PULCHRA LEONINA

NOTA PREVIA: En nuestro afán por conocer más la persona de ´el Canónigo D. José´ (como le llamabamos en Crémenes) se reseñan a continuación algunos textos sobresalientes, aleccionadores, de D. José González Fernández en su libro PULCHRA LEONINA, que así llama, y aquí describe, a la BELLA CATEDRAL DE LEÓN.


***

  Pulchra Leonina, José González
GONZÁLEZ, José, “Pulchra leonina”. León, Imprenta Moderna, 1913. (313 páginas)

A modo de introducción al libro el autor D. José escribe:

Pulchra Leonina, introdución al libro

Pulchra Leonina, introdución al libro

PULCHRA LEONINA

En la vieja Ciudad de torcidas calles y de muros carcomidos por la pátina del tiempo, se eleva esbelta y pulida la hermosa catedral.

Reclina la cabeza para que no se tambalee ni oscile, en las raíces de las fuertes murallas; y da la cara limpia y fresca por sus costados más bellos, como moza que palidece al oir los elogios de sus admiradores, como vieja ufana con las cicatrices y arrugas de los siglos. A la luz del sol brilla como virgen vestida de azucenas, como matrona cubierta con túnica de nieve.

Sombras grises ocultan su espalda cenicienta, y en las noches de luna, semejan los arbotantes del norte, y los chapiteles espúreos y postizos, figuras monstruosas, bocetos desdibujados que siembra la noche en las paredes, para que parezcan más bellos los hastiales bañados de luz pálida, de luz suave, que besa las piedras con timidez como si temiera profanarlas, reflejándose en los lienzos lisos y en los ventanales y rasgados con pupilas blancas que miran sin pestañear y que si lloran alguna vez, lloran de alegría, mirando su propia hermosura.

Las gentes sencillas de los pueblos se acercan a ella con miedo, y al contar a los suyos, en las veladas largas de invierno, lo que vieron en la Ciudad, terminan su narración sin comentarios, sin adjetivos, con esta frase que expresa una hipérbole: ¨ estuve en la Catedral¨.

Y las viejas que no salieron de la aldea en donde nacieron, y que como las perdices, cantan en donde nacen y mueren en donde cantan, preguntan ¿cómo es la Catedral? Y las gentes sencillas de los pueblos titubean, meditan, rehúsan la contestación, y por fin, salen del paso diciendo: ¡la Catedral…es la Catedral!. Y los forasteros que saben de hermosuras artísticas y hablan de monumentos famosos, se extasían ante su vista, la miran con asombro,  pasean silenciosos alrededor de ella, y por todo comentario repiten esta frase cien veces repetida: ¡Pulchra Leonina!

Y los leoneses cuando viajan por ciudades populosas en donde el arte es pródigo en bellezas y visitan los rincones en donde el genio dejó la huella de la inspiración arquitectónica, dicen con orgullo: es mejor nuestra Catedral.

En la vieja Ciudad de torcidas calles y de recuerdos viejos, todos hablan de la Catedral como de cosa propia; nadie la enseña porque está a la vista de rodos; nadie la pondera, porque ella sola se basta para pregonar su belleza, para descubrir sus encantos.

Desde donde quiera que se la mire, es esbelta y bonita; no la hacen falta eso que los críticos llaman punto de vista, porque la Catedral de León es perfecta vista desde lejos o vista desde cerca, vista desde lejos o vista desde cerca, vista de noche o vista de día, vista desde las colinas que atalayan la Ciudad o vista desde las riberas frondosas que se esconden de vergüenza. ¡Alguna vez se había de avergonzar la obra de la naturaleza de la obra de los hombres!

Desde lejos parece un juguete de las hadas, un capricho de los genios, un entretenimiento de los propios dioses; desde cerca, es lo que es: un esfuerzo gigantesco del genio de la inspiración humana, el arte sublimado a la realidad.

Acercándonos a ella, nos habla la voz de los tiempos, el lenguaje de las ciencias; la teología es allí libro abierto, sin las nebulosidades de la escuela; la historia no tiene arcanos, l a cronología halla fechas imborrables, grabadas, esculpidas en las piedras; la leyenda, que es la historia contada por el pueblo, encuentra en la Catedral un arsenal de datos y de nombres: allí están satirizadas o recogidas las costumbres y vicios de los grandes, su hábitos y aficiones, sus luchas y amores, sus creencias y virtudes: y no sólo la vida social de los grandes está escrita en esos libros de piedra, sino que allí se guarda, como en un relicario, la vida íntima del pueblo con sus manchas y con sus destellos.

Sin duda los que hicieron la Catedral tenían presente aquel aforismo de Concilio de Arras – 1025 -: ya que los analfabetos no pueden saborear la escritura, deben aprenderla por medio de la pintura. ¡Para ellos, para los ignorantes, para los pobres que no podían entender, son los símbolos religiosos verdaderos catecismos; manuales de historia religiosa y profana, las vidrieras y las estatuas de las portadas y hasta los sepulcros de los claustros.

Libro abierto, sembrado de símbolos que el pueblo leía y descifraba sin el auxilio de los sabios, que por entonces eran empalagosos y oscuros, enigmáticos y ergotistas que gastaban la vida riñendo sobra el problema de los Universales, o discutiendo el sentido de un texto de Platón o de una frase del Estagirita.

Hinchada y pedante era aquella ciencia que Santo Tomás sintetizó y redujo a principios; pero el pueblo saboreaba en las catedrales los símbolos y revelaciones de la ciencia Divina, comentaba las escenas de la vida política, militar y clerical, representada en estatuas y en pinturas; aplaudía las obras de los maestros y disculpaba los bocetos de los menestrales y aprendices; daba su fallo inapelable antes que las figuras artísticas fueran colocadas en las portadas o en los capiteles y cornisas; y los gremios adquirían personalidad jurídica, no para cubrir bajo su bandera mercancías averiadas; no para caciquear y comerciar con el trabajo, sino para estimular el valor del arte, para premiar la inspiración del arte, para premiar la inspiración del genio, espoleando la generosidad de los ricos y la labor de los obreros.

Así era la Catedral: la casa de Dios y del pueblo, en cuyos claustros se celebraban los mercados, a cuyas puertas se coronaban los Reyes, y se sentenciaban los pleitos, delante de la grandiosa escena del juicio final, que es la mejor garantía de la justicia; era también la escuela pública en donde se aprendían todas las humanas disciplinas, empezando por la Aritmética, cuyos números tenían significación simbólica, y terminando por la Teología, que se enseñaba públicamente, leyéndola el Maestrescuela por oficio y oyéndola todos, sin matrícula, gratuitamente, sin exclusión de sexos ni edades, sin preeminencias de clase o de la sangre.

A la Catedral iban los peregrinos, que eran los viajantes inconscientes del progreso artístico, trayendo y llevando novedades arquitectónicas, escultóricas o pictóricas, contando lo que veían y oían en todos los países, curioseando según sus aficiones, llegando a tal extremo el afán reporteril, que los gremios tuvieron que abroquelarse en vida secreta para que sus planos, sus conocimientos, los instrumentos del arte, no fueran patrimonio de todos, entonces que las patentes de invención no estaban cobijadas bajo la sombra del derecho internacional.

A la Catedral iban los guerreros a depositar ante el altar de Santa María los trofeos de victoria o los estandartes rasgados en la pelea, para cumplir votos hechos en trances apurados o promesas hechas antes de partir para el teatro de la guerra.

A la Catedral se ofrecían artistas por sport; Maestros que no sabían lo que era el salario; monjes de vida errática que sabían cantar en el coro y manejar el cincel con singular maestría, peones que cuando el señor no los necesitaba para la guerra, solicitaban permiso para trabajar en las canteras, para acarrear materiales, para construir andamios, para los menesteres humildes de la obra, que era de todos, porque todos contribuían a ella por el placer de ganar indulgencias para el alma, o para matar la ociosidad, atrofiadora de músculos y enervadora de voluntades.
Continúa en página 14


Página 17:
… El culto cristiano necesitaba otros horizontes; más luz, más poesía, más arte, y lo que se contaba de las mezquitas de Córdoba y de Damasco excitó la envidia en los arquitectos que no podían conformarse con las formas Románicas demasiado robustas, demasiado oscuras, demasiado atadas a la inspiración tradicional.

Los espíritus al cielo; caldeados los corazones por el misticismo religioso, idealizada la anatomía del cuerpo humano, idealizada la anatomía del cuerpo humano, la imaginación popular en erupción volcánica, niveladas las clases con la democracia gremial, necesitábase un templo para todos, sin más privilegios que los de la virtud, sin otras jerarquías que las que encumbra el Sacramento o eleva la santidad. Un templo bañado de luz, tan alto de bóvedas como los anhelos de todos, cuajado de símbolos, como la vida cristiana, con torres como agujas que mirasen al cielo, representando, según Durand, escritor del siglo XIII, a los obispos y predicadores, que deben elevarse sobre todo el edificio de la iglesia, como modelos perennes, siempre a la vista de los fieles.

Así nació la Catedral. Nadie conoce a los primeros arquitectos, que no se cuidaban de esculpir sus nombres, porque bastaba que los conociese el pueblo, y aspiraban a que sus nombres fuesen escritos en el libro de la vida. Sólo la gloria del cielo les espoleaba.

Todas las catedrales nacieron a impulso de la necesidad cultual. Un templo para todos los fieles, un museo para todas las artes plásticas, una casa de oración alegre y risueña, como pórtico de la gloria; he ahí los motivos que engendraron a las catedrales. En la historia de todas arde pródiga la mano del rey, la generosidad de la nobleza; en todas, menos en la de León, en la cual sólo el clero y el pueblo se bastaron para empezar, continuar y concluir una obra que no ha sido apreciada en valor, ni tasada en su coste, ni comprendida en su ejecución.
Continúa en la página 18

***

Página 21:
Lector; si este libro logra interesarte, es que la Catedral leonesa tiene encantos que no puede encubrir la pluma tosca del autor.


Comienza el libro describiendo al que no puede ser otro mas que el mismo autor D. José, que aquí se autodescribe como ¨el Cura viejo D. Juan¨

Pulchra Leonina, comienzo del libro

Pulchra Leonina, comienzo del libro

Pulchra Leonina

Se le veía todas las tardes, a la misma hora, salir del Seminario, embozarse en el manteo de paño, atravesar la plazuela y pararse a mirar la soberbia fachada de la Catedral.

 D. JOSÉ GONZÁLEZ FERNÁNDEZ

Era un Cura viejo, de nariz remangada bajo de estatura, que miraba como absorto la fachada, murmurando palabras incoherentes, riñendo a solas con las dormidas estatuas o dejando escapar por entre los pliegues de sus labios gruesos, sonrisas francas y espansivas. El mirar de sus ojos sombreados por sus largas pestañas era intenso; escudriñaba los detalles de la portada con paciencia de avaro; contaba los escudos de Lara, sembrados en todo el edificio con tanta profusión como los de León y Castilla; medía las dimensiones de las estatuas y la ornamentación del tímpano y la altura de las arquivoltas quebradas en ojivas desiguales; contemplaba estático la imagen de la Blanca, que tenía la virtud de desarrugar el ceño del Cura, y sin hablar con nadie, ni reñir con los chicos que jugaban a la pelota contra los muros sagrados, salía del atrio, atravesaba lento y perezoso la plazuela y escondía por una calle estrecha y torcida.

Los monagos y sacristanes de la Catedral contaban las cosas de aquel Cura viejo eran celebradas por los estudiantes de Seminario y por los curas de la Diócesis, que casi todos habían sido discípulos suyos.

-Es don Juan, – decían los monaguillos; – cuando vienen los Reyes y los personajes grandes a ver la Catedral, nadie sabe enseñársela más que don Juan; y ¡qué mal genio tiene!

Hace pocos días vino un señor de Madrid a quien acompañaban el Gobernador y el Alcalde de acá, y don Juan iba diciendo y explicando todo lo que visitaban; al entrar dentro y dirigir la vista hacia la nave, con la vista cuando se mira el sol de mediodía, dijo el forastero: ¨indudablemente es francesa¨, y don Juan estrujando entre sus dedos el sombrero, tartamudeando de coraje, le interrumpió: ¨Usted es un majadero: ni conoce las catedrales francesas, ni sabe lo que  es esta¨, y sin acertar con la puerta y pisando el manteo, me dijo a mí, ¨¿qué te parece? ¡qué imbécil! ¡y es académico de San Fernando!¨

Esta primavera, por Mayo, cuando vienen los extranjeros y se cae alguna propina, se le acercó uno que parecía inglés y le dijo: ¨¿tendría usted, Padre, la bondad de decirme cuál es la hora mejor para ver la Catedral?¨ y don Juan terció el manteo, abrió los ojazos, que le relucían como ascuas y le contestó: ¨¿Padre? Será V. si tiene hijos, a mí no me insulta V.¨; faltó poco para empezar con él a bofetadas.

Tiene muy mal genio, pero sabe de memoria toda la Catedral con figuras y todo.

Lee los libros del archivo como si fueran de imprenta, y cuando está de buen humor, da gusto oírle. A veces nos pregunta a nosotros qué nos parece de algunas figuras, y se ríe con todas las ganas.

Me intrigaban las noticias del monago y me decidí a abordar a aquel hombre sombrío aun a peligro de recibir una bofetada, o al menos un repulsa. Yo sentía pasión por conocer la Catedral, sentía la impresión de la belleza, pasaba horas largas mirando los arbotantes y botareles, contemplando las estatuas de las portadas y de los sepulcros, pero no saboreaba ni entendía los adornos de aquella beldad que me atraía y me fascinaba. ¿Qué mejor cicerone que aquel Cura viejo que tanto sabía?

Una tarde me acerqué a él y le dije: ¨Soy un enamorado de la Catedral¨; Las bellezas del conjunto, las disposición del edificio, las esbeltez y aire de las bóvedas y de los muros, con los ojos de la cara se ven, pero hay aquí otras bellezas que admirar; los símbolos y las estatuas, el mismo equilibrio son una esfinge tentadora, el sistema de fuerzas distribuidas interiormente; los muros de papel, los botareles empinados, altivos para recoger el peso de las bóvedas como cirineos caritativos, los ábsides que parecen moldeados en cera, el crucero que semeja un bosque salvaje con los nervios entrelazados como las ramas de los árboles, de todo eso quisiera saber algo: y luego la historia del edificio que debe interesar como un novela, instruir como una novela, instruir como un canto de gesta y deleitar como un fragmento de romance.¨

Me miró el viejo con aquellos ojos profundos, nerviosos, que revelaban recelo o escarmiento, y me dijo:

-¿Quién es V.? -Soy, – contesté, – un alumno de la Escuela de Arquitectura, algo soñador y poeta, que he venido a León, a eso, a ver esta maravilla, y a estudiarla sin escatimar el tiempo ni regatear las horas de trabajo; conozco casi todas las catedrales del extranjero y de España; en ninguna he hallado los enigmas que en esta; a pesar de la luz que por todas partes la baña, tiene esta Catedral un no sé qué de misterio y de atrevido que resulta un tipo, no sé si exótico o indígena, que no se parece a ninguna de las extranjeras ni tiene parecido con las de nuestra patria; ¿quién la trazó?

Los monagos me han dicho que V., Sr Cura, sabe de esta Catedral lo que no sabe nadie; ¿tendría la fortuna de ser su discípulo?

Me volvió a mirar el viejo, se embozó con el amplio y pesado manteo de paño, y disponiéndose a marchar, me dijo:

Parte del ´curriculum vitae´ del autor D. José?:

-Hace cincuenta años que soy profesor en el Seminario; apenas he salido de León más que para viajes de estudios artísticos; conozco casi toda Europa y la mayor parte de las poblaciones de España, estudié para comparar y para comprender esta Catedral; leí los libros de actas del Cabildo y las historias y crónicas del antiguo reino de León ¡asómbrese V.! ni un día dejo de visitar esta maravilla del arte y todos los días estoy aprendiendo; es inesausto el tesoro que aquí se encierra. Si V. quiere, nos citaremos aquí, hablaremos un rato, veremos lo que necesita V. ver y discutiremos y hasta reñiremos sobre teorías y sistemas que por ahí andan apadrinados por los que se llaman sabios e instruidos.

Un día cualquiera el la vida de D. José? (a los 70 años de edad):

A las cuatro de la mañana, digo misa en todo tiempo; a las once, visito el museo provincial, que es digno de verse, como a las dos, como castellano viejo, duermo media hora, y de tres a cuatro de la tarde, doy una conferencia a mis discípulos sobre historia y arqueología; de cuatro a cinco, me tiene a su disposición, menos los jueves y domingos, que puedo acompañarle desde las tres a las cinco. El resto del tiempo, lo necesito para mis rezos y para mis estudios.

Y se despidió de mí, contra lo que esperaba, afectuoso y risueño.

Acepté su ofrecimiento y me dispuse a estudiar preparando una serie de preguntas que habían de descortezar el carácter duro de aquel Cura hasta descubrir la mina de sus conocimientos que estaba a flor de tierra para los que la buscaban sin pretensiones ridículas, sin teorías extravagantes, que para don Juan eran siempre provocadoras.

Tratándole como le traté yo por espacio de cuatro meses, llegué a robarle, en su casa, algunas horas de trabajo y de estudio, durante los cuales dejaba asomar en las conversaciones toda su alma infantil y sencilla. Era de acero en sus opiniones políticas y científicas, no cedía jamás un palmo de terreno al adversario; tenía contrastadas sus opiniones con las enseñanza de la historia y había que oírle hacer síntesis de crítica histórica como un inspirado, para quien el tiempo viejo no tiene escondrijos ni nieblas; todo lo veía con claridad, Papas, Reyes, Obispos y Monjes, pasaban por el Tribunal de su erudición y para todos tenía sentencias irrevocables, para todos guardaba juicios acertados u opiniones razonadas.

La historia de León le era familiar, su memoria fresca y lozana, su entendimiento robusto y escrutador, su paciencia diamantina para el estudio y para el trabajo, su amor por las cosas de su tierra, del antiguo reino de León, habían logrado hacer de don Juan un sabio completo para quien las ciencias y las artes habían franqueado el templo del saber.

Si era irreductible en algunas opiniones y se abroquelaba dentro de su juicio en cuestiones políticas y artísticas, era porque había formado sus opiniones a fuerza de meditación, comparando, analizando, escudriñando pormenores y detalles para llegar al conjunto completamente documentado, sin olvidar un solo pertrecho para discutir y razonar sus ideas. Así era de exacto y de minucioso en las citas de nombres y de fechas, en las afirmaciones y en las negaciones; y hasta la dudas las expresaba con tales matices, que quedaban siempre nivelados el pro y el contra, sin ocultar las manchas en lo que él más amaba, sin abultar los defectos en las cosa o en las personas hacia las que sentía repugnantes.

Tenía que ser sincero aquel hombre, a juzgar por la forma con que hablaba y proponía las cuestiones. Sin ponderármelo, sin decírmelo, comprendí que vaciaba en mis oídos todo cuanto sabía, por un procedimiento sencillamente pedagógico y racional, comenzando las cosas por el principio, ascendiendo en ellas paso a paso hasta encumbrarlas y resolverlas.

-Conviene,- me dijo en la primera conferencia – que estudiemos el suelo de la Catedral, luego hablaremos de los muros, y del techo, y por fin, después que tengamos completo el edificio nos ocuparemos de los adornos, del moviliario, de todo lo que es accesorio, pero que integra y completa la Catedral en todas las manifestaciones artísticas. Lo principal es la arquitectura; luego la escultura, la pintura, la heráldica, la epigrafía, la paleología, la cerrajería, la vidriería, son hermanas menores que acompañan dignamente a la ciencia de Vitrubio, son doncellas que pregonan la riqueza y elegancia de la reina a quien sirven, llamando también ellas la atención por sus atavíos y por el aire y garbo con que van vestidas.

D. José comienza a describir la Catedral desde su base:

Primeramente, el suelo de la Catedral, es un suelo privilegiado. En él están frescas e imborrables las huellas de tres g randes civilizaciones, la civilización Romana, la Románica y la Ojival. Sobre él se levantaron las Ternas de Diocleciano; sobre él se alzó la Basílica de Ordoño II, y sobre las ruinas de estos monumentos se yergue airosa y esbelta la Catedral que admiramos.

No era ya León en tiempo de Diocleciano el campamento militar de la Legio VII, fuertemente amurallado para tener a raya a los levantiscos Astures que soñaban con la venganza de la destrucción de Lancia; era ya una ciudad civil encerrada en un rectángulo sexquilátero de 380 metros de ancho por 570 de largo, con cuatro puertas defendidas por robustas torres, cerca de las cuales, se construyeron templos y monumentos votivos a Diana y otras deidades, y palacios para la residencia del Legado Augustal.

La población civil creció al amparo del campamento; siendo en el siglo III una de las Ciudades más visitadas por los Romanos y más famosas por los nombre de personajes que dieron su sangre por la idea cristiana.

Como V. sabe, las Termas eran después de los templos, los edificios más suntuosos, quizá tan artísticos como los templos mismos, pero desde luego tan amplios, tan cómodos, que satisfacieran a las exigencias más exquisitas del gusto Romano.

V. que es poeta, evocar aquellas costumbres refinadas de lujo y de molicie, oír el ruido de los Cursores que se adelantan para anunciar la llegada de un personaje invitado a los baños, percibir el sonido de las cadenas que arrastra el janitor al abrir la puerta, ver a los Velarii que ladean las cortinas que dan acceso al atrio en donde están las dos filas largas de silenciosos e inclinados esclavos, por entre las que pasa el huésped; percibir el crepitar de la leña con que calientan los hornos los Fornocatores; el olor de perfumería que preparan las Unctores para ungir el cuerpo depilado por los Alipiloe. Aquí puede V. Ver el plano de todas las dependencias; el Frijidarium de jaspe bruñido, el Natatorium circular y espacioso; el Apodyterio para desnudarse, cuajado de espejos; el Lacónico saturado de vapor de agua, impregnado de esencias; el Tepidario con grifos para el baño de placer; a los lados de Exedras con suelo de mosáicos, las bibliotecas con cómodos asientos, donde los críticos u ociosos discuten al poeta de moda o a la actriz de fama, las galerías sembradas de estatuas, los juegos de gimnasio, de bolos y de pelota, donde los jugadores atruenan con sus riñas y discusiones; en las afueras, los jardines con surtidores de agua que para todos daban los caudales del Torío, encauzado a cinco millas de León.

Afortunadamente para la moral pública, pronto el suelo de estas termas fue convertido en templo del Dios verdadero, dedicado a la Virgen, y las obscenidades de los baños fueron sustituidas por el culto cristiano.

Cuando se comenzó la actual restauración, yo mismo recogí multitud de ladrillos con el sello inconfundible de Legio VII y en los cimientos subterráneos, hay empotradas piedras rotas y fustes truncados que procedían de las construcciones Romanas. Varias cañerías están intactas, salvándose, por fortuna, de las acción demoledora del tiempo mismo.

No necesito, por tanto, decir a V. que el suelo de esta catedral es artificial.

-¡Qué lástima!- me atreví a replicar por primera vez al viejo Catedrático.

-Podía haberse levantado este edificio en otro suelo, y así se hubiesen conservado riquezas artísticas de gusto clásico. ¡Cuántas estatuas que recibieron incienso, están ahora empotradas y perdidas para el arte!

¡Cuántas pinturas murales y mosáicos podían haberse salvado de la roña del tiempo! Yo no creo en la incompatibilidad del arte gentílico y el arte cristiano, porque sobre la frente de los Médicis brilla la aureola de la fe esplendente y pura que no se contamina; al contrario, se eleva más y se engrandece al contacto de ambas inspiraciones, la pagana, que es todo alegría y vida y la cristiana, que es idea y espíritu. Si el Coliseo de Roma se conservara como en su tiempo de Majencio, brillaría más el Vaticano, y quisiera yo poder comparar los pórticos de Atenas y de Corinto como las exquisiteces de Fidias y de Lisipo con las portadas soberbias de Chartes o de León.

Nos han dicho que el arte clásico llegó a la meta, y es que no conocemos de ese arte más qué ruinas, y las ruinas poseen el misterio de encantarnos y de atraernos.

Es una lástima que para estudiar el arte Romano, tengamos que ir a los Museos.

¡Unas termas de Diocleciano en León!

-¿Y quién las destruyó? ¿Cuándo desaparecieron?

Don Juan me miró con aquellos ojos hundidos en las cuencas oscuras y profundas, silabeó tartamudeando unas frases sin sentido, y comprendí que en su interior me daba la razón, aunque sus labios de rebelaban a expresar el pensamiento quizá atrevido que vibraba en aquel cerebro robusto y lleno de ideas.
Continúa en la página 34

II

Cómo describe D. José el cierzo otoñal:

 Página 39
… El cierzo jugaba, en la plaza, con las hojas de los árboles: las arrancaba, silbando, de las ramas; las arremolinaba, las levantaba, las dejaba otra vez que se posaran, rendidas y marchitas en el suelo; las azotaba contra los muros de las casas, cayendo lánguidas y amarillentas sobre la arena de los paseos, de donde eran barricadas por el jardinero, sin consideraciones a su antigua pompa y verdor.

Era aquella labor de cierzo ingrata y cruel; en la primavera le gustaba besar los capullos henchidos y blanquecinos, las yemas entreabiertas y as hojas arrugadas y vírgenes para saturarse de aroma y lucir perfumes por las calles y por los campos; le gustaba gemir como un enamorado entre las ramas y las hojas; refrescarlas y orearlas para que el sol no las marchitase al nacer; vivir juntos como los niños sin malicia, contándose como amigos ternuras y amores, diciendo él los rigores del invierno, las escarchas blancas y frías que entumecen y hielan, hablando ellas de las primicias de la vida, naciendo entre flores, creciendo entre besos de sol y con jugos de la madre tierra, y así pasaban juntos los días de primavera como dos enamorados, y juntos vivían en el estío, porque, aunque el cierzo se enojara y riñera alguna vez con las hojas, ya eran éstas talladas y robustas para resistir las furias del huracán doblándose y agachándose, encogiéndose y ladeándose hasta que la tormenta pasaba, y huía el cierzo vencido:

Pero en otoño el cierzo era descortés y atrabiliario; rasgaba y quitaba a los árboles el manto de esmeralda, robándoles la realeza y desoyendo los gemidos de las hojas, que al desprenderse de las ramas, gemían y lloraban como moribundos en agonía violenta.

No había disculpas para aquella conducta del cierzo que se ensañaba con las hojas mustias y si aroma, manchándolas con el lodo de las calle y zarandeándolas como juguetes que perdieron los primeros encantos.

Aquella tarde estaba el viento furioso; azotaba los hastiales de la Catedral como si quisiera jugar con ellos como con las hojas; se metía por los calados de las torres, produciendo sonidos fúnebres, ecos lastimeros como de almas en Pena; salpicaba, con polvo, las imágenes sagradas del templo; hacía temblar las vidrieras de los muros y traía a la veleta como una loca, y presa de convulsiones, girando a derecha e izquierda, sin darla reposo sin sosiego, como a un gimnasta ebrio.

Además de furioso y encoraginado, estaba el viento frío y húmedo; venía disipando como una flecha desde las montañas, y como un látigo hería la cara, penetrando en los pulmones, sutil y delgado, como huésped atrevido y molesto.

Las beatas salían de la Catedral se arrebujaban la cara y recogían la punta de las mantillas, que se himchaban alrededor del cuerpo como odres de figura irregular; no cuchicheaban delante de la Blanca, y salían presurosas y ligeras, atravesando la plaza sin mirar para los lados; los canónigos huían cabizbajos y mohinos sin hablar con nadie, embozados en el manteo, remando, con la cabeza inclinada, contra el viento.

Era el cierzo de aquella tarde el heraldo del invierno tempranero; traía de vez en cuando chispas de nieve, dura como granizo y fría como escarcha; empujaba de Norte a Sur, unas nubes plomizas, grises, deshiladas que se abrían y difundían, desapareciendo en el horizonte limpio y segado de Castilla, como fantasmas medrosos; el sol se ponía rubio y chispeante, muriendo entre celajes encendidos de púrpura, como en señas de guerra, a última hora, cuando tenía él que ausentarse para dar calor y vida a otras regiones, en donde le esperaban los pájaros y la aurora para alegrar su llegada con cánticos y con colores.

Don Juan era insensible a aquel cierzo frío y malhumorado; por dos veces le indiqué el temor de que su salud de 70 años se resintiera con algún catarro pulmonar, y más que caridad ajena, sentía yo el miedo a mí mismo, porque ni mis bronquios estaban avezados a aquella respiración helada, ni mis carnes encogidas y ateridas eran capaces de sufrir los enojos y flagelaciones del cierzo.

-¨Podemos pasear por el Seminario¨, me dijo D. Juan-; y…
Continúa en la página 42

En la página 45 continúa describiendo el otoño:

Las hojas de los árboles de la plaza revoleteaban confusas y marchitas sobre el pavimento del atrio; crujían bajo nuestros pies con chasquidos de muerte, y se pegaban a los vestidos como si buscaran un asilo contra las iras del viento. Otras veces volaban, en remolinos, hasta descansar en las cornisas del muro y se quedaban agazapadas y medio ocultas entre las oquedades de la hojarasca, que adornaba como follaje en florescencia los tímpanos y gabletes. Allí se cobijaban junto a sus hermanas, insensibles a los besos del cierzo y a las risas del huracán.

Los cuervos de las torres graznaban quejumbrosos y lastimeros, como si auguraran las primeras nieves, y el cierzo fingía, al pasar por los calados y chapiteles, todos los sonidos del pentágrama. Silbaba como una flauta, mugía, gemía, lloraba, cantaba, sin dar tregua a la veleta, que giraba como una loca, ni reposo a las hojas anémicas y amarillas, cansadas de tanto batallar y sufrir.

Y D. Juan seguía a sus 70 años hablando de la Catedral con los bríos de un joven, sin que en aquella cara rugosa y flácida se notaran los efectos del cierzo, entonado himnos a la belleza y al arte con la entonación de un visionario, redondeando períodos grandilocuentes como si estuviera en un Ateneo.

-En todas las catedrales palpita la devoción a la Virgen – dijo; – pero en esta, no hay piedra que no sea un cántico a la Madre de Dios. Aquí abunda la Virgen románica sentada de frente, en actitud de mirar al pueblo, con el Niño sobre las dos rodillas bendiciendo con dalmática o lacerna, algo rígidas las figuras, pero respirando candor e inocencia. Es la Virgen de ejecución tosca y embrionaria, propia de aquellos tiempos azarosos e intranquilos en que eran imagineros los monjes y no tenían otro tipo de la Madre de Dios que aquellas imágenes visigóticas enterradas en los primeros siglos de la reconquista, parecían a los fieles bellísimas y milagrosas…

Catedral de León. Punchra Leonina. Vidrieras

Página 45
… las vírgenes ojivales son más bellas, más hermosas, más expresivas, pero unas y otras responden perfectamente al estado social. Las unas, por lo mismo que son algo ceñudas y rígidas, son típicas de los tiempos en que se temía que fuesen pronto una realidad los vaticinios apocalípticos, tiempos en que eran así las costumbres, ásperas y duras, toscas y rígidas, y el culto que siempre se ha teñido con los colores del vivir social, que es el mejor espejo para retratar hábitos y usos, no pudo menos de ser como eran los tiempos, como eran los hombres, como eran las costumbres. Una Virgen acicalada, de manos torneadas, de cabellos blondos, de cara redonda y de ojos intensos, no podía ser la Virgen que habían de adorar gentes que vivían entre el fragor de las batallas, o a quienes la penitencia y el dolor eran familiares. Como los Cristos tenían que ser las Vírgenes, y los Cristos románicos tienen semblante duro, los músculos contraídos, los miembros desproporcionados, la mirada severa, como de juez en tribunal, abiertos los ojos como mirando las propias heridas causadas por los hombre, extendidos los brazos largos y huesosos para abrazar a los penitentes y a los arrepentidos.

Así eran las Vírgenes: algo duras y ceñudas de cara, pero de mirar tierno y compasivo, animando a los pecadores y dirigiendo la vista hacia el Niño en solicitud de súplica por los dolores humanos…

Página 46
Tiene la historia leonesa una laguna que no ha podido llenar con fechas ni con nombres, pero laguna fecunda en acontecimientos, abundante en sucesos intervenidos directamente por la Madre de Dios.

¿Por qué León no suena en los días de la irrupción bárbara? ¿Por qué los Visigodos luchan y triunfan, desmantelas ciudades, arrasan castillos, saquean e incendian y León se vió libre de este azote?…

… Desde el siglo IV hasta e siglo VIII apenas sabemos de León otras noticias que las que el culto nos indica y la arqueología nos descubre.
Continúa en página 48

En páginas sucesivas D. José relata los orígenes de la Basílica, templo de Ordoño II románico de tradición bizantina, afincada a la Catedral… monumento casi todo del siglo X… 

III

D. José describe su habitáculo? (el aposento de D. Juan en León) 

Página 54
La casa de D. Juan era una modesta casa. En el gabinete, estaban sin simetría los severos y arcaicos muebles, pero todos llevaban el sellos del arte o de la vejez, obscuros y ahumados como muebles de museo, adquiridos con afán, y colocados sin orden, al desdén los cuadros de las paredes, fragmentos de tapices, apolillados y agujereados, colgando de escarpias roñosas y oxidadas; las sillas de cuero repujado, la mesa de roble sostenida por columnas lisas, los bargueños cuajados de incrustaciones de nácar y de figuras de labor finísima; las vitrinas de vidrio blanco, cobijando arquetas góticas, crucifijos bizantinos, colecciones monetarias completas e historiadas; los armarios de nogal con remates elegantes y artísticos, guardando preciosos incunables y colecciones primorosas de vitelas de letra gótica; toda la habitación tenía al aspecto monacal, como severa y tranquila mansión de un hombre que hacía de la antigüedad un culto y del arte una profesión mansa y reposada.

Allí pasaba D. Juan horas largas de estudio de meditación, entretenido a ratos como un avaro contando monedas romanas, deletreando los monumentos paleográficos, riyendo a solas con aquellos testigos mudos de los pasado, a los cuales arrancaba él, con paciencia benedictina, secretos y flechas, nombres y recuerdos.
Continúa en página 54 

Página 71
¡Y a aquel hombre le ví rematar un Niño Jesús diminuto, risueño, con un mirada dulce y fascinadora, capaz de derretir los hielos de la indiferencia; un Niño para la Virgen en actitud de recibir a los Reyes Magos, de bucles rizosos, pero sin afeites, de cara redonda, de líneas suaves y correctas!

Llevé a D. Juan a ver el milagro, porque milagro era para mí que el Francés tuviera en la imaginación tanta ternura y delicadeza y que su alma negra y amarga pudiera exudar, exprimida por el genio, aquella imagen devota y espiritual, candorosa y atrayente.

El poder de la imaginación

 -Estos hombres – me dijo el Catedrático – tienen la masa encefálica a doscientas atmósferas; vibran los nervios en tensión contínua, y la loca casa, como llamaba Teresa a la imaginación, está en perpetua período de locura. El alma del artista es como el paladar; los excitantes obran en ella, impulsándola como a una máquina, y las ideas del Francés son la mejor mostaza para su cerebro enfermo y desequilibrado. La piedad y la devoción también son excitantes del alma. ¿Qué mejor horno para calentar la imaginación que la mística? ¿Quién ha columbrado las perfecciones del ser infinito mejor que Santa Teresa? ¿Quién paladeó el dulce reposo en el seno del amado mejor que San Juan de la Cruz? La piedad y la devoción se inspiran en el amor; …
Continúa en la página 72


La Virgen del Dado

Página 95
A lo que Sauria, que es devoto, no se puede acostumbrar es a mirar de hito en hito a la Virgen del Dado; la tiene miedo.

-Y eso ¿por qué? – pregunté yo. – Sauria se sonrió maliciosamente, asomó un carmín vergonzoso a su rostro arrugado por los años, y se fue separando de nosotros lento, cabizbajo, contrariado.

-La Virgen del Dado tiene una leyenda trágica – me dijo el arquitecto -: la escultura de la capilla es expresiva, pero hay que verla en las vidrieras para comprender toda la desesperación, toda la actitud blasfema del jugador que arroja a la cara de la Madre de Dios los pocos dados que no perdió, y la expresión amorosa, sonriente de la Virgen que convierte con su mirada a atrevido pecador. Obra de gran colorido, de factura irreprochable, dibujada por el Maestro Nicolás, a quien el Cabildo, agradecido por sus trabajos, no escatimaba ni regateaba cuantos elementos de arte necesitara.

La cara de la Virgen herida por los Dados, la fama del hecho que se hizo popular en León, al arrepentimiento sincero del jugador, todo contribuye a que la leyenda piadosa adquiriera relieve y se venerase a la milagrosa efigie con cultos especiales, consagrando una capilla…
Continúa en la página 97

_____________________________-

Página 100
Don Juan tenía ganas de hablar aquella tarde espléndida; en la clase no se había podido contener, y contó a sus discípulos la escena del día anterior.

-todo es cuestión de ambiente – me dijo -: cada árbol, cada planta, cada animal, necesita un ambiente; los hayedos en las laderas umbrosas de las montañas, los robledales, en las vallinas soleadas; las violetas, en los ribazos abrigados, en los recodos de los caminos, las mata el cierzo; en cambio las campánulas requieren las praderas húmedas, y abiertas las agosta el sol; el arte es la flor de la imaginación, y si la imaginación es selvática, hosca, el arte es robusto, pero frío y sin belleza; si en la imaginación hierven los amores por el ideal, si empiezan a brotar los gérmenes de la poesía, el arte es risueño, alegre, pulcro delicado y bello.
Continúa en la página 100 con una historia de la historia, sucinta y original!. Se habla también del arte ojival.


Página 154
Leía todas las noches a Cuadrado ¨recuerdos y bellezas de España¨ y aunque el arqueólogo Mallorquín no llegó a ver la Catedral tan hermosa como está ahora aún tiene su pluma poética rasgos y colores para describir la Puchra Leonina como ella se merece:

El exterior de la Catedral

Guardan su frente esbelta y sin arrugas, dos torres que nacieron gemelas, pero para cuyo desarrollo el tiempo fue desigual al prodigarlas atavíos y adornos.

La del Norte se esparrancó en su cuna, creció lisa y robusta, sin manchas en la cara, sin jibas ni escrecencias en su cuerpo; y allá arriba, cuando se dispone a recibir al sol, sin estorbos, abre las ventanas pareadas como ojos ansiosos de luz, ojos redondos sin pestañas para que pase sin sombras el azul del cielo y para que sobre ellas se rasguen otras ventanas ojivas más airosas que las primeras, pero todas hijas de la misma madre, todas ojivales.

Sobre unas y otras trepa un antepecho del que arranca la aguja exógona, guarnecidas por gallardas pilastras que hacen el oficio de contrafuertes.

La otra torre es más gentil, más airosa; se levanta del suelo adornada con zócalos, crece y se yergue esbelta, encaramada de penachos, calada con ventanas conopiales unas veces, de herradura otras, y cuanto más sube y se empina, más engalanada, ostenta la preseas con que la adornó el arquitecto. En la primera venta del Oeste se destaca la esfera del reloj como enorme pupila que se asoma para contemplar a la ciudad que rige y gobierna. Ciñen el cuerpo de la torre artísticas cornisas como lazadas amorosas que estrechan la piedra y los arcos para que no se separen, para que, como hermanas, sostengan el cuerpo de la torre que parece que se balancea al soplo del viento como una palmera cargada de frutos.

En la cornisas corren leyendas piadosas, frases marianas que pregonas el amor a la Virgen, que campea en todo el edificio. Allí se leen en caracteres góticos, que el tiempo no ha podido borrar:

MARIA – JESUS – X PS – DEUS HOMO – y Ave María gratia plena Dominus tecum.

En los lienzos libres que apenas tienen espacio, surgen doseles y peanas, pequeñas hornacinas para cobijar estatuas. Como la del Norte, también termina en calado antepecho, del que se levanta la aguja que parece de encajes, afilagranada, abriendo centenares de ojos y rematando en una colosal bola, sobre la que gira, ligera y nerviosa, la veleta, que es el mejor barómetro de León.

Ambas torres parece que están despegadas del edificio, y si no fuera por los arbotantes que las enlazan, sirviéndolas de contrafuertes, semejarían centinelas colosales y gigantescos que guardan y defienden la celda de una Virgen.

Cuadrado está desdeñoso con estas torres, sobre todo con la del Sur; dice que son menos delicadas que las de Burgos, menos grandiosas que la de Toledo, menos atractivas que las de Oviedo.

No estoy conforme; serán menos elevadas – las de León no pasan de 64´60 y 67´80, metros respectivamente -, tendrá la del Norte algunas adiciones churriguerescas que la afean, pero nada más airoso y esbelto que el talle movido y flexible de la torre del Sur. Las de Burgos son muy delgadas, por eso se las puede calar mejor; para afiligranar una torre como las de León, con un diámetro casi doble del de las de Burgos ¿qué extraño es que los arquitectos – Iñiguez mismo en el siglo XV – temieran desmacizarla demasiado, achatándola en el cuerpo superior, con miedo al desequilibrio?

Entre ambas torres campea limpio, acepillado, el hastial Oeste, surgiendo detrás de la triple portada, con un triforio lobulado, de exquisita factura, de adornos delicados y típicos como los hastiales Sur y Norte.

En medio del lienzo, el rosetón calado, con siete metros y medio de diámetro, alumbra la nave mayor; desde el arranque del triforio suben dos torrecillas de caracol, con angostas ventanas abiertas en las impostas, sufriendo el empuje del arco formero, gracias a dos arbotantes que llevan la fuerza, sin parecerlo, a las torres. Remata el imafronte en un ático con intercolumnios griegos y frisos de figuras grotescas, pero sosteniendo la estatua del Salvador bendiciendo a la ciudad.

La parte exterior de la fachada del Mediodía corresponde al cuerpo del templo hasta el crucero. Sus muros, si muros pueden llamarse a lo que no parecen más que bastidores para ajustar las vidrieras, cierran las naves derecha y central hasta el crucero, cuyo brazo derecho termina en otra portada, sobre la que se empina otro hastial parecido al de Oeste, sin otra diferencia, apenas, que la estatua de San Froilán que la corona.

El testero de la Catedral es quizá lo que mejores puntos de vista arquitectónica presenta al edificio. Hay que ver los ábsides desde lejos, subir erguidos y airosos como juegos de equilibrio, agrupándose la delgadas columnas entre las que se abren soberbias ventanas, semejando todo el testero un bosque de pináculos que se abrazan, se empujan, se inclinan y retuercen como las ramas de los árboles en un bosque bravío.

Nada he visto que se pueda comparar a esta vista fantástica, cuya sutileza y gallardía hacen concebir las manos de las propias hadas, modelando figuras, trazando líneas, haciendo milagros de equilibrio en una variedad indefinida dentro de un plano al que responden todas las fuerzas, todos los empujes del edificio.

Los ábsides semejan grutas de estalactitas, crestas de rocas nevadas que en noches de luna hacen surgir en la mente del poeta todo un mundo de enseñanzas y de visiones.

Aquellas ventanas que tamizan la luz para que el ambiente interior sea como mar revuelto por oleadas de azul y de púrpura, y por fuera reflejan los rayos tímidos que parece que temen acercarse a besar aquellos lienzos y paneles; el contraste que ofrecen los colores dibujando yerbas, arbustos y animales fantásticos; los chapiteles, que son cenefas y bordados de cera; los arcos, que son encajes festoneados con guirnalda; los botareles, que cuelgan como sarmientos de yedra tapizando los delgados muros sostenidos en e aire, sin apoyo visible; los canecillos y cornisas, que corren por las paredes formando caprichos de labores delicadísimas; las arcadas que se quiebran en ojivas desiguales; los dibujos y perfiles, y diseños y bocetos, que en competencia hacen la luz y la imaginación, traen a la memoria gigantes monstruos que arriman el hombro para que no se venga al suelo el templo, fantasmas envueltos en blancos albornoces, aves de alas enormes que giran alrededor trazando curvas y describiendo círculos, vírgenes y penitentes en éxtasis perpetuo, en adoración continua.
Continúa en la página 139


Anuncios

Gracias por comentar, añada datos. Gracias

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s