza, mocetón de más de cuarenta años, que servía, en casa de un labrador ricuelo, sin hijos, en cuya casa vivía, como de familia, Marco el criado. Nadie sabía en el pueblo, quien era el amo y quien el criado. Tan compenetrados estaban que el criado mandaba más que el amo. Me contaron que una noche, cuando estaban cenando en la misma mesa, le dijo Valiente el amo: -¡Mañana iremos a excavar los garbanzos de la vega!.

– Irás tú, le contestó Marcos. Yo bien sé adónde tengo que ir. La tierra del Pando está en sazón para ararla. No quiero que el año que viene esté el trigo lleno de cardos y con una manta de barros que no lo dejen granar.

– Allá tú. Entonces a los garbanzos pasado mañana.

– Tampoco. Pasado mañana nos toca la vecera del ganado, y como tú no quieres ir de vecero, y a mí me gusta mucho el oficio de pastor, iré yo con las ovejas.

– Allá tú. Pero puedes, ayudado del pastor, castrar los chivos y corderos.

– Bueno. Me parece bien.

En aquella mañana almorzaron juntos el pastor Marcelo y el criado Marcos, y mientras almorzaban, el ama les llenó la zurrona con la merienda; a cada una la suya, y el pastor salió tocando el turullo de cuerno para que dieran salida al ganado, y ellos esperaron, a la salida del pueblo, a que estuviera reunido todo el rebaño. Iban camino arriba por el valle de Riero, y los alcancé, a medio valle. Había salido yo, solo con mi perro de caza, a levantar polladas de perdiz, sin dispararlas, porque debían de ser muy pequeños los pollos. Me alegré de encontrarlos, porque Marcelo era un pastor del cual me contaban cosas y costumbres. Al llegar a Fuentedeoro, el pastor dijo a Marcos:

– Bueno. Hoy que tengo un buen vecero, apartaremos las cabras, y vas tú con ellas. Ya sabes el careo. Nos las silbes, ni llames aunque suban a las lomas de Montenegro. Déjalas, que ellas solas saben el pasto que desean. Entrarán un poco en los breñales del monte, porque les gustan mucho los tallos de arandaneras, y las zarzamoras y ramas de espino. Déjalas, que ya irán ellas solas, por la loma a sestear en las hayonas de la colladina. Tú vete a la mira de las cabras, y espérame en el sestil que allí acudiré yo, que llevaré las ovejas por la sierra del Moti, que tiene una yerba muy sabrosa para el ganado.

– Se separaron y yo continué con Marcelo, camino arriba, sentándonos a la sombra de peñascos y charlando de todo lo que ocurría en el pueblo. Mientras el pastor seguía a sus ovejas, yo fui poco a poco, dando vueltas por la ladera izquierda. Levanté varias polladas, y me entretuve viendo hacer filigranas a mi perro, rastreando el peón de las perdices. Decidí quedarme aquel día con los pastores, y en previsión, había metido un poco de merienda en la morrala, y con ella y la leche migada de cabras que me ofreció Marcelo, bien podía pasar todo el día. Llegamos a la colladina, casi al mismo tiempo los tres. Las cabras y las ovejas se iban acostando y rumiando, bajo las hayas. El pastor y el vecero descolgaron las zurronas, las colgaron de un gajo seco de un haya vieja y sacaron de las zurronas dos botellines de vino, y unos cuernos grises de asta, y los metieron, después de ordeñar unas cabras, en la fuente. Nos sentamos todos sobre las raíces retorcidas de una hayona copuda, y Marcos preguntó a Marcelo si vendría por allí Leandro, el pastor de Peñamón, que era muy amigo suyo, y persona muy leída, con quien se pasaba la siesta muy entretenidos.

– Es casi seguro que vendrá. Sí; se pasa bien el tiempo en su compañía.

El perro que estaba tumbado al sol, se levantó, de repente. Ladró, mirando a la camperona del Sedo, y volvió a acostarse.

– Ahí está Leandro. Como el perro lo conoce, cesó de ladrar.

– Venía el pastor de Peñamón cuesta arriba, a buen paso. Llegó sudando y alegre, como siempre.

– Mucho bueno por aquí –nos dijo-. Marcelo se presentó y Leandro volvió a repetir la frase de mucho bueno por aquí.

– Se quitó la zurrona, tiró la chaqueta en el suelo, y comenzó la charla más sabrosa de mi vida.

– Tenía ganas de verte –le dijo a Marcos-. Hace mucho que no nos vemos.

– Claro –le contestó Leandro-. Como tú andas con la labranza, no piensas más que en mozas del pueblo, buscando acomodo.

– De eso, ni hablar. Las chicas pobres se marchan a servir a la ciudad, y las que tienen algo, se han subido el moño, que no hay quién las hable.

– Di que no, que habla con la hija de Pedrín.

-Hablé algo, pero me despachó con insultos a mi familia, que ha venido a menos. Te digo que las mozas se están poniendo imposibles, y se van agostando como las peras en estío.

– Pues, ¡hala! Que el que la sigue la consigue.

– Y tú ¿Cómo te va con tu costilla?

– Bastante bien. Con mi salario, y un poco que produce el caudalín de mi suegro, vamos criando a los chavales, que ya tengo dos y el carro en campos.

– Quien está cada día más contento con el oficio de pastor es Marcelo.

– A la fuerza ahorcan, que bien que busqué acomodo y, como dice Marcos, las mozas tienen muy alto el moño. Hoy comeremos todos juntos con este señorito que sabe mucho, de todo, y desea que tú, Leandro, nos entretengas, con cantares y versos de esos bonitos que traerás en la zurrona.

Leandro, continuó Marcelo, es pastor de oficio, pero de muchacho estuvo cuatro años en Loides, en la cátedra de Latín, y sabe mucho de versos, y de historias viejas.

– Leandro sacó de la zurrona un libro forrado de badana, y sin abrirlo nos recitó estos versos de Virgilio: recubans sub tegmine fagi. ¿Verdad que son muy bonitos y dulce estos versos? -nos dijo-.

– No, no nos vengas con latinajos, y eso que este señor conoce el latín. Dinos versos de poetas españoles, que sabes muchos y muy propio de pastores.

– Algo recitaré de Góngora, de Garcilaso, y de ese poeta nuevo Gabriel y Galán, que sabía mucho de la vida pastoril de Extremadura. Si hubiera vivido como Juan de la Encina que fue canónigo en León, muchos años, de seguro que nos hubiera regalado con versos de sabor leonés, o como aquel Jorge de Montemayor, mitad portugués, mitad español que anduvo por las riberas bajas del Esla y nos dejó versos cantando a los montes y riberas de Coyanza. Pero, ahora, será mejor saborear la merienda, ¿no les parece?.

– Marcos trajo de la fuente los cuernos de leche migada, y los botellines de vino, y Leandro sacó de su zurrona, un trozo grande de pan tierno, un poco de chorizo y queso podrido de su cosecha. Juntaron las meriendas, y la mía que era la más pobre fue volcada por Marcelo, en el montón de las otras sobre unos manojos de helechos verdes que hacían de mantel. Yo probé la leche helada y me gustó extraordinariamente. Marcos se empeño en darme toda la del cuerno suyo, y así hicimos un banquete sabroso, que no olvidaré jamás. La conversación fue amena de veras. Leandro nos cantaba romances viejos, y nos deleitaba con cantares nuevos traídos, por los pastores trashumantes de Extremadura. También, de las mozas que se carteaban desde Prioro con sus novios. Me gustaron mucho. Copié no pocas de estas cartas, y prometí a Leandro regalarle versos de poetas contemporáneos, que no conocía el pastor de Peñamon. Concluida la comida, les ofrecí un cigarro, y con la frescura del agua de la fuente, y los sorbos de leche migada, saboreé un banquete que no olvidaré jamás. Marcelo y Marcos empezaron a castrar los chivos y Leandro siguió recreándonos con versos de las Églogas de Virgilio, que recitaba de memoria, con matices y tonos de un gran actor de teatro.

– Que le cuente algo de las estrellas –dijo Marcelo-. Y del tiempo que hará dentro de pocos días.

– ¿Y también sabes de estas cosas? Dije a Leandro.

– Un poco más y más. Como duermo en las majadas, y sesteo largo, por la noche me gusta ver la ruta de las estrellas, que viajan, casi por el mismo camino del sol y la luna. Es muy entretenido este panorama. Por las estrellas me guio para predecir el temporal. Anoche estaban un poco empañadas, como la luna, y apenas brillaba Venus, ni lucía Marte. Es que va a haber tormentas, pronto, ya veréis.

– Eran ya más de las cinco de la tarde, y las cabras empezaban a levantarse, enarcaban los lomos, y salían del sestil mirando al pastor, para orientarse en la ruta que habían de seguir en la tarde. Leandro, al despedirse, dijo a Marcos. A buscar acomodo, que según el cura de mi pueblo, es mejor casarse que quemarse.

– Cualquiera piensa ahora en casarse, con el salario decente que tenemos y los gajes que nos  dan, de seguro de vejez, y de accidentes de trabajo.

– Con todo esto –le dijo Leandro-, y con mujer y rapaces se pasa mejor la vida.

– De esto ya hablaremos otro día, que no es de orégano, todo el monte.

Al despedir yo a Leandro, pensé que la felicidad está en gozar de la vida, no enturbiarla con la comezón de riquezas, ni con esperanzas pocas veces logradas, de tener dinero y comodidades. Leandro era más feliz que yo, y eso que mi noviazgo me estaba ofreciendo un porvenir risueño. En esos pensamientos iba bajando, ya muy tarde, al pueblo, en donde Tina me esperaría, para saber de mi excursión pastoril.

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– XXXI –

LAS COSAS DE JOAQUÍN

A Joaquín era difícil hablarle. No lo veía, más que en el comedor, pero tan atareado con planos y dibujos, con mapas y folletos geológicos, que, apenas hablaba. Te veo transformado; eres otro yo, dentro de ti mismo.

– Tienes razón. Estoy siendo otro. Paso unos días horribles, y unas noches de insomnio que estoy como muerto. Aunque la fiebre nupcial ha remitido, las ascuas, encendidas están en mi corazón, y avivadas las llamas con esa otra fiebre minera, que está en auge. Ahora, me atormenta el futuro de mi matrimonio. Pienso ir, esta tarde a Fuentedeoro, con un obrero para traer unos pedruscos ferruginosos, para mandarlos como prueba a Avilés. Te invito a acompañarme, y así tendremos tiempo de hablar de mis cosas. A orillas del camino pedregoso del valle, nos sentamos, a las sombra de unos chopos.

– Oye –me dijo-. Anoche en la cama, me torturó el pensamiento del matrimonio que tiene un aspecto económico que me asusta. Tú ya sabes que los sueldos de nuestra carrera no bastan para cubrir los gastos de un hogar, según se está poniendo la vida. Hice cuentas y aunque sume algún ingreso con artículos de revistas y periódicos, siempre encuentro déficit, aunque intensifique el trabajo husmeando por archivos –y ya sabes que los de León son muy ricos- para chupar el néctar de noticias viejas, que ahora interesan a los lectores. Pero cada día se lee menos. No se venden libros. Los jóvenes que se creen intelectuales no leen más que crónicas de cine, de teatro, y sobre todo, de esa locura colectiva del fútbol. Por ahí, no veo nuevos recursos. Al hacer balance de ingresos y gastos, me temo salga la mujer con esta cantinela:

– Marchamos bien, pero no olvides que la mayor parte de nuestros ingresos proceden de mi capital, de mis vacas, de mis frutales.

– Entonces, podrá surgir el eterno problema de que el matrimonio, no es más que una empresa de dos socios que aportan capitales diversos. ¡Esta idea me está acabando! ¿No te parece que es preferible quedar soltero?

– Es que tú ahora ves el matrimonio, como otros muchos, nada más que como un contrato, y no. El matrimonio, entre cristianos es, además de un contrato, un Sacramento, el cual Dios derrama consuelos ahora, y después, esperanzas y goces eternos.

– Eso que me dices, está bien. Pero yo estoy pensando que en lugar de dedicarse a una carrera que da poco pan, es mejor, renunciarla, y ocuparse en empresas industriales que producen más, con menos trabajo. A eso estoy decidido. Pero también veo que el negocio de la mina tiene sus baches. Unas veces tiene color de rosa, otras, se proyectan sombras negras de dudas, de accidentes, de esas altas y bajas de la bolsa, que vuelven locos a los rentistas. Hace días mandamos a Avilés, un camión de hierro, con seis toneladas, y lo recibieron ilusionados. Pagaron bien la mercancía, y nos dijeron que siguiéramos mandando mineral, por lo menos dos camiones a la semana. Pero nuestro filón está sin preparar y está tan apretado entre dos murallas de peñasco, que, para explotarlo, es preciso gastar mucha dinamita, y muchos jornales de obreros. Pensamos hacer la acometida, desde la orilla del rio, pero, es obra costosa. No sabemos qué hacer. Y todo me urge; mi matrimonio, mi futuro hogar, con la multiplicación de deberes ineludibles, y de gastos imprevistos. ¿Qué me aconsejas? Mis posibilidades económicas para seguir explotando la mina son escasas, y si el tío Matías llega a sospechar que mi bolsa está poco repleta presionará a Tina para desahuciarme.

– Me pides, otra vez, consejo, en momentos, en que, empiezo a sentir, en mi alma los dardos de amor hiriéndome, con punzadas dolorosas. Vine de Torteros, tan febril y nervioso, que no dormí. Allí encontré a una familia de mi linaje que se deshizo en atenciones, y a una sobrina casi inocente y tan pudorosa que me hirió, en el corazón, con su voz, con sus ojos, con la belleza de su rostro angelical. Como ves padezco la misma dolencia que tú. Lo mejor será poner en práctica aquella frase de Carlos V, ¨el tiempo y yo, para otros dos¨.

Había vuelto el obrero con los pedruscos ferruginosos y echamos a andar hacia el pueblo, y encontramos al tío Matías y a Tina que regresaban con un carro de paja de trigo.

– Cuanto bueno, por aquí, nos dijo el padre de Tina.

– Lo bueno lo trae Vd. –le contestó Joaquín-.

– Y que lo digas, porque este año, los trigales están muy granados. No los creía a Vds. por aquí y eso que Joaquín huele a Tina desde lejos.

– Pues se equivoca. Hoy no busco a Tina; busco a unos pedruscos de hierro.

– Pues, hala, hala, con las piedras, que al pueden dar, aunque no sea más que chascos.

– Y dinero –contesté yo-.

– No será mal, que el dinero, nunca sobra.

– Joaquín ofreció un cigarro, a su futuro suegro y éste lo aceptó, sin titubeos. Tina se había perdido de vista, con el obrero, y a la entrada del pueblo, el tío Matías nos despidió con cara complacida. Joaquín siguió carretera abajo y yo entré en la fonda para acostarme pronto. ¿Te espero para cenar?

– No sé qué te diga, porque mi charla con Tina pudiera ser larga. Tenemos mucho que hablar.

– Pues, entonces, hasta mañana, en el pinar.

– Cuando salí, por la mañana, al pinar, pregunté por Joaquín y me dijo una criada que había venido, anoche muy tarde, y ahora, estará en lo mejor de su sueño. Me senté en los serrascos del poniente, tomando el sol. Después pasé a otros  serrascos del norte, y allí estuve largo rato, mirando al macizo de Mataces, pensando en el filón de hierro que podía ser la felicidad de un enamorado. De pronto, observé que a orillas de rio había unos obreros cavando tierra, y con ellos estaba Joaquín, como un capataz. Fui allá y noté que mi amigo tenía cara eufórica y alegre.

– ¡Chico –me dijo-. Estamos de enhorabuena. Esto está claro. El filón baja, vertical y penetra en el rio, como si pasara al otro lado. Lo otro, lo de Tina, también presenta buen cariz.

– Abracé, llorando a mi amigo, felicitándole, y esto que en el fondo de mi alma sentía que se formaban borrascas tormentosas como las que azotaron el corazón de Joaquín. Ahora –le dije-, a pensar en lo mío, a preparar mí marcha, y que Dios nos ampare.

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– XXXII –

FIN DE VERANO

Mi verano feliz, terminó de una manera imprevista. Estaba esperando las fiestas del pueblo, que se anunciaban concurridas, y emocionantes con un aluche, para la cual, al Argentino, había anunciado premios importantes. Pero se recibió un telefonema urgente de mi padre, desde Cádiz en el que me anunciaba que Javier, mi cuñado, había tenido  un accidente serio de automóvil, y que estaba en un sanatorio de esta ciudad. Ven pronto –me decía- ya estamos aquí tu madre y su mujer. Los médicos no son pesimistas, pero la cosa es grave, y tardará en curar, por lo menos, un mes. En aquella misma tarde emprendí el regreso a León, para empalmar con el rápido de Galicia y llegar por la mañana temprano a Madrid. Escribí una carta lacónica a Torteros, y les dejaba la dirección de mi residencia en Madrid y la de mis padres en Sevilla. En Madrid tuve una conferencia con mi padre, el cual me decía que hiciera el viaje, directo a Cádiz, sin detenerme en Sevilla. Así lo hice y llegué a Cádiz, cansado y ansioso por conocer las lesiones de mi cuñado. No parecían muy graves, pero tenía magullamientos en todo el cuerpo, muchos dolores, y acaso alguna rotura muscular. Pasada la primera impresión, charlamos, largo rato de mi veraneo en la montaña leonesa, de sus bellísimos paisajes, de mis excursiones, y les ponderé la acogida entusiasta de nuestra familia de los Durandes en Torteros, y hasta me atreví a insinuar a mi familia, los encantos de una sobrina que se parece mucho a la hija menor de tío Ramón. Mi padre me escuchaba con gran interés, y en casi los seis días que pasamos en Cádiz, no había, otra conversación que la de mis impresiones familiares, con un linaje nuestro, desconocido, pero de próximo parentesco. Mi padre preguntó por el topónimo de Durande, perpetuado, según le dije, en un pueblín de aquella montaña. Nuestros parientes, no son ricos, pero viven como hidalgos acomodados, cultivando los ¨Paterna rura¨ de Horacio, y su casa, sino es lujosa, es cómoda, bien amueblada, con la amplitud de una casona de labrador, sin escudos ni lambrequines. Había quedado en volver en el supuesto de que Javier fuera a buscarme con su auto, pero este percance de mi cuñado, truncó todos mis planes.

– Iremos, -me dijo mi padre- no faltaba más. No sabes lo que me alegran tus noticias de nuestros parientes. Si Javier se repone algo y lo podemos llevar a su casa, no veo inconveniente en que vayamos, tú y yo a es montaña, en el mes de septiembre, en que todavía no hará mucho frío en aquel país.

Mi padre, mi madre y yo volvimos a Sevilla a los pocos días, y en Sevilla recibió mi padre, un encargo que traía un soldado de asalto, natural de Baradón, con residencia en Ceuta. Era una caja de madera, con la piel del oso, que nos remitía paco desde Torteros. Abrimos la caja y la piel estaba bien embalada, y fresca, y sin arrugas. Mi padre quedó asustado. La llevé a Cádiz para que la viera Javier, y en el sanatorio, todos se hacían lenguas de una piel tan lustrosa y fina. Javier hizo el propósito de visitar a aquella familia, tan pronto como le dieran el alta, y los médicos le pronosticaban, que dentro de pocos días, podía volver a su casa de Sevilla.

– Un día me dijo mi padre que estaba quedando mal, sin ir a conocer a nuestros parientes y darles las gracias, por el estupendo regalo. Tío Ramón era de mismo parecer, y no tuve más remedio que preparar el viaje, sin esperar a la completa curación de Javier. Emprendimos el viaje, en tren hasta León, y al despedirnos, tío Ramón nos dijo que de buena gana iría con nosotros si no fuera por unas Conferencias que tengo anunciadas sobre ¨los apuros económicos de Emperador Carlos V¨. Desde León, alquilamos un coche, y descansamos, unas horas en Cisnarios, para comer, y para saludar a Joaquín, que seguía muy ocupado con su mina. ¿Y la otra mina, cómo va? –le pregunté-.

– Me rendí sin condiciones como un General asediado en su castillo. Es ella la que manda y señala fechas, y preparativos del acontecimiento. Ya te avisaré con tiempo, porque yo no dudo en buscar padrino, y tú no dudarás en aceptar este cargo honorífico.

– Bueno. Hay tiempo para pensarlo. Ahora voy a saludar al tormento mío, que no me espera, y de seguro que me clava en el corazón, otro dardo, con su mirada de Diana cazadora.

Un día, nada más, nos detuvimos en Torteros. La chiquilla estaba encantadora, y mi padre prometió volver, despacio, en el verano siguiente para sellar unas relaciones familiares, que había que anudar. Al volver a Andalucía, yo me quedé ya en Madrid, para reanudar mi oficio docente. A principios de octubre fui a ver al especialista para que hiciera un análisis detallado de la sangre y orina, y unas radiografías de mis órganos vitales. Me examinó con detención, y me dijo que me encontraba casi repuesto. El riñón –me dijo- filtra bien, el pulmón está sano, y el corazón trabaja con ritmo normal. Pero hace falta que no abuse Vd. de su mejoría. No recargue el cerebro con temas metafísicos cultive Vd. sus aficiones literarias, pasee mucho, asista a los deportes con sus amigos, escriba poco, y aliméntese bien, y si Vd. tiene novia, mejor para curar porque las novias en los solteros y las esposas en los casados, suelen ser los mejores reguladores de las energías fisiológicas y psicológicas de los hombres. Estas últimas palabras del Doctor me intrigaron no poco. ¿Era que sabía algo de mis incipientes amoríos?  ¿Era broma inocente de mi especialista?.

Joaquín me había hecho el encargo de que gestionara yo, en el Ministerio, su excedencia por un año, y cumplí su encargo con gran complacencia y solicitud. Pero recibí una carta suya, en la que decía que iría a Madrid, muy pronto, con Arsenio, para tratar de la venta de la mina con una Sociedad Metalúrgica de Asturias.

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– XXXIII –

JOAQUÍN EN MADRID

Le vi rebosando de alegría por todos los poros de su alma. Me contó detalles de su boda y me dijo, que era ella, la que todo lo tenía previsto, hasta el lugar de nuestro matrimonio. Pensaba escribirte, pero mi viaje a Madrid me deparó la ocasión de explicártelo todo con detalles. La petición de mano fue en Cisnarios el día del Pilar. Por parte de Tina estaban su padre y su hermano el Cura y por la mía mis dos padres. Mi padre llevaba un discursito muy limado, y algo cursi, que contestó el tío Matías, con unas palabras cortas y sentenciosas, y mi futuro cuñado no endilgó un sermón apropiado. Fue una escena tierna, entre triste y alegre. Después de la comida, y entre sorbos de café y humo de habanos, mi padre empezó ponderando mi carrera brillante, mis condiciones personales de hijo obediente, y la decepción que le producía mi cambio de estado, con una mujer sin tacha, pero que no es la mujer soñada por mí. Dios lo dispuso así, y mi hijo no duda que la felicidad suya y la de todos, es ser marido de una joven como Tina llena de encantos físicos y morales. Yo doy muy gustoso mi consentimiento a mi hijo, y pido a Dios que bendiga este matrimonio, por mi tan deseado. Y pido al padre de la novia en este acto que haga entrega formal de la mano de su hija a mi querido hijo Joaquín Alonso Pérez. El tío Matías se enterneció un poco, Tina lloraba, y su hermano el Cura, sereno, frio, dueño de su palabra, nos pronunció un discurso, pleno de doctrina matrimonial.

– Mi padre y yo –dijo- tampoco soñábamos con un matrimonio desigual en ideales y aficiones, en educación y costumbre. Mi hermana no es más que una labradora montañesa, sana de cuerpo y alma, más acostumbrada, como su difunta madre, a los ajetreos de labores caseros. Sobre la belleza física que todos ponderan, sobre las dotes morales heredadas, sobre la situación económica de una casa que produce y ahorra, mi hermana florentina, quizá fuera la escogida y solicitada por un labrador montañés. Acaso mi padre le produjera un poco de temor la inadaptación de Joaquín a las faenas del campo, pero el matrimonio es un contrato entre dos personas libres, son ellos los que libremente disponen de su porvenir, para hacer una sociedad con lazos irrompibles. Y como ambos son, por fortuna creyentes cristianos, este matrimonio tendrá la garantía de un Sacramento, que yo, como sacerdote, prometo autorizar como testigo especial. Y ahora, según costumbre secular, en este país, mi padre entregará a Joaquín a su hija, la cual, de rodillas, recibirá la bendición paternal, tan solemne y litúrgica como la que derramaban los padres bíblicos sobre sus hijos.

– El tío Matías, llorando, se puso de pie y sobre Tina, arrodillada, dijo estas palabras que a todos nos enternecieron:

– Pues así lo queréis, hija mía, yo te bendigo, y entrego a Joaquín, tu novio para que os unáis en matrimonio cristiano. Que tu madre, desde el cielo, te bendiga, también.

Todos llorábamos, y el Cura, haciendo alarde de serenidad, abrazó a su hermana, y estrechó la mano mía con un apretón fuerte. Después, sentados los cinco, a la mesa, empezó una conversación minuciosa sobre pormenores de la boda. Mi padre y yo habíamos pensado casarnos en el santuario de la Virgen del Camino de León, reunir, después, a los convidados en un banquete modesto, y después de repartir la tarta entre los convidados, saldríamos recién casados en un auto para Madrid, recorrer varias ciudades, en lo que se llama LUNA DE MIEL.

En esto de la fecha y lugar, yo había prometido a Tina que fuera ella la que decidiera, y con voz serena nos dijo que ella era muy devota de la excelsa patrona de todos los leoneses, pero que su padre piensa echar la casa por la ventana, convidando a todo el pueblo, y que iglesia por iglesia, la de Cisnarios era la mejor. La fecha también la tengo señalada, la del día de S. Marcelo el santo popular leonés que era el titular de mi madre Marcela. Todo esto se a Joaquín y a su padre, les parece bien.

Mi padre aceptó la propuesta, y entonces el Cura, en tonos suaves y palabra segura nos dijo:

– ¡La luna de miel, corriéndola por esos mundos, sin reposo, sin comodidades, es una invención francesa!. No lo puedo disimular. La mal llamada Luna de miel, no cuaja en nuestras costumbres españolas, es algo exótico, y contra naturaleza. Cuando los recién casados necesitan más reposo, más afecciones familiares, mayor intensidad de vida de familia, la moda moderna nos ha traído esta costumbre, que carece de sentido cristiano. Yo os voy a proponer un plan. Os casáis en Cisnarios, pasaremos ambas familias reunidas, en esta casa, y después, vais a León, os postraréis  ante la Virgen del Camino, viviréis unos días con vuestros padres, y después, si queréis hacer alguna excursión corta por España, id en buena hora, pero como las golondrinas de mi pueblo, que se alejan del nido, volved, volved pronto, que no hay nido tan caliente como el de vuestra mansión, ni compañía tan agradable como la de vuestra familia.

– Mi padre se levantó de la silla, y estrechando la mano de mi cuñado, dijo: Conforme en todo. Eso de la luna de miel que se quede para los franchutes. Nosotros y vosotros aquí pasando los días más felices de vuestra vida, al calor de la familia.

– ¿Y de tu padrinazgo? Creo que no ofrece duda. Debe de ser tu padre, y yo me ofrezco gustoso a ser testigo de tu boda, y como Tina piensa en que sea madrina su tía Petra, hermana de su madre, lo mejor será que todo quede entre las dos familias.

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– XXXIV –

OTRA VEZ CON EL ESPECIALISTA

Por casualidad, me encontré, una tarde, en el fútbol, con mi especialista, y como ni a él ni a mí nos ilusionan los incidentes de este deporte que trae, enloquecidas, a las muchedumbres, pasamos el rato, hablando de todo; de mi salud, de mis aficiones científicas, del veraneo, inolvidable que gocé en la montaña leonesa. Desde el último reconocimiento que Vd. me hizo –le dije- tengo clavada en el corazón, una espina que no acierto a arrancar. Fue aquella pregunta suya, si tenía novia. Algo parecido anda rondando por mi alma. No sé si será novia, o nada más que parienta; una muchacha de Torteros me está interesando de tal manera, que me está cambiando todo mi organismo fisiológico y psicológico. Estoy siendo otro, como si en mi naturaleza, empezaran a brotar semillas atávicas, soterradas en muchas generaciones, y ahora, reviven en brotes vitales con gran fuerza. Hay en mí, algo nuevo que me está produciendo energías insospechadas unas veces, y aplanamientos lánguidos en otras. ¿Serán las células raciales que comienzan a proliferar?. ¿Serán ilusiones, nada más que ilusiones de una imaginación calenturienta?. He leído las modernas teorías mendelianas, en revistas de Biología, y embrollan más mis ideales, sin darme soluciones ciertas a mis dudas, a mis inquietudes.

– En Biología –me contestó el médico- estamos muy atrasados. Es una ciencia que no acaba de abrirnos sus misterios, pero es indudable, que, dadas las mutuas influencias, entre el alma y el cuerpo, hay células que reviven, que se reproducen, alterando nuestro organismo.

– Ese es mi caso, Doctor, ¿Por qué yo no sentí esas inquietudes a mis veinte años, cuando, con mi salud normal, frecuentaba los flirteos con chicas sevillanas, alegres y chispeantes? ¿Por qué, ahora, la imagen de mi parienta de Torteros no se aparta de mi memoria?. Ese es el enigma punzante que me está atormentando. Yo, ya no soy un mozo casquivano y antojadizo. Veo la vida con serena realidad; he vuelto a ocuparme de mi oficio docente, a leer libros y revistas para chupar, como las abejas, el néctar de las flores literarias, para dárselo, en miel a mis discípulos. Gracias a Dios, a Vd. y a Cisnarios, he recobrado mi salud, y sin embargo, siento más inquietudes, más cosquilleos incesantes en mi alma, y temo volver a la pasada neurastenia, a sufrir trastornos nerviosos, como los pasados, y todo, ¿por qué? Porque tengo incrustada, en el alma su imagen. ¿Por qué sueño con ella?. Me dirá Vd. que son fenómenos biológicos, que no nos explicamos, pero que tienen realidades positivas en nosotros. Me he convencido de que las teorías mendelianas no son más que corolarios de premisas conocidas de los egipcios y griegos. Seguimos sin explicar, ciertas atracciones, que vienen, sin llamarlas, y se marchan, sin despedirlas. Estoy, ahora, muy lejos de Torteros, pero veo sus sonrisas ingenuas, oigo la voz dulcísima de su lengua, y sus cartas frecuentes, son como esos calmantes que Vd. me recetaba para sosegar mis nervios enfermos.

– Veo que está Vd. intoxicado de ese veneno lento que es el amor sexual, que produce fiebres, y neuralgias, dolores y penas. En parte, le felicito, porque ésa, era una erupción, que purifica, un estado morboso que se cura con el olvido y la ausencia.

– ¿El olvido? Yo no me acuerdo, ya, de mis años juveniles, cuando era estudiante, y me asediaban las chicas en los paseos, y me intrigaban los diálogos amorosos. Por todos estos recuerdos míos, ha pasado la esponja del olvido sin dejar rastros ni huellas. Pero esta impresión de ahora, ha calado tan honda en mi corazón, la imagen de ella está impresa, con buril, en mi memoria, y si intento borrarla, crecen más los relieves de su presencia.

– Comprendido. Son las raíces raciales que intentan brotar, que se transmiten por vías biológicas, y suelen aparecer con dos caras. El caso de Vd. es muy característico. En su novia, o parienta, hay dos imágenes que Vd. no sabe distinguir; la imagen de una parienta, nuevamente hallada, y la imagen de una muchacha joven y guapa que tiene los encantos de una mujer ideal. Hay que deslindar estas dos atracciones que a Vd. le atormentan.

– Precisamente, estoy pensando en unificar a mi familia Durande, que anda desparramada por toda España. En Bilbao y Santander hay Durandes ilustres en el Foro, y en la Industria, y yo quiero, que todos nos reunamos a la sombra del trono y ramaje del árbol genealógico, arraigado en la montaña leonesa, pero que andan, sus ramas, dispersas sin que la savia de árbol alimente y dé vida a todas las ramas. Ya sé que así se dispersaron, desde el reinado de D. Fernando III casi todas las familias leonesas de una nobleza linajuda e histórica que tenían sus solares viejos, en Liébana, en Brañosera, en Baradón y Riángulo.

La familia nuestra se dislocó no hace muchos años. Por eso pienso reunirla, para que se conozcan, para que se amen, y esa labor mía, empezó este verano en Torteros. Pero es que Mariluisa tiene algo, que no es racial, que no son cascos de la botija Durande –según el cantar-, y ese algo impreciso es lo que me tiene atormentado. No es por parienta, por lo que la amo, y tampoco son sus cualidades físicas las que me intrigan. Son… las dos cosas a la vez, ambas inseparables, y tan caracterizadas, que no acierto a separarlas.

– Muy sencillo. Si Mariluisa no fuera parienta suya, y nada más que una moza bonita de la montaña, ¿La amaría Vd. con la misma pasión?

– Deje Vd. que el tiempo se encargue de descifrar este enigma. Diviértase mucho y a vivir.

– En el estadium había voces, gritos, aplausos, piñas de espectadores que discutían y se insultaban como fieras en la jaula. Nos levantamos de los asientos y nos preguntamos por cual de los dos equipos había ganado.

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– XXXV –

LA BODA DE JOAQUÍN

Con sumo gusto asistí, en Cisnarios, a la boda de mi amigo Joaquín. Fue en el día señalado de S. Marcelo. Un día oscuro, de cielo encapotado, amenazando con lluvia y viento. A ratos, por la mañana, caía una llovizna menuda que encharcaba las calles, y si el sol trataba de imponerse, enseguida lo envolvía y tapaban las nubes negras y frías de otoño. Así y todo, fue un acontecimiento memorable en Cisnarios. Todo el pueblo estaba invitado, y para mí, fue una sorpresa gratísima, el que fuera invitada por Tina mi parienta Mariluisa, que eran amigas. No me aparté de ella, en toda la mañana. Con ánimo sereno traté de deslindar, las dos atracciones que me ataban a ella, la del parentesco y de sangre, y la otra, que no acababa de definir y constatar. Desde la casa de tío Matías a la iglesia, se formó una procesión solemnísima.

Volteaban las campanas de la torre, sonaban los cohetes, y la música, y las mozas iban entonando, detrás de los novios, cantares alusivos a la ceremonia. Los hombre viejos llevaban sus capas de estameña, las viejas arrebujaban su cuerpo con rebociños de paño de Béjar, y las jóvenes estaban ataviadas con telas de colorines, pero decentemente vestidas. Los invitados Forasteros estábamos mezclados con los grupos del pueblo. Yo no me apartaba de Mariluisa, y al oír las coplas de las mozas que terminaban todas con el conocido estribillo:

Compañero, tú ya te vas.
¿Cuándo iremos los demás?

Sentí como un escalofrío que me penetraba muy adentro. La Misa cantada por los jóvenes del pueblo, el susurro dulce del armonio, los adornos y alhajas del maravilloso templo, y la ceremonia, sentida, y meditada del público me impresionaron en extremo. Me parecían frías y sin sentido otras bodas de rumbo, a que había asistido. Esta era más alegre, más sabrosa, más cristiana.

Al terminar la Misa, entramos en la sacristía, a firmar, y dar la enhorabuena a los neogamos, y Joaquín tuvo empeño en que mi firma quedase estampada, a continuación de la de los novios y padrinos.

Al salir del templo no cesaban de españar los cohetes; las campanas sonaban como en días de fiesta, había cesado de llover por un momento, y las mozas todavía tenían cantares inéditos, para dirigirlos a los recién casados, pero ya no terminaban estos cantares con el estribillo conocido.

Volvimos en procesión a casa del tío Matías, y en el amplio portal fueron convidados con vino y pastas, todos los concurrentes. La algarabía seguía entre chiquillos y rapazas, y el público fue retirándose, poco a poco, para volver a la comida que fue del rumbo de las de Camacho. Allí se que se derrocharon cantares, y vivas, y cohetes, y voces jubilosas que me enternecieron. Yo estaba sentado a la derecha de mi parienta, y noté que no estaba parladora. Sin duda la impresionaron todos los detalles de la boda, y pensaba, en cómo había de ser la suya, cuando fuera y con quien fuera.

Cuando más arreciaban los cantares, me vino a la memoria aquella copla que había oído al Médico de Ribadesella a la orilla del rio y la cual era muy popular en Asturias. Se la recité emocionado a Mariluisa y ella la copió en un papelín que yo la di.

CUQILLÍN DE RIO,
RABIQUÍN DE ESCOBA.
¿CUÁNTOS MESES FALTAN,
PARA MI BODA?

Por la tarde regresé a León, y al despedirme de los novios y de Mariluisa lloré sin poderlo remediar.

¿Eran las mías lágrimas, de alegría o de envidia?

FIN

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