LAZO DE ALMAS

NOTAS PREVIAS: Se presentan aquí párrafos y algúnos textos que manifiestan la cultura, costumbres y paisajes de Crémenes hasta Riaño en el libro novela, LAZO DE ALMAS de D. José González Fernández, el autor.

¿Cómo era Crémenes  hace 100 años? los estudiosos del lugar encontrarán aquí respuestas varias a ésta y más posibles preguntas como:

¿Qué son las aluches, y la canaliega, y la hila… ?. Cómo describir una tormenta de verano. Cómo se celebraba la Semana Santa. Los paisajes. El cierzo. Las nevadas. Cuánta gente habitaba el pueblo de Crémenes. Etc…

______________________

1.- El Sr. D. José González Fernández es el autor de este libro bajo el seudónimo de J. Mancebo Valbuena.

2.-  Dónde diga Cisnarios, en la novela, léase Crémenes. Riángulo es Riaño, Buraón es Burón, Escobedo es Acebedo, pico Alio es el Pico Aguasalio, Riero es Campos del Arriero o Ricayo, Pedreda es la Virgen de Pereda, Rivesla es Villayandre, Parameno es Pardomino, Argamanes es Remanganes de Argovejo…

3.- Para los más familiarizados con la zona reconocerán las descripciones realistas de D. José, el autor, que denotan gran capacidad de observación; la historicidad de sus relatos – novela – suponen mucha documentación histórica estudiada, contrastada…

____________________

LAZO DE ALMAS

LAZO DE ALMAS. D. J. González. Pág. cubierta

LAZO DE ALMAS. D. J. González. Pág. cubierta

EL LIBRO:
Mancebo Valbuena, J., LAZO DE ALMAS, (paisajes y costumbres de la montaña leonesa). León, Imprenta Católica, 1936

(Nota: Al comienzo del libro, en DOS PALABRAS AL LECTOR, D. José González Fernández, autor de este libro LAZO DE ALMAS y refiriéndose también a su otro libro hermano, CUMBRE HISTÓRICA dice:

…tienen sabor perediano…(el escritor cántabro José María Pereda)

…Son dos novelas montañesas, cuyos paisajes y escenas están tomados de las cuencas del Esla. En la primera se describen los encantos y bellezas de la zona baja, desde Crémenes hasta Riaño; en la segunda, copia paisajes de la zona alta, de Pontón y Valdeburón. El choque de la vida nueva con la tradición, las escenas violentas de la revuelta del año 1917 están trazados en torno a un personaje que soñó con ser LAZO DE ALMAS, y que sufrió los desdenes, las ingratitudes de los más favorecidos. El desenlace no puede ser más oportuno: el tipo socialista muere loco rematado, y la tradición vuelve a encauzar las corrientes viejas de un pasado que todo fue gloria y progreso.

Lector: si te gustan, o si te cansan las escenas que vas a leer yo te ruego que, en medio de las emociones que sientas, te acuerdes de rogar a Dios por el AUTOR,

J. GONZÁLEZ

_____________________

Capítulo I

A medida que pasan los años, reaparecen y resucitan en mi mente los sucesos dormidos y borrosos de mi infancia. Unas veces, es la imaginación la que los viste y agranda; otras, bullen y adquieren realidad y vida, espoleados por los incidentes de una conversación, y se redondean y completan, al recorrer los parajes que fueron testigos.

Las cocinas antiguas en las casas de Crémenes. ¿Qué casa se describre aquí?

Cuando, en las noches largas de invierno, oigo los lamentos del río al rodar por la raldona de mi pueblo, presagiando tormentas de nieve, los dichos y hechos de catorce años adquieren tales formas de vida, que me parece oir el diálogo en la cocina de mi padre, y reir el chascarrillo y la alusión picante, y los cantares de las mozas, mientras hilaban, y los discursos de D. Luis a los hombres del Concejo, reunidos, más de una vez, en asamblea administrativa, debajo de aquella campana, cuyas paredes embadurnadas de sarro, relucían, charoladas, como tapices de azabache, al resplandor de la hoguera.

¡Cocina vieja de mi casona, la de escaños de roble ahumados, y cubiertos con pieles de carnero; la de pregancias de hierro con fuertes garfios en las argollas, de los que colgaban las calderas en donde cocían los gamones para los cerdos vivos, y se derretía el unto de los cerdos muertos; garfios relucientes, donde secaban las zamarras de los pastores, y los pantalones de los criados, y los chapines de mi padre! Alrededor de la lumbre, que ardía sobre losas grandes, ¡cuántas cosas se dijeron, cuántos cuentos se contaron, cuántas historias y romances se leyeron y cantaron!

Tú eras entonces las casa del Concejo, el solar de la hila, la cátedra, desde la cual enseñaba D. Luis a los vecinos toda la ciencia de que los vecinos habían menester, la tribuna en donde se discutían todas las cosas en común.

Después de muchos años de ausencia, entré en la cocina vieja de mi casa, y, en las paredes negras como tapas de ataúd, en los muebles apolillados, en la espetera vacía, leí toda la historia de mi infancia y, al sentarme en los escaños fríos, removí con la punta del bastón, las cenizas del llar, y se descorrió, en mi memoria, la cortina del tiempo, y apareció desnuda, dibujada con colores de tragedia la figura de mi padre. Lloré, y D. Luis, que estaba a mi lado, fue rellenando con los materiales que guarda en su memoria fresca, los vacíos que el dolor y los años habían dejado en la mía.

¡Cuántas veces, me decía D. Luis, venía yo a esta cocina, y ahí en el rincón de ese escaño, estaba tu padre haciendo cuentas, a la luz del candil, las mugrientas gafas montadas sobre su nariz chata!; y ella, tu madre, de frente en la cabecera del otro escaño, hilaba lino de sus linares, o lana de las sus ovejas, mirando y cuidando de los pucheros que hervían alrededor de la lumbre, preguntando a los pastores por los ganados suyos y por los ajenos. ¡Qué mujer aquella!

Tragedias. ´Sierra blanca´ donde mataron a la mujer, parece ser Redicode, a los pies de Pico Aguasalio que se describe en página 12. Y el señor, la lebaniega y el caballo, ¿murieron bajo la nieve congelados?

Cuando más fuerte era el tiroteo entre carlistas y republicanos, en el encuentro que tuvieron ahí en la sierra blanca, murió tu madre, sin tener el consuelo de oir los sollozos de su hijo que acababa de nacer.

Las palabras de D. Luis caían en mi alma , graves, solemnes, como ecos de ceremonia, como sonidos de liturgia. Sentí que en corazón, con el recuerdo de los dolores y de las penas, se me llenaba algo que estaba vacío. Y lo de mi padre, interrumpí a D. Luis, ¿cómo fue? Cuéntame aquello…

-Aquello…ni sé cómo fue, ni lo sabrá nadie, pero debió ser horrible, trágico.

Fue a Liébana, en busca de una muchacha, y al regreso, le sorprendió una tormenta de nieve, en el puerto y ¿no te acuerdas?; al cabo de dos meses apareció el caballo esquelético, con la silla debajo de la barriga, el freno puesto y las puntas de unos brezos roidos; cerca del caballo, a la vera de unas hayas copudas, acorrucada, encogida como una momia, envuelta la cabeza en un mantón de lana, estaba la desgraciada lebaniega, en actitud y postura de sueño, y tu padre en la panda opuesta, mirando ya las tierras leonesas, cayó en un bardal, y si fuerzas, quizá de noche, flagelado por la cellisca, y cubierto de nieve, sentiría, primero el cansancio de los músculos, luego un sueño dulce le sumiría en la inconsciencia, hasta que arrecido, rendido y dormido murió lejos de su casa, que tanto amaba, y lejos de ti que eras el único consuelo de aquella vida trabajada e intranquila. ¿No te acuerdas?

Tenía yo entonces el alma demasiado tierna, y los temores pasaban sobre ella, resbalando, delante de las esperanzas, sin que de uno ni de otros quedara huella ni rastro.

¡Pero ahora! Reviven lozanos y pomposos, impresos y sellados de tal manera en la memoria, que hasta incidentes sin importancia, recuerdo con precisión. ¡Coincidencias que se dijeron, en aquella noche, en que ya desconfiaban todos de la vida de mi padre!

El criado entraba y salía, como presa de honda preocupación, y con voz entrecortada decía: ¨¿Qué será del amo?¨ Y volvía a encender el farol, salía al corral, sacudía una madreña contra la otra, y, al volver a la cocina, meneando la cabeza dijo: ¨La raldona está ronca; ¿Qué será del amo?¨

Recuerdo que al día siguiente, que era domingo, durante la misa, después del sermón, el señor Cura, vuelto de cara al pueblo, rogó a los fieles que rezaran tres Padrenuestros; uno por la benditas almas del Purgatorio, otro por las necesidades de la Iglesia y del Estado y el tercero por los viajeros que estén, quizá, perdidos en la nieve, acaso luchando entre la vida y la muerte, con ventiscas y torbellinos.

¡Y en aquellas horas era yo un huérfano, un vástago sin sombra, un heredero sin tutor, un amo sin mando!

-Después…, me dijo D. Luis, te sacaron de aquí como un pájaro que trasladan de nido, tus tíos de la Mancha, hermanos de tu padre, te encerraron en un colegio; me nombraron administrador de tus bienes en la montaña, y lo demás, hasta ahora, que vuelves a tu casa con las carrera de ingeniero de Minas terminada, con las ilusiones de veinticuatro años, con cosas íntimas que no hemos de tratar.

Por mis parientes de la Mancha supe después que mi padre había ido a la montaña leonesa olfateando el estado financiero de un mayoral rumboso y jugador, y llegó a tiempo para quedarse, en concurso de acreedores, con la casa y unos prados del mayoral. Y en la montaña se quedó, prendido el corazón en las raíces de los prados, y en las zarzas de unos amores raros y tormentosos que le costaron muchos cuartos y muchos disgustos. Precisamente había sido D. Luis quien tonificó y ordenó la vida de mi padre hasta conseguir que mudara las costumbres, y, ganada la fama, se casara con mi madre que ni era rica, ni muy pobre, ni muy guapa, ni muy fea, ni muy joven, ni muy vieja, pero buena cristiana, y hacendosa, capaz de dirigir los caudales de mi padre que ya eran crecidos, consiguiendo pronto que el manchego, algo hosco y huraño, fuera un hombre jovial y sencillo.

(Este es el final del capítulo I, en pág. 8)

__________________

Capítulo II

Un invierno en Niza y en Italia, y un verano en París y en Londres, viviendo la vida histérica, de emociones, de vértigo, visitas de academias y de ateneos, aplaudiendo en los teatros y en los parlamentos a las cumbres de la escena y de la tribuna, gastando nervios, dejando huellas en el lodo social, y escarbando en las últimas capas de la charca cosmopolita, solo lograron producir más sed en mi alma, más ansias en mi corazón y más ilusiones en mi mente.

De vez en cuando recibía cartas de mi pueblo, en la que D. Luis me hablaba de mis prados, y su hija Mariluz que se había criado conmigo, me contaba la cosucas que en el pueblo ocurrían, y me animaba, con ternura de hermana, a pasar un verano en Cisnarios. (Crémenes)

La ´neurastenia rebelde´ y la terapia que sugiere el Doctor

La última carta de Mariluz la recibí en Madrid, en momentos de gran depresión física y moral. Un médico famoso me estaba tratando una neurastenia rebelde; sentía obsesiones raras, que no eran ideas; que nacían porque sí, y desaparecían sin influjo de la voluntad, para volver más tenaces, más raras, más impulsivas; yo mismo observaba que no eran operaciones mentales, que eran como parásitas del espíritu que me producían espasmos fisiológicos e insomnios prolongados. Y lo raro era que yo me daba cuenta, estaba en estado consciente, y, a ratos, si no hubiera sido la pereza mental y la abulia crónica, creería que estaba completamente bueno.

-Todo lo que Ud. tiene, – me decía el Doctor -, mientras estrujaba yo en la mano, la última carta de Mariluz, son fenómenos reflejos de apariencia mental, pero de fondo puramente somático, orgánico. Para curarse, el mejor médico es Ud. mismo. Yo le recomendaría un procedimiento que me ha dado excelentes resultados: ¨Vida de campo, a mil metros de altura, ¡en el seno de la familia! ¿No la tiene Ud.? Mejor; la crea Ud., y el remedio es infalible¨.

-Precisamente, interrumpí al médico, hace días que me llaman al pueblo; una aldea que se encarama sobre la sierra, recostándose, cara al sol; un pueblo, mitad viejo, que se resguarda del cierzo, al abrigo de enebros y de robles, y mitad nuevo, que, por acercarse al río para lavarse y acicalarse, sufre los azotes del viento y la mordeduras del río.

El autor D. José González pone en boca del Doctor el lugar ideal para curar disturbios mentales sugiriendo un entorno que conicide con el pueblo de Crémenes…

-¿Es clima de mar el pueblo ese? No le conviene. Es demasiado húmedo el ambiente y demasiado pesada la atmósfera. Necesita Ud. un pueblo, en donde haya mucha agua; pero agua que salte en arroyos, que ruja en cascadas, que se ría en los remansos; agua limpia, inquieta y juguetona, como niño travieso. No olvide Ud. las palabras del poeta montañés Escalante:

¨No hay soledad donde el agua corre, no hay tristeza donde el agua mana, no hay desierto donde el agua vive. Fecunda el suelo, despierta al alma, arrulla el dolor; es compañía y música, medicina y deleite¨. (Costas y montañas. Pág. 208)

Necesita Ud. un pueblo que tenga bosques soleados, sierras ondulantes, cubiertas de hierbas aromáticas, y, si es posible, no lejos del ferrocarril para que el aburrimiento, cuando haga presa en sus nervios gastados, desaparezca con un viaje y se disipe con el cambio de conversación. Todo esto, – volvió a repetir -, en la hipótesis de que no tenga Ud. familia, ¡ni barruntos de tenerla!, porque, en este caso, su curación es segura y pronta.

El día que llegué a Cisnarios (Crémenes) todo el pueblo me esperaba…
(Continúa el relato en la pág. 9)

_____________

Paisajes desde el pueblo de Crémenes. El rio Esla, Mataces, ´El Repetidor´, los hayedos y Pico Aguasalio (pico Alio, en esta novela), los montes de Corniero…

Página 11
A las seis me tiré de la cama, y abriendo la ventana de la alcoba, ví, debajo de los muros de mi casa, el río grande, formando espumas con los peñascos, detenerse en la tablona, como para mirar los precipicios que le esperaban, y riendo y murmurando servía de espejo a las flores de la orilla, a los fresnos del soto, al ramaje indómito de los sauces y de las salgueras. Detrás del río la vega, en donde renegraban los trigos, al balancearse, lentos y majestuosos; más atrás, el monte con sus calvas verdosas, y con sus vallinas cosidas de matas; las escobas en flor, reluciendo como ascuas de oro, en las laderas; más atrás, la sierra blanca, terminando en dientes desiguales, y cubriendo y encaramándose sobre el monte, el hayedo sombrío, formando un media concha; y sobre el hayedo, como gigantesca columna lechosa, el pico Alio, uniforme, desnudo, orgulloso, sin arbustos ni flores contra el cual se rompía el sol poniente, dorando su cabeza chata, como diadema de fuego rodeando las sienes de un gigante.

Y empecé a declamar en voz alta, una estrofa de Galán, y entré, sin darme cuenta, en el corredor, y otro paisaje robusto, variado, se ofreció a mis ojos. Debajo, el huerto, bien poblado de frutales, a continuación otra vega surcada de presas, como arterias de plata, llevando a praderas y a sembrados, el agua fecundante; después los prados que empezaban a rojear, otras laderas más suaves, el robledal coronado, por detrás de la cumbre del monte, otras cumbres más altas, otros picos más negros y el sol que empezaba a quebrarse y agazaparse, despidiéndose perezoso de aquellas alturas, que no cesaba de besar con haces de chispas moribundas.

-La vida exclamé,- asustando a D. Luis y al cura que me veían y escuchaban en el corral -, la realidad, la belleza pura y soñada, e ser de los poetas, la naturaleza virgen, sin embelesos ni coberturas artificiales, y con los brazos abierto, como un loco, continué con el poeta:

La tarde moría,
y, a medida que el fuego se apagaba,
del sol fecundador, que ya se hundía,
el monte melodioso se animaba.
La vega se reía;
se cargaban los aires de rumores,
y temblaban las hojas de alegría
y en atmósfera azul, rica en fulgores,
la luz crepuscular se derritía…

¡Solo de la tarde hay en el mundo
Que se pueda llamar bella agonía!

Me despertó del éxtasis la voz de D. Luis, que entre burlona y satisfecha, me dijo:

-Baja, baja del corredor. Con poco te entusiasmas. Que eras algo tocado de la poesía, ya lo barruntaba yo, por tus cartas; pero, que te entregaras con tanta facilidad, como mozalbete que siente los primeros amores, a esos paladeos y dulzuras de la imaginación, mas creo que sean fruto de la neurastenia que padeces, que no sentires hondos de una belleza que no tiene nada que ponderar. Os hartáis con poco los señoritos; tenéis escasa capacidad estética.
Continúa en la página 13

__________________

Página 23
Nos sentamos junto a una fuente, cuyas aguas bajaban con prisa por entre raíces, hasta el rio grande.

-¿Ve Vd. – le dije – como se mezclan las aguas de la fuente con las del río?

Escena en Las Fuentes al lado del rio Esla, en Crémenes

Me replicó con energía:

-Pero las aguas de la fuente son siempre limpias, y las del río son muchas veces turbias. ¿Me entiendes? Déjate de imposibles. Mira, mira el río, como brama y forcejea por romper los peñascos; como se detiene, a ratos, para cobrar nuevas fuerzas, cómo se encoge, como una cinta bordada con encajes de espuma, y se ensancha y tiende, después, sin lomos, ni rizos, sin líneas. A fuerza de siglos labró sobre las rocas, un lecho de jaspe, amontonó, en el fondo limpio y aseado, cuarzos y sílices, cristales con vetas de dolores finísimos, manchones de cinabrio, óxidos de hierro y sulfatos de cobre. Obra delicada que los orfebres no han podido imitar con mosaicos y arabescos. ¿Y la formación de las peñas que sirven de muros al río?

Algo sangriento ocurrió en el Pozo del Sedo

A la izquierda, sobre la sierra vestida de robles y de enebros, se tienden las praderas anchas, tupidas, en medio de las cuales abre sus fauces irregulares la sima famosa del SEDO, en la cual fueron arrojados los últimos franceses que se rezagaban en la guerra de la independencia.

Le salían pausadas las palabras a D. Luis; hablaba por distraerme y por ahuyentar de su imaginación la idea aquella que, a fuerza de metáforas había querido incrustar yo en su cerebro. Rebrillaba el sol en las crestas de Alío; chirriaban los carros cargados de heno; un rebaño de ovejas salpicaba las colinas a cuya falda se recostaba Cisnarios; la tarde fresca, alegre nos contagió de optimismo y en la cara del padre de Mariluz sorprendí una de aquellas sonrisas raras, expresivas, que le habían dado fama de algo sospechoso y zorro.

La pesca de truchas con caña en el rio Esla, (antes famoso rio truchero de España)

Un pescador, con una caña muy larga y una cuerda más larga que la caña echaba bendiciones al río. Tendía la cuerda con gran habilidad y la corriente la iba llevando y estirando hasta que los anzuelos, vestidos con pluma, flotaban, semejando mosquitos inquietos que quieren volar y tienen mojadas las alas y pegadas a la superficie del río.  De repente vimos que la caña se dobla, arqueándose y temblando en manos del pescador, y que se rompía, hacia el medio, la lona tersa de agua, y empezó a blanquear un trucha prendida del anzuelo, hasta que arrastra hacia la orilla cayó, retorciéndose, en la cesta del pescador: Y luego otra, y otra… – como que la tarde está de primera, me dijo D. Luis – para los pescadores de caña. De seguro que el cura no andará lejos, porque tiene afición y… buena mano…

Llegamos, de vuelta al pueblo, entre dos luces. Don Luis me llevó hasta mi casa, y a la puerta estábamos sentados, cuando llegó don Jaime, ofreciéndome las truchas que traía, para que cene Vd. – me dijo -. Más frescas no las come el rey…

__________________

El verano y el invierno en Crémenes

Página 25
La noche estaba hermosa, solemne; acababa de posarse la luna sobre el pico de Alio; del valle salían las peñas, irguiéndose estriadas, hasta terminar en crestas hendidas por donde pasaban haces de luz que iban a morir, tamizados por las copas de las hayas, en las espumas bullentes del río. El cielo limpio, el aire fresco, la ribera poblada de ruiseñores y de tonadas de guañines que volvían del rudo trabajo y luego… la lengua del cura que se desataba en estrofas cálidas, en himnos ardientes de un montañesismo embriagado!

Me atreví a poner reparos a aquel cuadro. Hermosísimo ahora, pero, ¿en invierno?… ¡Todo este paisaje, cubierto de nieve, parecerá el sudario y la mortaja de una virgen!

-¿En invierno? Más bello si cabe, que ahora. Ya  verá lo que es la vida de recogimiento interior, expansiva; la vida de cocina, y de verdadero hogar, la de las hilas animadas, en donde se recuerdan los tiempos viejos; la vida dulce, en la que, si hay penas, pierden estas su acritud, y se evaporan con el fuego de la caridad. Si Vd. pasa aquí un año, y se atraviesa en su camino algún cristal por donde vea Vd. las cosas de otro color…
Continúa en la página 26

________________

El modo de hablar, hace muchos años, en el pueblo de Crémenes.
Se trata del ´idioma vulgar´ de aquella época que maestros y maestras corrigieron.
¨no se dice dijon ni trajon´.

Página 27
¿Por qué mercó a la pasiega de Hulleras un espejo más grande que la Virgen del Rosario que está en el altar mayor de la iglesia? ¿Por qué se peina toos los días pá dir a llevar la comida a los segadores?

-Niña, la contesté yo, ¡qué desagerada eres!; yo la encuentro lo mesmo, a no ser cuando mira a Juan, que se pone muy colorada.

-¿Por Juan? ¡Probe!

-¿Y si es verdá lo que se parla? ¿No sabes que se escribían cartas? Pos Sabel vió las cartas, y si no las leyó, ¡bien se desprende lo que se diría! Al tiempo, Toña, si no se casan, es por que Manolo se marcha y no guelve más a Cisnarios.

-La otra tarde, continuó la mujer de Sidrín, golvía yo de contornar a Riero, y delante de mí venían, tan entretenidas que no me vieron, Rosa, la amiga de Mariluz, y Justa, y hablaban de los mesmo. Justa decía que lo sabía ella, que D. Luis era asina, que quería a Juanón, porque era buena comenencia, pero que se atravesó Manolo, y a nadie le amarga un dulce, porque Mariluz lo mesmo vale para señorita que pa labradora y don Luis es, como toos los hombre, falso, chaquetero, amigo del sol que más calienta. Mentira, contestaba Rosa, que tóo es habladurías de la gente y envidias de más de cuatro, ¿si lo sabré yo? Mariluz es novia de Juanón, y con Juanón se casará, aunque ella no tiene prisa pa casarse. Lo de la hoguera hizo bien; ¿quedríais tener un convidao del rumbo de Manolo, y nadie había de hablar con él?…

… Te digo que hay muchas envidiosas. ¿Y qué perderíamos con que Manolo se casara acá y pa vivir acá, como Dios manda? Golvería la casona a lo que dicen que fue, amparadora de probes, cobijo de los desgraciados, y panera de los hambrientos.

-Por otro lao, seguía Toña, también los hombres parlan, sin ton ni son. Como dice D. Lesmes que en tóo se quiere meter; antiyer estuvo en Ricadio cogiendo yerbas y flores, y, de paso pa murmurar con el primero que alcuentre. Que lo diga Sidro, que bien lo oyeron él y los guañines.

Pos si que es verdá, estábamos Cirio y yo merendando en el arroyo, entre los avellanos, por mor del sol, cuando se apareció el boticario y trabó con el mesmo Juan. ¿Tienes galbana?, le dijo. Porque parece que afilas muchas veces la guadaña.

-Me falta garbo, don Lesmes; desde que amaneció, estoy asina; me se tronzan las piernas, y los brazos me se caen de los hombros ellos solos.
Continúa en página 28

__________________

Descripción de una TORMENTA eléctrica de verano en Crémenes. La Tormenta lucha contra vientos de cierzo que aparece con frio y nubecillas que se posan flotando por la peña de las Pintas en las Salas, Remanganes en Argovejo, enfriando las tardes de verano en los pueblos de la zona.

Pág 61
La tarde estaba cálida, asfixiante; el horizonte pardo, oscuro; el sol envuelto en telas grises, y sobre las cumbres altas del mediodía, galopaban unas nubes negras, veteadas de acero. El viento y los pájaros dormían; y de lejos sonaban rumores sordos, medio apagados, de truenos, como el rodar de piedras por un canalizo, como olas que mueren besando escolleras y acantilados. La nube, según el boticario, venía por el sitio…

…La nube rugía cerca, culebreaban, en la cima de Valterán (Valverán), las chispas cárdenas, deslumbradoras, y los truenos rodaban roncos, aterradores, por gargantas y por estrechos. La casa del boticario se encaramaba por entre peñascos negros, a la sombra de cerezos y de nogales, y desde el corredor vimos avanzar la tormenta; vimos cómo se corría por la cuerdas del Oeste, arrastrándose por cumbres y por picachos que rasgaban y hendían, hasta hacerla llorar, a aquella mole enorme, conducida y guiada por el viento, por derroteros conocidos. En Rivesla no llueve, decía el boticario, y si el cierzo no la detiene, descargará en los puertos, según la prisa que lleva y la dirección que tiene. Aquí se vé bien clara la acción de las puntas; rara vez suben las nubes por la cuenca del río; al llegar a la montaña, se bifurcan, se dividen y pasan por las cuerdas de Parameno (Pardomino) o por los picos de Tejeda.

Un trueno resonó aterrador en todo el valle; temblaron los cristales de la galerías; parecióme que las paredes de la casa oscilaban, que crujían las maderas de la techumbre, y que montañas enormes rodaban, sobre nosotros; empezaron las ramas de los cerezos a doblarse, a retorcerse, a desgajarse; un viento huracanado barría el polvo de la carretera y azotaba contra los fresnos y salgueros de la orilla, las aguas del río; los trigales, amarillentos, de la vega, se agachaban, se caían en remolinos, de Norte a Sur; huían asustadas hacia los aleros de las casas las golondrinas y los aviones.

-Es el cierzo que la revota, dijo D. Lesmes; veremos a ver quién vence en esta lucha de colosos.

Por la carretera subía, bregando con el viento y con el polvo, un hombre que me pareció un mensajero.

-Es Minguín el de acá, gritó la hija menor del boticario, que trae noticias de Rivesla.

-Empezaba a diluviar y los truenos y las chispas se sucedían cada segundo; bajaban de las laderas de los canchales trombas de agua, arrastrando, por canalones y arroyos, peñascos y troncos de árboles; el río bramaba en las raldas y en los pozos, y Minguín, al entrar en el pueblo, torció a la derecha, en dirección a mi casa. No me detuve;  de un salto bajé las escaleras y, al abrir la puerta de la calle, caí para atrás, en el portal atolondrado y sin sentido; un relámpago cruzó por delante de mis ojos, a ras de tierra, y tras el relámpago, sonó un trueno tan estridente, tan terrible que parecía que toda la fuerza de la nube se había condensado, para estallar en las calles mismas de Cisnarios.

Las hijas del boticario se asustaron también, y D. Lesmes cerró la puerta, pasó un pomo de éter por delante de mis narizes, y respiré, como si se me hubiera quitado un peso de encima de la cabeza…

-¿Qué será de ellos?, exclamé; ¿qué será de Mariluz y de D. Luis y de D. Jaime y de toda la gente del pueblo?

-Lo que Dios quiera, añadió el boticario; y de mi casa no sale nadie, porque lo mando yo; ya vendrá Minguín y nos traerá noticias.

Volvimos a la galería, y el cielo seguía negro, llovía a torrentes y por las calles corrían arroyos, que arrastraban el estiércol y la grana de la yerba; el río pequeño se había salido del cauce y las aguas parecían pastosas, de color de arcilla; el cierzo luchaba, tomaba posiciones, bajaba en neblinas sueltas por los riscos de Argamanes (Remanganes), flotaba como un penacho blanquecino, sobre la cima de las Pintas.

Era curioso el espectáculo de aquella lucha; la nube se había posado en la ribera, y trataba de subir río arriba, empujando y avanzando; pero el cierzo, más ágil y mejor estratega, flotaba sobre la nube, la apretaba contra el suelo, la azotaba con fustas de niebla densa, la desgarraba, la dividía, y, orgulloso de una victoria efímera, se retiraba, detrás de los picos norteños, y entonces, la nube cobraba bríos, se apelotonaba, formando un frente aguerrido, voceaba con más furia, despedía nuevos relámpagos y subía por los montes y por las peñas, bramando y arrollando a las retaguardas del cierzo. Pero otra vez se posaba el cierzo sobre las cabezas de las Pintas, descansaba unos minutos, observando al enemigo, y volvía a volar encima de las alturas, hasta que la tormenta desangrada, aplastada, en la ribera empezaba a ___ ramas de árboles, en los trigales de la vega, y en las cretas de las peñas que calcinaba y hendía con rayos y con chispas.

Se volvió a dormir el viento; la lluvia era tranquila y serena, y en el horizonte lejano del Mediodía clareaba el sol tímido y oscilante. Llegó Minguín, y antes de hablar, le asediamos con preguntas; se sonreía con aires de triunfo…

Cuando acabó Minguín, había cesado de llover…
Continúa en la página 64

__________________

El ambiente en Crémenes respiraba mucha población

Página 78
Íbamos carretera abajo, y el tambor y la pandereta soltaban a porfía raudales de notas contrarias, que al mezclarse, lejos, en los ecos, semejaban cascadas de vidrio cayendo en simas profundas, y unas veces eran los sonido roncos, fuertes, los que prevalecían, y otras, eran carcajadas alegres, risas juguetonas, las que llenaban el aire, un aire sereno, crepuscular, en esos momentos en que la lumbre del sol se apaga y la luz de la luna se enciende. Nos sentamos sobre unas piedras, al margen del río pequeño, que lloraba la pobreza de sus aguas, robadas para regar praderas y huertos; cerca de nosotros, a la izquierda estaba el juego de bolos, interesante y nutrido de hombres; a la derecha bailaban las parejas, en dos filas largas, entre chiquillos que correteaban y viejas que reían y murmuraban. Todo el pueblo estaba allí. D. Jaime se sintió poeta, a su manera, y me ponderó la belleza de endilgar coplas para todos.

La mujer tipo, la mujer raza. La mujer montañesa y sus cantares. ¿Existió?

-Ahí tienes, me decía; no es una mujer, es un tipo; es la raza; es la moza que calza almadreñas con tarugos de escoba; viste, en las nevadas, debajo de las sayas, pantalones de sayal para llevar la bacas al tarmo; cabalga a horcajadas, sobre los lomos de yeguas cerriles; galopando por cañadas pendientes y por caminos pedregosos; duerme en las majadas, recostada sobre el tronco de un roble, al lado de pastores y de vaqueros, que no pensaron que la noche se huzo para otra cosa que para dormir. Si, al acostarse, echa de menos alguna res, no descansa, buscándola por collados y por matorrales, por camperas y por breñiles, y para espantar el miedo, grita, reza silva, canta, brama, muge, bala, gime, vocea, y habla como si los animales la entendieran, como si los valles y las cuevas, al devolver los ecos, espantaran, a los osos y a los lobos.

Acerca de cantos y cantares

La montañesa canta en el baile y canta en el monte, pero los acentos que desgrana en el campo, tienen cadencias de leyenda; riman fuerte como las aventuras guerreras, o las emociones de caza, suenan a trajín de armas , a gritos de triunfo, saben a IJUJUS de luchadores, a ruído de batallas recias; no languidecen en las últimas sílabas, porque los desfiladeros y los escobios se encargan de alargarlos, como rumores de bosques, como sonidos del viento entre las grietas de las peñas, como murmullo de arroyos, que brincan sobre rocas, salpicando ramas, sembrando perlas. Canta la moza montañesa en el monte como la alondra en los barbechos, cantares bravos que dicen historias; cantares fuerte que cuentan leyendas; cantares dulces que saben a amores, y embriagan al alma. Y cantan en el baile… ; pero son entonces sus acentos más ligeros, más bulliciosos, que salen al principio tímidos y crecen con alusiones y con recuerdos de rondas reciente… ¡Y qué alusiones las que endilga en el baile la moza montañesa!

Continúa en la página 79 relatando temas de los cantares…

__________________

EL ALUCHE. LAS ALUCHES. LA LUCHA LEONESA. EL CORRO

Página 83
El alcalde de Cisnarios, en medio de los grupos, alzó la voz, y dijo:

-El Ayuntamiento contra todos; pocos semos; pero, si se acaban los mozos, lucharemos los casaos, dimpues… las mozas. Son jueces por los nuestros, D. Luis; por los contrarios, D. Juan el de Pedregales, y para decidir, el señor cura de Ankiles. Que hayga justicia y paz. Que en Cisnarios hay carnero muerto pa todos.

Se formó un corro grande, apretado, perfectamente circular; se sentaron los de las primeras filas; asomaban, por entre las piernas de los mayores, las cabezas de los chiquillos, mordiendo una manzana o chupando un caramelo, y, enarbolando una vara de espino, se encargó del orden del corro; por voz y voto unánime, un hombrín ancho de espaldas, rebajuelo, y muy chistoso. Los jueces tenían asiento de preferencia, dentro del corro y Mariluz, como presidenta de las mozas de mi pueblo, tenía en la mano una rosca enorme de mazapán, para darla, como premio al mozo que ganara la lucha.

Niños primero.

Dos rapaces empezaron haciendo primores de sutileza; parecían sus músculos de goma; se encorvaban, se retorcían como velortas, se levantaba uno a otro y caían siempre de pies; sudaban y jadeaban; separaban los cuerpos, formando puente con los dorsos; daban vueltas, como argadillos, y todo esto sin perderse un minuto, sin descansar en la faena. Por fin empezaron voces de ¨fuera, fuera, que no se caen¨, alternando con otras de ´que no, que se salgan, que mos divierten bien¨. De pronto sale al corro la madre de uno de los chiquillos, llorosa – no sé si de gusto o de pena -. Un chaparrón de dicterios cayó sobre la pobre mujer que quería sacar del corro a su hijo.¨ Juera de ahí, las mujeres a cuidar de la cocina¨. Los rapaces se envisten con nueva furia, se dan nuevos golpes y los jueces les mandaron salir, sin que nadie protestara.

Los rayos del sol cruzaban el ambiente en oleadas de fuego y el corro crecía, se agrandaba, se encogía y dilataba, según eran de emocionantes las caídas. Entre los luchadores, había tipos parara todos los modelos escultóricos: altos y gallardos; flexibles y ligeros unos, fornidos, recios de musculatura, otros. Todos hacían por el honor de su pueblo y de su partido lo que sabían.

Las mañas

Los viejos evocaban los desafíos y aluches de sus mocedades, recordaban la cadrilada rápida como un rayo del Lodito, la dedilla artística y elegante de Felmín el de Lodos; la mediana airosa, capaz de tumbar a un roble del Gordo de Forcadas; la madia vuelta como un desalación del Cantero de Llanos; el revés contrario de Mundo el de Umbrosa; la Gocha tirada desde el muslo del pastor de Balas; el voleo tendido, atolondrador del Sastre de Pedregales; las fuerzas de Pepón; que desafiaba, cuando iba a Campos a todos los mozos de la ribera, y ¨no de calentaba siquiera¨. Entonces había mozos – decía un viejo cerca de mí -; pero ahora… son unas moscas. ¿Cuándo se oyó que en nuestro tiempo que hubiera un mozo que no diera la talla, pá servir al Rey? Menudeaban en los espectadores, las disputas; se descalzaban a porfía los mozos de cada bando; oíanse de lado a lado palabras fuertes; se ponderaban las mañas y destreza de unos; las fuerzas de otros; la habilidad para acometerse y la maestría en la defensa; disminuía el fuego del sol, y se recalentaban los ánimos, a medida que el cierzo movía, con estrépito, las hojas de los árboles, y jugueteaba con los pañuelos y perifollos de las mozas.
Continúa en página 84

__________________

LAS ALUCHES Y LOS LUCHADORES

Página 85
La gente de mi pueblo ponía toda su confianza en Juanón, que jugaba, a ambas manos, una cadrilada irresistible. Juanón parecía impasible; allí estaba, a un lado del corro, con su chaqueta de función, colgada del hombro izquierdo, con su faja morada, asomando, por debajo del chaleco, con las correas de los zapatos sueltas, con los pantalones de sayal terciados sobre el hombro derecho, coloradote y gordo de carrillos, sin hablar con nadie, pero sonriendo, a medida que los ojos de la mozas de Cisnarios se clavaban en él.

La lucha llegó a la cumbre del entusiasmo; el Herrerín hacía primores; amenazaba con un trespies para coger la mediana, a la media vuelta; le levantaban, fijando la rodilla en el empeine del contrario, no había medio de desprenderlo, y sin saber cómo, tiraba de costillas al enemigo. Así iban cayendo los mejores de Pedregales.

El cura de Villapeces me iba describiendo los luchadores.

-Ese – me decía – que sale ahora, es el mejor luchador que trae el abogado; suele dar malas caídas y se suelta demasiado.

Salió abrochando los botones del pantalón y desabrochándose el cuello de la camisa; es fino de cutis, no muy alto, pero guapo de veras y ancho de espaldas; luce unas piernas rollizas y musculosas; mira para el suelo, y al acercarse al Herrerín, se sonríe, y le pide la mano derecha; el Herrerín se la niega y se ase sin tropezar. Se percibe el aleteo de una mosca. De pronto el de Pedregales le levanta, con rápido empuje, y le posa enseguida; el Herrerín le traba el zancajo y lo suelta, porque el de Pedregales mudó la cabeza con agilidad; no estaban un minuto parados; por fin el de Pedregales sorprende un descuido del contrario, le engancha la mediana, forcejean unos momentos, y ambos caen de bruces. Es vuelta, se oye en el corro; es de ambos, que la guelvan.

El abogado se levantó lívido, echando lumbre por los ojos encendidos; tartamudeaba, y con los brazos levantados para pedir la palabra, dijo: ¨Posó primero la mano de Herrerín¨.

Mentira, mentira; contestan cien voces a la vez.

El círculo se rompe, la gritería se hace formidable, y el abogado escuchó frases mortificantes, duras.

Los dos luchadores se sientan en medio del corro, riendo uno contra otro y aceptando ambos un cigarro de manos del cura de Entreríos. La discusión seguía brava, encendida, y los luchadores, con una nobleza que entusiasmó, se levantaron y se volvieron a agarrar, pero el abogado hace una seña al de Pedregales, y el mozo se salió del corro.

En tanto Juanón, tirando el sombrero son brío, y desabrochándose el chaleco, dice a Herrerín:

-Sal al corro, que no digan que semos como ellos.

Contaban proezas de sus fuerzas, saltaba tapias con un ternero al hombro…
Los fuertes

Juanón salía, al parecer, indolente, frío, desdeñoso. Iba a medir las fuerzas con el Oso de Trascollada, un mocetón, ancho de espalda, con el pelo desgreñado, y los pies enorme que, zambeaba un poco del cadril derecho, y se encogía de hombros con un desdén selvático. Le llamaban el Oso, y contaban proezas increíbles de sus fuerzas. Aseguraban que no tenía más que veinte años, que pesaba nueve arrobas, y que saltaba las tapias de las huertas con un ternero sobre los hombros por no abrir las portilleras. No había fuerzas como las suyas, pero era descuidado para la lucha y lo mismo le daba ganar que perder en los desafíos.

Unos americanos de su valle abrían las carteras para apuntar en ellas los nombres y el número de los luchadores que había de tirar. Los de Cisnarios temblaban a la vista de aquel gigantón. El anillo se ensanchó y nadie se acordaba ya de los Pedregales.

Las mozas de Cisnarios silabean una Salve a la Virgen; y yo, que estaba cerca de Mariluz, oí a esta pronunciar aquellas palabras ¨vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos¨, con tal ternura, que cobró brios mi fé de luchador y mi confianza en el triunfo de Juanón.

Restallan los pantalones de sayal; forcejeaban ambos por poner el pecho debajo del hombro del contrario, y dieron varias vueltas sin asirse con las manos. Parecían garfios los dedos, y postes las piernas y los brazos; los torsos rollizos se arqueaban, formando puente.

Acababa el sol de trasponer las cumbres calvas de Argamanes, y por brezales de enfrente bajaban rebaños de ovejas, poniendo en el fondo verde del urzal matices bellos y caprichosos.

Los dos luchadores tanteaban sus fuerzas; saltaban los músculos oprimidos y jadeaban sus pechos con respiración fatigosa. Eran dos símbolos, dos ejemplares de las raza, dos atletas, orgullo de sus pueblos, modelos para los jóvenes que habían de aprender, en aquella escuela, el honor de sus valles y el modo de conservarlo inmaculado, cuando a ellos se le confiara. Pronto observaron los espectadores que los brazos de Juanón se cansaban, y que no tenía fuerzas para sacar a la cadrilada a aquella mole de carne. El Oso tampoco jugaba con su contrario, pero hubo un momento en que lo sacó al aire, los sostuvo con los puños, y no pudiendo atravesarle sobre el muslo, lo posó; entonces Juanón, rechinado los dientes, rápido como el vuelo de un pájaro, levantó al Oso a la cadrilada, y al terciarle sobre el muslo se inclinó demasiado hacia atrás, y cayeron ambos, pero un poco primero Juanón que su contrario.

El Oso se irguió, llevó a la boca una brizna de yerba seca y se acercó a Juanón, diciéndole:

-¿Quieres que echemos otra?

El campeón tenía que ser de Crémenes…, claro!

-Hoy no; mañana en las eras lucharemos; entavía hay quien luche; y mirando para mí, meneó la cabeza, nervioso y pálido, salió del corro. Después casi no sé lo que pasó, solo me dí cuenta de que me puse unos pantalones de sayal, que me temblaban sobre la frente los rizos de mi cabellera rubia, que las mozas de Cisnarios me devoraban con los ojos, que Mariluz se llevó el pañuelo a las mejillas y que salí al corro, en medio de los murmullos sordos de los contrarios que decían que yo era forastero. Nos agarramos; el Oso trató de aplastarme, de estrujarme, pero se dio cuenta de que mis fuerzas y mis nervios eran de cuidado, y me levantó, sin lograr desprenderme de su cuerpo, y al posarme, haciendo yo un esfuerzo desesperado, le saqué a la cadrilada, y le tumbé de espaldas.

Me senté rendido, inconsciente; empezó a romperse el anillo por cien partes, y solo oí la voz del alcalde de Cisnarios que alzando el bastón, dijo:

-¡Se acabó el aluche!

Después se desató una algarabía ensordecedora; empezó el tambor a sembrar notas de triunfo, y vi que Juanón y Mariluz se acercaban a mí, y entregándome ella la rosca, me dijo él:

-Recíbela en nombre de la mocedad de Cisnarios.

Traté de levantarme; temblaba de emoción, de orgullo; en torno mío voceaban los chiquillos, y los viejos; y sin darme cuenta me alzaron sobre el pavés, unos brazos hercúleos. Anochecía; se empezaba a animar el baile, y para remate de fiesta allá fui yo con los mozos de mi pueblo y bailé con la primera moza que se me puso por delante…
Continúa en la página 87.

El mejor luchador

Página 88
Pasaron los bullicios y jolgorios de la función, que tuvo una segunda parte el domingo siguiente, en que convidé yo a los mozos de Cisnarios y a los de los pueblos vecinos que habían sido de nuestro partido. Por casualidad se halló, con nosotros el Oso de Trascollada, que andaba comprando bacas en comisión de unos Pasiegos. Aquella tarde luchamos en las eras, y el Oso nos tiraba a todos, con facilidad; solo Juanón competía con él.
Continúa en la página 88

___________________________

La neurastenia curada y la ciudad.

Página 88
… y a León fui, pretextando negocios de la Mancha, que había que arreglar en el Banco de España.

Afortunadamente, estaba yo completamente curado de la tenaz neurastenia, y, tanteé, en la ciudad, la vida de café, de teatro; busqué la compañía de compañeros de carrera; pero los días se hacían meses y las noches años. El tedio, la soledad interior, se volvieron a cebar en mi alma; volví a sentir insomnios, neuralgias rebeldes, y sólo hallaba sosiego y reposo, en algunos ratos, oyendo músicas militares y hablando de minas y de negocios con mis compañeros, que aseguraban un porvenir cercano y riquísimo a la montaña leonesa.

Contaba yo en Cisnarios mis impresiones de la ciudad a Sidrín y a Toña; y recuerdo que Sidrín, riendo, y saliéndose al alma a los labios, me decía ingenuo y sencillo:

-Lo mesmo me pasó a mí, cuando estuve una semana en la ciudad, en casa de un pariente rico, que se empeñó en llevarme allá. Por la noche no podía prender el sueño por el ruído de los coches y de la gente que pasaba por la calle;  y al clarear al alba, lloraba sin querer, acordándome de Cisnarios, porque allí ni ladraban los perros, ni cantaban los gallos, ni se oían los cencerros del ganado, que acá tóo es alegría que despierta a la gente pá dir al trabajo, como Dios manda. Yo estaba allí como en un presidio; ni me podía quitar la chaqueta pá andar en mangas de camisa por la calle, ni refrescaba el viento, ni me quitaba la sed el agua, y eso que íbamos a unos jardines tóos alineados y sin rincones que paecían salas llanas con unos senderines sin yerba, como las veredas de un páramo. Y luego nos daban a beber unas cosas mú feas, como los orines de caballo, con espuma y tóo, que regolvía las tripas con sólo verlo. ¡Congrio, aonde está el agua de nuestras fuentes!

Me hizo gracia la descripción de Sidrín, y eso que Toña daba toda la riqueza de Cisnarios opr vivir en la ciudad. Ná más, decía, que pá oir Misa en la Catedral, y estar allí ratos y ratos mirando pá aquellos santo que miran a una como si nos llamaran a la mesma gloria del cielo.

   El otoño

Se acercaba el otoño y los paisajes y el clima cambiaban bruscamente. Por la mañana se posaba en las riberas y en los valles una densa niebla, pegajosa, fría, cuando el sol la deshacía y ahuyentaba, quedaba un ambiente tibio, sereno, sin ruídos ni ecos de aquella vida brava, pletóricas, que tenía la naturaleza en junio, en aquellos crepúsculos, que no debían morir nunca. Los hayedos empezaban a poner en las hojas y en los yerbizales vírgenes, matices de naranja, colores febles de cobre oxidado, tintes rojizos, que contrastaban con los tonos de un verde fuerte, intenso, que esmaltaba las camperas de los montes y los prado, ahítos de rocío.

Las tardes tenían celajes tristes; el sol se ocultaba entre sábanas de violeta, con estelas miniadas, para morir, como un guerrero en charcos de su propia sangre. Todo invitaba al recogimiento interior. Caían las ramas de los chopos, cortadas por el podador, y algunas hojas revoloteaban, lentas, buscando un lecho limpio, lejos de las charcas de los caminos, y bajaban, solemnes, como majestades caídas, hasta que los arroyos las recogían en sus regazos; pero para zarandearlas, para arrastrarlas, ahogándolas en los remansos fangosos, y tirándolas contra los puertos, y contra los tapines de la orilla. Eran más afortunadas las que no habían querido despegarse de las ramas, sus madres, porque las tendían al sol, las recogían mustias y verdosas, y allá iban a las tenadas y a los pajares, resguardadas del frío y de la lluvia, para morir, como momias, en los vientres de las ovejas y de las cabras. Se veían bandadas grandes de pájaros volando y piando sobre las cercas de las huertas y entre los espinos del campo, y volvían a hincharse los arroyos, jugueteando, como niños sin malicia, buscando las mayores pendientes para murmurar con más armonía; flotaban las nubes, desmelenadas y rasgaban sus vientre pardos al rozar las puntas de las peñas y los brazos secos de los robles, que se alzaban, en las cumbres rasas, como centinelas seculares, atalayando riberas opuestas, valles distintos.

Eran unas nubes periódicas, que sucedían a ratos de un sol rabioso, y precedían a noches claras, en que la luna plateaba laderas y llanuras, en los collados y en los majadales. El otoño era bello, pero con una belleza efímera, precursora de agonías breves.

Los pastores. La trashumancia

Apenas se oían cantares y tonadas; y los pastores recogían los ganados en las cuadras, y bajaban de los puertos altos, las ovejas merinas y las yeguadas cerriles, comino de Extremadura, en donde el invierno era más apacible en las dehesas y jarales que no conocían las escarchas ni las nieves.

El ganado trashumante bajaba solemne, por cañadas conocidas, por veredas que fueron antes caminos anchos, encampecidos, cuando la Mesta tenía a raya al arado del labrador y a la pica del ambicioso o atrevido que sembraba o plantaba viñas en terrenos de servidumbres de paso.

Y allá van las cabañas de renombrados ganaderos, ribera abajo, por los campos de Castilla, guiadas por los cencerros roncos de los moruecos, guardadas por mastines de pelo lacio, de mirar torvo, y cuidadas por esos pastores montañeses, sobrios, recios, que riman una vida mansa, austera, ancestral, heredada de padres a hijos como un timbre de raza, como un oficio en que los años y los trabajos se premian con jerarquías, por cuyas escalas suben lentos y resignados. Allá van todos desde el mayoral hasta el motril, desde el sobrado hasta el rabadán, comendo un pan duro, las piltrafas y desechos de las merinas que se desgracian, y las esperanza de una caldereta, que, a veces, tarda semanas en llegar.

Pastores sufridos y hacendosos los de mi tierra, que duermen, al raso, en la fonda de la estrella, y se cobijan en chozos ahumados, alrededor de las lumbre, contando cuentos y leyendas viejas, haciendo medias y remendando zamarras, sin acordarse de que hay palacios y viandas y comodidades y diversiones en un mundo que ni envidian ni solicitan. Para vosotros no se escribió la palabra AMBICION, y pasáis la vida como la pasaron vuestros padres, sin luchas de clases, sin rencores ni envidias.

La mujer del pastor. La virtud del AHORRO

Ví a las mujeres de estos pastores, que en nueve meses no ven a sus maridos, y allá quedan en la montaña, silenciosas, como viudas, cuidando unos prados y unas vacas y criando unos rapaces rollizos, que serán los pastores de mañana, los continuadores de raza. Ellas son las que hacen milagros de economía, practicando la virtud del ahorro, y enseñando a sus hijas que no es más rico el que más gasta, sino el que gasta menos de lo que tiene, para prevenir necesidades y desgracias. Y así viven contentas.

Tenían en Cisnarios los días de Otoño una tristeza de recogimiento, y a la soledad interior a que me convidaba el ambiente, había que añadir las ausencias del padre de Mariluz, recorriendo ferias, y las cacerías frecuentes de Jaime, subiendo vericuetos tras de las perdices bravas, o bregando por pedrizas y canalizos, en busca de gamuzas y osos.
Continúa en la página 91

____________________________

Siguen disquisiciones históricas de tiempos inmemoriales acerca de Pardomino, los árabes, LUTOS, y otras reconquistas…

_____________________________

Página 95.
Los materiales para la historia, dice D. José, los he visto en el archivo de la Catedral de León, y lo que falta allí, lo suple la imaginación con presunciones y sospechas que, no pocas veces andan por las veredas de la verdad histórica.

___________________

Se habla aquí de la posibilidad de la derrota árabe en la batalla de Lutos, en los parajes de Lodares. Se menciona La Collada de los  Muertos, como salida hacia la meseta.

Página 95
Volvíamos, cuesta arriba, por veredas y senderos que atajaban y unos conducían a las cuerdas, y en medio de aquel espinazo cubierto de brezos, se hundía la loma, como la giba de un dromedario, para dar vista otra vez a Primalias (Primajinas en Corniero), y a Cornuario (Corniero). Casi toda la montaña se dibujaba desde allí.

De frente, los riscos de Umbrosa (Argovejo) manchados de hayedos y de camperas verdes, emergían laberínticos y retorcidos como capullos rotos y machacados, como si hubieran nacido en un hervidero, en un horno agrietado y desportillado; ni ondulaban las sierras ni líneas regulares, ni guardaban simetría los picos, ni se podía copiar aquel caos revuelto de peñas que, al formarse, habían sufrido convulsiones, dislocaciones raras y caprichosas. Unas veces semejaban estribos, contrafuertes del gran macizo; otras asomaban los basamentos silíceos en dirección contraria, empujando a las calizas y apretando a las areniscas, y en medio del desorden geológico, negreaban las cintas pizarrosas, las vetas carboníferas, serpenteando por entre conglomerados y pudingas. Era imposible hacer un croquis superficial de aquellos terrenos, y no había quien pintara la bravura de aquellas peñas, arracimadas al azar. Río arriba no cambiaba la perspectiva ni el paisaje; pero los gigantes se iban destacando y se dibujaba la estructura de los valles. Allá lejos asomaba, ingente, desnudo, como un coloso en guardia, Espiguete, mirando, como un rey altivo, hacia los páramos de Castilla, que se le rinden en perpetuo vasallaje, y desafiando a los ¨Picos de Europa¨, que blanqueaban rugosos y achatados, con sus cabezas empenechadas de  niebla, sin calados ni flechas, sin agujas ni adornos.

A la izquierda surgían Troniso y Manpodre, con la serena majestad de un dios aislado, que no tiene enemigos, ni competidores; en sus estrías, en sus arrugas, veranean y triscan rebaños de merinas y manadas de gamuzas, sobre sus cabezas calvas extiende la nieve eterna su manto gris, para que el sol no las caliente y el aire no las azote. Tenían la peñas irisaciones azules, y el sol que empezaba a quebrarse, besaba las neveras seculares, que chisporroteaban como brizna de acero incandescente. En los rastrojos de Primalias sonaron unos tiros como trallazos secos, y rompían el ambiente sereno los ecos de cantares de pastores y los ladridos de perros en los bardales de Vallinaoscura. La tarde moría, y D. Luis, ensimismado en aquellas alturas, había enmudecido.

-¿Es hora de bajar? – le pregunté.

-Como quieras; pero de buena gana dormiría aquí, sólo para ver cómo clarea tibia y silenciosa la aurora y cómo siembra el sol sus polvos de oro por picos y por colladas. Lo que vemos allá abajo, en el pueblo, son brumas, luces diluidas en una atmósfera cargada de humo. Para ver un amanecer hermoso y alegre, aunque sea de otoño, hay que estar aquí en estas cumbres, que reinan con realezas indiscutibles.

Careaban los rebaños cuesta abajo, y la cabaña de Cornuario se apelotonaba, en los caminos hondos, al son de los cencerros y de los bramidos de los toros. Sentía la nostalgia de Paramero, y envidié a aquellos monjes que hilaron un vida reposada y sedante.

Por el camino alcanzamos a dos cazadores que llevaban, colgados del cinto, sendos racimos de perdices; D. Luis se rezagó con ellos y yo empecé a meditar en aquellos terrenos descompuestos, rotos por la mano del hombre, que había dejado, como prueba de su obra, las huellas del trabajo, y la pista de industrias colosales. Muchas veces había visto aquellas reliquias del minero romano. En el mismo camino rellenado con escoriales de hierro y de cobre, en los ribazos cavados, en las erosiones de las camperas se veían montones de escoriales. De aquellos terrenos habían salido peñas graníticas que en Cisnarios llaman ¨pendientes de la mora¨, de tres y cuatro toneladas de peso, y que quizá sean PONDUS enormes o TRILLADORAS  de metales. Allí se encontraron multitud de lápidas sepulcrales que tiradas andan por las calles de mi pueblo, y en las cuales campean los signos gentílicos y militares; casi todas hablan de esa VADINIA misteriosa, tormento de arqueólogos y epigrafistas.
Continúa en página 99

____________________

Página 103
Una sesión sorprendente de asesoramiento. Consejería Terapéutica gratuita!

_____________________

El invierno, la nieve en Crémenes

Página 107
Cuando volví a Cisnarios, era ya bien entrado el invierno. Un sol tibio besaba los robledales pardos, y envolvía, en una luz de misterio, los hayedos húmedos y silenciosos. Se había ensoberbecido el río grande que rodaba por raldas y galgones en olas de acero, pesadas y duras; estaban amortajadas ya de blanco las cumbres altas y los pinos; bandadas de gorriones buscaban cebo y abrigo en los corrales y leñares; el campo dormía, y en los valles y en los montes habían cesado los ecos alegres, los rumores mansos, y los gorjeos de pájaros.

Don Luis había vuelto a abrir la cocina vieja de mi casa, y esperaban todos mi llegada, para reanudar las hilas famosas, debajo de aquella campana de acebache, alrededor de aquél llar, en donde crepitaban las rachas de leña, y subían las llamas rojizas con espirales de humo. Había llegado a tiempo; aquella tarde se nubló el sol; empezaron a posarse las nieblas, arrastrándose, descolgándose por riscos y por canalizos, hasta cubrir y rellenar todas las vallinas; contaban los pastores que, desde las cimas de Montemar se oían ruídos sordos, como de truenos lejanos, asegurando algunos que eran bramidos  de los pozos de Isoba, que rugen, así, cuando se cuecen las grandes nevadas; los novillos de la cabaña, con los pelos erizados y las cabezas gachas, corrían, mugiendo, hacia los establos calientes; la raldona se quejaba; todo el horizonte era del mismo color, color de panza de burra, en frase de Sidrín; color ceniciento que desdibujaba y borraba las siluetas de los montes y de las peñas. Cuando empezaron a entrar las gentes en mi cocina, todos traían la misma frase; todos presagiaban una nevada de las buenas.

Contando y cantando historias en las cocinas, mientras  se hila la lana… LA HILA

Fue la primera noche de la hila, noche de saludos, de estrenos; cantaron un poco las mozas, mientras hilaban, y los hombres recordaban las nevadas mayores, las cacerías más trágicas. Cirio, Pín, y Juanón sabían de osos y de lobos; y de corzos – decían – no hay porqué hablar; los hay en todos los montes; en todos los matorrales.

Don Luis estaba expansivo, tan contento como el día de mi primera llegada, y parecióme Mariluz, a la luz de la lumbre, más rolliza, más guapa. De vez en cuando salía Cirio a nortear y ¿qué te parece?, le preguntaban.

-Me parece, que está de trazas; no hace frio, ni viento, y la carabiella (búho) llora en los bardales de Caudaces (Mataces?)

Nevada en Crémenes

La mañana amaneció oscura. A mediodía empezó a lloviznar, y pronto se convirtieron las gotas en chispas duras, frías, que flagelaban al caer en las manos y en la cara. Después se formalizó aquello; bajaban lentas, perezosas, sin cuajar en el suelo, blanduchas y grandes, como trapos de algodón, temiendo mancharse en el lodo; eran unos copos pulcros, que estrellaban los sombreros y los paraguas, y se desleían sin prisa, como siquisieran pintar con salpicaduras blancos los trajes y los tejados. Por fin perdieron el pudor y caían menudos, verticales, como si pasaran por un cedazo colosal que los tamizaba y cernía. Pronto fue una tela inmensa que cubría prados y tierras, y se empezaban a doblar las ramas de los árboles, formando capullos hermosísimos. Y nevando estuvo, sin cesar, toda la noche, y todo el día siguiente, hasta el atardecer, que se rasgaron las nieblas, y alumbró el sol un momento, para contemplar, en la agonía, la belleza del paisaje y la blancura de la tierra. Aquella noche se reía la raldona, como una histérica, y era su música de piedras que caen y se rompen, de cascabeles heridos, de vidrios que  se hacen añicos al estrellarse contra piedras y contra ramas; rutilaban las estrellas con parpadeos tenues y colgaba la luna de un cielo oscuro y plomizo. La hila de mi casa se animó pronto; faltaban algunos viejos; pero, en cambio, hasta don Lesmes había ido maldiciendo de la nieve y del país.

La nieve en Crémenes

La mañana amaneció dura; el cielo de un azul intenso y sobre las cumbres de Valderán se hacían polvo los primeros rayos del sol; guirnaldas de escarcha coronaban las copas de los árboles, y en las laderas, asomaban, doblados y mustios, los tallos de las escobas y las ramas de los espinos; habían desaparecido los arroyos, los barrancos, las erosiones, y argayos de las tierras costaneras, y estaba la nieve suelta como un cernadal; el sal bajaba de los picos, lento, cobarde, rebrillando las chispas de nieve congelada, como polvo incandescente, saltando de una fragua colosal. Hacía daño a la vista el mirar para aquel lienzo que cubría, como un sudario, todo el campo, en el que no había un solo punto que no fuese de mismo color. Ni sonaban las madreñas en la calle, ni se oía el cencerreo del ganado, ni gemía la raldona; todo estaba muerto. La nieve había hecho filigranas, en los ribazos y en las riberas. Pronto fueron rotas las calles con zanjas estrechas y hondas; y desde la calle alta presencié escenas cómicas y divertidas, entre muchachas y mozalbetes que se encontraban, asomando la picardía en las miradas de una inocencia que se empezaba a quebrar.

En el horizonte norteño, había celajes; algunos picos se arrebujaban de niebla; y poco a poco, según bajaba el sol, crecían las nubes grises del lado del poniente:…

… D. Luis estaba espalando nieve en el corral de su casa, y al verme exclamó:

-Ahora es cuando hace falta que demuestres que eres montañés.

Te quería ver en estos días, en que no puedes salir de casa, para sentarte, en las crestas de las peñas, contemplando, a pleno sol de otoño, la placidez de los valles, el silencio de los bosques, y las caídas melancólicas de las tardes. Desde hoy, métete en la cocina; abúrrete en tu casa leyendo novelas y haciendo croquis de minas. Y cuando quieras salir de la jaula, piensa que estás en las cárcel, sin periódicos, sin correo, sin noticias; porque en quince días, por lo menos, hazte cuenta que el mundo de Cisnarios, y que fuera de tu pueblo nada hay que te pueda interesar.

_¿Todavía no se convence usted que tengo acá todo lo que apetezco?

Juanón y Sindo se rieron, con todas las ganas; y D. Luis, Mirándome de hito en hito, y entrecortando las palabras, me contestó:

-Las pruebas… son otras…, que de palabras… no nos fiamos los viejos. Por de pronto, estarían ahora mejor con éstos y con Cirio siguiendo rastros, y si eres poeta de veras, podías gozar panoramas inenarrables; paisajes, para cuya copia no han nacido pintores, y eso que el día se tuerce; me parece que la nevada no acabó de parir.

-Esta tarde pensábamos medir fuerzas; mañana, calzados de corizas y de barajones, iríamos con Cirio por esos montes de Dios.
Continúa en la página 110

Salen de caza siguiendo huellas de animales en la nieve.

___________________________

El oso HOY es una especie protegida
Relatos de la caza del oso hace muchos años.
Se resalta la forma de hablar hace muchos años en el pueblo

Página 115
Se hizo de rogar un poco; encendió la pipa mugrienta, con un tizón de la lumbre; se abrió de piernas; carraspeó tres veces; encandiló los ojos, que rebrillaban como dos ascuas, y delante de D. Luis, a quien respetaba mucho, delante de casi todos los hombres del pueblo, que le miraban con recelo, empezó a hablar. Reinaba un silencio de ceremonia; sólo se percibían los chasquidos de las rachas en la lumbre, y el sonido ténue, débil, como un silabeo musitado de los husos que bailaban entre los dedos de las hilanderas. El Sastre dijo:

-Tenemos dos osos encerraos en la cuevona de Peñazul.

Escomienza por el prencipio, replicó Cirio.

-A eso iba; salimos Cirio y yo, con estrellas, a buscar rastros; los lobos no se descuidaron ni durmieron; pero no vimos  zaleos de nenguna res. Subimos por Redicodie, y pol monte de los Frailes, entreban las pistas de cuatro corzos, pero los dejemos, porque no hacen mal a nadie, y dimpués, crucemos por la sierra de Caudaces hacia la panda de Aguasol, pero torcimos pol vedular, porque no se podía llevar la nieve, pecho arriba, y al llegar a la era de los Osines, tropecemos con tres rastros de hombres que acababan de pasar, en barajones, como nosotros, y tiraron por la lomba de la Tejada, por el espinazo mesmo de la sierra; silbemos, y mos contestaron, y ya los vimos en la vereda cimera, y mos hacían señas con la mano. Eran Sidro, Bras y el Mozón de la Sajambriega. Cuando mos juntemos con ellos estaban sobre el rastro de dos osos, uno muy grande, por la zarpa que hacía y otro más pequeño, pero dambos viejos.

Vinon, mos dijon, del monte de los Acebos, quizia es de la cueva de Peñazul. Pos hala, a ellos, que tienen que estar encamaos en los peñones negros de las Argayadas. ¿No es verdad, Bras?

-Allí es el sitio, me contestó.

-¿No es verdad que hay allí unos avellanos muy espesos, debajo de unas hayas muy grandes?

Vedá es; y hay unas covachas que nunca se tapan de nieve.

-Cierto; y allí tienen que estar, ni más acá ni más allá, y no hay tiempo que perder. Dos escopetas en los canalizos que caen pa las Arroyadas, otras dos en las camperas de Majadón, bien escondidas entre las carcojas, y otra que entre por abajo, haciendo ruido pa que los bichos dispierten. ¿No te parece, Bras?

-Si no juera la nieve, me dijo, bien está, pero no nos quea más remedio que dir tóos juntos hasta cerca de la vallina, y allí separarnos, como en C., y si rompen pa arriba, consolarnos con verlos, y si echan pa abajo – que se echarán porque también ellos terrecen subir – los podemos tirar.

-Así lo hicimos, pero ¡qué trabajo nos costó! Lleguemos reventaos; mojaos; y sin prepararnos; ¡un berrido! que parecía talmente que se mos echaba el monte abajo, y los dos osos que bajaban derechos a nosotros, y Cirio – ahora que no me oye – hizo lo de siempre; tiró antes de tiempo, y los bichos torcieron por la lomba, a buen paso; ¡qué polmones tendrán, Coiro, que no se recataron! Los tiramos varios tiros, pero a aquella distancia… ¡Ese Cirio es un espiritao!

El Sastre arrimó un tizón a la boca de la pipa, escupió en la lumbre, lanzó una bocanada de humo, apretó el sombrero contra la cabellera hirsuta y entre dientes, masculló unas palabras que rieron los que estaban junto a él.

Dimpués, continuó, cominos una miaja que llevábamos y cada uno decía la suya; tocaban a mediodía en Cisnarios, y los de Umbrosa se querían golver, y yo y Cirio, dijimos que adelante, y Bras, mos apoyó y seguimos los tres por los rastros. ¡Allí vos quería yo ver! A ti, Juanón, que eres capaz de amecerte con el toro de Villapeces, y tiras la garrafa, en los galgones, con el agua a los sobacos, y tumbas la yerba a marallo doble, sin que se te cansen los puños. Y tú Minguín, que brincas por encima de los escobales, como un corzo y subes los mayos, a saltos, como las garduñas, ¡habías de haber estado allí hoy, con la nieve en puelma, y caéndose uno a cada paso que  daba!; si quitábamos los barajones, mos hundíamos hasta el piscuezo; y si andábamos con ellos, travábamos en las carcojas; y pues, que creías pisar en firme  pisabas sobre las ramas que se hundían hasta el suelo, y se mos metía la nieve por los ojos, y por el pecho y por las espaldas. Que lo diga Cirio; que no sabíamos que hacer; golver pá atrás, era mengua; echarnos abajo, imposible, porque el canalón no tiene salida, y apretar pa arriba, detrás de los rastros…, mos gervía el pecho, y se mos atarazaban los muslos. Más de una hora tardemos en salir a la lomba, y allí, con lo que calentó el sol, estaba la nieve pegajosa y pesada; crucemos pá la Tejeda, otra vez la nieve como harina; y por aquellas pendientes que dan miedo cuan está terreño, sin un palmo de tapín aonde poner el pie seguro, sin veredas ni poyatos. Pos asína y todo, lleguemos a la camperona que estaba nidia, como un pliego de papel de barba, dende allí vimos que los rastros pasaban pal monte de los Acebos, pol cincho cimero; y ahora que diga Cirio.
Continúa en página 117.

____________________________

El puente de Argovejo.

Página 149. Capítulo XVI
La obra del puente de Umbrosa (léase Argovejo) creció que era una bendición. El ingeniero jefe de Montes me dio toda clase de facilidades…

Ahora estoy embebido en las obras del puente. Hierve la obra. Todos son carpinteros, y esamblan vigas, descuelgan zancas con una prontitud portentosa. Una a una van colgando las mesadas, y las clavetean con corteza y todo; fijan en el fondo del río las piernas de haya, contra la que se estrellará la corriente, riñendo las aguas con los intrusos que se atreven a barrenar su costra de acero y a interrumpir su superficie rizada. En quince días de facendera, ayudados por los de Cisnarios (léase Crémenes) y los de Villapeces, se estableció la comunicación, y al abrazarse los alcaldes de los pueblos, se rompieron las rencillas, las envidias – no me atrevo a llamar odios – que dividían a estas gentes.

El vino hace milagros en estas facenderas, y a chorros corrió por las gargantas el día en que se terminó el puente. ¿Cuánto durará? Por lo menos… hasta otro año, decían los entendidos. Yo les ofrecí mi apoyo y mis estudios para construir uno de cemento armado, y todos depositaron en mí su confianza. Aquel día todo eran promesas. Hubo diálogos cómicos, disputas acaloradas, hasta borracheras originales.

Atisbo de primavera

Era un atardecer lánguido, frío, del mes de marzo; contrastaba la negrura de los montes con la blancura inmaculada de las peñas altas cubiertas de nieve; empezaban a verdear los trigos en las vegas; los prados, que al socaire, en los valles, se regaban con el agua tibia de las fuentes; en los recodos de los caminos, en los ribazos, soleados, ponían las violetas un matiz de vida nueva; algunas campánulas y margaritas esmaltaban las praderas húmedas y las orillas de los arroyos florecían los salgueros y los avellanos, y se hinchaban las yemas de los cerezos, de las hayas. Y sin embargo, los astrónomos de mi pueblo auguraban una nevada, según el cariz que ponían el cielo y el río.

Nevada.!

Y la nevada vino; más copiosa de lo que era de esperar, en días en que los pajares estaban casi vacíos. ¡Pobres montañeses! Las escenas que presencié chorrean todavía lágrimas, languidecía el ganado en los establos; mugidos lastimeros se oían continuamente; se agotaron los cuelmos de centeno; se destechaban las cubiertas de las cuadras, y los animales, famélicos, estripados, no podían salir de casa para hartarse de puntas de brezos o de tarmo de haya. Y cayó sobre los hombres la tarea penosa, ingrata, una obra de héroes que duró más de quince días. Rompiendo nieve, iban en procesión, montes arriba, para cortar las puntas de las ramas de haya, cuyos brotes se habían encogido y en los cuales había empezado la savia a circular con largueza y con valentía.

Y cargados de haces de ramas, bajaban los hombres y las mujeres, cayendo entre la nieve, revolcándose en el cernadal de hielo, para traer a los establos, algo con que entretener el hambre de los ganados.

Después se abrió la carretera y empezó un caravana de carros que iban a la ribera, a Campos por la paja molida, pagada a precios escandalosos. Los de la montaña alta, optaron por bajar los ganados, y soltarlos en los urzales de los páramos, en donde murieron de frío no pocas reses. ¡Y todavía flagelaba, como un látigo, sobre los oídos de los montañeses, la amenaza de los guardas de Montes. ¡Yo ví a Sidrín y a Juanón sacar los panes de la masera, y llevárlos a la cuadra, para dar a los animales un zoquete!

Primero la riada en los umbrales del invierno, y ahora la nevada en el pórtico de la primavera, fueron dos notas tristes, que arrancaron de mi alma, no pocas ilusiones sobre la belleza de la montaña.

Escampó; abrió los ojos el sol, y la nieve se derrería, como manteca. Los canchales, las solanas de los montes se desnudaron pronto, que quedaba, sobre el tapín, una baba blanca, que mataba los gérmenes, las semillas que debían estar brotadas y creciendo en yerbas suculentas y sabrosas, para dar sangre a los ganados. Si el campo no se lava con agua tibia – me decían – no es año de yerba.

Dios lo hizo todo. Hubo unas noches oscuras, con viento Sur; lloviznas suaves, y uno días en que el sol desbarataba las nubes que se apelotonaban, al oscurecer, y las mañanas de abril pusieron, sobre el campo, un manto de esmeralda, tachonado de flores. Se sembraron tarde los seruendos, pero nacieron pronto, y se estiraban y crecían que era una bendición. Se llenó de poesía la naturaleza, y se hincharon las almas de esperanza.

El domingo de Resurrección. La Pascua Florida

-Todo resurge – decía el cura – en el sermón de Resurrección. Resurge Dios en la Liturgia; resurge la fecundidad en los campos, y sobre todo, resurgen las almas, con la confesión, circulando por ellas la gracia – que es la vida de Dios – como circula la savia por las plantas y la alegría por los corazones.

Vinieron los días duros, preñados de temores, y Dios se apiadó de nosotros, que Dios, según David, es bueno, y es eterna su misericordia.

Caían las palabras del cura sobre mi alma, algo reseca y huraña por entonces, como bálsamo sobre heridas cicatrizantes, y la alegría franca, expansiva de mis paisanos me contagió, me reanimó y me fortaleció en mis proyectos sociales, que acababan de tener, precisamente, en la semana de Pasión, un eclipse.

Había querido yo preparar a los mineros para el cumplimiento Pascual, con unas misiones encomendadas a dos Franciscanos, oradores famosos, y algo sociólogos, según pude apreciar. El recibimiento que tuvieron era augurio de abundante cosecha, pero alguien había sembrado cizaña, y la cizaña malogró la recolección.

-Y ¿qué quieren ustedes que prediquemos? – nos dijeron los Padres a los curas y a mí.

-Las verdades eternas – contestó Jaime.

-El Evangelio, añadí yo.

Algo predicaron del Evangelio, y algo que por no ser del Evangelio, quizá fuera inoportuno, acaso contraproducente. Lo cierto es que la cosecha fué escasa, y poco limpia.
Continúa en página 153

__________________

La Semana Santa. El autor resalta el fervor, la devoción de los creyentes.

Página 153
Estamos en plena Semana Santa, y las solemnidades litúrgicas son la mejor medicina para curar las llagas del alma – nos dijo el cura en el sermón del Domingo de Ramos. Don Lesmes no va a las tinieblas de mi pueblo, y todos echan de menos aquellas lamentaciones cantadas por él, con su hermosa voz de barítono. De todos los pueblos del valle venían a oírlo, y cuando el cura y el boticario entonaban el MISERERE, desde las gradas del altar mayor, y alternaban los mozos desde la sacristía, con las luces apagadas, se bañaban las almas de los fieles en un baño deleitoso de piedad. Aquella noche – la del Miércoles Santo – acompañé yo al cura; estaba la iglesia de bote en bote; no se oía un carraspeo, algunos dientes de las carracas de los rapaces saltaban en las ruedas, y parpadeaba una vela sola, sobre la tarima del altar. Entonamos el verso TIBI SOLI PECCAVI, con gravedad, recalcando las sílabas, y antes de repetirlo los de la sacristía, sonó en el coro una voz, entre sollozos, entre trémolos, de una ternura estupenda: ¡TIBI SOLI PECCAVI! Callamos todos, y surgió una algarabía de suspiros, de llantos, que se propagó como un contagio. Aquello era un mar de lágrimas. Levanté la vela, y al volverme hacia atrás, otra vez resonó en el coro el TIBI SOLI PECAVI; pero esta vez más armoniosa, más firme, modelada con una valentía sin igual; y ví, de codos, sobre la barandilla del coro, a D. Lesmes cantando como un místico y llorando como un penitente.

Minutos después, salió de la iglesia la gente, y por la calles, frías oscuras no se oía un rumor. ¡Bendita poesía la de la religión, que tiene notas para todos los dolores y consuelos para todas las almas!…

… Amaneció el Jueves Santo, y nunca, en mi vida, rumié un día tan espiritual como éste. Las comuniones fueron numerosas, y el cura estuvo inspirado en la plática. Había regalado yo a la iglesia un monumento, para sustituir al de pañuelos y sábanas que ponían otros años, y la visita al monumento de mi pueblo prometía ser un acontecimiento. Vendrían, cantando Calvarios, las mozas de los pueblos vecinos, y el tío Mariano y el maestro y el tío Felipe cantarían los suyos tradicionales, aprendidos de sus abuelos.

A las dos de la tarde no se cabía en la iglesia; alrededor del artístico monumento ardían cientos de velas amarillas, blancas, hachones de los libras, sobre candeleros de bronce, en hacheros de madera. Se respiraba un aire denso de humo; tecleaban las madreñas sobre las losas del pavimento, y las carracas de los rapaces sonaban roncas en las calles, en el pórtico. Entraban y salían los hombres con sus capas de sayal pardo, y en las portaladas, se reunían para empezar a buscar a Judas, para matarlo, según costumbre.

El tío Mariano empezó su Calvario; hacía sesenta y dos años que lo cantaba, y la voz cascada de bajo, con tonos lastimeros, atraía a numerosos oyentes. De rodillas lo oí yo, en un capilla cerca del monumento, y no perdí una estrofa.

El cantor se santiguó, cruzó las manos, levantó los ojos, y en postura estática, rezó el ¨Señor mío Jesucristo¨. Después, dijo:

Poderoso Jesús Nazareno
De cielos y tierra, rey universal…

Cantada la primera estrofa, el público, conmovido, vocea este estribillo:

Lágrimas de corazón
de puro dolor lloremos,
para que todos logremos
los frutos de la Pasión.

Y el tío Mariano, cada vez más exaltado, más poseído, inmóvil, con la vista clavada en las figuras del monumento, añadió:

Una soga a mi garganta
echaron para tirar,
pero con violencia tanta
que, para asentar la planta,
apenas me dan lugar.

Entraban a porfía los hombres que andaban a caza de Judas, y empezaban a lloriquear algunas mujeres; entonces el cantor, con voz más dolorida, exclamó:

Cuando la ví venir,
vuélvete, Madre, la dije,
que tú pena más me aflige,
que el saber voy a morir.

El llanto de las mujeres se hizo general, y el médico no se pudo contener y repitió:

Que tú pena más me aflige
que el saber que he de morir.

Los versos de la última estrofa los repetía el público, con fe, con fervor. Me parecían los menos malos del Calvario, y juro a Dios que, en aquellos momentos, tenía tan empapada el alma en las dulzuras de la poesía religiosa, que a la memoria me venían trozos de los grandes místicos, de S. Juan de la Cruz, de Santa Teresa, de Lope, pero toda la sonoridad de la lírica no lograba en mí, un estado pasional tan fuerte, tan intenso, como el que gozaba entonces. No olvidé jamás los últimos versos del tío Mariano:

No te asustes, alma mía,
ponte, en silencio a escuchar
los lamentos de MARIA,
que sobre la losa fría
del sepulcro va a llorar.

Salieron los hombres y las mujeres; en el pórtico se reunían los grupos que iban a buscar a Judas, y con uno de ellos, con Juanón, con Mundo, fuimos el médico y yo. Consistía la costumbre en ir de casa en casa, tomar una aceituna – todos ayunaban – y beber un jarra de vino, para volver a oír otro Calvario. Y así toda la tarde, hasta las tinieblas. Estábamos en casa de Mundo, cuando nos avisaron que acababan de llegar las mozas de Villapeces, con el maestro a la cabeza, y que iban a cantar. No se cabía en el templo y nos arrodillamos a la entrada. Las forasteras cantaban:

En la tercera estación, verás, alma
que, como a empellones me hacían andar.
Del madero, que, acuestas llevaba
el peso tan grande me hizo arrodillar.
… Sígueme, y verás…

Aquél Calvario era más largo que el del tío Mariano, y lo había traído el maestro de la tierruca, nombre despectivo – como todos los acabados en UCO – con que se conocen los montañeses a otra región. Me gustó poco, y al terminar empezaron otro las mozas de Cisnarios, que me llamó la atención por lo original. Los versos están puestos en boca de la Virgen, y tienen cadencias de romance.

La Virgen Santa María,
Madre del Verbo Divino
revestida de humildad
fue a confesar un domingo.

La Virgen se confiesa por los Mandamientos de la Ley de Dios y al llegar al séptimo, dice:

En el séptimo le hurté
a Dios el Verbo Divino
y lo tuve en mis entrañas
nueve meses escondido.

Por lo candoroso e ingenuo, por el sabor vetusto que tenía y por la música que era nada más que una recitación ligeramente modulada, prometí copiarlo y remitirlo a los amigos que en Madrid cultivan la poesía romanceada.
Continúa en la página 157

__________________

LA PRIMAVERA DE NUEVO

Página 168 – 169
La Arcadia leonesa está otra vez encantadora; están cargados de flores y de poesía los valles; empiezan a encenderse como ascuas de oro, las escobas y los montes y los sotos se llenan de rumores y de gorjeos de pájaros; cantan las escardadoras en los trigales; y se oye, alegre, como un himno, la zampoña del pastor en los collados y en los sextiles; volvieron las codornices, y las cigüeñas, y por la noche, en las orillas del río, embriaga la música de los ruiseñores. ¡Primavera de mi pueblo! ¡Medicina de mi alma; tónico de mis nervios; consuelo y esperanza y alimento de los que tenemos una imaginación impresionable y un espíritu abierto a todas las bellezas supraterrenas.

A mis soledades vuelvo; subiré a las cumbres; merendaré en las fuentes de hielo; me dormiré bajo las hayas, hipnotizado por el murmullo de los arroyos y por el galopar ambicioso de los torrentes y de las cascadas. Me embriagaré otra vez, con la vida brava, sentado en las crestas de las peñas, sobre los canchales pindios, dando vista a las vegas fértiles, a las riberas preñadas de sonidos y cuajadas de flores. Que Dios es tan bueno, tan misericordioso, que me pone el remedio junto al dolor, y el néctar detrás del acíbar. Y hablaré con los humildes, con los resignados, con los pastores de mi tierra que rumian una vida intensa y no saben de orgías, ni de ingratitudes.
Continúa en página 169

__________________

Página 180
…Juanón se preocupaba de mi hacienda tanto como de la suya. Hoy vino a mi casa y me preguntó:

Escenas de la siega, los segadores

-¿Pensaste ya en la yerba? Porque este año no vienen guañines de Asturias, y acá…, ¿corre prisa la siega? -En pasando San Pedro, que esté en sazón, que esté verde, hay que tumbarla; siempre fue así. Yo con la mía, me iré arreglando, aunque mal. Poco puedo ayudarte…

…-Haré lo que tengo pensado hace tiempo; ir a la ciudad, y comprar una segadora. -Es lo que debes hacer… Yo venía, además, a picarte la guadaña, pá que el tu criado vaiga segando algún secanal mientras empieza el trajín en forma.

La guadaña

Juanón, que sabía mejor que yo en donde estaban todos los aperos de mi labranza, descolgó la guadaña, que estaba atravesada sobre una viga del portalón del corral, la desarmó, y clavó en el suelo el yunque. La miró; la golpeó con el martillo, para ver cómo sonaba, e empezó a machacar el corte, adelgazándole y sacando las mellas que tenía – que no eran pocas – y las pedradas que no eran muchas.

-Es una guadaña – decía – que te la compré yo hace dos años, en 18 reales; ¡ahora costaría, a lo menos, 12 pesetas. ¡Tiene buen acero y está bien armada; puede segar con ella un niño! Y ¿el asta? ¿Te fijaste en el asta? Se la compró tu suegro a un guañin, muy pinturero, que venía todos los años, Juaco el de Tarna. ¿Te acuerdas de él? ¡Y la gachapa! ¡No hay otra en toda la montaña!

¡Eran un primor de carpintería gachapa y asta! Las manillas del asta de acebo, lisas, como un vidrio, bien curvada la de en medio, y rematada la de arriba en una cabeza de perro; el palo de abedul ahumado, con taraceas que acreditaban la habilidad del artista. La gachapa era aún más curiosa. De madera de tejo, tenía, en relieve, el nombre de mi suegro, bordeando la boca, y en una cinta, como si fuera una filacteria, entre hojas y flores, estas palabras; ¨XUACO el de TARNA la hizo¨. – 1886 -. Y en el dorso del gancho para colgarla del cinto, se leía: ¨VIVA MI DUEÑO¨.

Cuando Juanón terminó de picar la guadaña, salimos a la calle, y se oían en todas las portadas el tintineo, los golpes del martillo, alegrando su sonido, decía Juanón, como flautas en vísperas de función.

La comida montañesa del segador

-Mañana, añadió, se echan toos, a segar. ¡Y que año de yerba! ¡Quién lo había de decir, según vino la primavera! Yo voy a andar mal de pajares, y a ti no te van a sobrar; más de 80 carros vas a recoger. -¿Te gusta la siega?, le dije. -Mucho. Anque se trabaja, pa mí es la mejor época del año. Madrugar como los pájaros; ver cómo humean los praos, cuando se levanta el rocío; y almorzar, sentado en los marallos, me sabe a gloria. Los señoritos no sabéis de esas cosas: Además, las mujeres se esmeran en los almuerzos, y en las comidas. Verás; antes de salir de casa, la parva de aguardiente; a las ocho, las sopas de ajo cubiertas con grasa colorada y picante; sobre las sopas, un torrezno o un trozo de lomo, o un pedazo de jamón; a las diez, pan queso y vino; a mediodía, el puchero bien adobao; a las cinco, merienda de jamón, chorizos y cecina, y después… a cenar, como si estuvieras en ayunas. Te digo que es la gran vida. Y luego cantares por toas partes, sombras frescas, fuentes frías; se trabaja y se suda, pero se goza.

Tenía razón Juanón; los trajines de la yerba eran encantadores. Hay que saborearlos, sobre todo en los valles lejanos, en atardeceres hermosos; el aroma de la yerba seca, el ir y venir de carros, los incidentes cómicos, cuando hay molinos – entornijos -, los chistes de las mozas; luego por la noche, en los pajares y tenadas, a la luz de los faroles, entre el polvo y el calor, ¡Qué escenas se desarrollan! Festivas, picarescas, alegres todas, todas impregnadas de un realismo sano y confortable.

…-No se preocupe usted de la yerba; nosotros se la segaremos, se la contornamos, se la atropamos y se la metemos en los pajares;…

Y así fue; en pocos días, fueron segados mis prados entre ¡IJU-JUS! alegres y meriendas divertidas. Yo mismo ensayé mis fuerzas, y segué, y cargué carros de yerba, y los descargué, y me tostó el sol del mediodía, y me refrescó el rocío de la mañana, y desde ahora, me parece que soy más montañés, más hombre; y mi mujer está loca de contenta, y me ayuda en las faenas; ella con el rastro y yo con la horca, ¡cómo aguanta la labor, y qué cantares nos cantan cuando nos ven así en los prados!

Sidrín y Toña y los criados de mi casa y Juanón y Rosa, todos nos bendicen y me alaban el gusto. ¡Adiós mis minas!.

…Llegó Pepe Caso, y me encontró metiendo horconadas de yerba en el pajar, en mangas de camisa, con la cara llena de polvo y empapada de sudor. Lejos de escandalizarse, se quitó él la chaqueta, saltó sobre el carro, me pidió la horca, ¨porque también yo fue labrador y envidio estas faenas que dan salud y calma¨. Manejaba la horca con habilidad y no dejaba a Sidrín que estaba en el boquero.

Puchero clásico montañés ´la olla podrida de la montaña´

Dijo que venía a comer conmigo, y que no había avisado, porque sabía que Mariluz no se asustaba con los huéspedes; pero con la condición de que había de comer el puchero clásico, la olla podrida de la montaña. ¡Con qué placer y con qué apetito cominos los garbanzos mezclados con arvejos, y la cecina encarnada, y el chorizo picante, y la morcilla mohosa, y la androja caliente!

Mi mujer había aderezado otros platos; pero Pepe no probó más que un trozo de trucha fresca y frita, negándose a todos los postres, menos las guindas garrafales de mi huerto, acabadas de coger por Mariluz. Después del café salimos a la huerta…
Continúa en página 183

_______________

Página 203
-Y ¿qué opinas de la canaliega?

-Que será sonada; hay mucha pesca en el pozo y los chapuzadores tienen ganas de lucirse. Además hay el aliciente de una trucha grande.

-¿La viste tú?

Pescando truchas grandes con la escopeta.

-Más de quince días hace que estoy acechando, y ya me debe unos cuantos tiros d bala. Aunque yo creo que son varias las truchas grandes que hay, porque, una es roja larga, y otra, negra, ancha, de arcoíris; la una se encueva en los peñascos del camino, y la otra, anda por la rasera, a caza de peces, y se pasa las horas de más calor, serena, majestuosa, balanceándose, como una reina, escoltada por otras truchas más pequeñas que ella; pero todas de más de dos libras. Todos los días las dedico unas horas.

-¿No te aburres al sol?

-Es muy bonito y muy entretenido. Conozco tanto las costumbres de las truchas, que podía hacer un libro.

-Y ¿cómo no las matas?

-¡Ah! Porque tienen sobre sus lomos, lo menos dos metros de agua, y luego, con la refracción de la luz, es muy difícil dar en el blanco. Hay que calcular la profundidad, la densidad, la oblicuidad, la distancia, y así y todo… fallan los mejores cálculos. De todos modos es muy interesante observar sus movimientos, los sitios en donde se ceban, en donde descansan, en donde se guardan, que siempre suelen ser los mismos. A veces, desde el muro, tiro mosquitos al pozo, y cuando suben a comerlos, es cuando mejor se matan de un balazo; pero este tiro es muy preciso, de mucha rapidez. Otras veces ellas buscan las sombras de las salgueras, a la misma orilla, y entonces, el tiro puede ser vertical y certero.

-Y ¿para coger las muertas?

-Tengo amaestrado el perro, y no sé si es instinto o inteligencia lo que posee el animal. Al sonar el tiro rodea los pretiles del muro, baja a la orilla, mira, remira, gruñe, si no ve la pieza, y cuando la ve, blanquear o flotar, se tira al agua, y nada o buza, hasta cogerla, y me la trae, loco de contento, sin morderla, ni mancharla. Si la pieza es de dos o más libras, y no le cabe en la boca, entonces es el discurrir – no os escandalicéis – y el enfadarse, y llorar de rabia, hasta que hinca los dientes en la cola o en las aletas, y nada, con mucho cuidad, sin mover las cabeza, las arrastra, hacia la orilla y me mira como diciéndome: ¨No puedo más, baja tú y cógela¨.

Relato de la pesca de  peces, barbos y truchas haciendo canales con redes en el rio para acorralar y pescar por dichos canales. !La canaliega!

Pepe reía con estas cosas del cura, y nos dispusimos a ir a la canaliega. Entre la rasera del pozo, en donde empieza el río a reírse, y la ralda, habían construido los pescadores una pared de morrillos en forma de manga, interrumpida a trechos por trozos de redes. La punta de la manga terminaba en la corriente en un círculo, dentro del cual, se acostaba, como en un seno una red de embudo invertido, que llaman basneda. Los pescadores corrían el río, con unas redes largas, que atravesaban de orilla a orilla, llevadas suavemente por hombres aficionados. Cuando estas redes se arrastraban por el fondo del pozo, la labor era muy lenta. Los chapuzadores iban delante buzando, y hurgando las cuevas, los peñascos, las raíces, para espantar la pesca que corría hacia la basneda.

Dirigía la canaliega un pescador afamado, dueño de la redes, cobrando por su trabajo la tercera parte del producto. Llamábanlo Ceto y era de un pueblo de la ribera. Voceaba como un loco, y tenía una boca infernal; ni delante de nosotros se contenía en sus palabrotas. Iba montado en una burra de paja, como llaman los pescadores a unos haces de cuelmos, bien atados con tomizas de esparto, y sobre la cual como en una barca, y con el auxilio de un varal muy largo, guiaba Ceto las redes, destravándolas si quedaban prendidas las mallas en las raíces o en los dientes de las sierras  del fondo. Cuadrillas de chiquillos apedreaban, desde ambos lados, delante de las redes.

La cañaliega iba bien, según Ceto, y tenía esperenza de coger alguna de las truchonas, porque Juanón, Mundo y Cirio las habían espantado varias veces de las cuevas. Yo buscaba los chopos inclinados sobre el río, para ver pasar la pesca que iba en bandadas, unas de prisa, otras serenamente, como si no se diesen cuenta del peligro, y otras, arrimándose a los serrascos, para descansar o para escapar del e ncierro. Los peces eran los más inocentes; bajaban como corderos, en rebaños, capitaneados por los mayores, y no buscaban escondrijos, ni cuevas como las truchas. Los que eran tunos de veras eran los barbos: hincaban el ocico de escoplo en el suelo, y pasaban las redes resbalando sobre sus cabezas, quedando fuera del cerco. Ni uno que entraba en la basneda.

Me daba pena aquella manera traidora de pescar. La rasera, que estaba como un cristal, se llenaba de truchas de todos los tamaños, que, rendidas de nadar y de correr, se agazapaban en el suelo, y abrían las bocas desmesuradamente, como si buscaran aire.

Por fin, pasó, debajo de mí, como una saeta, surcando el agua que se abría en la superficie en una estría irregular, un bicho enorme, gordo, la cabezota chata; blanqueándole el ocico y haciendo burbujear el agua. Era, sin duda, una de las truchonas: Fue una visón de cine, rápida, que se ocultó como un relámpago, dejándome los nervios en punta y la curiosidad acuciada por el deseo. Entonces Ceto, desde la burra, lanzó una de sus frases brutales, apaleó el agua con frenesí, y llenó de insultos a los buzos, que se calentaban en la lumbre. Cirio dio un brinco y subió al chopo en donde estaba yo, y dirigiendo la vista por el tablazo – que no tenía un rizo – empezó a llamar a Pepe:

-¨Ven si la quieres ver, ¡Coiro!, se la ve el lomo fuera del agua.¨

Y allí estaba, en donde Cirio la veía, jadeando, asomando unos dientes, como alfileres, estendiendo  la cola, como un abanico, y abriendo la boca. Ceto saltó de la burra, pidió una garrafa, y acercándose a la trucha se la tiró encima como una manta. La trucha dió dos o tres golpes para desasirse y quedó ella sola arrebujada, en la garrafa. Ceto la arrojó sobre el césped de la orilla, y allí murió aquella reina del pozo de los Frailes. Pasaba diez libras y dos onzas. Los chiquillos y los buzos se arremolinaron alrededor de la trucha y algunos pescadores dejaron caer la red transversal, por ir a verla. Ceto pateaba, blasfemaba, se mesaba los pelos de la barba, porque: ¨Congrio!, a lo mejor del combate, alojáis.¨

Algunos peces saltaban con tal maestría, que se salían del cerco; hubo un momento emocionante, en que por las paredillas de la cañaliega, se veían saltar truchas y peces, entre el vocerío ensordecedor de los pescadores y de los curiosos. Se terminó el cerco y seis hombres medio arrastraron las basneda hasta un prado de la margen de la izquierda, allí, en brincos de agonía se tendieron por el tapín las truchas pescadas.

-¿Cuántas serán? – pregunté a Ceto.

-De peso, alrededor de ocho arrobas, y pequeñas, pa comer, otras cinco, sin contar los peces que no valen más que a tres perrinas la libra.

Pepe estaba entusiasmado, viendo a los chiquillos meter las manos por entre las piedras de la cañaliega, rebuscando y cogiendo alguna trucha que se había ocultado en las rendijas, en los huecos, que hacían los guijarros, unos encima de otros. En un momento desmoronaron la pared, y en la boca, y en las manos traían, cada uno, dos o tres piezas, más contentos que unas pascuas.

Se cerraba el horizonte de nubes pardas; se oían truenos lejanos; ponía e río un color de acero oscuro, y se l evantó un viento huracanado, que barría la carretera, formando una estela de polvo que salpicaba los t rigos de la vega y los pretiles de los muros. Los pescadores destripaban las truchas, encendían la hoguera para asarlas y freírlas, y tendían  las redes para que secaran, sobre la pradera. La truchona colgaba de las ramas de un salguero, como un trofeo y en consejo de pescadores, se acordó, con el voto en contra de Ceto, regalársela a Pepe Caso, el cual obsequió espléndidamente a los donantes, con cigarros, licores y propinas. Pepe y yo nos despedimos, sintiendo no asistir a la merienda, porque Pepe se había mojado, y sentía frío. Al día siguiente se contaban chistes y cosas de la cañaliega, que hacían reir, por los cómicos y por los oportunos…
Continúa en la página 207, y hasta la página 230 esta novela relata escenas de la guerra civil en la zona.

_____________

 En la página 231. Crémenes tiene una fuente de aguas minerales, la novela de D. José habla de:

… Las muchachas anémicas que a Cisnarios venían en bandadas, para descansar de las faenas del verano, y para beber agua mineral que devolviera a sus rostros marfileños, el color de rosa que tanto encanto presta a las mozas montañesas.

_________________

¿Pelea de toros?

Página 237
En una tarde dominguera de otoño asistí a una pelea de toros, a la que asistían todos los habitantes de los pueblos vecinos.

El de Cisnarios era un hermoso ejemplar de la raza. Como toro del pueblo, el pueblo lo cuidaba, siendo el orgullo de los vecinos, y de los mozos. Pastaba libremente, donde quería; entraba en las huertas de otoño; campaba por sus respetos en los cotos; dormía al sereno; sesteaba en el primer corral que encontraba, y le daban sal y golosinas a las puertas de todas las casas.

Así le relucía el pelo, que no se le cogía con pinzas. Corríale por el lomo una cinta parda, desde la cola hasta el cuello; era fina, de terciopelo negro, la piel; las patas cortas y robustas, como columnas prebizantinas; el vientre sin panza, el cuerpo largo, como de caballo; un poco aguzado de atrás, pero bonito en extremo el cuarto delantero. La frente plana, un poco sombreada por unas melenas rucias, los cuernos bien armados, cortos, blancos y lisos, iguales las curvas y los pitones; las orejas grandes, los ojos redondos y negros, el brusco terso, húmedo, de acebache bruñido, y por debajo del cuello le colgaba una estola rizada que moría en el pecho, entre el arranque d e las patas delanteras.

-Ni pintado, decían los mozos de Cisnarios. ¿Y bravo?; …
Sigue en página 238, (246 dig) con escenas desagradables y crueles, y con las rivalidades que se dan frecuentemente entre pueblos vecinos, D. José desribe lo que no conviene.

_______________

Página 241

D. José tiene todo un libro sobre LA VIRGEN DE PEREDA.
LA PATRONA DEL AYUNTAMIENTO DE CRÉMENES
Sigue a continuación un breve relato sobre la Virgen de PEREDA (Pedreda en esta novela)

… Un recuerdo quedó – y ¡ojalá sea perdurable! – en la memoria de mis paisanos. La función de desagravios que, por voto de Mariluz y mío, se hizo en la ermita de Pedreda. Fue un acontecimiento. La Virgen de Pedreda es muy popular en toda la montaña. Cuando los tardíos se mueren de sed, y el cielo está duro, como una plancha de acero, los devotos sacan en procesión a la Virgen, y los tallos de los frutos se empapan en agua.

La imagen de Pedreda es pequeña, como todas las antiguas; una imagen tosca de madera, embadurnada por pinceles profanos, pero guapa, al decir de sus adoradores. Rascando ligeramente su manto de colores chillones, aparecen las estofas bizantinas, rutilantes y geométricas. La posición del niño, la cara de la Madre, coronada de a lmenas desportilladas denuncian su vetustez.

Se cuentan por cientos las generaciones que se postraron a sus pies; sin embargo es pobre. No tiene pergaminos, ni joyas, ni vestes lujosas en su arcón de roble. No lucen en su ermita retablos primorosos ni mantos de tisú y de damasco. Unos exvotos de cera blanca, de cera amarilla, cuelgan de las paredes del santuario. La planta de la ermita, sí pregona la estirpe románica; cuadrangular en el cuerpo, estrecha en la cabecera, sin ábside, ni crucero, de medio cañón la bóveda del presbiterio, y sin bóvedas el resto de la techumbre. La espadaña, como una aguja; dos troncones con sendas campanas, y alrededor de las paredes, amplios portales para cobijo de transeúntes, de carreteros, de quincalleros, de gitanos.

Jamás se oyó una profanación. Creyentes y pícaros durmieron allí, y rezando unos y sin rezar otros, salieron todos de aquellos portales con la esperanza o con el temor en el alma. Antaño cuidaban de la ermita unos monjes. ¡Bien supieron ellos, maestros insuperables del arte, poner la imagen en uno de los recodos más bellos de la montaña leonesa!

Lo que no supieron o no quisieron los monjes, fue dejarnos escrita la historia de la aparición de la Virgen de Pedreda. Don Luis siguió la pista hasta el siglo X, lo que hace suponerla de época visigótica.
Continúa en la página 242

___________________

El pueblo de Argovejo, desde tiempos inmemoriales, custodia y celebra la fiesta de la Virgen de Pereda, patrona del Ayuntamiento, el día 8 de septiembre fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María. Representantes y devotos de múltiples pueblos vecinos recurren, agradecen, alaban y adoran a su Patrona.

Página 243
… La Natividad de la Virgen, dijo, esperada por generaciones de Patriarcas, anunciada por Profetas en los relampagueos de la inspiración, fue el suceso más transcendental de la historia antigua, después de las escenas del Paraíso, y antes de las escenas del Calvario. Fue la aurora que precedía al sol de la restauración humana hecha por Cristo; fue el signo que denunciaba la vida nueva; fue el comienzo de la línea que divide a la humanidad en dos mitades. Al nacer la Madre de Dios, dotada y adornada de privilegios, fue ocasión de ver lo hondo del valle en que la humanidad había caído, desde la cumbre de la perfección, en donde brotaba este tronco que recibiría el ingerto del Verbo Divino, para unir, de nuevo, a la humanidad pecadora con Divinidad ofendida.

Porque ahí está la clave de todos los errores. La Virgen nació sin mancha de pecado, sin inclinación al mal, sin ese fermento de corrupción que invade, como un germen morboso, a todo el género humano…

Continúa en la página 244

___________________

El sacerdote D. José reflexiona sobre el destino del humano. Dice:

Página 244
… Precisamente para eso nació la Virgen, para facilitar, para ayudar para entregaros a su HIJO

¨Iris de paz que se puso
entre las iras de Dios
y los pecados del mundo¨

como cantó uno de nuestro poetas más teólogos. Fue preciso que viniera el mismo HIJO DE DIOS para encauzar al hombre extraviado, por medio de la Redención, ayudándole con la gracia – que es la continuación de su a cción en el mundo. Por eso el hombre, sin la gracia de Dios se afanará por subir el camino de la perfección, pero sin fuerzas bastantes, se quedará a orilla del único camino que conduce al fin.
Continúa en la página 245

______________

La idea de este libro – novela: LAZO DE ALMAS

Página 249
Cuando volvimos de la ermita, nos sorprendió a Mariluz y a mí, su suceso que se gravó muy hondo en mi alma. Estaban mi suegro y Engracia, mi niña, arrollando la cuna de Serafina. Don Luis la miraba de hito en hito, y en sus ojos me pareció ver una fosforescencia mental. Besaba a la huérfana y no hacía caso de su nieta

-¿Quieres a Sefina?, dije a mi hija.

-A Sefina no la quiero; quiero a la niña.

-Es que la niña se llama Sefina.

-¿Porqué?

-Porque es hija de Sefina, la que murió en el monte.

La huérfana agitaba las manos, y empezaba a poner una sonrisa encantadora en los labios. Engracia continuó:

Es fea y mala como su madre, ¿verdá?

-Su madre no fue mala; fue desgraciada, y por los desgraciados hay que rezar.

-Pos Mariquina la de tía Rosa me dijo que la madre de Sefina tiraba bombas, y era mala. Y a su padre lo buscan los civiles, y nació en un monte como los lobos.

-Hija; también nacen en el monte los pájaros… y las flores…

Estaba mi suegro sentado en una butaca, y se me ocurrió la idea de sentar a la huérfana entre sus rodillas, y a Engracia colgada del cuello, para ver lo que hacía. Habló y sus palabras me dejaron helado.

-La pequeña – dijo – se parece a su madre y la mayor a mi mujer. Y dejando caer a ambas niñas, se levantó, se abrazó a mí, y me parecían tenazas sus manos, y hierros sus brazos. Llamé a Mariluz y delante de ambos, sereno, pausado, sin turbación, en el semblante, nos dijo:

-Ya pasó el diluvio, quisiste ser LAZO DE ALMAS… irreconciliables. Dios te abra los ojos y procura ser retoño de la única alma de este país; del alma montañesa…

Al día siguiente se murió tranquilo, como un santo, rezando jaculatorias con el cura.
Continúa en la página 250

_________________

Otra vez el Pozo del Sedo. Y otra historia dramática en tan bello lugar

Página 251
Se contaban en el pueblo, cosas raras del Tino. Que dejaba a la niña al cuidado del perro; que la bañaba en las fuentes frías; que bailaba, alrededor de ella, en las camperas, que saltaba, con ella, sobre la fauces del SEDO. Una tarde subimos el Cura y yo a la cima de los canchales, y lo vimos, completamente desnudo, con Sefina en los brazos, brincar por los ángulos de sima. Sesteaban las cabras, en los poyatos de la sierra. Tino voceaba, voceaba… Pudimos percibir el eco de sus voces. ¡Sefa, Sefááá! Decía. Daba miedo verle. El cura me dijo:

-¡Completamente loco!

Tratamos de acercarnos. Tino nos vió, y, cogiendo a la niña, la abrazó, la besó y, setiró de cabeza por la boca del pozo. De la sima, salieron graznando unos cuervos…

Jaime trazó una cruz en el aire, pronunció unas palabras y yo le pregunté:

-¿Cuánta profundidad tendrá la sima?

-Dicen que los huesos de los franceses que tiraron en ella, salen, allá abajo, en la fuentona de los corrales a unos quinientos metros de profundidad.

FIN DEL LIBRO ¨LAZO DE ALMAS¨

_________________

Gracias por comentar, añada datos. Gracias

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s